Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Epílogo
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Epílogo

La entrevista pendiente

Vera

V uelvo a San Elías en primavera, cuando la isla finge que nunca le hizo daño a nadie.

Los acantilados siguen siendo negros, pero el mar está de un azul insultante, manso, y hay flores amarillas creciendo en las grietas de la roca como si aquí no se hubiera vaciado nunca nada.

Una postal. La misma postal que me recibió hace unos meses y que ahora sé leer entera, con su letra grande y su letra pequeña.

La pensión de Mara está cerrada, con las contraventanas azules echadas y un cartel de «se vende» descolorido por la sal.

Nadie la ha comprado. En una isla que habla tanto, hay cosas que tardan en olvidarse.

Me alojo en otro sitio. He venido, oficialmente, a escribir el reportaje de seguimiento.

Los juicios, las reubicaciones, la cabeza de la red que sigue suelta en algún país sin extradición.

Mi editora dice que soy la única que puede firmarlo.

Es verdad. También es una excusa que las dos fingimos creernos, porque las dos sabemos que llevo unos meses encontrando razones profesionales para que San Elías aparezca en mis destinos con una frecuencia sospechosa.

Lo encuentro en la pista, cómo no. Con el mono medio abierto, el pelo revuelto, y una taza de ese café malo que reconocería en mitad de cualquier continente.

—Periodista —dice, sin girarse, y se me sube el corazón a la garganta como la primera vez.

—Piloto.

Se vuelve y sonríe del todo, ahora, sin «casi».

Le costó recuperar las sonrisas enteras después de lo de Nora; volvieron despacio, una a una, como vuelve la gente de los sitios malos.

Pero volvieron, y esta, la que pone cuando me ve bajar de un avión, es mi favorita de todas.

Da dos pasos y me besa antes de decir nada más.

Un beso largo y tranquilo, sin urgencia ni despedida, como si volver fuera algo que ya sabemos hacer los dos. Cuando se aparta, mira mi bolso.

—Traes la grabadora —dice.

—Y el bolígrafo rojo.

—El de la superstición.

—Te acuerdas.

—Me acuerdo de todo lo que me contaste creyendo que no te escuchaba.

Nos sentamos en un banco de la pista, con el helicóptero nuevo delante y el mar detrás, y saco la grabadora, y hago lo que vine a hacer, lo que no pude hacer hace unos meses porque una alarma nos interrumpía cada tres frases.

—Tenemos una entrevista pendiente —digo—. Desde el primer día. Nunca me dejaste terminarla.

—Nunca me dejaron.

—Hoy no hay excusa. La isla está en calma.

—La isla nunca está en calma. Solo disimula.

Aun así, empezamos. Le pregunto por su trabajo, y me contesta como no me contestaba entonces: sin blindaje, sin chiste para tapar cada cosa que le importa.

Le pregunto por la unidad, por Bruno —al que ha ascendido, y que ahora vuela con una responsabilidad que finge que le pesa y que en el fondo le queda perfecta—, por Luca, por los que salieron del agua y a veces vuelven a la isla, en verano, a darle las gracias con una torpeza que a él lo incomoda más que cualquier acantilado.

Hablamos una hora. La entrevista que no se dejó terminar, terminándose por fin, con unos meses de retraso, bajo un sol suave.

Y cuando ya casi hemos acabado, me guardo la última pregunta.

La que escribí una noche, medio en broma, en las notas del móvil. La que no era para el reportaje.

—Me queda una —digo.

—Dispara.

Lo miro. Con la grabadora entre los dos y todo lo que somos ahora flotando encima de ella.

—¿Cuándo fue la última vez que alguien te esperó al volver?

Ethan se queda callado. No porque no sepa la respuesta. Por lo contrario.

Y justo entonces —cómo no, cómo no iba a ser justo entonces— una radio cruje en su cinturón.

Nora ya no está para coordinar, pero el mar no lo sabe y sigue mandando gente al borde de sus acantilados, y alguien, en algún punto de esta isla que nunca deja de necesitarlo, acaba de meterse en un lío del que solo él sabe sacarlo.

Lo veo pasar por su cara. El cambio. El de siempre.

El piloto despertando dentro del hombre.

Se levanta. Y por un segundo, medio segundo, hace algo que el Ethan del primer día no habría hecho jamás. Duda. Mira la radio. Me mira a mí. Y se le nota, se le nota todo, lo que le cuesta ahora irse, cuánto más caro le sale cada marcha desde que tiene un sitio de verdad al que volver.

—Ve —le digo.

Porque lo aprendí. Porque quererlo es quererlo entero, con radio y todo. Porque no pienso ser la mujer que le pide que deje de ser lo único que no sabe dejar de ser.

—La entrevista… —empieza.

—Ve. La entrevista lleva meses esperando. Aguanta un rescate más.

Aprieta el botón de la radio. «Voy». Recoge el casco del banco. Y, antes de echar a correr hacia el helicóptero, se gira una última vez.

—Vera.

—¿Qué?

—Vuelvo con la respuesta.

Y ahí está. La misma frase que le dije yo a él, una noche, en un muro, cuando todo esto empezaba y yo todavía creía que había venido a esta isla solo a escribir una historia.

«Entonces tendrás que volver». «Volveré».

Solo que ahora la digo yo, y la dice él, y los dos sabemos que ya no es una promesa de trabajo.

—Más te vale —digo.

Sube al aparato. El rotor despierta. Y yo me quedo en el banco de la pista, con la grabadora todavía encendida, viendo cómo el helicóptero se levanta contra el cielo azul y pone rumbo a los acantilados del norte, hacia alguien que hoy va a tener suerte sin saber por qué.

No apago la grabadora. Dejo que grabe el ruido de las palas alejándose.

El silencio de después. El mar. Porque esta vez no me voy.

Esta vez soy yo la que se queda en tierra, contando los minutos, aprendiendo el idioma que él me enseñó sin querer, el de los que esperan.

Y descubro que, hecho por voluntad propia, con la persona correcta, en el sitio correcto, ese idioma ya no suena a jaula. Suena a hogar.

Cuando el punto del helicóptero desaparece tras el cabo, bajo la vista a la grabadora. La pregunta sigue ahí, sin contestar, flotando en la cinta. «¿Cuándo fue la última vez que alguien te esperó al volver?». Sonrío. Y contesto yo por él, en voz baja, para que lo recoja la grabadora y nadie más.

—Ahora mismo —digo—. Esta vez la respuesta soy yo.

Fuera, el mar de San Elías brilla, tranquilo, guardando sus secretos y devolviéndome el único que de verdad me importa. Un piloto insoportable. Que siempre, siempre, vuelve.