Capítulo 15 #3
Vi a un guardia de seguridad cerca de las escaleras y le pregunté dónde estaba Dante.
—En el garaje, señorita Bennett.
Le di las gracias y bajé las escaleras.
Cuando llegué a la planta baja, oí voces procedentes del despacho.
Reconocí a Adrian y a Lorenzo, pero seguí caminando antes de que ninguno de los dos pudiera verme.
No quería que Adrian pensara que buscaba a Dante solo para provocar alguna reacción.
Y, sobre todo, no quería obligarlo a presenciar aquella conversación.
La puerta que daba al garaje estaba entreabierta, así que crucé el pasillo y la empujé con suavidad.
Dante estaba de pie junto a uno de los coches, con una camiseta negra y unos pantalones oscuros.
Llevaba un pequeño trozo de gasa pegado con esparadrapo en un lado del cuello y sostenía el móvil entre el hombro y la oreja mientras examinaba una carpeta abierta encima del capó.
—No quiero que nadie entre en ese almacén hasta que sepamos cuántos hombres hay dentro —decía.
Me detuve cerca de la puerta.
Cogió una fotografía.
—Lorenzo ya ha hablado con Adrian. Lo sé.
Hubo una pausa.
Dante soltó una risa corta.
—Nico, si consigues pasar diez minutos sin convertir una investigación en una persecución en coche, lo consideraré un milagro.
No pude evitar sonreír.
Colgó, dejó el móvil sobre el capó y se irguió al verme.
—¿Sofia?
Di unos pasos hacia él.
—Hola.
Miró el reloj de la pared.
Después volvió a mirarme.
—Son casi las dos y media de la madrugada.
—Lo sé.
—Deberías estar durmiendo.
Crucé los brazos.
—Tú también.
Se le dibujó una pequeña sonrisa.
—Tengo una reputación que mantener.
—¿La de no dormir nunca?
—La de ser misterioso. Tengo que trabajar a horas intempestivas.
Me reí.
Dante sonrió, pero su expresión cambió cuando se acercó lo suficiente para verme bien la cara.
—Has estado llorando.
Bajé la mirada.
—Un poco.
Se quedó callado.
—¿Ha pasado algo?
Miré la carpeta del capó.
—Adrian ha hablado conmigo.
Dante dejó de sonreír.
Siguió con la mano apoyada en el coche.
—Ya veo.
Esperé a que me preguntara algo, pero no lo hizo.
Di otro paso hacia él.
—Me ha contado lo de vuestra conversación.
Dante se frotó la nuca.
—Sofia...
—¿Es verdad?
Me sostuvo la mirada.
—¿Qué es verdad?
—Que estás enamorado de mí.
Dante se quedó completamente inmóvil.
En el garaje solo se oía el leve zumbido de algún aparato junto a la pared.
Miró hacia la puerta antes de volver a mirarme.
—¿Adrian te lo ha contado?
Asentí.
Dante soltó el aire y se pasó una mano por la cara.
—Hijo de puta.
En otras circunstancias, podría haberme reído.
Pero parecía tan incómodo que me quedé callada.
—¿Estás enfadado porque me lo ha contado?
Dante negó con la cabeza.
—No.
—Entonces, ¿por qué?
Se volvió hacia el coche y cerró la carpeta.
—Porque no era así como pretendía hablar contigo de esto.
Lo miré.
—¿Y cómo pretendías hacerlo?
Dante alzó la vista.
Esbozó una sonrisa leve.
—Preferiblemente, después de que alguien solucionara todos los problemas de mi vida.
—Eso podría llevar un tiempo.
—Empiezo a darme cuenta.
Los dos sonreímos y, durante unos segundos, pareció volver la complicidad de siempre.
Entonces Dante se apartó del coche y cruzó los brazos.
—Sofia, estás saliendo con mi hermano.
Respiré hondo.
Después lo miré a los ojos.
—Ya no.
Dante se quedó inmóvil.
La sonrisa se le borró de la cara.
—¿Qué?
—Adrian y yo hemos roto.
Me miró fijamente durante varios segundos y luego dirigió la vista a la puerta del garaje, como si esperara encontrarse allí a mi exnovio.
—¿Cuándo?
—Hace un rato.
Dante se pasó una mano por el pelo.
—Sofia...
—Lo sé.
Dio un paso hacia mí.
—¿Has roto con Adrian por mí?
Pensé antes de responder.
—He roto con él porque no podía seguir siendo su novia estando tan confundida sobre lo que siento por ti.
Dante apretó la mandíbula.
—No es exactamente lo mismo.
—Sé que no.
Siguió observándome.
—Sofia, Adrian te quiere.
Sentí una punzada en el pecho.
—Yo también quiero a Adrian.
Dante apartó la mirada.
Se quedó unos segundos con la vista fija en la pared antes de volverse hacia mí.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
No había enfado en la pregunta, solo una seriedad que rara vez le oía en la voz.
Di un paso hacia él.
—Porque necesitaba hablar contigo.
—¿De qué?
Le estudié la cara.
El pequeño corte junto a la ceja seguía rojo, y otra marca tenue se perdía bajo el cuello de la camiseta.
Tenía la mano derecha vendada, probablemente por una herida que se había hecho durante el ataque.
Quería preguntarle si le dolía.
Si había comido algo, si había conseguido descansar y si pensaba salir en mitad de la noche a buscar a los hombres que habían intentado secuestrarme.
Pero había una pregunta mucho más importante.
—Dante, ¿le dijiste a Adrian que estás enamorado de mí?
Asintió despacio.
—Sí, se lo dije.
—¿Y le prometiste que no intentarías conquistar a su novia?
Una leve sonrisa le asomó en los labios.
—Parece que te han dado el parte completo.
—Así es.
Dante bajó la mirada un instante.
Luego volvió a mirarme.
—Y pienso mantener mi palabra.
Se me aceleró el corazón.
—¿Aunque ya no sea su novia?
La sonrisa se le esfumó.
Se quedó tan quieto que oía mi propia respiración.
—Sofia...
—No he venido a pedirte nada —añadí—. No espero que me beses ni que me digas que por fin podemos estar juntos.
Dante guardó silencio.
Di otro paso.
—Pero mereces saber que lo que estaba pasando entre nosotros no eran imaginaciones tuyas.
Se pasó la lengua por los labios y me miró de un modo que hizo que se me encogiera el estómago.
—No sabía si tú sentías algo —admitió.
—Yo tampoco.
Solté una risita.
—Pasé días intentando convencerme de que solo era atracción. De que me gustaba pasar tiempo contigo porque estábamos encerrados en esa casa sin mucho más que hacer.
Dante arqueó una ceja.
—Conseguiste convertir mi casa en una oficina. No parecías precisamente aburrida.
Me reí.
—Estoy intentando tener una conversación seria.
—Y yo estoy ayudando.
—De una forma muy cuestionable.
Sonrió.
Esa sonrisa.
La que había conseguido irritarme y divertirme a la vez desde el día en que nos conocimos.
Pero esta vez no aparté la mirada.
—Me gusta estar contigo, Dante.
Se puso serio de nuevo.
—Me gustan nuestras conversaciones, tus bromas absurdas e incluso lo poco que tardas en sacarme de quicio, menos de cinco minutos.
—Un talento reconocido internacionalmente.
Sonreí.
—Pero también me gustan cosas de ti que nunca esperé encontrar.
Dante ladeó un poco la cabeza.
—¿Como cuáles?
Pensé en la cocina de su casa aislada, en las veces que me había escuchado quejarme del trabajo y en las pequeñas cosas que había hecho sin esperar un gracias.
—Me prestas atención.
No respondió.
—Recuerdas las cosas que digo, incluso cuando haces como si solo te interesara picarme. Sabes cuándo estoy preocupada e intentas hacerme reír aunque no esté de humor.
Dante me miró la mano antes de volver a mirarme a los ojos.
—Sofia...
—Y esta noche, durante la huida, me moría de miedo de que te pasara algo.
Dante dio un paso hacia mí y me hizo callar de golpe.
Estábamos tan cerca que distinguí la pequeña marca junto a su mandíbula, y el corazón se me aceleró cuando su mirada descendió hasta mi boca.
Por un instante, pensé que iba a besarme.
Pero siguió donde estaba: se pasó una mano por la cara y soltó un largo suspiro.
—Acabas de romper con mi hermano.
—Lo sé.
—Y está dentro de esta casa.
—Eso también lo sé.
Dante echó un vistazo rápido a la puerta antes de volver a mirarme.
Tenía una expresión seria, muy distinta de la que ponía cuando bromeaba conmigo.
—No quiero hacer nada que convierta una mala noche en algo aún peor para ti.