Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo Veinte #3
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Capítulo Veinte #3

Fulminé a la pareja con la mirada.

—No iré con vosotros.

—Me temo que lo que Raul planteó como una petición no lo es —los dedos de Robert se clavaron en mi cuello como si estuviera contando cuántas vértebras podía romperme—. Vendrás con nosotros.

—Gritaré si intentáis llevarme por la fuerza.

—¿Por la fuerza? —Robert se rio y algo duro y metálico se me clavó en las costillas—. ¿Quién necesita la fuerza cuando la perspectiva de una bala es mucho más persuasiva?

Bajé la vista y vi el brillo de un arma en la mano de Robert. Estaba encajada entre mis costillas. El grosor del cañón indicaba que llevaba silenciador. Karma me había enseñado todo sobre los supresores. Esta arma haría muy poco ruido al transferirme de la columna de rehén a la de difunta.

Aun así, ir con ellos equivalía a un suicidio.

Tragué saliva, reuní todo mi valor y me obligué a hablar con firmeza.

—No me dispararéis delante de toda esta gente.

—Con este ruido, nadie te oirá morir —dijo Raul—. Pensarán que estás borracha. Dada esta multitud, a nadie le importará una mierda.

Sé valiente, sé audaz.

—Entonces disparadme, ahora, acabemos con esto —me enderecé en mi silla y respiré hondo—. No voy a ir con vosotros.

—Nuestra pequeña Rose quiere morir hoy —Robert presionó el cañón con más fuerza contra mis costillas.

¿Pequeña Rose?

Eso fue la gota que colmó el vaso.

Sé la tía dura en la que tanto te has esforzado en convertirte.

En un movimiento que Karma me había hecho practicar mil veces, lancé el codo derecho hacia un lado y lo estrellé contra el plexo solar de Robert con todas mis fuerzas. Los nervios de la articulación me enviaron descargas eléctricas cuando hueso chocó contra hueso.

Al mismo tiempo, descargué el puño izquierdo sobre la mano que sostenía el arma, asestando un golpe seco justo debajo de los nudillos, y sus dedos se abrieron de golpe.

Estaba casi tan sorprendida como Robert cuando el arma salió volando de su mano y cayó con estrépito sobre la cubierta. Con los ojos muy abiertos y vidriosos de dolor, se dobló sobre sí mismo, buscando aire. Tenía demasiado dolor para lanzarse a por el arma.

Karma siempre había dicho que la sorpresa era la mejor ventaja que una mujer tenía en una pelea sucia.

Había tenido razón.

—¡Basta ya! —Raul me agarró del brazo y me sacudió con fuerza—. Robert, contrólate. ¡Tú! —me ladró—. Si gritas o te resistes de cualquier manera, puedes despedirte de tus amigos.

Me quedé helada. ¿Estaba Raul diciendo la verdad?

—Nos vamos —volvió a ladrar en un susurro—. Vienes con nosotros.

Con una mano presionada contra el pecho, todavía jadeando, Robert logró agarrarme el otro brazo y levantarse de la silla. Juntos, ambos hermanos me levantaron como si fuera una muñeca de trapo. Sus dedos se me clavaban en la carne y me hacían daño.

Cada parte de mí quería gritar pidiendo ayuda y luchar contra ellos al mismo tiempo. Pero ¿y si tenían a Sebastian?

Me dolían los hombros de la tensión y un dolor de cabeza agudo me subió desde la mandíbula. Me sentía indefensa y frágil como el cristal, zarandeada y aplastada entre aquellos dos imbéciles fornidos. Y entonces…

¡Pam!

Los Morgan se desplomaron en sus sillas con una fuerza que sacudió la tarima bajo mis pies y me devolvió también a mi asiento. Estaba aturdida. Sus rostros eran una parodia de dolor y sorpresa.

¿Qué acababa de pasar?

Alcé la vista y encontré a Sebastian de pie detrás de mí. A cada lado mío, sus manos presionaban los hombros de los Morgan y los mantenían inmovilizados.

De un vistazo vi a Karma a unos metros, sentada sobre la barandilla de madera a mi derecha, con los tobillos cruzados en el aire y los ojos afilados como cuchillas. A mi izquierda, Knox se apoyaba en la esquina como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.

La ayuda había llegado. Sebastian estaba aquí. Mi corazón, que se había encogido hasta el tamaño de un guisante, se expandió en mi pecho. Caí en la cuenta de que en la batalla por mi vida ya no estaba sola.

***

Sebastian

Oculto detrás de la tarima entre un matorral de palmitos, apreté los molares y contuve un rugido en la garganta.

Hijos de la misma perra.

¿Cómo se atrevían estos imbéciles a tocar a Gracie, a poner sus manos asquerosas sobre ella, a intimidarla estando bajo mi protección?

Parecía tan pequeña sentada entre ellos, tan pálida y frágil, y sin embargo tan decidida a no mostrar su miedo, con la mandíbula tensa y los ojos chispeando de indignación.

La rabia que corría por mis venas podría haber hecho estallar de nuevo la cima del Vesubio, pero era un hombre Delta y recurrí a mi entrenamiento en lugar de lanzarme a una masacre. Convertí la furia en fuerza, me contuve y canalicé mi ira.

Tenía una oportunidad única de actuar ahora. Y actuaría.

No hacía ni cinco minutos, tras perseguir a Camisa Manchada hasta el aparcamiento y aplastar a Furman y a sus amigos, iba de vuelta hacia Gracie cuando me encontré con Karma y Knox junto a la barra.

—¿Qué coño estáis haciendo? —exigí—. ¿Por qué no estáis vigilando a Gracie?

—Estabas con ella —dijo Knox—. Pensamos que tú la estabas vigilando.

Me abrí paso entre ellos y crucé la sala abarrotada en línea recta hacia Gracie.

—Fuimos tras un tipo sospechoso que te estaba mirando —explicó Karma, manteniéndose a mi ritmo—. Un metro ochenta y ocho, calvo, tipo militar.

No era Camisa Manchada entonces. ¿Otro señuelo?

—Nos dio esquinazo en el aparcamiento delantero —añadió Knox—. Podríamos haberlo perseguido, pero no queríamos romper la cobertura ni dejar tu espalda expuesta.

—Era una distracción. —Me abrí paso entre la multitud, avanzando hacia las puertas correderas—. A mí también me asignaron una de esas.

—¿Por qué? —preguntó Knox.

Pegado a la pared, eché un vistazo por las correderas y vislumbré la tarima. Efectivamente, los Morgan habían aparecido para una visita sorpresa.

Eran idénticos a las fotos que Trev había incluido en los archivos de investigación que había preparado para mí. Los brutos podrían pasar por hombres civilizados con sus coloridas camisas hawaianas, pero yo no me dejaba engañar. Si pretendían llevarse a Gracie de paseo, estaban muy equivocados.

—Por eso —dije—. Knox, contacta con los responsables de la operación Hundir Petrolero e infórmales de que el calendario se ha adelantado y que arrancamos ya. Karma, trae al equipo aquí y asegura transporte de salida para dos. Además, comprueba lo de Furman y sus dos secuaces.

Los ojos de Karma se abrieron como platos.

—¿Furman está aquí?

—Fuera. Aparcamiento trasero. Se acabó lo de joder con nosotros. Él y sus payasos deberían haberse largado ya, pero si siguen por ahí, sé persuasiva. Después, tomad posiciones.

—¿Policía? —preguntó Knox.

—No los necesitamos, y solo estorbarían.

—Entendido.

Knox y Karma se pusieron manos a la obra.

Me había asegurado de poner a Knox al día sobre las reuniones de dos días que había tenido con los Battleson de camino a The Happy Clam. Estaba al tanto de la operación, sabía qué hacer y pondría a Karma al corriente según fuera necesario. Con el plan en marcha, me dispuse a interceptar.

Desanduve el camino entre la multitud, salí al aparcamiento, rodeé el restaurante y llegué por detrás del extremo más alejado de la tarima donde Gracie estaba sentada con sus visitantes no deseados. Los Morgan habían burlado la vigilancia y habían llegado a Florida en tiempo récord.

Supuse que habían apostado a uno o dos vigilantes en las puertas de la playa: Camisa Manchada, Tipo Militar Calvo, o ambos. Los hermanos probablemente habían salido de Nueva York en secreto y se habían alojado en algún lugar cercano, esperando a que Gracie saliera de su refugio.

Esta noche les había dado el gusto, los vigilantes habían informado de la salida y los Morgan se habían precipitado hacia The Happy Clam.

Perfecto para mí. Los idiotas no tenían ni idea de con quién estaban tratando. Me habían ahorrado el trabajo de ir tras ellos. Los tenía exactamente donde los quería.

Si tan solo no estuvieran tan cerca de Gracie.

Oculto entre los palmitos, obligándome a esperar el momento, escuché su conversación maldiciendo cada palabra.

Los cabrones hicieron todo lo posible por aplastar a Gracie. Ella resistió la presión con asombrosa, bueno, gracia.

Era muy propio de ella. Admiraba su compostura. Tenía un plan sólido para lidiar con los Morgan, pero estos dos no iban a salir de mi territorio sin una despedida apropiada de mi parte.

Estaba a punto de acabar con la pequeña velada cuando vi una Colt en la mano de Robert. Eché mano a mi Glock y estaba a punto de meterle una bala en la nuca al imbécil cuando Gracie me dejó de piedra al encargarse ella misma del desgraciado y del arma.

¿Qué coño?

El pecho se me hinchó de orgullo. Era una luchadora con agallas y había aprendido mucho de las lecciones de Karma, pero era hora de poner fin a aquel desastre. Salí de mi escondite, salté la barandilla y devolví a los Morgan a sus asientos por la fuerza.

Para entonces, Knox y Karma habían cumplido con su cometido y actuaron al unísono.

Knox apartó la mesa, tomó la mano de Gracie y la ayudó a levantarse, alejándola de los monstruos gemelos.

Karma recogió el arma de Robert del suelo, se la metió por detrás en los pantalones cortos y tomó posición flanqueando a Gracie.

Knox devolvió la mesa a su sitio, bloqueando la vía de escape de los Morgan. Luego se colocó al otro lado de Gracie, de cara al exterior; los tres formaban una barrera visual que nos ocultaba a mí y a los hermanos.

Me gustaba la privacidad cuando trabajaba.

Enganchando la pantorrilla en la silla donde había estado sentada Gracie, la arrastré hacia mí y me senté sin soltar a mi presa.

Para asegurar el control sobre los matones, rodeé los hombros de los hermanos con los brazos en una llave de cabeza firme y les junté las caras frente a la mía.

Habían hecho algo parecido con Gracie. Les hice probar su propia medicina, a una dosis mucho más alta.