Capítulo 15
SOFIA
Adrian no me soltó la mano mientras caminábamos hacia el dormitorio.
Subimos las escaleras en silencio, dejando atrás a dos guardias de seguridad apostados en el pasillo. Uno de ellos se hizo a un lado para que pasáramos, pero Adrian apenas pareció notarlo.
Siguió hasta la última puerta, la abrió y esperó a que yo entrara.
La cama estaba hecha y la maleta que habíamos traído seguía abierta sobre un sillón. Mi camiseta mojada seguía colgada en el baño, donde la había dejado después de ducharme.
Todo estaba exactamente igual que unos minutos antes, cuando había bajado a preguntar por Paolo.
Adrian cerró la puerta.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
Se pasó una mano por el pelo antes de volverse hacia mí.
—Tengo que hablar contigo de Dante.
Se me encogió el estómago.
—¿De Dante? ¿Está bien?
—Está bien.
—Entonces, ¿por qué teníais esa cara los dos?
Adrian se acercó a la cómoda y dejó el móvil encima. Se quedó mirándolo unos segundos y por fin levantó la vista hacia mí.
—Le he preguntado a mi hermano si está enamorado de ti.
Me quedé inmóvil.
Por un instante pensé que lo había oído mal.
—¿Que le has preguntado qué?
—Si está enamorado de ti.
Di un paso hacia él.
—Adrian…
—Y ha dicho que sí.
El corazón se me aceleró.
Durante varios segundos fui incapaz de decir una sola palabra.
Adrian siguió observándome y tuve la horrible sensación de que cada segundo de silencio hacía más difícil aquella conversación.
—¿Sofia?
Me pasé una mano por la cara.
—No lo sabía.
—¿No sabías que estaba enamorado de ti?
Negué con la cabeza.
—No.
Adrian se acercó a la cama y se sentó.
—Pero sospechabas que sentía algo.
Miré hacia la ventana.
Las cortinas estaban entreabiertas y dejaban ver las luces que iluminaban la entrada de la finca. Uno de los guardias cruzó el jardín hablando por la radio.
Volví a mirar a Adrian.
—Sabía que algo estaba cambiando entre nosotros.
Adrian asintió despacio.
—Entre Dante y tú.
—Sí.
Apoyó los codos en las rodillas.
—¿Desde cuándo?
Acerqué una silla a la cama, pero no me senté.
Todavía me dolían las piernas por la huida y necesitaba descansar con urgencia. Aun así, no me veía teniendo esa conversación como si estuviéramos hablando de un problema cualquiera.
—No lo sé exactamente.
Adrian soltó una risa breve.
—Tiene gracia. Dante ha dicho lo mismo.
Alcé la vista.
—¿Qué más ha dicho?
Mi novio me observó durante varios segundos.
—Que nunca ha intentado besarte. Que nunca te ha pedido que me ocultaras nada y que se ha apartado cada vez que se ha dado cuenta de que empezaba a sentir algo distinto.
Asentí.
Adrian ladeó la cabeza.
—¿Es verdad?
—Sí.
—¿Todo?
—Cada palabra.
Se pasó las dos manos por la cara.
—Vale.
Me quedé junto a la silla, esperando a que continuara, hasta que Adrian alzó la vista.
—¿Y tú, Sofia?
La pregunta fue tan directa que necesité unos segundos para responder.
—¿Yo qué?
—¿Qué sientes por mi hermano?
Apreté los dedos alrededor del respaldo de la silla.
Llevaba varios días intentando encontrar una respuesta a esa pregunta.
La mayor parte del tiempo conseguía convencerme de que solo estaba confundida.
Dante era guapo, divertido, inteligente y exasperantemente seductor.
No hacía falta estar enamorada de él para darse cuenta de todo eso.
El problema era que, durante la huida, no solo había pensado en su físico.
Recordé su voz cuando me ordenó que mantuviera la cabeza agachada, la forma en que tomó el control del vehículo y cómo se las había arreglado para soltar un comentario absurdo incluso mientras unos hombres armados nos perseguían.
Y cuando lo vi herido después del ataque, mi primer instinto fue abrazarlo y asegurarme de que estaba bien.
—Sofia —dijo Adrian.
Alcé la vista.
—Estoy intentando responder.
Asintió y esperó.
Respiré hondo.
—Dante me atrae.
Adrian permaneció inmóvil.
—Atraída.
—Sí.
—¿Eso es todo?
Bajé la mirada.
—No lo sé.
Soltó el aire despacio y se levantó.
Fue hasta la ventana, apartó la cortina y se quedó mirando el jardín.
Durante unos segundos, no dijo nada.
Me acerqué.
—Adrian...
—¿Pasó algo durante vuestra excursión?
Me detuve.
Se volvió.
—Ayer. Cuando os sorprendió la lluvia.
Se me aceleró el corazón.
—No pasó nada.
Adrian me observó.
—Sofia.
—Nos quedamos en aquel refugio hasta que amainó la lluvia. Hablamos, hicimos algunas bromas y luego volvimos a casa.
Siguió mirándome.
Tragué saliva.
—Pero hubo un momento...
Su expresión cambió.
—¿Qué clase de momento?
Me toqué la nuca.
—Estábamos sentados muy juntos. La manta se me resbalaba del hombro y Dante volvió a subírmela. Y yo...
Me detuve.
Adrian cerró los ojos.
—Querías besarlo.
Se me cerró la garganta.
—Sí.
Me dio la espalda.
Lo observé, esperando una reacción.
Adrian se pasó una mano por el pelo y cruzó al otro lado del dormitorio. Apartó una silla de su camino antes de darse la vuelta, como si fuera incapaz de estarse quieto.
—Y no me lo contaste.
—No sabía cómo.
Soltó una risa seca.
—Podrías haber empezado por decirme justo eso.
—Lo sé.
—Sofia, pasamos la noche juntos. Hablamos, hicimos planes y me dijiste lo feliz que estabas de que hubiera venido...
—¡Lo estaba!
Mi respuesta sonó más alta de lo que pretendía, y Adrian se quedó parado mientras yo me acercaba a él.
—Estaba feliz, Adrian. Sigo siendo feliz cuando estoy contigo. Eso no ha cambiado.
Me miró fijamente.
—¿Y qué ha cambiado entonces?
Abrí la boca, pero tardé un momento en encontrar las palabras.
—Ya no puedo mirar a Dante de la misma manera.
Adrian bajó la cabeza.
Me acerqué un poco más.
—No pasó porque tú estuvieras fuera. Ni porque no fuera feliz con lo nuestro. Te quiero.
Alzó la vista.
—Sé que me quieres.
Le cogí la mano.
—De verdad que te quiero.
Adrian entrelazó los dedos con los míos.
—Te creo, Sofia. Pero eso no responde a mi pregunta.
Se me encogió el pecho.
Me acarició la mano con el pulgar.
—¿Te estás enamorando de Dante?
Bajé la mirada hacia nuestros dedos entrelazados.
La respuesta estaba tan cerca que me daba miedo decirla en voz alta.
—Creo que sí.
Adrian me soltó la mano.
No hubo nada brusco en el gesto. Sus dedos se separaron de los míos sin más y él dio dos pasos atrás.
Me quedé donde estaba.
Se cubrió la boca con una mano, soltó el aire y miró al techo.
—Joder.
Empecé a notar el escozor de las lágrimas.
—Adrian...
Alzó una mano.
—Dame un minuto.
Asentí.
Adrian volvió a la ventana.
Observé su espalda, la forma en que apoyaba las manos en las caderas y bajaba la cabeza.
Era el mismo hombre que me había besado la noche anterior, antes de que nos quedáramos dormidos.
El mismo hombre que me había sujetado durante la persecución y me había cubierto cuando las balas impactaron contra el todoterreno.
Y yo acababa de decirle que me estaba enamorando de su hermano.
—Iba a pedirte que te casaras conmigo —dijo Adrian.
Se me paró el corazón.
Se volvió despacio.
—Aún no había decidido cuándo. Pensaba esperar a que superáramos todo esto, volviéramos a Chicago y pasáramos un tiempo juntos sin guardaespaldas siguiéndonos a todas partes.
Me llevé una mano a la boca.
—Adrian...
—Estaba pensando en un viaje. A algún sitio donde de verdad pudieras apagar el móvil más de dos horas.
Se me escapó una risa nerviosa mientras las primeras lágrimas me rodaban por las mejillas.
—Sabes que eso habría sido imposible.
Una leve sonrisa le curvó los labios.
—Estaba dispuesto a intentarlo.
Se acercó, pero se detuvo antes de tocarme.
—Sofia, me imaginaba casado contigo.
Me sequé la cara.
—Yo también lo pensaba.
—¿Lo pensabas?
Asentí.
—Todavía lo pienso.
Adrian se pasó una mano por la cara.
—Entonces de verdad no sé qué se supone que debo hacer con eso.
Le tembló un poco la voz en la última palabra, y eso me dolió más que cualquier discusión.
Me acerqué y le toqué el brazo.
—Nunca quise que pasara esto.
—Lo sé.
—No estaba buscando a otro hombre.
—Eso también lo sé.
Bajó la mirada hacia mi mano.
—Pero ha pasado.
Asentí mientras Adrian cubría mis dedos con los suyos.
Nos miramos durante varios segundos antes de que me estrechara entre sus brazos.
Le rodeé la cintura con los brazos y apoyé la cara en su pecho mientras Adrian me abrazaba con fuerza, con la barbilla apoyada en mi cabeza.
Lloré en silencio mientras él me acariciaba el pelo.
Conocía aquel abrazo.
Conocía el olor de su camiseta, la forma en que sus manos se apoyaban en mi espalda y cómo siempre me atraía un poco más hacia él cuando notaba que estaba mal.
En sus brazos había aprendido a sentirme a salvo.
Apreté los dedos alrededor de su camiseta.
—Te quiero —susurré.
Adrian me besó el pelo.
—Yo también te quiero, Sofia.
Cerré los ojos.
Quería quedarme allí.
Quería que aquel abrazo bastara para borrar todo lo que había dicho en los últimos minutos.
Pero cuando por fin me aparté para mirarlo, encontré a un hombre que seguía esperando una respuesta que yo ya no podía darle.
—¿Quieres seguir conmigo? —preguntó.
Le tomé la cara entre las manos.
—Te quiero en mi vida.
Adrian cerró los ojos un instante.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Tragué saliva.
Me sujetó con suavidad por las muñecas.
—Necesito saber si todavía quieres ser mi novia, Sofia. Si quieres seguir construyendo lo que estábamos construyendo.
Lo miré.
—No sé si puedo hacerlo mientras siento algo por Dante.
Adrian me soltó las manos.
Su rostro perdió la poca compostura que le quedaba.
—Quieres averiguar qué hay entre vosotros.
Apreté los labios.
—Quiero entender lo que siento.
—¿Y cómo piensas hacerlo?
No respondí de inmediato.
Adrian soltó una risa amarga.
—Sofia, sabes que no vas a descubrirlo si te mantienes lejos de él y finges que no ha pasado nada.
Bajé la mirada.
—Lo sé.
Asintió despacio.
—¿Entonces quieres tener la oportunidad de estar con mi hermano?
Aquellas palabras me golpearon con una fuerza inesperada.
Levanté la cabeza.
—No estoy diciendo que vaya a salir de aquí y empezar una relación con Dante.
—Eso no es lo que he dicho.
—Lo dices como si hubiera planeado todo esto.
Adrian sostuvo mi mirada.
—No te estoy acusando de nada.
Respiré hondo.
Se acercó.