Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

DANTE

Sofia dio otro sorbo al vino y me miró por encima del borde de la copa.

—¿Eres consciente de que esa personalidad tuya sería insoportable en cualquier otro hombre?

Dejé la botella sobre la encimera.

—¿Me estás diciendo que conmigo funciona?

Sonrió.

—Te estoy diciendo que deberías plantearte cerrar la boca de vez en cuando.

—Lo he intentado. Mi hermano pensó que estaba enfermo.

Sofia se rio y se acomodó mejor en el taburete.

Se había soltado el pelo después de que Adrian se marchara, y algunos mechones le caían sobre la cara cada vez que inclinaba la cabeza.

La blusa clara que había elegido para la visita de mi hermano tenía un escote discreto, pero dejaba a la vista parte del cuello, donde una cadena delicada se perdía bajo la tela.

Empezaba a odiar aquel collar.

Sobre todo porque me sorprendía a mí mismo preguntándome dónde acababa.

—¿Dante?

Levanté la vista.

—¿Mmm?

—¿Me estás escuchando?

—Cada palabra.

—Entonces, ¿qué acabo de decir?

Sonreí.

—Que soy un hombre extraordinario a pesar de mi difícil personalidad.

Soltó una carcajada.

—En serio, necesitas ayuda.

Cogí la copa y fui hasta el frigorífico.

Había apartado dos filetes para la cena y tenía que pensar qué hacer con las patatas antes de que Sofia volviera a adueñarse de mi cocina.

—¿Tienes hambre?

—Sí. ¿Qué vas a preparar?

—Había pensado filete con patatas.

Inclinó la cabeza.

—¿Y sabes hacer eso?

Miré por encima del hombro.

—Sofia, ¿cuántas comidas voy a tener que cocinar antes de que te creas que puedo alimentarme sin supervisión de un adulto?

—Sigo evaluándolo.

—¿Sabes? Podrías reconocer sin más que te gusta cómo cocino.

Sonrió y se terminó el vino.

—Es aceptable.

Cogí la botella.

—¿Más?

Sofia vaciló.

—Un poco.

Le serví menos de media copa.

Me observó y entornó los ojos.

—¿Eso es todo?

—Has dicho un poco.

—Dante.

—Si quieres más, pídelo. Soy muy complaciente cuando una mujer sabe lo que quiere.

Su sonrisa desapareció durante una fracción de segundo.

Luego cogió la copa.

—Impresionante. Desde luego, no dejas pasar ni una.

Sonreí y volví a la encimera.

Mientras cortaba las patatas, Sofia me contó una conversación que había tenido con Maya después de que Adrian se marchara.

El cliente del evento del viernes quería cambiar la decoración una vez más, y Sofia se estaba planteando cobrarle un suplemento solo para compensar el tiempo que había perdido explicándole por qué no podían poner una estructura de iluminación justo en la zona de paso de los camareros.

Hablaba con las manos y alternaba la irritación y el humor con tal naturalidad que era imposible no prestarle atención.

—Y lo peor es que vio el plano —continuó—. Se lo enseñé tres veces. Tres. Estuvo de acuerdo con todo y hoy, de repente, decide que quiere una mesa justo delante de la salida de emergencia.

—Pon la mesa ahí.

Sofia se detuvo.

—¿Qué?

—Que descubra por sí mismo por qué es una mala idea.

Se echó a reír.

—Serías un pésimo organizador de eventos.

—Sería excelente. La mitad de tus problemas desaparecerían después de la primera reunión.

—Porque amenazarías a los clientes.

—No tendría que llegar tan lejos.

Me miró con recelo.

—Dante.

—Solo les cobraría cada cambio.

Sofia volvió a reírse y dejó caer la frente sobre la mano mientras yo la miraba luchar por recuperar el aliento.

Cuando por fin levantó la vista, me pilló mirándola.

—¿Qué?

Negué con la cabeza.

—Nada.

—Me estabas mirando.

—Sí.

Esperó.

No añadí nada.

Sofia dio otro sorbo al vino, pero no se le borró la sonrisa.

Volví a concentrarme en las patatas antes de despistarme tanto como para cortarme un dedo.

La música empezó a sonar casi por casualidad.

Sofia buscaba un enchufe para cargar el móvil cuando descubrió el pequeño tocadiscos de una estantería.

Al lado había varias cajas de discos que yo mismo había dejado allí la última vez que pasé unos días en la casa.

Sacó un álbum.

—¿Tienes discos de vinilo?

Miré hacia el salón.

—Sí.

—Eres mayor de lo que aparentas.

Sonreí.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Me lo tomaré como uno de todas formas.

Sofia examinó la portada y cogió otro disco.

—¿Puedo poner algo?

—Adelante.

Tardó unos minutos en entender cómo funcionaba el tocadiscos.

Estaba a punto de levantarme para ayudarla cuando por fin consiguió bajar la aguja y colocarla en su sitio.

Un suave crepitar llenó la habitación antes de que empezara a sonar una guitarra: una vieja grabación de blues que reconocí al instante.

Sofia subió un poco el volumen, dejó la portada del álbum sobre la mesa y empezó a moverse al ritmo de la música mientras volvía a la cocina.

Cantaba al mismo tiempo y se equivocaba en al menos la mitad de la letra con una seguridad impresionante.

Me apoyé en la encimera para observarla.

—¿Sabes siquiera qué estás cantando?

—Más o menos.

—Ya me he dado cuenta.

Me lanzó una mirada.

—Me gusta la canción.

—Eso está clarísimo.

Sofia se balanceó al ritmo de la guitarra y cogió uno de los gajos de patata que había apartado.

—¿Puedo probar uno?

—Está crudo.

Lo dejó donde estaba.

—Menudo servicio.

Sonreí y abrí el horno.

La música pasó a un tema más lento.

Sofia siguió moviéndose al ritmo mientras rebuscaba en los armarios, con un balanceo de caderas casi inconsciente.

Tendría que haber estado pendiente de los filetes.

De verdad que sí.

Pero había una mujer preciosa bailando descalza en mi cocina después de pasarse los dos últimos días quejándose de mi mera existencia.

Y parecía completamente relajada.

Sofia encontró las servilletas, se dio la vuelta y descubrió que seguía mirándola.

—¿Qué?

Incliné la cabeza.

—Nada.

Entrecerró los ojos.

—Vuelves a poner esa cara.

—¿Qué cara?

—Tu cara.

Me reí.

—Es la única que tengo.

Sofia se acercó a la encimera y dejó las servilletas junto a los platos.

—Tú también deberías bailar.

La miré.

—¿Es una invitación?

—Digo que podrías dejar de mirarme como si estuvieras evaluando algo.

Le tendí la mano y ella pasó la mirada de mis dedos a mi cara.

Su sonrisa se volvió suspicaz.

—No.

—Acabas de decir que debería bailar.

—He dicho que deberías bailar tú. No he dicho que fuera a bailar contigo.

Bajé la mano.

—Qué pena. Estaba dispuesto a pasar por alto tus limitaciones.

Sofia se echó a reír.

—¿Mis limitaciones?

—Podríamos llamarlo tu estilo personal.

Se puso las manos en las caderas.

Luego miró hacia el salón antes de volver a fijarse en mi mano.

Casi podía ver la discusión que se libraba detrás de sus ojos.

Estaba a punto de negarse solo porque sabía que yo quería que aceptara.

Incliné la cabeza.

—No te preocupes. No le diré a Adrian que has bailado conmigo dos veces.

Levantó un dedo.

—No uses a tu hermano para picarme.

—Tienes razón. No venía a cuento.

Me volví hacia los fogones. Sofia se quedó donde estaba varios segundos, hasta que la oí acercarse.

—Una canción.

Miré por encima del hombro y sonreí al verla allí de pie, con la mano extendida.

—¿Perdona?

—Una canción, Dante. Antes de que cambie de opinión.

Apagué el fuego.

—Sería trágico desperdiciar una oportunidad así.

Le cogí la mano.

Sofia se acercó sin la vacilación que había mostrado la primera vez que bailamos.

Le puse una mano en la cintura y ella apoyó la suya en mi hombro.

La canción era lenta, sostenida por una guitarra áspera y por un cantante cuya voz sonaba como si se hubiera pasado la vida entera fumando cigarrillos.

Empezamos a movernos junto a la encimera.

Sofia siguió mis pasos sin esfuerzo, mirándome a la cara como si estuviera decidida a encontrar algo que criticar.

—Pareces muy satisfecho contigo mismo —dijo.

—Has aceptado bailar conmigo.

—Eso no significa que lo esté disfrutando.

Sonreí.

Intentó girarse hacia el otro lado, pero seguí el movimiento y le sujeté la mano para traerla de nuevo hacia mí.

Sofia alzó la vista.

—¿Haces esto con todas las mujeres?

—¿Bailar?

—Hacer que crean que ha sido idea suya.

Me eché a reír.

—Sofia, has sido tú la que ha venido hacia mí.

Miró nuestras manos unidas antes de volver a mirarme a los ojos.

—Porque me has provocado.

—Y ha funcionado.

Su sonrisa se ensanchó, aunque intentó ocultarla.

Seguimos bailando.

La mano que tenía apoyada en su cintura se deslizó hasta la curva de su espalda cuando ella se acercó para seguir un cambio de ritmo.

Su blusa era suave bajo la palma de mi mano, con la tela lo bastante fina para notar el calor de su cuerpo.

Sofia pareció darse cuenta de lo mucho que nos habíamos acercado; sus ojos bajaron un instante hasta mi boca.

No dijo nada ni se apartó.

Incliné un poco la cabeza, siguiendo su movimiento.

—¿Todo bien?

Sus ojos volvieron de inmediato a los míos.

—Sí.

—Bien.

Pareció recelosa.

—¿Por qué lo preguntas?

Sonreí.

—Porque te has quedado callada.

—Estoy intentando seguir la música.

—Claro.

Sofia me apretó ligeramente el hombro.

—Dante.

—¿Mmm?

—No lo estropees.

Eso me hizo reír.

Di un paso a un lado y la alejé de la encimera.

Ella se movió conmigo y, durante unos segundos, ninguno de los dos habló.

El problema de bailar con Sofia era que recordaba perfectamente la primera vez.

Su mano sobre mi hombro.

El vestido que llevaba.

La forma en que había intentado convencerme de que mi presencia la molestaba, aunque seguía dejándose guiar por mí.

Pero ahora no había invitados a nuestro alrededor, ni una banda contratada tocando al otro lado de la sala, ni ninguno de mis hermanos observándonos desde el otro extremo de la pista.

Solo estábamos nosotros dos.

Y Sofia estaba lo bastante cerca como para que notara su aliento cada vez que levantaba la cara.

La canción empezó a apagarse.

Ella se dio cuenta antes que yo.

Sus dedos se movieron sobre mi hombro y su mirada volvió a desviarse hacia mi boca.

No me acerqué.

Esperé.

Sofia fue la primera en apartarse y me soltó la mano con una pequeña sonrisa.

—Bailas bastante bien.

Sonreí.

—¿Bastante?

—No quiero que se te suba a la cabeza.

—Demasiado tarde.

Se echó a reír y fue hacia la encimera mientras yo la observaba un instante antes de volver a ocuparme de los filetes, que ya estaban casi listos.

Necesitaba concentrarme en algo que no implicara recordar la sensación de su mano sobre mi hombro.