Capítulo 16
DANTE
Sofia estaba en el umbral de mi dormitorio, con una de mis camisas puesta, y me miraba de esa forma tan suya que siempre me hacía perder la paciencia por los motivos menos indicados.
—¿Vas a seguir mirándome así? —preguntó.
Tenía una respuesta preparada, algo sobre aparecer en mi dormitorio vestida así, pero Sofia me agarró la camiseta por delante y tiró de mí.
Su boca encontró la mía antes de que pudiera decir nada más.
Olvidé mi respuesta ingeniosa y, por un instante glorioso, olvidé que existía un mundo al otro lado de esa puerta.
La rodeé por la cintura y la atraje hacia mí hasta que no quedó espacio entre nosotros. Mis dedos dieron con la piel cálida de su muslo por debajo del bajo de la camisa, y el suave suspiro que se le escapó se perdió en nuestro beso.
Sofia me hundió los dedos en el pelo y volvió a atraerme hacia ella.
Tocarla solo me hacía desear más.
Un sonido nos interrumpió.
Intenté ignorarlo, demasiado concentrado en la curva de su cuello y en cómo inclinaba la cabeza para recibir mis besos.
El ruido empezó otra vez, insoportablemente insistente, y Sofia se rió contra mis labios.
Alargué la mano para volver a estrecharla entre mis brazos, pero se cerró sobre una sábana fría y abrí los ojos.
El resplandor del teléfono iluminaba el dormitorio a oscuras mientras vibraba sobre la mesilla.
No había ninguna camisa en el suelo ni Sofia entre mis brazos; solo el maldito teléfono, que sonaba por tercera vez.
Lorenzo.
Cerré los ojos con fuerza antes de responder.
—Más le vale a alguien estar muriéndose.
—Buenos días a ti también.
—Lorenzo, voy a matarte.
—¿Y eso qué tiene de nuevo?
El reloj marcaba las 7:18 de la mañana. Había dormido poco más de tres horas y ese capullo acababa de arrancarme de un sueño que me habría gustado mucho más terminar.
—Ve al grano. ¿Qué ha pasado?
—Hemos encontrado a Michael Turner.
Se me quitó el sueño de golpe.
Me senté en la cama y cogí los pantalones que había dejado en una silla.
—¿Dónde?
—En el almacén de Cicero.
—¿Identidad confirmada?
—Hemos confirmado que es el hombre de las imágenes del evento. Pero Michael Turner sigue siendo un nombre falso.
Me puse los pantalones con el teléfono encajado entre el hombro y la oreja.
—¿Adrian lo sabe?
—Estoy intentando localizarlo.
—Que nadie toque a ese tipo hasta que lleguemos.
—Dante...
—Si tuvo algo que ver con el ataque a mi casa, no voy a darle otra oportunidad de desaparecer.
Al otro lado de la línea se hizo un breve silencio.
—Entonces más te vale llegar pronto.
La llamada terminó.
Me quedé sentado en el borde de la cama, con el teléfono en la mano, mientras el silencio volvía a apoderarse de la habitación.
El contraste entre el sabor imaginado de los labios de Sofia y el nombre de Michael Turner me dejó una irritación que no sabría ni cómo explicar.
Miré las sábanas revueltas, recordé cómo me había atraído hacia ella tirando de la camiseta y me pasé las dos manos por la cara.
—Serás hijo de puta, Lorenzo.
Aquel hombre tenía un talento extraordinario para arruinar los mejores momentos de mi vida.
Incluso los que solo existían dentro de mi cabeza.
Encontré a Adrian en el estudio poco después de las ocho.
Estaba inclinado sobre el ordenador, con una taza de café olvidada en la mano. Tenía ojeras y no se había afeitado.
A juzgar por su aspecto, mi hermano tampoco había disfrutado precisamente de una noche reparadora.
Levantó la vista cuando entré.
—Lorenzo acaba de llamar.
—A mí también. ¿Qué tenemos?
Adrian giró la pantalla hacia mí.
La primera fotografía mostraba la zona de carga de un almacén. En la siguiente, una camioneta oscura ocupaba casi todo el encuadre.
Reconocí la carrocería antes incluso de buscar la matrícula.
—Es la camioneta de la persecución.
—Nico ha contrastado las imágenes. Mira esta.
En la tercera fotografía, un hombre con una gorra de béisbol atravesaba una puerta lateral con una bolsa negra pequeña al hombro.
Me acerqué para verla mejor.
—El tipo que se coló en el evento de Sofia.
—A las seis y cuarenta y tres de esta mañana —confirmó Adrian.
—¿Sigue ahí?
—No lo sabemos. Hay una salida de servicio sin cobertura completa de cámaras. Nico está vigilando las entradas que hemos conseguido identificar.
Apoyé las manos en el escritorio.
—Entonces entramos antes de que desaparezca.
Adrian dejó el café sobre la mesa con sumo cuidado, un gesto que, por experiencia, solía anunciar un sermón.
—¿Cuántos hombres crees que hay dentro?
—Lo averiguaré cuando llegue.
—Exactamente la respuesta que esperaba. No vamos a entrar a lo loco por una puerta a ciegas solo porque tengas prisa.
—Te estás volviendo insoportable.
—Y tú sigues creyendo que todos los problemas se resuelven entrando con una pistola en el primer edificio sospechoso.
—En mi defensa, a veces funciona.
Sin siquiera sonreír, Adrian enganchó el pie en la silla que había frente al escritorio y la sacó.
—Siéntate, Dante.
Le sostuve la mirada unos segundos antes de sentarme.
Conocía esa expresión desde que éramos niños. Podíamos discutir otra hora entera y él seguiría esperando que lo escuchara.
—Nico ha encontrado algo más —dijo Adrian, y abrió otra imagen.
Dos hombres descargaban cajas de una furgoneta blanca.
Uno llevaba una chaqueta oscura con una placa identificativa cosida en el pecho. Amplié la imagen hasta distinguir el nombre.
—Northline Lighting. ¿Crees que están usando la empresa de iluminación como tapadera?
—O han robado los uniformes. Todavía no sabemos si Northline está implicada de verdad.
La placa parecía ligeramente torcida, aunque el ángulo de la fotografía no bastaba para afirmar nada con certeza.
—Tenemos que enseñárselo a Sofia —dije—. Ella conoce al equipo que trabajó en su evento.
Adrian estuvo de acuerdo y empezó a ordenar las imágenes.
Cuando cerró una de las ventanas del ordenador, el silencio en el estudio se prolongó demasiado.
Me di cuenta de que había dejado de mirar la pantalla.
Me estaba observando.
—Sofia ha roto conmigo.
La mano se me quedó inmóvil en torno al teléfono con el que estaba repasando los mensajes.
Ya lo sabía.
Pero oírlo de boca de mi hermano era algo completamente distinto.
—Lo sé.
—¿Te lo ha contado?
—Anoche.
Adrian hizo girar la taza de café entre los dedos sin beber.
Había en su cara un cansancio que no tenía nada que ver con las horas de sueño perdidas.
—No sé qué duele más —admitió, con la mirada en la ventana—. Si perder a Sofia o descubrir que la persona de la que está empezando a enamorarse es mi propio hermano.
Apreté la mandíbula.
Quería encontrar algo que decir que no empeorara las cosas, pero eso nunca se me había dado especialmente bien.
—Adrian...
—No hace falta. —Levantó una mano para detenerme antes de que pudiera defenderme—. Estoy intentando afrontar esto sin convertirte en mi enemigo.
Eché la silla hacia atrás.
—No tienes que fingir que te parece bien.
—No estoy fingiendo. Estoy enfadado, Dante. Estoy dolido y una parte de mí daría lo que fuera por tener a alguien a quien culpar.
No dije nada.
La pantalla del ordenador empezó a atenuarse, pero ninguno de los dos hizo ademán de reactivarla.
—Pero Sofia fue sincera conmigo —continuó al cabo de un momento—. Y tú también. No me gusta lo que está pasando, pero sé distinguir esto de una traición.
Algo se me tensó en el pecho, y oírle reconocer esa diferencia lo hizo todo aún más difícil.
Adrian se puso en pie y caminó hacia la ventana.
Durante un rato contempló los árboles del jardín, como si entre ellos aguardara alguna respuesta.
—¿Hablasteis anoche?
—Sí.
—¿Qué te dijo?
Me froté la nuca.
—Que habíais roto. Que siente algo por mí.
Los hombros de Adrian se tensaron.
Cerró los ojos un instante antes de volverse hacia mí.
—Me lo imaginaba.
—Entre nosotros no pasó nada —dije.
—No te lo he preguntado.
—Te lo cuento de todos modos.
Me observó un largo instante, y en su silencio reconocí lo mucho que se estaba esforzando por no descargar conmigo todo lo que sentía.
—No voy a exigirte que te alejes de ella para siempre, Dante. —Su voz sonaba serena, pero firme—. Eso sí, no esperes que mañana me despierte pensando que es maravilloso veros juntos. Voy a necesitar tiempo antes de poder mirar esta situación sin que me entren ganas de pegarle un puñetazo a alguien.
—Puedo darte unos cuantos nombres de gente que se lo merece.
Un amago de sonrisa le tiró de la comisura de la boca.
—El tuyo encabeza la lista.
—Me parece justo.
Su expresión se suavizó por fin y, durante unos segundos, reconocí al hermano con el que había crecido, y no al hombre cuya relación yo había contribuido a hacer imposible.
El teléfono de Adrian vibró sobre el escritorio. Era una llamada de Lorenzo, y mi hermano contestó con el altavoz puesto.
—Nico ha confirmado que Turner entró en el almacén a las seis y cuarenta y tres —informó Lorenzo—. El problema es que la salida de servicio sigue sin vigilancia y hay furgonetas moviéndose al otro lado de la manzana.
Adrian volvió a estudiar las fotografías.
—Entonces hoy no entra nadie. Mantened las entradas vigiladas esta noche. Si Turner sigue allí, aseguramos el perímetro y entramos mañana por la mañana.
—Puedo colocar a dos hombres más antes del amanecer —respondió Lorenzo.
Mi primer instinto fue protestar.
Pero la imagen de aquella salida sin vigilancia seguía abierta en la pantalla, y lanzarnos ahora podía ser la forma más rápida de dejar que Turner se nos escapara por segunda vez.
—De acuerdo —acepté a regañadientes.
Adrian me miró de reojo.
—Y nada de heroicidades.
—Me estás pidiendo un milagro.
Colgó y cogió el portátil.
Salimos del despacho a buscar a Sofia, con las fotografías y una tensión que ninguno de los dos había logrado dejar atrás del todo.
Estaba en la cocina, de espaldas a la puerta, acabando de hacer café.
Llevaba vaqueros y una blusa clara, con el pelo suelto sobre los hombros.
Cuando se volvió, noté que el calor me subía por el cuello.
El recuerdo de mi sueño volvió con tanta claridad que tuve que apartar la mirada un instante.
—Buenos días —dijo ella.
—Buenos días —respondió Adrian antes que yo.