Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 36 Mi ley eres tú
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Capítulo 36 Mi ley eres tú

La primera luz plomiza del alba se filtraba con parsimonia por las ranuras de granito de la torre, disipando la negrura de la alcoba, pero dejando el frío hostil de la montaña adherido a los muros de piedra basta.

Me incorporé sobre el lecho, sintiendo el peso muerto de mis extremidades tras el agotamiento de la víspera.

Alasdair ya estaba en pie. Su figura, reducida a la figura más indómita y ruda, se recortaba contra la luz mortecina de la chimenea central, donde los últimos rescoldos de turba apenas proporcionaban un calor insuficiente contra la escarcha exterior.

Observé la hilera de cicatrices y marcas violáceas que cruzaban su torso, una cartografía de violencia que el combate en el cañón había dejado grabada en su piel.

Sin emitir un solo sonido, se ciñó una camisa limpia de lino grueso, el tejido crujiendo en la quietud absoluta del recinto.

Su fachada de jefe supremo, aquella máscara de granito que me había intimidado en los páramos, parecía haberse desmoronado, dejando paso a una presencia más directa, despojada de adornos feudales.

—El camino hacia las tierras de vuestro clan está expedito.

Su voz, gélida y concisa, cortó el aire estancado como el acero de una claymore. Me volví hacia él, manteniendo mi postura erguida sobre la paja del jergón, mis dedos aferrándose al tejido remendado de mi vestido mientras intentaba recuperar la dignidad heráldica que mi estirpe me había legado.

—He dado orden de ensillar dos caballos —continuó Alasdair, sin mirarme, ajustándose las correas de cuero sobre los hombros—.

Una escolta de mis mejores montañeses os acompañará hasta la frontera MacKenzie.

Es vuestra libertad absoluta. La deuda de sangre que reclamaba vuestra presencia ha quedado saldada con el acero que me entregasteis en el asedio.

Me levanté despacio, sintiendo cómo el frío de la piedra mordía mis plantas desnudas.

Caminé hacia él, obligando a que mis pasos fueran firmes, sin mostrar el temblor que aún me recorría las manos.

Me detuve a escasos palmos, rodeada por el olor penetrante a turba quemada y el vaho de nuestra respiración que se mezclaba en la penumbra.

—¿Vais a echarme, mi Laird? —pregunté, y la ironía que tiñó mis palabras fue tan afilada como el dirk que aún guardaba en mis ropajes.

Alasdair se giró. Sus ojos claros color granito, desprovistos de su armadura habitual, me examinaron con una intensidad que me hizo olvidar mi intención de sabotaje, mi deseo de fuga y mi desprecio por los métodos brutales de este clan.

Su palma callosa atrapó mis mejillas, obligándome a sostener su mirada; la firmeza de su agarre era un recordatorio físico de que, aunque él me ofrecía la huida, su voluntad seguía siendo una frontera que yo no tenía intención de cruzar.

—No tenéis hogar en los páramos desolados, MacKenzie —murmuró, y el vaho de sus palabras se sintió como una posesión silenciosa—. No hay promesa en los senderos MacKenzie que pueda devolveros lo que el granito de Skye os ha arrebatado.

Mi monólogo interno, esa voz que durante semanas me había instado a buscar la grieta en sus defensas para provocar su caída, se calló de golpe.

La evidencia me golpeó con la fuerza de un alud: ya no buscaba la fuga.

Mi orgullo indómito había encontrado a su igual en la rigidez de este hombre letal, y la sumisión forzada había mutado en una propiedad voluntaria.

Estaba ante el monstruo de granito que había defendido mi existencia con su propia sangre, y la idea de volver a la vida de antes, a la frialdad de las alianzas diplomáticas de mi padre, me resultaba una muerte más lenta que cualquier acero MacDonald.

—Rechazo vuestras monturas, MacLeod —dije, apoyando mis manos sobre su pecho, sintiendo la firmeza de su corazón bajo el lino limpio—.

No hay frontera que desee cruzar fuera de este recinto.

Mi ley ya no es la de mis antepasados, ni la de los pactos de conveniencia que me vendieron como carne de traición.

Mi frontera definitiva está encerrada entre estos muros y la posesión de vuestras manos.

Alasdair redujo el último palmo de distancia.

Sus dedos, callosos y firmes, se hundieron en mi cuello, un tacto que me cortó la exhalación antes de que pudiera arrepentirme de mi desafío.

Sus labios buscaron los míos en una entrega ruda, instintiva, una reclamación que sabía a usquebaugh y al amargor febril de la batalla.

Mis dedos se clavaron en las cicatrices de su espalda, aceptando la dominación feudal como mi anclaje definitivo.

En el abrazo de ese monstruo, bajo la certeza de que las leyes de los clanes ya no podían contener el lazo oscuro que nos encadenaba, acepté mi destino: o gobernaría el granito de su fortaleza a su lado, o ardería con él en las cenizas de esta guerra.