Capítulo 13 #2
Lo oí partirse.
—¡Agarraos! —advirtió Dante.
El vehículo se inclinó peligrosamente hacia un lado.
Me aferré al asidero del techo mientras el cinturón me sujetaba al asiento.
No sé cómo, pero logramos pasar.
Dante volvió a acelerar, pero ahora íbamos por una franja de terreno aún más estrecha, cubierta de piedras y vegetación.
Adrian se volvió hacia él.
—¿Dónde demonios estamos?
—Detrás de la antigua estación de bombeo.
Mi novio consultó el mapa.
—Esa carretera no aparece.
—Porque hace años que nadie la usa.
Oí el motor de la camioneta a nuestra espalda: intentaban seguir la misma ruta. Dante miró por el retrovisor.
—Tenemos que llegar al embalse antes que ellos.
El terreno empezó a ascender.
Durante unos segundos, las ruedas patinaron buscando agarre y lanzaron piedras contra los bajos del todoterreno.
Dante sujetó el volante con firmeza.
Miraba por la ventanilla lateral cuando reconocí una pequeña construcción de madera junto a los árboles.
Me incorporé.
—¡Espera!
Adrian se volvió.
—¿Qué pasa?
Señalé el edificio.
—He estado aquí antes.
Dante me miró por el retrovisor.
—¿Qué quieres decir?
—¡Cuando me enseñaste a conducir el buggy! ¡Pasamos junto a ese cobertizo!
Él miró de reojo hacia el borde del camino.
—Sofia, ahora no es momento de rememorar tus clases de conducción.
—¡Ya lo sé! Pero había otro sendero detrás. Dijiste que llevaba a la carretera del embalse.
Dante volvió a mirar al frente, pero no respondió enseguida: en lugar de eso, echó un vistazo atrás, hacia el cobertizo.
—Es demasiado estrecho.
—No lo era para el buggy.
—Vamos en un vehículo mucho más grande.
Adrian calculó la distancia hasta la abertura.
—¿Y si seguimos por esta carretera?
Dante miró por el retrovisor.
Unos faros reaparecieron entre los árboles.
—Nos toparemos con una valla cerrada antes de llegar a la carretera.
Mi novio señaló el paso que yo recordaba.
—Entonces tenemos otra opción.
Dante maldijo.
Luego giró el volante.
El todoterreno se abrió paso entre la vegetación, junto al cobertizo, y durante un instante aterrador pensé que nos quedaríamos encajados entre dos troncos.
Las ramas arañaron la carrocería y algo golpeó los bajos con un impacto sordo.
El paso era estrecho.
Mucho más estrecho de lo que me había parecido cuando lo atravesé en el buggy.
Pero aun así lo reconocí.
Recordé el día en que Dante me enseñó a acelerar en aquel tramo y me corrigía mientras yo me quejaba de que se estaba pasando con la diversión.
Entonces quise matarlo.
Esta noche solo quería llegar viva al final del camino.
—¡Hay una curva después de la cuesta! —advertí.
Dante asintió.
—La veo.
Seguimos avanzando hasta que apareció una luz a nuestra derecha.
Durante un instante horrible, pensé que nos esperaba otro vehículo.
Entonces reconocí una franja pálida de asfalto y Dante aceleró.
El todoterreno saltó por encima de una zanja poco profunda y por fin alcanzó la carretera secundaria.
Los neumáticos derraparon antes de encontrar agarre y me empujaron contra el respaldo, mientras Adrian se apoyaba con una mano en el salpicadero.
Cuando el todoterreno se endrezó por fin, Dante miró por el retrovisor.
No había faros.
Empecé a respirar más hondo, pero el alivio no duró: la radio crepitó.
—¡Dante! —La voz de Nico sonaba tensa—. Tenemos un problema.
Adrian agarró la radio.
—¿Dónde estáis?
—En la intersección. Ha bajado un coche por la carretera principal y ha intentado bloquearnos.
Mi novio se inclinó hacia delante.
—¿Habéis conseguido escapar?
Hubo una pausa.
Oí un ruido que no identifiqué y, de fondo, la voz de alguien hablando.
—Sí —respondió Nico—. Pero a Paolo le han dado.
Me llevé una mano a la boca.
Dante apretó el volante con más fuerza.
—¿Dónde?
—En el brazo izquierdo. Está consciente, pero necesitamos ayuda.
Adrian consultó el mapa.
—Estamos a menos de dos kilómetros y medio de vosotros. ¿Lorenzo está en camino?
—Sí.
Mi novio volvió a hablar por la radio.
—Buscad un sitio protegido y mantened el contacto. Vamos a reunirnos con vosotros.
Dante miró a Adrian.
—Si esos hombres siguen en la intersección, podríamos llevar a Sofia directa a otra emboscada.
Mi novio abrió la boca para responder.
Antes de que pudiera, me agarré al respaldo de su asiento.
—¡Adrian, no podemos dejarlos allí!
Se volvió hacia mí.
—Lo sé, cariño.
—Paolo está herido.
Adrian me cogió la mano un instante.
—Lo he oído.
Lo dijo con firmeza.
No tenía la menor intención de abandonar a sus hombres, pero tampoco parecía dispuesto a meternos de cabeza en una situación en la que pudiéramos morir todos.
Dante cogió la radio.
—Nico, ¿podéis llegar a la entrada de la autovía?
—Sí.
—Entonces id. Nos reuniremos allí con el equipo de Lorenzo.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Dante bajó la radio y aceleró.
Yo no dejaba de mirar por la luna trasera, buscando los faros que nos habían perseguido.
La carretera estaba desierta.
Pero no podía dejar de pensar en la camioneta, en los disparos, en cómo Adrian había empuñado el arma.
Se dio cuenta de que le miraba las manos; la pistola seguía apoyada en su regazo.
Mi novio la guardó con cuidado y se volvió hacia mí.
—¿Sofia?
Alcé la mirada.
—¿Sí?
—¿Estás bien?
Intenté responder, pero no me salió la voz.
Adrian estiró el brazo entre los asientos y le cogí la mano de inmediato.
—Ya casi estamos con los nuestros —dijo—. Estás a salvo.
Le apreté los dedos, queriendo creerle, aunque los disparos seguían resonándome en los oídos.
Y no conseguía librarme de la sensación de que podían alcanzarnos en cualquier momento.
Nos reunimos con Lorenzo en un área de servicio apartada de la autovía.
Había dos vehículos oscuros aparcados junto a un pequeño edificio abandonado y varios hombres se agrupaban junto a un tercer coche.
Dante se detuvo cerca de la entrada.
Adrian salió primero.
—Quédate aquí un momento, cariño.
Asentí.
Fue a paso rápido hacia Lorenzo, que ya salía a su encuentro. Empezaron a hablar mientras uno de los hombres abría la puerta trasera de otro vehículo.
Vi a Paolo sentado dentro.
Estaba pálido y sujetaba el brazo izquierdo pegado al cuerpo. Tenía la camisa manchada de sangre y otro hombre le presionaba un paño sobre la herida.
Se me revolvió el estómago al abrir mi puerta, y Dante se volvió de inmediato.
—Sofia, espera.
Lo miré.
—Quiero saber si Paolo está bien.
Siguió mi mirada.
Después asintió.
—Ven conmigo.
Bajé y lo seguí hasta el coche. Paolo alzó la vista cuando nos acercamos.
Intenté sonreír.
—Hola.
Consiguió esbozar una sonrisa débil.
—Buenas noches, señorita Bennett.
Le miré el brazo.
—Dios mío. Estás herido.
—He tenido días mejores.
Dante se inclinó para examinarlo.
—¿Está en camino el equipo médico?
Nico asintió.
—Lorenzo ya los ha avisado.
Paolo intentó cambiar de postura en el asiento, pero el dolor le retorció el gesto.
Sostuve la puerta mientras él buscaba una posición más cómoda.
—No hace falta que hables —le dije—. Solo quería asegurarme de que estabas consciente.
Volvió a sonreír.
—Estoy bien.
Miré el paño empapado de sangre; no parecía estar bien.
Dante le apoyó una mano en el hombro.
—Nos ocuparemos de ti.
Luego me llevó unos pasos más allá del coche.
—Sofia, a ti también tienen que examinarte.
Negué con la cabeza.
—No me han disparado.
Me miró el brazo.
Seguí su mirada.
Tenía un pequeño corte cerca del codo, probablemente de algún cristal roto.
Ni siquiera me había dado cuenta.
—No es nada.
Dante me cogió la muñeca con suavidad y examinó la herida.
—Aun así, hay que echarle un vistazo.
Le estudié el rostro.
Tenía una pequeña marca cerca de la sien y un arañazo en un lado del cuello.
—Tú también estás herido.
Dante se tocó el cuello.
—¿Esto?
Asentí.
Sonrió.
—Sofia, he tenido discusiones contigo que me han dejado marcas peores.
Se me escapó una risa involuntaria.
Luego negué con la cabeza.
—¿Cómo puedes bromear cuando casi morimos?
Se le borró la sonrisa.
—Estamos vivos.
Le sostuve la mirada sin que se me ocurriera nada que decir durante varios segundos.
Dante me soltó la muñeca despacio.
—Adrian está allí —dijo, señalando hacia el edificio—. Te sentirás mejor con él.
Asentí, pero no me moví, y Dante se dio cuenta.
Me recorrió la cara con la mirada y algo cambió en su expresión.
—¿Sofia?
Respiré hondo.
—Gracias.
Frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Por sacarnos de allí.
Dante se quedó callado unos segundos.
Luego me dedicó una leve sonrisa.
—Fuiste tú la que se acordó de ese sendero.
Negué con la cabeza.
—Solo me acordé porque tú me llevaste allí.
—Entonces digamos que ha sido trabajo en equipo.
Sonreí y él me observó un instante más.
Antes de que ninguno de los dos pudiera añadir nada más, Adrian apareció a nuestro lado.
—Cariño.
Me volví de inmediato.
Mi novio me rodeó la cintura con un brazo.
—Lorenzo ha encontrado un sitio seguro donde pasar la noche. Nos iremos en cuanto el equipo médico se haga cargo de Paolo.
Asentí.
Adrian se fijó en mi brazo.
—¿Qué ha pasado?
—Solo es un corte pequeño.
Me cogió la mano y la examinó.
—Hay que limpiar eso.
—Adrian, estoy bien.
Alzó la vista.
—Lo sé. Pero quiero asegurarme.
Le dediqué una leve sonrisa y me besó la frente antes de mirar a Dante.
—Lorenzo quiere hablar contigo.
Dante asintió.
—Ahora mismo voy.
Mi novio me cogió de la mano y me llevó hacia uno de los coches.
Al mirar por encima del hombro, vi que Dante se acercaba a Lorenzo, que estaba junto a la entrada del edificio.
Empezaron a hablar, pero estábamos demasiado lejos para oír lo que decían.
Seguí mirándolos: Dante se detuvo para ver algo que Lorenzo le mostraba en el móvil.
Dante cogió el aparato, examinó la imagen unos segundos y levantó la mirada hacia mí.
Se me encogió el estómago.
Adrian se dio cuenta de que me había detenido y siguió mi mirada.
—¿Qué ocurre?
Señalé discretamente hacia ellos.
—Creo que han encontrado algo.
Mi novio se volvió.