Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

SOFIA

El primer mensaje de Adrian llegó mientras seguía intentando decidir qué ponerme.

He conseguido salir pronto de la reunión. Si no surge nada, debería llegar sobre las cuatro.

Sonreí de inmediato y me senté en el borde de la cama para responderle.

Llevaba los dos últimos días esperando la ocasión de verlo, y pensar que por fin podría abrazarlo me hizo olvidar, aunque solo fuera unos segundos, todo lo ocurrido desde que salimos de la finca.

Aquí te espero. Te quiero.

Envié el mensaje y dejé el móvil sobre el colchón.

Luego miré hacia la puerta del dormitorio.

Acababa de salir de la cama de Dante.

Me froté la cara con las dos manos, intentando decidir si la situación era de verdad tan absurda como parecía dicha así.

No había pasado nada. Me había asustado, había pedido compañía y habíamos acabado compartiendo una cama lo bastante grande para que cupieran al menos otras dos personas. Que me hubiera despertado prácticamente tumbada sobre él no convertía automáticamente la noche en algo que tuviera que esconder.

Aun así, imaginar la cara de Adrian cuando se enterara no resultaba precisamente tranquilizador.

Me levanté, escogí unos vaqueros y una blusa de color claro y empecé a vestirme.

El móvil volvió a vibrar.

Yo también te quiero. ¿Todo bien por ahí?

Le dije que todo iba bien.

Después abrí otro mensaje, empecé a escribir una explicación sobre la noche anterior y lo borré antes de terminar siquiera la primera frase.

No era una conversación que quisiera tener por teléfono.

Y menos una que pensaba empezar con las palabras «He dormido con tu hermano».

Me guardé el móvil en el bolsillo y bajé las escaleras.

Encontré a Dante en la cocina, apoyado en la encimera mientras se servía una taza de café.

Llevaba unos pantalones oscuros y una camiseta gris, y aún tenía el pelo húmedo de la ducha. Alzó la vista cuando entré y al instante se le dibujó una sonrisa.

—Vaya, mira quién ha aparecido. Mi compañera de habitación.

Cerré los ojos.

—No empieces.

—¿Has dormido bien?

Pasé junto a él para coger una taza.

—Sí.

—Bien. Me preocupaba la calidad del alojamiento.

Miré la mesa.

Había pan, queso, fruta cortada y una tortilla cubierta con una tapa de cristal.

—¿Has desayunado?

—Te estaba esperando.

Su respuesta me hizo alzar la vista.

Dante señaló la tortilla con un gesto.

—He hecho demasiada comida. Habría sido una pena desperdiciarla.

—Claro.

Sonrió y cogió otra taza.

Me senté a la encimera, intentando pasar por alto la facilidad con la que le hacía gracia todo lo que me incomodaba.

Dante dejó mi café delante de mí y acercó un taburete al otro lado.

Durante unos minutos conseguimos comer sin discutir.

La suave luz de la mañana llenaba la cocina y el aroma del café recién hecho se mezclaba con el de la mantequilla derretida. Oía a los pájaros cerca del porche y el susurro ocasional de las ramas moviéndose con el viento.

Casi era posible olvidar dónde estaba.

Hasta que Dante apoyó un codo en la encimera y me observó por encima del borde de la taza.

—Estás inusualmente callada.

—Estoy desayunando.

—Ya lo veo.

Corté otro trozo de tortilla.

—¿Y?

—Normalmente consigues comer y quejarte de algo a la vez.

Alcé la vista.

—Puedo quejarme de ti, si te sientes desatendido.

Su sonrisa se ensanchó.

—Eso está mejor.

Negué con la cabeza, aunque no pude evitar sonreír también.

El móvil vibró.

Lo cogí y encontré otro mensaje de Adrian en el que confirmaba que Lorenzo había organizado la seguridad para su salida de Chicago.

Dante lo notó.

—¿Adrian?

Asentí.

—Llegará sobre las cuatro.

Dio un sorbo al café.

—Lo sé.

Lo miré de inmediato.

—¿Ya habéis hablado?

—Anoche.

—¿Y no me lo has dicho?

Dante dejó la taza en la encimera.

—Sofia, viene a verte. Imaginé que preferirías oír la noticia directamente del hombre al que piensas besar en cuanto llegue.

Noté que me ardían las mejillas.

—No hace falta que lo digas así.

Alzó una ceja.

—¿Así cómo?

—Como si...

Me detuve.

Dante esperó, encantado a todas luces de lo difícil que me estaba resultando terminar la frase.

Solté el aire y volví a centrarme en mi plato.

—Olvídalo.

—Excelente elección.

Removí el café unos segundos antes de volver a levantar la vista.

—Tengo que contarle algo a Adrian.

La sonrisa de Dante se apagó un poco.

—¿Qué?

Lo miré.

Se llevó la taza a los labios, pero se detuvo al ver mi expresión.

Entonces lo entendió.

—Ah.

Crucé los brazos.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La que pones cuando algo te va a parecer demasiado gracioso.

Dejó la taza.

—¿Hablas de anoche?

Asentí.

La sonrisa le volvió, lenta y del todo inoportuna.

—Sofia, mi hermano ni siquiera ha llegado y tú ya estás preparando tu defensa.

—No es una defensa.

—Claro que no.

—No pasó nada.

—Yo estaba allí. Lo recuerdo perfectamente.

Apreté los labios.

Dante se echó hacia atrás en el taburete.

—¿Vas a contárselo?

—Creo que debería.

Asintió.

—Pues cuéntaselo.

Me sorprendió lo sencilla que fue su respuesta.

—¿No te importa?

Dante ladeó la cabeza.

—¿Que Adrian sepa que estabas asustada y me pediste que me quedara contigo?

—Que Adrian sepa que compartimos cama.

Volvió a aparecer aquella sonrisa.

—Bueno, esa parte seguramente hará que la conversación sea más interesante.

Solté una risa indignada.

—¿Es que no puedes tomarte nada en serio?

Me estudió unos segundos antes de responder.

—Sofia, no hiciste nada que tengas que esconder. Y si Adrian se cabrea conmigo, no será precisamente nada nuevo.

Bajé la vista hacia el café.

Había algo reconfortante en la manera que tenía Dante de hablar de las situaciones complicadas sin convertirlas en tragedias.

El problema era que también parecía de lo más dispuesto a disfrutar de las consecuencias.

—Solo quiero que no se haga una idea equivocada —dije.

Dante apoyó los antebrazos en la encimera.

—Entonces cuéntale lo que pasó.

Asentí.

Esperó a que volviera a coger la taza.

—Aunque yo evitaría empezar con «Me pasé toda la noche en brazos de tu hermano». Igual ayuda.

Casi me atraganté con el café.

—¡Dante!

Se echó a reír a carcajadas, así que cogí un paño de cocina y se lo lancé; lo atrapó antes de que le diera en la cara.

—Estoy intentando ayudarte.

—Estás intentando que me muera de vergüenza.

—¿Funciona?

Bajé del taburete.

—Me voy a trabajar.

Todavía se reía cuando salí de la cocina.

Pasé la mañana intentando terminar la presentación del viernes.

Conseguí revisar los contratos, contestar a los proveedores y hablar con Maya de los cambios que teníamos que hacer en el espacio del evento.

Me contó que la seguridad del edificio había recibido nuevas instrucciones y que Lorenzo había enviado a alguien a revisar las grabaciones del aparcamiento.

Todavía no habían identificado al hombre que se había presentado en nuestra oficina el día anterior.

—Al menos no ha vuelto —dijo Maya.

—Si vuelve, llámame inmediatamente.

Asintió.

Luego se acercó más a la cámara y entrecerró los ojos.

—Hay algo distinto en ti.

Seguí estudiando una hoja de cálculo.

—¿Distinto en qué?

—Estás distraída.

—Llevo casi dos horas trabajando sin parar.

—Exacto. Y aun así has mirado hacia la puerta unas diez veces desde que empezamos a hablar.

Alcé la vista.

—Maya.

Sonrió.

—¿Qué?

—Estoy esperando a Adrian.

—Ah.

Le cambió la cara al instante.

—¿Viene hoy?

Asentí.

Maya se llevó una mano al pecho.

—Gracias a Dios. Ya empezaba a pensar que os habíais metido en una de esas relaciones en las que solo podéis hablar por teléfono mientras media familia intenta matar a la otra mitad.

Me reí.

—Tienes que dejar de ver tantas películas.

—Estoy trabajando con una mujer que se esconde en la casa de un mafioso. Creo que mis películas se están pareciendo demasiado a la realidad.

Negué con la cabeza y volví a centrarme en la presentación.

Maya siguió observándome unos segundos más.

—¿Y el hermano?

Se me detuvo la mano sobre el teclado.

—¿Qué pasa con él?

—¿Se está portando bien?

Miré hacia la puerta abierta.

Justo en ese momento, Dante pasaba por el pasillo, hablando por teléfono.

Llevaba la misma camiseta que antes, ahora con las mangas subidas hasta los antebrazos, y una carpeta oscura bajo el brazo.

Se dio cuenta de que lo estaba mirando, sonrió y siguió caminando.

Volví la mirada hacia la cámara, donde Maya seguía esperando.

—¿Sofia?

—Se porta bien.

Inclinó ligeramente la cabeza.

—Has contestado demasiado rápido.

—Maya, ¿podemos volver al trabajo, por favor?

Se puso a reír.

—Vale. Pero esta conversación no ha terminado.

Silencié el micrófono antes de que encontrara otra manera de molestarme.

Poco después de las tres, dejé de fingir que iba a sacar algo más de trabajo adelante.

Cerré el portátil, subí a ducharme y pasé demasiado tiempo plantada delante del armario intentando decidir qué ponerme.

Había dejado preparado un vestido de color claro, pero al final opté por unos pantalones de vestir y una blusa suave.

Me recogí el pelo, me lo solté y después volví a recogérmelo.

Cuando me vi en el espejo, me entró la risa.

Aquello era ridículo.

Adrian ya me había visto despertarme con el pelo alborotado, ponerme camisetas viejas y quejarme de cualquiera que intentara hablarme antes de haberme tomado un café.

No hacía falta que convirtiera su visita en una especie de acontecimiento especial.

Aun así, me eché perfume antes de bajar.

Encontré a Dante en el salón, sentado en un sillón y examinando algo en su portátil.

En la mesa, junto a él, había una taza de café y dos teléfonos.

Levantó la vista al oír mis pasos.

Su mirada recorrió mi ropa antes de volver a mi cara.

—¿Vas a alguna parte?

Me detuve cerca de las escaleras.

—Viene Adrian.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué me lo preguntas?

Dante inclinó la cabeza.

—Porque parece que vas a una cita.

Crucé los brazos.

—Es mi novio.

—Soy consciente.

Volvió a fijar la atención en la pantalla.

Me acerqué unos pasos.

—¿Te vas a quedar aquí cuando llegue?

—Ese es el plan.

—¿Vais a pelearos?

—Depende de él.

Suspiré.

—Dante.

Cerró el portátil.

—Sofia, si te preocupa que podamos matarnos durante su visita, te aseguro que no tengo intención de empezar una guerra en el salón.

—¿Y eso debería tranquilizarme?

—Me alegraría que así fuera.