Epílogo
—Cariño, ya estoy en casa —cantó la voz de Andy por toda la casa.
Después de trabajar seis días seguidos, se había ganado sus días de descanso.
Desde el momento en que había arrancado el velcro y se había abierto el mono de vuelo, una sonrisa se le había extendido por la cara.
Cada día, terminaba su turno sabiendo que volvía a casa con Rachel, y nunca fallaba en provocarle un burbujeo de emoción en el estómago.
Y pensar que había estado a punto de perderlo todo por su propia estupidez.
—Estoy aquí arriba. —Golpes, porrazos y tacos siguieron desde una de las habitaciones de lo alto de las escaleras.
Andy tragó saliva, un poco insegura de qué nivel exacto de mal humor estaba a punto de encontrarse cara a cara. Tiró las compras que había hecho de camino a casa sobre el sofá y se armó de valor mientras subía a averiguar qué era exactamente lo que estaba sacando de quicio a Rachel.
—Alinea los agujeros e introduce el tornillo.
¿Qué agujero? No hay ningún maldito agujero.
¿De qué sirve escribir instrucciones si no coinciden con las piezas?
—El mascullar venía del dormitorio más pequeño de la casa.
Andy siguió la voz y sonrió al ver a Rachel rodeada de embalajes, tornillos, listones de madera blanca de distintas longitudes, y un sinfín de herramientas.
Se apoyó en el marco de la puerta, contemplando el caos con una sonrisa.
Cuando su día de «quizá» se había convertido en un día de «vamos a tener un bebé» de verdad, la noticia las había golpeado con toda su fuerza. Una mezcla de alegría, incredulidad y puro terror las envolvió mientras pasaban de dar saltos juntas en el sitio a momentos de puro silencio atónito.
Tras un par de golpes decepcionantes al principio del proceso, y era un proceso, se habían jurado moderar sus expectativas.
No nos hagamos ilusiones , se decían la una a la otra.
Pero no es así como funciona buscar un bebé.
Cuando obtuvieron el resultado que tan desesperadamente habían estado esperando, no se lo dijeron a nadie.
Andy había estado desesperada por contárselo a Christine, pero Rachel se había plantado, aterrada de poder gafarlo.
No fue hasta hacía dos semanas, cuando Rachel entró en el segundo trimestre, que le contaron a todo el mundo su buena noticia.
Todo el proceso de fertilidad había sido un verdadero igualador para las dos.
A base de trabajo duro, determinación y decencia, habían logrado tantísimo en sus vidas como individuos y, más recientemente, como pareja, pero nada de eso valía un duro cuando se trataba de fertilidad.
El lado bueno era que sabían exactamente lo precioso que era el regalo que Rachel llevaba dentro.
—Dije que montaría la cuna el fin de semana. —Andy puso los ojos en blanco.
—Intentaba darte una sorpresa. Pensé que estaría bien tenerla montada antes de que llegaras a casa, pero… —Rachel alzó los brazos al aire. Estaba sentada en el suelo de lo que iba a ser la habitación del bebé, con las piernas separadas entre piezas de cuna.
Ya tenían un moisés para cuando el bebé naciera, así que tener la cuna montada no era precisamente una prioridad.
Aunque, se quejaba Rachel, si Andy seguía comprando más libros sobre el embarazo o la crianza, no habría sitio para el bebé, ni mucho menos para el moisés.
Rachel había cogido unos cuantos y los había leído, solo para sentirse tan insultada por la constante mención de lo que mamá y papá debían esperar.
Ahora amenazaba con escribir un libro propio de lo que ambas mamás podían esperar.
Andy tomó nota mental de esconder los dos libros nuevos que había comprado de camino a casa.
—Solo pensé que, si conseguía montar esto, podríamos subir por aquel sendero hasta la cascada. Ya sabes cuál digo. —Tenía una sonrisa avergonzada mientras miraba a Andy hacia arriba. Ah, sí, Andy sabía exactamente qué sendero decía.
Andy dio un paso adelante, tendiéndole las manos a Rachel, poniéndola de pie, rodeándole los hombros con los brazos y sacándola de la habitación.
Dejó caer las manos al vientre de Rachel.
Apenas había todavía un bulto apreciable, pero eso llegaría.
Aun así, no le impedía querer poner las manos con gesto protector sobre su hija cada vez que tenía ocasión.
—Tengo una idea. Las dos tenemos unos días libres, así que ¿por qué no metemos todo nuestro equipo en el coche y salimos hacia nuestra cascada mañana a primera hora?
Un par de días fuera nos vendrán de maravilla.
—Andy le acarició el cuello con la nariz—.
Hace ya un tiempo que no vamos por los senderos porque hemos ido con cuidado, pero estás en el segundo trimestre.
Tenemos que aprovechar las oportunidades mientras todavía podemos, antes de que pierdas de vista los pies por debajo de la barriga.
—Andy se rio cuando Rachel se giró, plantándole un golpe en el hombro.
—Más te vale seguir queriéndome cuando esté del tamaño de una casa.
—Rachel, podrías tener el tamaño de la luna y aún pensaría que eres lo mejor del mundo. —Ahuecando las mejillas de Rachel entre las manos, Andy la besó con ternura—. Entonces ¿qué dices, nos vamos de aventura?
—¿Pero qué pasa con Tara y Gabby? Vienen mañana por la noche a cenar.
—Eso déjamelo a mí. No les importará que las aplacemos. Además, podemos tener muchas más noches aquí con ellas una vez que nazca la pequeña. —Andy volvió a frotar el estómago de Rachel—. Venga, abajo, voy a hacerte la cena.
Con una mirada atrás al montón de madera en el suelo de la habitación del bebé, Rachel suspiró, dejándolo todo para Andy, y para otro día.
—Ni se te ocurra decirme que has comprado más libros —dijo Rachel, un poco exasperada mientras miraba el montón de compras en el sofá.
—Tú no te preocupes por nada de eso. Yo me ocupo de ti y del peque.
Tú confía en mí. —Andy condujo a Rachel hasta la cocina, sentándola en un taburete con un vaso alto de agua.
Ya subiría todo más tarde, escondiendo lo que hiciera falta.
Al fin y al cabo, no quería que Rachel encontrara el anillo antes de que llegaran a la cascada.