Epílogo #2
Se me abrieron los ojos como platos mientras repasaba la oferta, sorprendida por lo que estaba leyendo. Tuve que leerla otra vez, más despacio, para asegurarme de que lo entendía bien.
Sebastian me dio un codazo.
—¿Qué dice?
—El comprador quiere adquirir la mitad de la propiedad —murmuré, perpleja—. Ofrece un precio excelente —hice los cálculos mentalmente—. Vaya. Con esta cantidad podría financiar los tres primeros años de operaciones, más el marketing y el pago de la deuda a Tee.
—Suena fantástico —arqueó las cejas—. Déjame ver.
—Esta oferta le daría al lugar una capitalización inicial muy sólida —le pasé el móvil—.
El agente inmobiliario dice que el tipo busca una inversión, una sociedad a largo plazo —negué con la cabeza, sin poder creer lo que veía—.
Esto podría ser un sueño hecho realidad. Tiene que haber gato encerrado.
—¿Te has vuelto cínica?
—No, pero quizá he aprendido la lección y me he vuelto más sabia.
—Ser sabia es bueno —dijo Sebastian con voz grave—. ¿Quién es el comprador?
—Déjame ver.
Le quité el teléfono, bajé hasta el final del PDF y leí el nombre en la línea de la firma. Parpadeé. Lo leí otra vez. Mis ojos se encontraron con los de Sebastian.
—¿Tú?
—¿Por qué no? —Se encogió de sus fornidos hombros—. Dijiste que te gustaba la palabra «asociación».
Lo había dicho, pero ni en un millón de años habría esperado esto. No ahora. Me quedé sin palabras. No sabía qué decir, así que solté lo primero que se me ocurrió.
—Es mucho dinero el que estás poniendo sobre la mesa para un proyecto incierto que difícilmente generará grandes beneficios.
—No soy un completo inútil en cuestiones de finanzas —dijo—.
Reconozco una buena inversión cuando la veo.
He ganado buen dinero a lo largo de mi carrera y he ahorrado la mayor parte.
Quizá sea hora de poner mis ahorros a trabajar.
No necesito enormes beneficios, y considero que la diversión, las risas y los abrazos son una rentabilidad más que justa si vienen de ti.
Se me cortó la respiración. Dios mío. ¿Qué estaba diciendo?
—Tú... eh... ¿quieres esto? —tartamudeé, y mi corazón desbocado también dio varios tropiezos mientras escrutaba su rostro—. ¿Tú quieres una asociación... conmigo?
—Una asociación a largo plazo —asintió—. Contigo.
Enarcé una ceja.
—¿De cuánto largo plazo estamos hablando?
—Oh, no lo sé —un destello de diversión bailó en sus ojos—. Todo el tiempo que puedas aguantarme. O para siempre, si quieres.
Por más que intentaba respirar, el aire no me llegaba hasta el fondo de los pulmones.
—¿Para siempre? —chillé.
—Sí.
—Pero nunca te ha interesado tener un hogar propio —señalé, aún incrédula—. Dijiste que eras un nómada y que te gustaba así. Que yo recuerde, lo único que querías era pelear y algo de descanso de vez en cuando.
—Todo cierto, pero eso ya quedó atrás —me tomó la barbilla, sonrió y me dio un beso rápido en los labios—. Este lugar me gusta bastante. Vistas preciosas, pesca excelente y una compañía inmejorable.
Mi corazón se aceleró a un millón de latidos por segundo.
—¿Cómo funcionaría esta asociación?
—Dirigimos el lugar juntos, tú más que yo, pero yo también metido en el ajo —ofreció—. Tengo mucha experiencia con chárteres de pesca. Con el tiempo, podría ser una opción para expandir el negocio. Me gusta esto. No, me encanta. Tú estás aquí y entiendo de qué va este lugar tan especial.
—Cierto —¿por qué estaba tan sorprendida?—. Entendiste la visión desde el primer día que llegaste.
—Podría convertir esto en mi campamento base —me tomó la mano y la sostuvo cerca de su corazón—. Podría trabajar aquí, dirigir a mi equipo desde la playa y, con lo capaz que es la gerencia de por aquí, podría ir a mis misiones y volver si este fuera nuestro hogar.
Nuestro hogar. Mi corazón se hinchó hasta triplicar su tamaño. Cómo me gustaba cómo sonaba eso.
—Tal como lo veo, esto es una inversión en nosotros —sus dedos jugaron con los míos—. ¿Qué opinas?
Un rastro de energía nerviosa brilló en sus ojos, torció su sonrisa y le añadió encanto mientras esperaba mi respuesta. Mi guerrero Delta podía enfrentarse a todo tipo de amenazas con nervios de acero, pero en ese momento estaba un poco nervioso.
Adorable.
No creía que fuera posible, pero mi amor por él subió un peldaño más. Apreté los labios y puse mi mejor cara de negocios.
—Sebastian Aguilar, esa es la propuesta más interesante, emocionante y asombrosa que me han hecho en la vida.
—¿Lo pensarás?
—No necesito pensarlo —chillé, le eché los brazos al cuello y lo besé por toda la cara mientras él reía con esa risa grave y profunda suya—. La respuesta es sí, sí y sí. No se me ocurre mejor idea que ser tu socia para siempre.
—En ese caso, tendrás que aceptar mi oferta y cerrar ese trato tan excelente.
Luego iré a buscar los papeles al registro civil y nos pediré cita —la sonrisa deslumbrante que me dedicó le encendió los ojos y me inundó de alegría—.
Solo tienes que firmar en la línea de puntos y seremos socios para siempre.
Lo besé con tanta fuerza que probablemente le dejé los labios magullados. Era mío.
¡Mío!
Se quedaba. Viviríamos juntos, en nuestra casa, aquí, en la playa.
Mi mundo no podía ser más perfecto. La Tía Betsy tenía que estar sonriendo allá arriba en el cielo. ¿Ir a prisión? Había merecido la pena todo el sufrimiento si me había llevado por el camino que desembocó en este momento, en Sebastian.
Me sonrió y me colocó el flequillo detrás de las orejas. —¿Eres feliz?
—Felicísima.
Su sonrisa se ensanchó. —Yo también.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—La libertad anticipada no está nada mal.
Se rio, y su risa grave y profunda fue el sonido de mi felicidad. También me trajo otra revelación.
—Dios mío. Se me acaba de ocurrir la última regla para el Manual de Libertad Anticipada de Gracie Rose.
Arqueó las cejas. —¿Y…?
—Regla número diez. —Lo miré fijamente a los ojos—. Vive libre, ama con intensidad.
Me besó de nuevo, y aunque nunca llegamos a mi dormitorio, el sofá nos sirvió de maravilla. Y así emprendimos juntos la construcción de nuestras nuevas vidas sobre cimientos sólidos.
Fin