Seres de leyendas de Madrid Epilogo
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Epilogo

Llegar al final de este viaje no ha sido fácil.

Tampoco lo es despedirse de una ciudad que, cuando uno cree conocerla del todo, le descubre un nuevo secreto bajo una losa, un nuevo susurro en una calleja que había recorrido mil veces sin prestar atención.

Madrid es así, un organismo vivo que respira a través de sus leyendas.

Y yo, como tantos madrileños que caminan sus aceras sin levantar la vista, he necesitado escribir este libro para aprender a mirar de verdad.

Las cuarenta criaturas que han desfilado por estas páginas no son fruto de la fantasía desbocada ni del ansia de notoriedad digital.

Cada una de ellas ha sido rastreada con la paciencia del arqueólogo y el escepticismo del historiador.

He buceado en hemerotecas, he consultado archivos, he cotejado crónicas olvidadas y, sobre todo, he escuchado.

Porque la tradición oral, ese murmullo que se transmite de abuelos a nietos en las noches de invierno, es a menudo más fiel que cualquier documento notarial.

Las leyendas no son verdad porque hayan ocurrido; son verdad porque nunca han dejado de contarse.

Mi formación en Historia por la Universidad Complutense me enseñó a desconfiar de las fuentes no verificables, pero también a comprender que el relato popular, con sus exageraciones y sus vacíos, esconde a menudo una verdad más profunda: la de las emociones de un pueblo, la de sus miedos, sus esperanzas y sus condenas.

Por eso, en estas páginas conviven ajusticiados inocentes con duendes pendencieros, reinas melancólicas con brujas perseguidas con niños emparedados.

Todos ellos, de una u otra manera, han modelado el carácter de esta ciudad que los vio nacer y que, al negarse a olvidarlos, los ha convertido en inmortales.

Mis anteriores obras, Cinco ecos a lo desconocido y su versión Deluxe, fueron ejercicios de creación pura: arquitecturas de terror levantadas desde los cimientos de la imaginación.

Este libro, en cambio, ha sido una labor de restauración.

No he inventado nada, o al menos no he pretendido hacerlo.

Me he limitado a recoger los cascotes de la memoria y a colocarlos de nuevo en su sitio, para que el lector pueda contemplar el edificio completo, con sus grietas y sus escombros, tal como la tradición lo ha conservado.

No están aquí todos los seres que pueblan el Madrid legendario.

Faltan muchos, lo sé. El centenar prometido en el título deberá completarse en futuras entregas, porque la ciudad no agota sus misterios en un solo volumen ni en una sola vida.

Pero estos cuarenta, creo, son un buen comienzo.

Son una puerta entreabierta a ese Madrid que late cuando el sol se pone y que solo se deja ver por quienes están dispuestos a creer, al menos un instante, que lo extraordinario puede habitar en lo cotidiano.

Ahora, al cerrar estas páginas, le invito a salir a la calle.

No hace falta que busque apariciones ni que aguce el oído en busca de pasos imposibles.

Basta con que camine con otros ojos. Porque cuando usted sepa que en la Plaza Mayor aún vaga Cirilo, que la condesa de las Carboneras reza cada noche el rosario, o que el rinoceronte de la calle de la Abada sigue huyendo de los niños que lo atormentaban, entonces Madrid dejará de ser para usted un simple escenario y se convertirá en un compañero de viaje, un viejo conocido que siempre tiene una historia que contar.

Y si alguna noche, al pasar por uno de estos lugares, siente un leve escalofrío, un perfume de otra época o el eco de una risa que no pertenece a este mundo, no tema.

Es solo la ciudad recordándole que, como reza el refrán castizo que abre este libro, en Madrid cada cual tiene su duende y cada vecino su aparecido.

Usted, a partir de ahora, ya conoce a los suyos.

Adrián Azaustre

Madrid, 2026