Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

Gracie

Me senté en la camioneta de Seb, entrando en calor poco a poco.

No podía creer que hubiera salido ilesa de una reunión con los Morgan.

Me sentía como un pequeño bote zarandeado por un mar furioso.

Helada hasta los huesos, me froté los brazos intentando que la sangre volviera a circular por mis dedos entumecidos.

La noche era cálida, unos agradables veintinueve grados, pero no podía dejar de temblar.

Sin apartar los ojos de la carretera, Sebastian extendió la mano y me ofreció la suya. La tomé, disfrutando del contacto de su piel cálida, del calor que envolvía mis dedos. Mis músculos rígidos empezaron a relajarse. Mi mente, en cambio, no dejaba de dar vueltas.

—Siento que los Morgan te hayan pillado así —dijo Seb unos minutos después de arrancar—. Debe de haber sido un buen susto.

—No es culpa tuya.

Alcé la vista hacia las estrellas y suspiré.

—Tarde o temprano tenía que pasar. Aunque pensé que tendría más tiempo.

—Los imbéciles montaron una distracción —explicó Seb—. Organizaron un par de señuelos, pero llegué a tiempo a tu reunión.

—¿Estabas allí? —exclamé sin aliento—. ¿Lo oíste todo?

—Sí.

Se llevó mis nudillos a los labios y los besó; una oleada de alegría me recorrió por dentro.

—Casi le meto una bala a Robert, pero te moviste rápido. Impresionante.

—Gracias.

Logré esbozar una sonrisa torcida.

—Yo también lo creo. ¿Qué va a pasar con ellos? ¿Dónde están ahora?

—Los están llevando a un lugar seguro para interrogarlos.

Su voz se endureció.

—Ya no tienes nada que temer de ellos.

Lugar seguro. Interrogarlos. Esas palabras me dejaron aturdida y aumentaron mi confusión. ¿Qué demonios estaba pasando?

—Yo... no lo entiendo.

—Lo entenderás pronto.

Me apretó la mano.

—Te lo prometo.

—¿Entonces lo sabes? —Intentaba ordenar las ideas—. ¿Lo de los Morgan y sus planes?

—Sé algo.

—¿Cómo?

—Investigación, deducciones y conjeturas con fundamento.

Vaciló y me lanzó una mirada extraña, que se parecía mucho a la culpabilidad.

Fruncí el ceño. ¿Me estaba ocultando algo?

—Sé algunas cosas —se corrigió—, pero no conozco tu historia completa.

Era su forma de señalar que yo todavía le estaba ocultando cosas y que necesitaba saberlo todo.

—Puedes confiar en mí.

Sus ojos azules brillaron con intensidad.

—También deberías saber que esta noche me encargué de Furman. No volverá a molestarte.

Tuve que hacer un esfuerzo para que me saliera la voz.

—¿Cómo?

Me hizo un resumen de lo que había pasado.

—Dios mío.

Me llevé la mano al pecho, tratando de calmar la respiración. Tenía tantas preguntas que necesitaban respuesta. ¿Cómo había conseguido Sebastian tanta información incriminatoria sobre Furman? Quería preguntar, pero todavía estaba asimilando la noticia.

—No puedo creer que consiguieras hacerlo retroceder así.

—Ya no tienes que preocuparte por Furman —me aseguró—. Puedes confiarme tu vida.

—Ahora lo sé.

Contuve una oleada de lágrimas que me pilló por sorpresa y tragué un sollozo.

—Siento no haberte contado mi historia antes. Tenía mis razones, y son válidas. Verás, tiene mucho que ver con la regla número seis.

Me lanzó una mirada desconcertada.

—¿La regla número seis?

—Sí.

Me aclaré la garganta.

—Sacada directamente del Manual de Supervivencia para la Libertad Anticipada de Gracie Rose.

—El Manual de Supervivencia para la Libertad Anticipada de Gracie Rose. —Lo meditó un momento antes de mirarme y sonreír—. Claro que tendrías uno de esos. Debería haberlo sabido. ¿Cuántas reglas tiene el manual?

—Seis, de momento.

Ya no tenía sentido seguir ocultando cosas, ninguna razón para ser otra persona.

—Está en construcción. Voy inventando las reglas sobre la marcha.

—Vale —dijo, sin burlarse de mí, más bien aceptándolo, procesándolo—. ¿Te importaría compartir conmigo las reglas que tienes hasta ahora?

—Regla número uno: rompe las reglas —dije—. Lo hice. Contigo.

—Espera un momento.

Frunció más el ceño, marcando los surcos de su frente.

—¿Te inventaste un montón de reglas nuevas para romper las antiguas?

—No digo que esté cuerda.

Le apreté la mano con fuerza.

—Solo te cuento cómo funciona mi cerebro, o cómo no funciona, según se mire.

—Tu cerebro funciona de maravilla.

Me apretó la mano, calmándome con su contacto.

—¿Cuál es la regla número dos?

—Sé dura —dije—. Te juro que estoy temblando, pero lo intento.

—Lo hiciste bien.

Sonrió.

—¿La número tres?

—Sin culpa, sin arrepentimientos; también en construcción.

Dejé escapar un largo suspiro.

—¿Y las demás?

—La regla número cuatro es no rendirse nunca —dije—. Explica por qué sigo aquí. La regla número cinco es sé valiente y audaz. Esa me costó trabajo hoy. Y por último, la regla número seis es que nadie muera por mi culpa, especialmente Sebastian Aguilar.

—Gracie... —logró decir con voz ahogada.

—No digas nada —me apresuré a decir—. Mis reglas, mi manual. Puede que tenga que modificarlo un poco.

Arqueó las cejas.

—¿Por qué?

—No quiero que te pase nada malo, pero esta noche he aprendido que no puedo librar esta batalla yo sola.

Soy orgullosa, pero no tonta. La tía Betsy me dijo en su carta que tenía que aprender a aceptar ayuda.

Tenía razón. También he visto de lo que eres capaz.

Fuiste Delta y eres muy bueno en lo que haces.

—Así que lo sabes —su garganta se tensó visiblemente—. ¿Cómo?

—Lo deduje por algo que dijo Knox hace un tiempo —respondí—. No te preocupes. Él no te delató.

Apretó los labios antes de hablar.

—¿Estás... horrorizada?

—¿Horrorizada? —lo pensé un momento.

Recordé las vívidas amenazas de Sebastian a los Morgan, el filo peligroso que había dado a cada una de sus palabras, la convicción que las respaldaba. Recordé el miedo que brillaba en los ojos de los Morgan y la sangre que goteaba por sus rostros.

Los gemelos eran criaturas de dinero y poder. No les costaba nada ordenar que hicieran daño a otros, pero nunca lo habían sufrido en carne propia. La estrategia de Sebastian había sido brutal, sí, pero también efectiva. Gente como los Morgan no jugaba según las reglas.

Sebastian tampoco.

—No estoy horrorizada —dije—. Sé que estabas intentando detener a los Morgan y evitar futuros derramamientos de sangre. «Neutralizar la amenaza», creo que así lo llaman a veces.

—Exactamente —su pecho se expandió al tomar aire y el alivio suavizó las líneas tensas de su rostro—. Me alegra que lo entiendas, pero necesitas saber algo. Para mantenerte a salvo a ti, a mi equipo y al mundo, mataré. Y lo que es peor, no pienso disculparme por ello.

Había llegado a conocer mucho sobre Sebastian en poco tiempo. Entendía muchas cosas de él. No era que disfrutara matando ni que ansiara la violencia o la sangre. No era que apretara el gatillo y luego olvidara sus acciones porque no valorara la vida.

Al contrario, entendía el valor de la vida humana mejor que nadie y veía la necesidad de protegerla.

Cargaba con la pérdida y el dolor con plena conciencia, para que el resto pudiéramos vivir seguros y libres de violencia y muerte.

Lidiaba con sus remordimientos para que nosotros pudiéramos prosperar sin culpa. Era único, y por eso lo amaba aún más.

Espera. ¿Qué?

La camioneta corría por la carretera, pero mis pensamientos se detuvieron en seco.

¿Amaba a Sebastian? ¿Amaba a un tipo con el que me había acostado dos veces, un hombre al que había pasado más tiempo resistiéndome que aceptando? ¿De verdad lo amaba?

Oh, Dios mío. El corazón me dio un vuelco. ¡Sí!

Amaba a Sebastian.

El pensamiento resonó en mi interior, puro, certero y verdadero. Durante unos segundos, intenté negarlo, combatirlo, rechazarlo. Lo conocía desde hacía poco tiempo. ¿Cómo era posible?

Era más que posible. Era real.

Amor.

Era un vínculo forjado con nuestros cuerpos y solidificado mediante la conexión de nuestras mentes, que me impulsaba a confiar en él, a aceptarlo tal como era.

Lo quería sin excepciones. Necesitaba cuidar de él tal como la vida lo había moldeado: triste o feliz, frustrado o listo para la acción, gruñón o de buen humor, el guerrero letal y amante tierno que era.

La noche había sido una montaña rusa de emociones, pero ahora alcanzaba el punto más alto del bucle más grande y me adentraba en el emocionante viaje con los ojos abiertos.

Bajé hacia un vacío creado por aquel asombroso descubrimiento.

Di vueltas mientras las fuerzas g me robaban el aliento y aplastaban mi resistencia.

Subí, más alto y más rápido, disparada más allá del punto de no retorno.

Yo, Gracie Rose, amaba a Sebastian Aguilar.

Una noticia enorme. Impresionante. Aterradora.

Todo lo demás tendría que esperar hasta que pudiera asimilar la conmoción.

La camioneta se detuvo en las puertas de Crescent Beach.

Apenas reparé en Devon cuando se acercó a la cabina.

Con sus ojos marrones alerta, me lanzó su sonrisa bobalicona una vez que comprobó que solo estábamos Sebastian y yo, y luego nos hizo señas para que pasáramos. Sebastian aceleró por la calzada.

Durante los siguientes minutos, permanecí allí sentada en silencio, luchando contra mi pánico interno, subida en la montaña rusa más aterradora del mundo. Solo después de cruzar la calzada y entrar en la isla, Sebastian me cogió de la mano.

—¿Gracie? —arqueó aquellas increíbles cejas y me miró de reojo, atravesándome con la electricidad que chispeaba en sus ojos azules—. Cuando te quedas callada así, se me pone el culo de corbata. Y la forma en que me estás mirando ahora no ayuda.

—¿Cómo te estoy mirando?

—No estoy seguro —me miró y luego volvió la vista a la carretera—. Háblame, por favor.

—¿Estás seguro de que quieres oír lo que tengo que decir?

—Sí —dijo mientras cruzaba el aparcamiento.

—Bien, allá va —contuve la respiración, como si estuviera saltando desde lo alto de un precipicio sin esperanza de un buen aterrizaje—. Acabo de darme cuenta de que... —las palabras se me atascaron en la garganta—. Creo que...

Sebastian me miró preocupado.

—Sea lo que sea, lo resolveremos. Solo dilo.

Me obligué a pronunciar las palabras.

—Creo que te amo.