Capítulo 4 #3
Luego tres.
Porque no esperaba encontrar algo así.
No en una carta escrita en medio de un divorcio. No después de una traición.
Continuó leyendo.
"Te fallé de la peor manera posible."
"Y jamás podré cambiar eso."
"Pero necesito que sepas que el final de nuestro matrimonio no comenzó cuando apareció otra persona."
"Comenzó mucho antes."
"Comenzó cuando dejamos de hablar."
"Cuando dejamos de escucharnos."
"Cuando ambos comenzamos a sentirnos solos."
Gabriel permaneció en silencio.
Procesando cada palabra.
Aquello no convertía a su padrastro en inocente. No borraba el sufrimiento de Claudia.
No justificaba nada.
Pero sí demostraba algo importante.
La historia era más grande de lo que todos habían creído. Mucho más grande.
Su madre observaba desde el otro lado de la mesa. Con lágrimas en los ojos.
—Nunca debimos guardar esa carta.
Murmuró.
Gabriel asintió lentamente.
Porque estaba de acuerdo.
Claudia merecía haber conocido aquellas palabras. No para perdonar.
No para regresar.
No para olvidar.
Simplemente para decidir teniendo toda la verdad.
Y durante más de veinte años le habían arrebatado esa oportunidad.
Gabriel volvió a doblar cuidadosamente las hojas. Y las guardó dentro del sobre.
Su mente ya no estaba en el pasado.
Estaba en Claudia.
Porque comprendía algo fundamental.
Aquella carta le pertenecía.
Siempre le había pertenecido.
Y ya era hora de que finalmente la leyera.
Por sí misma.
Claudia intentó concentrarse en su trabajo.
Lo intentó durante toda la mañana.
Pero era imposible.
Las palabras de Laura seguían rondando su cabeza. Las mismas preguntas.
Las mismas dudas.
Los mismos sentimientos que llevaba días intentando ignorar.
Y cuanto más intentaba alejar a Gabriel de sus
pensamientos...
Más presente parecía estar.
Aquella tarde decidió tomarse un descanso.
Preparó una taza de café.
Se sentó junto a la ventana.
Y observó la ciudad mientras el sol comenzaba a descender lentamente.
Por primera vez en mucho tiempo no se sentía atrapada. Confundida, sí.
Asustada, también.
Pero ya no atrapada.
Porque empezaba a aceptar una verdad que llevaba demasiado tiempo negando.
Todavía había algo entre ellos.
Algo fuerte.
Algo real.
Algo que no había desaparecido a pesar de todo. Entonces sonó el teléfono.
El corazón le dio un vuelco inmediato.
Porque incluso antes de mirar la pantalla...
Lo supo.
Gabriel.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Observando el nombre.
Sintiendo cómo la ansiedad y la esperanza se mezclaban en su interior.
Finalmente respondió.
—Hola.
Al otro lado de la línea hubo un breve silencio.
Como si Gabriel también estuviera reuniendo valor. —Hola.
Aquella simple palabra fue suficiente para acelerar nuevamente su corazón.
Porque lo había extrañado.
Más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—¿Cómo estás?
Preguntó él.
La pregunta era sencilla.
Pero ambos sabían que escondía mucho más.
—Estoy bien.
Respondió.
Y aunque no era completamente cierto, tampoco era una mentira.
Gabriel guardó silencio unos segundos.
Después habló.
—Necesito verte.
Claudia sintió que el estómago se tensaba. No era la primera vez que él se lo pedía.
Pero esta vez sonaba diferente.
Más serio.
Más urgente.
—¿Por qué?
Preguntó.
Gabriel respiró profundamente.
Y entonces respondió algo que ella jamás esperaba escuchar.
—Porque encontré algo relacionado con tu divorcio. Claudia se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Algo que nunca llegó a tus manos.
El corazón comenzó a golpear con fuerza. Demasiada fuerza.
Porque de repente todos los recuerdos regresaron. El matrimonio.
La traición.
La separación.
El dolor.
Todo.
—Gabriel...
¿Qué estás diciendo?
—No quiero explicarlo por teléfono.
Respondió él.
—Necesitas verlo tú misma.
Claudia sintió que el aire abandonaba sus pulmones. No entendía nada.
Absolutamente nada.
Y precisamente por eso comenzó a inquietarse. Porque los secretos nunca traían buenas noticias. Nunca.
—¿De qué se trata?
Insistió.
Gabriel dudó.
Solo un instante.
—De una carta.
El mundo pareció detenerse.
—¿Una carta?
—Sí.
Una carta escrita antes del divorcio.
Una carta que nunca recibiste.
Claudia permaneció en silencio.
Porque no sabía qué pensar.
Porque no sabía qué sentir.
Porque durante más de veinte años creyó conocer toda la historia.
Y ahora alguien le estaba diciendo que quizá no era así. Aquello era imposible.
Absurdo.
Y aun así...
Algo dentro de ella necesitaba saber.
Necesitaba descubrir la verdad.
Por dolorosa que fuera.
—¿La has leído?
Preguntó finalmente.
—Sí.
La sinceridad de Gabriel fue inmediata.
—Y creo que hay cosas que debes conocer.
El corazón de Claudia latía con tanta fuerza que comenzaba a doler.
No quería volver al pasado.
No quería abrir heridas.
No quería revivir aquella etapa de su vida.
Pero tampoco podía ignorar aquello.
No después de escuchar la voz de Gabriel.
No después de ver la seriedad con la que hablaba. Cerró los ojos.
Y durante unos segundos permaneció en silencio. Luchando consigo misma.
Hasta que finalmente tomó una decisión.
—¿Cuándo quieres verme?
Al otro lado de la línea, Gabriel dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
Porque aquella respuesta significaba más de lo que parecía. Significaba confianza.
Significaba una oportunidad.
Significaba que Claudia estaba dejando de huir. —Mañana.
Si te parece bien.
Ella asintió antes de recordar que él no podía verla. —Está bien.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Pero esta vez era diferente.
Menos frío.
Menos doloroso.
Más cercano.
Como si algo hubiera comenzado a cambiar.
Y entonces Gabriel pronunció las palabras que la acompañarían durante toda la noche.
Las palabras que no dejarían de repetirse en su mente. —Claudia...
Creo que hay una parte de tu historia que te robaron hace veinte años.
La llamada terminó poco después.
Pero ella permaneció inmóvil junto a la ventana. Observando el cielo oscurecerse lentamente.
Con el teléfono todavía en la mano.
Y una sensación completamente nueva instalándose en su pecho.
Miedo.
Esperanza.
Y la sospecha de que estaba a punto de descubrir una verdad capaz de cambiarlo todo.