Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 29
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Capítulo 29

Descenso en la tormenta

Ethan

L a costa dice que no despeguemos. Viento del sur, otra vez. Marejada. Visibilidad casi nula. El manual, mi propio manual, el que llevo veinte años cumpliendo porque me ha mantenido vivo, dice con letras muy claras que hoy los helicópteros se quedan en tierra. Enciendo el motor.

—Ethan. —Bruno, a mi lado, con el casco puesto y la cara blanca—. No se puede volar.

—Lo sé.

—Nora está detenida. La red está cayendo. La Guardia Costera tiene el puerto. Podemos esperar a que amaine y entrar por mar mañana.

—Mañana están muertos.

No hace falta que se lo explique. Lo hemos leído los dos en el mismo informe hace veinte minutos, el que ha soltado uno de los detenidos del faro para intentar salvarse el cuello.

Cuando una red así se ve perdida, no huye.

Limpia. Y toda la gente que llevan meses guardando en los tubos de lava del norte —los nombres de la carpeta de Vera, Leo, Sara, la chica de la sudadera gris si es que sigue viva— es, para ellos, una prueba con pulso.

Van a abrir la compuerta vieja de mar que comunica esos túneles con el océano y van a dejar que la marejada haga el trabajo sucio.

El agua no deja huellas. El agua no declara.

Así que no, no vamos a esperar a mañana.

Despego bajo una lluvia que golpea el parabrisas como grava, con el estómago revuelto y las manos, por una vez, perfectamente firmes. Cuando de verdad importa, las manos no me tiemblan. Me tiemblan después.

Detrás, en la cabina, va el equipo. Luca, con el material de espeleo-rescate.

Dos buzos de la Guardia Costera. Y ella.

Vera. No he podido dejarla en tierra, y ni siquiera lo he intentado con muchas ganas, porque es la única que estuvo en esos túneles, la única que recuerda la galería de la mochila infantil, la única que puede decirnos hacia dónde correr en la oscuridad.

La necesito. Odio necesitarla. Las dos cosas a la vez, como siempre.

—¿Sabes lo que odio de ti? —me dice por el interfono, mientras cruzamos el cabo del norte entre nubes negras.

—Sorpréndeme.

—Que tenías razón. Que hay veces en las que discutir cuesta demasiado. Hoy no voy a discutirte nada. Dime qué hago y lo hago.

—Eso me asusta más que la tormenta.

Es lo más parecido a una broma que me sale en toda la noche. La última.

Al alcanzar la boca alta, dejo el aparato prácticamente clavado en el aire mientras Bruno me grita correcciones.

Cuando consigo estabilizarlo, él toma los mandos y yo paso a la cabina trasera.

Luca prepara el torno de rescate. Los dos buzos descienden primero; después Vera.

Yo bajo el último, cuando Bruno confirma que tiene el control.

Y el infierno empieza en cuanto cruzamos la entrada.

El túnel que hace unas semanas era una casa oscura y triste ahora ruge.

El agua ya ha entrado. Sube por las galerías bajas con una prisa que no es de este mundo, negra, helada, arrastrando lo que encuentra.

La compuerta de mar está abierta. Lo confirmo por el sonido antes que por nada: ese bramido grave y continuo de un océano entrando donde no debería.

Los tenemos. En la cámara grande, la de las marcas de crecimiento, hay catorce personas.

Catorce. Amontonadas en el punto más alto, con el agua ya por las rodillas, mudas del terror que ya no grita.

Mujeres. Hombres. Un anciano. Y niños. Dos niños.

Un chaval de unos diez años que reconozco sin haberlo visto nunca, porque su nombre está escrito con carbón en esa pared: Leo.

Y una niña más pequeña, agarrada a él, que solo puede ser Sara.

No hay tiempo para sentir nada. Sentir es después.

—¡Cadena humana hacia la salida alta! —Mi voz llena la cámara por encima del agua—. ¡Los pequeños y los mayores primero! ¡Luca, tú marcas el ritmo en el estrechamiento! ¡Buzos, los que no puedan caminar!

Y la máquina se pone en marcha. Once minutos de sacar gente de un sitio que se llena más deprisa de lo que lo vaciamos.

Once minutos de agua subiendo del muslo a la cintura, de manos resbalando, de un anciano que se desmaya y Vera sosteniéndole la cabeza fuera del agua con una fuerza que no le cabe en el cuerpo, de Leo cargando a Sara sobre los hombros porque no piensa soltarla ni muerto, de mí contando cabezas una y otra vez como una oración. Doce. Trece.

Los vamos pasando por el estrechamiento hacia la boca alta, hacia las cuerdas, hacia Bruno, que sostiene el aparato arriba como quien sostiene el cielo con las manos.

Y cuando saco a la penúltima, una mujer que no suelta la mano de Leo porque es su madre, hago el recuento final. Y no sale. Falta uno.

—¡Falta uno! —grito—. ¡Éramos catorce!

—El viejo —dice Vera, y ya se está girando hacia dentro antes de terminar la frase—. El que se desmayó. Lo dejamos en el saliente para sacar a los niños. Sigue ahí.

—Vera, no…

Pero ya se ha ido. De vuelta a la oscuridad, hacia el saliente, con el agua por el pecho, porque es incapaz de subir a un helicóptero sabiendo que deja a alguien atrás. Igual que yo. Exactamente igual que yo. Ese es el problema de querer a alguien que es como tú.

Voy tras ella. Llegamos al viejo juntos. Está consciente a medias, aterrado, agarrado a la roca. Entre los dos lo levantamos, lo arrastramos hacia el estrechamiento.

Y entonces la montaña decide que ya está bien. Un bloque cede sobre el paso, empujado por la presión del agua, y el estrechamiento —nuestra única salida— se cierra a la mitad con un estruendo que noto en los dientes. El agua salta. Sube de golpe. Del pecho a los hombros en cuestión de segundos.

Consigo empujar al viejo por el hueco que queda, hacia el otro lado, hacia los buzos que lo agarran y tiran.

Catorce fuera. Falto yo. Y falta Vera. Que ha quedado a este lado del bloque, conmigo, en una cámara que se convierte en una burbuja de aire cada vez más pequeña sobre un agua cada vez más alta.

—¡Ethan! —La voz de Bruno, metálica, por la radio del casco—. ¡El aparato no aguanta más aquí arriba! ¡El viento nos echa! ¡Tengo catorce dentro y a los niños en shock! ¡Si no despego ahora, los pierdo a todos! ¡Sube por el conducto de emergencia ya, es tu única salida, y es individual!

Individual. Una sola persona. El conducto lateral por el que puedo subir yo, ahora mismo, a la superficie.

Yo solo. Estrecho, vertical, imposible para dos.

Miro a Vera. El agua le llega a la barbilla.

Está buscando con las manos, en la oscuridad, otra salida que no existe, porque no se rinde ni cuando debería, y esa es exactamente la razón por la que la quiero y la razón por la que estoy a punto de romper la única regla que me ha mantenido de una pieza desde África.

Porque hay un cálculo, ¿sabes? Siempre hay un cálculo.

El cálculo dice: sube por el conducto. Sal.

Ayuda a Bruno a estabilizar el aparato con catorce vidas dentro, entre ellas dos niños en shock.

Un piloto vivo puede volver a por uno atrapado.

Un piloto muerto no salva a nadie. El deber, la aritmética fría, todo lo que soy, todo lo que aprendí a martillazos en un continente donde una vez elegí a quién subía al camión y a quién no...

todo eso me grita que suba por ese conducto.

Que la deje. Que vuelva a por ella con más medios, si es que hay tiempo, que probablemente no lo haya.

Que un hombre responsable no se ahoga por amor cuando hay catorce personas dependiendo de que llegue arriba.

Hace unas semanas habría subido por el conducto.

Habría subido, y habría vivido, y habría cargado su nombre el resto de mi vida junto a los otros que no tuvieron suerte.

Habría sido el hombre correcto. Otra vez.

—Bruno —digo, muy tranquilo, con esa calma mía que es la mentira mejor construida que tengo—. Despega. Sácalos. Es una orden.

—¿Qué? Ethan, sube al…

—Que despegues. No voy a subir por el conducto.

Silencio en la radio.

—No la vas a dejar.

—No.

—Es una locura. Los dos os vais a…

—Despega, Bruno. Cuida de los niños. Y si salgo de esta, me debes un café malo.

Me arranco el casco. Lo suelto en el agua negra. Y con él suelto, por primera vez en mi vida, al hombre que siempre sube por el conducto. Vera me ve. Entiende lo que acabo de hacer.

—No —dice, y le entra agua en la boca—. Ethan, no. Sube. Vete. Yo…

—Cállate.

Nado hacia ella.

—Llevo dos años subiendo por todos los conductos del mundo —le digo, con el agua ya en la barbilla de los dos—. Saliendo siempre. Dejando siempre a alguien atrás para poder salvar a más. Y era lo correcto, y me convirtió en una persona que sabía volver a casa sola y odiarse un poco cada noche.

La agarro. La pego a mí.

—Hoy no. Hoy, por una vez en mi puta vida, no subo por el conducto. Hoy me quedo.

—Vamos a morir los dos —susurra con la voz rota.

—Puede. Pero, si me subo ahí sin ti, ya estoy muerto igual. Solo que tardaría cuarenta años en enterarme.

El agua nos llega a la boca. Queda un palmo de aire contra el techo de basalto. Y entonces, en el último sitio del mundo donde esperaría encontrarla, encuentro la salida. No la de un héroe. La de un hombre que, por fin, ha dejado de intentar salvar a todos él solo.

—El conducto es individual —jadeo, con los labios rozando la roca húmeda—. Para subir. Pero no para bajar. Escúchame. Coge aire. Todo el que puedas. Vas a subir tú por ahí. Yo te empujo desde abajo.

—¡No pienso dejarte…!

—No me estás dejando. Me estás precediendo. Es distinto. Tú misma me lo enseñaste. —Le sujeto la cara una última vez sobre el agua—. Sube. Y espérame arriba. Por una vez en tu vida, sé tú la que espera. Se te va a dar mejor de lo que crees.

Le doy el último aire de mis pulmones en un beso que sabe a sal y a miedo y a los años que quiero que nos queden. La empujo hacia el conducto. Y el agua nos tapa a los dos.

No voy a contar lo que pasa en la oscuridad.

No se cuenta. Solo diré que empujo. Que empujo hacia arriba un cuerpo que se resiste a irse sin mí, con la última fuerza que me queda, hasta que noto que la corriente del conducto la agarra y tira.

Que la suelto. Que la veo desaparecer hacia una mancha de luz gris allá arriba, hacia la superficie, hacia Bruno, hacia la vida.

Y que después, ya sin aire, ya sin fuerzas, con el pecho ardiendo y los oídos llenos de mar, hago la última cosa que me queda por hacer.

Busco el conducto con las manos. Porque resulta que nunca tuve la intención de morir.

Solo de asegurarme de que ella salía primero.

De que, por una vez, el que se quedaba atrás no fuera nadie.

Meto la cabeza en el conducto. Y subo. Contra la corriente, contra el agotamiento, contra veinte años de creer que mi vida era el precio barato de esta profesión.

Subo hacia la luz. Hacia la mujer que me espera arriba, bajo la lluvia, gritando mi nombre a un mar que esta vez —esta vez sí— no ha podido quedarse con ninguno de los catorce. Ni con nosotros.

Rompo la superficie. Y lo primero que oigo, entre la tormenta y las palas del helicóptero de Bruno y mi propia tos, es su voz. Rota. Furiosa. Viva.

—¡Como vuelvas a hacer eso, te mato yo antes que el mar!

Me río. Escupo agua y me río, flotando de espaldas bajo la lluvia, con los brazos abiertos, más cansado de lo que he estado nunca y más vivo de lo que me creía capaz.

—Contaba con eso —consigo decir.

Y por primera vez en la historia de mi vida, no calculo ninguna salida. Porque acabo de descubrir que ya estoy exactamente donde quiero quedarme.