Señor del Fuego, Dama de Hielo Capítulo 14
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Capítulo 14

Capítulo

Catorce

Della estiró lánguidamente los brazos por encima de la cabeza, deslizándose contra la suave colcha de piel.

Un suspiro de satisfacción se escapó como un sueño de sus labios entreabiertos.

Se negó a abrir los ojos, satisfecha de yacer en la mullida nube de la cama.

Su cuerpo aún le escocía de placer por la noche de amor.

La energía de Brant había sido incansable y Della juraba que aún podía sentir la marca de su tacto por todo su cuerpo.

Para cuando terminaron su cuarto encuentro, Brant había explorado cada centímetro de ella.

Ella, a su vez, aprendió los resortes de su deseo.

Sus labios, su piel, su apetito… todo había sido tan nuevo para ella.

Le había procurado placer una y otra vez hasta que su cuerpo se negó a moverse y le había enseñado posturas de las que, sin duda, sus miembros jamás se recuperarían.

Una vez saciado, cuando por fin la dejó descansar, ella se había sumido en un sueño profundo y apacible a su lado.

Lo sentía respirar junto a su cuerpo desnudo. Él le colocó la rodilla entre las piernas desde atrás y la rodeó con el brazo de modo que su mano descansaba en un gesto posesivo sobre su pecho. Flexionó los dedos con suavidad contra su pezón. Una oleada de deseo la recorrió.

¿Otra vez? Sonrió; le gustaba la idea. Se preguntó si él seguiría durmiendo.

Al abrir los ojos, vio que, en efecto, era tarde. No recordaba haber holgazaneado tanto tiempo en la cama; probablemente, porque nunca lo había hecho.

—¿Brant? —Los ojos de Della centellearon con un placer travieso—. Lord Blackwell, ¿estáis despierto?

Al no recibir respuesta, desenredó las piernas de las de él y se giró entre sus brazos.

Él dormía plácidamente; su pecho subía y bajaba en un sueño profundo y regular.

Le pasó un dedo por el centro del pecho, observándole los ojos para ver si se movía.

Su sexo se humedeció al pensar en él dentro de ella.

Echándose hacia atrás, le atisbó el miembro. Yacía lacio y blando sobre la cama. Della frunció el ceño, perpleja. Por la noche parecía mucho más grande y había estado muy duro.

¡Lo he roto! , jadeó Della.

Le observó el rostro para ver si mostraba alguna señal de dolor mientras lo golpeaba suavemente con la punta del dedo.

Él no se movió y no parecía estar herido.

Envalentonada, lo tocó con más decisión.

Era sedoso y flexible, y la piel se movía de una forma peculiar cuando lo frotaba.

Della intentó no reírse mientras volvía a levantar la vista.

El pecho de Brant seguía subiendo y bajando mientras dormía.

Quizá solo funcione de noche, concluyó Della. Se le encogió un poco el corazón, decepcionada. Pero entonces sintió una contracción de su miembro entre las manos y bajó la vista rápidamente para ver qué había pasado.

Ante sus ojos, empezó a crecer y a tomar forma en su palma.

Cuanto más crecía, más firme se volvía. Della movió la mano hasta la base del miembro.

Le rodeó la anchura con los dedos y apretó con suavidad mientras recorría con la mano hasta la punta.

Alcanzó su máxima erección casi al instante.

Su respiración se hizo más profunda al recordar el deleite que él había sido capaz de darle.

Agarrándole las nalgas, tiró de él hacia sus caderas.

—Me parece que no tramas nada bueno esta mañana, esposa —gruñó Brant adormilado.

La había sentido girarse entre sus brazos.

Parte de su entrenamiento de guerra consistía en ser capaz de despertarse al instante y aparentar que seguía durmiendo.

Cuando su mente determinó que no había necesidad de estar demasiado alerta, se relajó lo suficiente para dejar que su esposa le explorara el cuerpo.

Le había costado un gran esfuerzo quedarse quieto y dejar que lo tocara.

Levantando un párpado para estudiarla, preguntó—: ¿No estás saciada, muchacha?

Della se sonrojó con coquetería, pero no detuvo sus audaces avances.

—Es tu maldición pagana, mi señor. Si tienes quejas, quítamela.

La mayoría de las mujeres con poca experiencia eran demasiado cohibidas para hacer confesiones tan atrevidas.

Le sorprendió, aunque le complació enormemente, su audacia y el rápido cambio en su temperamento hacia él.

Se había ablandado drásticamente. Brant deslizó la mano por su suave cadera.

Con un movimiento diestro, le levantó la pierna con la mano y rodó para poder entrar en ella.

—No, esposa, si estás maldita, mi voluntad es que así sigas.

Della movió las caderas para acogerlo.

—No, todavía no —dijo Brant con un gruñido deliberado. Aún la deseaba, pero después de la noche de juegos amorosos, por fin era capaz de controlar su lujuria. Durante la noche, cada vez que ella se había movido para recibirlo, él había sido incapaz de resistirse—. Juguemos a un jueguecito.

—Pero… —las caderas de Della buscaron de nuevo.

—No. Te haré una pregunta y, si respondes, te dejaré un poquito —sonrió Brant, orgulloso de la idea—. Sí, y si decides no responder, que estás en tu derecho, te quitaré un poquito.

—Pero… —Della le puso las manos en las caderas e intentó tirar de él.

—No, no puedes tocarme. Tienes que mantener las manos sobre la cabeza.

Della refunfuñó, pero hizo lo que le dijo.

—¿Entendido las reglas?

—Sí —fingió hacer un mohín.

—Muy bien, mi primera pregunta.

—¡No, ya he respondido a la primera! ¿Dónde está mi recompensa?

—Muchacha codiciosa —a Brant le gustó su impaciencia. Frotó la punta de su miembro contra ella—. Ahora, ¿quién es el espíritu de la limpieza?

Della se aclaró la garganta.

—No sé a qué te refieres.

—Hum —Brant frunció el ceño.

—Es un espíritu que limpia —ofreció con voz débil.

—Si no quieres decírmelo, de acuerdo —Brant hizo ademán de quitarse de encima de ella.

—¡No, te lo diré! —luego, con un pequeño quejido, dijo—: Soy yo.

Brant se rio.

—Ya me lo imaginaba. ¿Por qué?

—Los sirvientes se habían vuelto perezosos.

Era la única forma de que me hicieran caso y limpiaran.

Al principio, me limitaba a hacer algunas de las tareas yo misma mientras dormían, pero una noche me enfadé por todo el trabajo que había que hacer.

Era como si dejaran de trabajar a propósito para que el espíritu lo hiciera.

Así que puse el castillo patas arriba. Unas cuantas indirectas discretas y los sirvientes se pusieron a trabajar por miedo al espíritu —Della se sonrojó—.

Tenía diecisiete años y no se me ocurrió otra cosa.

—De acuerdo —concedió Brant, asintiendo pensativamente. Entrecerró los ojos para examinarla de cerca—. ¿Cuántos años tienes?

—Veintidós —Della puso los ojos en blanco.

—Pensaba que eras algo mayor —bromeó. En opinión de la sociedad, ya se le había pasado la edad. Las muchachas solían casarse a los trece años, y lo hacían con hombres viejos.

—¡No, me parece que aquí el viejo eres tú, Brant, el espino ardiente ! —Della le dio un golpe en el hombro. Él se tambaleó sobre ella, fingiendo dolor.

Della se sentó a horcajadas sobre él y lo sujetó por las muñecas. Si él realmente quisiera, podría quitársela de encima con poco esfuerzo. No se resistió demasiado.

—¿Qué vais a hacerme, mi señora? —Brant fingió tener miedo, pero no por mucho tiempo, pues pronto se quedó mirando cómo sus pechos se balanceaban ante su vista.

—Aún no lo sé —caviló Della—. Quizá, si os portáis bien, os deje quedaros aquí como esclavo.

—¿Esclavo de cama? —inquirió Brant esperanzado.

Della se rio ante la impaciencia de su tono.

—No, de esos ya tengo demasiados por el momento. Pero sí que necesito a alguien que limpie las letrinas.

Brant gruñó, quitándose de encima su cuerpo desnudo de una sacudida.

Della aterrizó sobre su trasero y Brant rodó rápidamente para atraparla con la pierna.

—Eso no tiene gracia, esposa —Brant le acarició el cuello con el rostro, haciéndole cosquillas con la barba, lo que la hizo estremecerse. Incluso en broma, la idea lo llenó de celos.

—Bueno, pues si no un esclavo… —suspiró Della—. Tengo una pregunta.

—¿Sí? —el sonido salió ahogado contra su garganta mientras Brant se olvidaba de su juego.

—¿De dónde has sacado todas las cicatrices de tu cuerpo?

—En batalla.

—Eso es evidente —Della se apartó un poco para mirarle la cara—. ¿Cómo?

—No te gustaría oír esas cosas.

Ella le dirigió una mirada extraña.

—No creas que me conoces tan bien. Si no quisiera saberlo, no te lo habría preguntado.

Respiró hondo al ver que el temperamento gélido de ella regresaba.

—¿Sobre cuál quieres saber?

—Sobre todas —respondió ella, asintiendo con firmeza. Luego, cuando él enarcó una ceja con sorna, como diciendo « eso sería imposible », le señaló el pecho—. Esta.

Brant miró brevemente la fina cicatriz que le recorría el lado derecho de la parte superior del pecho.

—Espada en combate.

—¿Y esta? —señaló una pequeña marca justo debajo.

—No recuerdo habérmela hecho —Brant se volvió aprensivo. Las guerras y las batallas no eran precisamente algo que quisiera discutir con su esposa, sobre todo a la luz de las horribles atrocidades que había presenciado de niña. Las cosas que él había visto no eran historias para mujeres delicadas.

—¿Esta? —tocó una fina cicatriz en su antebrazo.

—Cuchilla.

—¿Esta? —una extraña arruga en su pierna.

—Maza.

—¿Esta? —una herida cicatrizada en su costado.

—Lanza.

—¿Y esta? —un corte en su firme abdomen.

—Espada en un entrenamiento.

—Hum, ¿y esta? —movió la mano hacia la cadera de él.

—Lanza.

—¿Hay algún arma con la que no te hayan golpeado? —inquirió ella, negando con la cabeza con escepticismo—. Parecería que tu cuerpo debería haberse desmoronado a estas alturas.

—Sí, a veces me lo parece.

—¿Aún te duelen?

—Solo algunas, como el mazazo en la espalda —levantó la pierna y se tocó la cara interna del muslo—. Y aquí, donde me dio una lanza.

Della se acercó a su mano y entrecerró los ojos.

—No veo nada.

—Mira más de cerca —se rio él entre dientes.