Capítulo 7 #4
Unos segundos después, la impresora cobró vida y una acreditación azul salió por la ranura.
El hombre la cogió, se quitó la amarilla y la sustituyó por la nueva antes de echar a andar por el pasillo.
Uno de los guardias comprobó sus credenciales y lo dejó pasar antes de que terminara la grabación.
Seguía con los ojos clavados en el móvil de Dante.
—Lo hizo él mismo.
Dante asintió.
—Al menos esa parte.
Le envió un mensaje a Lorenzo.
—Ahora tenemos que averiguar adónde fue una vez dentro.
Yo seguía estudiando la imagen congelada cuando llegó otro mensaje.
Dante lo abrió y su expresión se endureció.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Vaciló antes de enseñarme la pantalla.
Lorenzo había conseguido un informe parcial de la actividad de mi tableta, en el que figuraban los archivos consultados tras la emisión de la nueva acreditación.
Había tres archivos: la lista de proveedores, el plano del salón de baile y un tercer documento.
Mi nombre aparecía en el título: «Agenda de operaciones — Sofia Bennett».
Se me secó la boca.
—Esa es mi agenda.
Dante alzó la vista.
—¿Qué contiene?
Me incliné hacia delante para leer la hora.
Las 18:19.
Cinco minutos después de obtener su acreditación permanente, el hombre había abierto mi agenda personal.
—Mis citas —respondí—. Reuniones, visitas a los locales, horarios de montaje. Todos los lugares en los que tenía que estar.
Dante volvió a estudiar el informe.
—¿Solo abrió el archivo o hizo una copia?
Negué con la cabeza.
—No lo sé.
Cogió el móvil para preguntárselo a Lorenzo mientras yo seguía con la mirada fija en la pantalla.
Me acordé del hombre de pie junto a la entrada de servicio, de cómo lo había tratado como a un empleado más que llegaba tarde y del problema que, por estar tan ocupada, no había llegado a investigar en persona.
A esas alturas, ya estaba dentro del evento.
Y, apenas unos minutos más tarde, ya andaba buscando información sobre mi rutina diaria.
—¿Sofia?
Alcé la vista.
Dante había terminado de enviar el mensaje y me observaba.
—¿Estás bien?
Asentí, pero no conseguía apartar los ojos del móvil.
—Pensaba que intentaba llegar hasta Adrian.
Dante no respondió de inmediato.
—Puede que todavía sea así —dijo.
Lo miré.
—Entonces, ¿por qué abrió mi agenda?
Dante se pasó una mano por la mandíbula mientras examinaba el informe una vez más.
—Eso es lo que vamos a averiguar.
Su móvil volvió a vibrar.
Leyó el mensaje y frunció el ceño.
—Lorenzo está comprobando si alguien ha descargado una copia.
Asentí.
La casa estaba en silencio. El reloj de la cocina marcaba casi las dos de la madrugada y hacía rato que la música había dejado de sonar.
Dante guardó el móvil y se acercó.
—Vamos. Es tarde.
Lo miré.
—¿Crees que ese hombre me buscaba desde el principio?
Nuestras miradas se encontraron.
Dante no respondió enseguida, y fue precisamente aquella vacilación la que me inquietó aún más.
—Todavía no lo sabemos, Sofia.
Me pasé una mano por el pelo.
—Pero es posible.
Asintió despacio.
Me quedé en silencio mientras Dante extendía la mano y me rozaba el brazo un instante.
—Averiguaremos quién es y por qué quería esa información.
Levanté la mirada.
Su expresión era seria, sin rastro de las bromas que habían llenado buena parte de la velada.
Me acerqué un poco más.
—¿Me prometes que me contarás todo lo que descubras?
Dante sostuvo mi mirada.
—Te lo prometo.
Asentí.
Recogió mi portátil, cerró la tapa y cogió la carpeta que había dejado sobre la mesa.
—Ahora vamos a dormir un poco.
Cogí el móvil.
—¿Me estás echando del salón?
Volvió a asomarle una leve sonrisa.
—Estoy intentando convencer a una mujer muy testaruda de que las dos de la mañana no son horas de seguir trabajando.
Me reí.
—Te has pasado media noche trabajando conmigo.
—Y la otra mitad intentando que dejaras de discutir.
Negué con la cabeza y fui hacia la escalera.
Dante me siguió con mis cosas en las manos.
Cuando llegamos al pasillo de arriba, me entregó el portátil y la carpeta.
—Buenas noches, Sofia.
Sonreí.
—Buenas noches.
Entré en mi habitación, dejé todo sobre el escritorio y me volví a mirar a Dante antes de cerrar la puerta.
Él ya iba camino de su habitación, con el móvil en la mano.
—¿Dante?
Se detuvo.
—¿Qué?
Vacilé.
—Gracias por lo de hoy.
Se le dibujó la sonrisa.
—¿Por la investigación o por el sándwich?
Me reí.
—Por el sándwich.
Inclinó la cabeza.
—Eso pensaba.
Entré en mi dormitorio todavía sonriendo y cerré la puerta.
Dejé el móvil en la mesilla y me senté en el borde de la cama para quitarme los zapatos.
Estaba a punto de volver a levantarme cuando la pantalla se iluminó con un mensaje de Adrian.
Adrian: Espero que te hayas acostado, señorita Bennett.
Sonreí ante su tono burlón y le contesté que me iba a dormir en ese mismo instante; añadí también que lo quería.
Su respuesta llegó casi de inmediato.
Adrian: Yo también te quiero. Sueña conmigo.
Me tumbé, me subí la manta hasta la cintura y me quedé unos instantes mirando el mensaje antes de apagar la luz.
A pesar de todo lo que estaba ocurriendo, Adrian había conseguido hacerme reír aquella noche, aunque estuviera a kilómetros de distancia.
El problema era que Dante también lo había conseguido.
Y bastaba con recordar algunas de las cosas que había dicho para que me entraran ganas de volver a sonreír.
Cerré los ojos e intenté concentrarme en el recuerdo del beso que Adrian me había dado aquella tarde. Aún recordaba el calor de sus brazos y la forma en que me había abrazado antes de marcharse.
Pero, sin que yo la hubiera llamado, otra imagen se me coló en los pensamientos.
Dante sentado en la cocina, completamente inmóvil mientras yo le limpiaba la comisura de los labios, observándome con aquellos ojos de color gris verdoso que parecían fijarse en mucho más de lo que yo quería.
Abrí los ojos, suspiré y me giré hacia el otro lado.
Estaba agotada, al parecer algún desconocido estaba investigando mis movimientos y ni siquiera sabía cuándo podría volver a casa.
Desde luego, aquel no era el momento de pensar en la sonrisa del hermano de mi novio, y mucho menos en la forma en que me había mirado cuando habíamos estado tan cerca.
Me subí la manta hasta los hombros, decidida a zanjar el asunto por completo dentro de mi propia cabeza.
Pero, antes de que pudiera quedarme dormida, el móvil volvió a vibrar.
Alargué la mano, esperando otro mensaje de Adrian, y fruncí el ceño al ver el nombre de Dante en la pantalla.
Dante: Por cierto, Sofia...
Antes de que pudiera responder, apareció un segundo mensaje.
Dante: Aún me debes un favor.
Empecé a reírme para mis adentros, incapaz de creer que siguiera pensando en aquella ridícula apuesta.
Escribí una respuesta breve, con la esperanza de que bastara para dar por terminada la conversación.
Sofia: Buenas noches, Dante.
Su respuesta llegó tan rápido que tuve la clara impresión de que había estado ahí sentado, esperando con el móvil en la mano.
Dante: Eso no es un favor. Pero lo aceptaré por ahora.
Negué con la cabeza al leer el último mensaje de Dante y dejé el móvil de nuevo sobre la mesilla; era absolutamente insufrible.
Y lo peor era que parecía saber exactamente hasta dónde apretar: lo justo para sacarme de quicio, sin llegar nunca a que me enfadara de verdad.
Me acomodé mejor bajo la manta, decidida a no responder a ningún otro mensaje, y mantuve los ojos cerrados hasta que el agotamiento se impuso, todavía con una sonrisa en los labios mientras el sueño me arrastraba.