Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo Veinte
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Capítulo Veinte

Sebastian

Knox y Karma no estaban por ninguna parte. Maldita sea. ¿Dónde coño se habían metido?

Los camareros andaban como locos mezclando cócteles sofisticados y llenando jarras de cerveza. Ansioso por volver con Gracie, me abrí paso hasta el extremo de la barra, agarré una jarra limpia, la llené de hielo del congelador bajo el mostrador y robé dos vasos limpios de camino a la salida.

Nadie se dio cuenta, excepto el tipo del bigote con la camisa manchada de kétchup que estaba junto a la puerta de la cocina.

El tipo activó mi radar con un fuerte pitido mental. Unos ojos color avellana se encontraron con mi mirada fulminante cuando levantó el vaso y asintió antes de dar un sorbo a su bebida.

No era una cara que recordara y, sin embargo, algo en su sonrisa burlona y su brindis me dio mala espina. Un escalofrío de presentimiento me recorrió la columna y me erizó el vello de la nuca.

Había aprendido por las malas a escuchar mis instintos. Una alarma mental no era algo que los Delta ignoráramos. La gente moría de esa manera.

La puerta de la cocina se abrió de golpe y una camarera con una bandeja llena salió corriendo. Cuando la puerta se balanceó hacia el otro lado, el tipo había desaparecido.

Provocarme y desaparecer. No me gustaba el concepto. Ni lo que podría implicar para la seguridad de Gracie.

Dejé la jarra y los vasos en una bandeja y, con los sentidos en alerta máxima, me acerqué a la puerta de la cocina. El hombre ya no estaba allí, pero un pasillo corto se extendía hacia un lado y terminaba en otra puerta, esta de metal.

Con los pies ligeros sobre el suelo, me deslicé por el pasillo y me detuve ante la puerta.

Mientras la banda arrancaba con el siguiente set y la música atronaba, saqué la Glock de la parte trasera de los pantalones, monté el arma y, sosteniéndola en alto, entreabrí la puerta. Un vistazo rápido: nadie me esperaba.

Muy bien, entonces.

Usando el ruido como cobertura, con los brazos extendidos y la pistola empuñada con ambas manos, abrí la puerta de una patada, un golpe violento que la estrelló contra la pared.

Si alguien hubiera estado ahí, habría quedado aplastado contra los bloques de hormigón.

Una mirada rápida: nada. El espacio estaba vacío.

La puerta daba a la parte trasera del aparcamiento. Bajo la luz parpadeante de la farola cercana, hileras de coches se amontonaban en el asfalto agrietado. Muchos rincones y recovecos para que un cabrón se escondiera. ¿Adónde había ido el hijo de puta?

Una motocicleta rugiente cruzó el carril principal del aparcamiento a toda velocidad. El motorista iba oculto bajo un casco negro y una chaqueta de cuero, así que no pude verle la cara, pero sus proporciones eran las de Camisa Manchada.

Giró el rostro enmascarado hacia mí y volvió a provocarme levantando la moto en un caballito antes de que la rueda delantera aterrizara con fuerza sobre el hormigón. Aceleró hacia la calle, dejando atrás un rastro de grava y tierra.

Habría salido corriendo hacia mi camioneta para seguir al imbécil, pero sospechaba que eso era justo lo que quería. No quería dejar a Gracie sola mucho tiempo. Por lo que sabía, el cabrón podría ser una distracción.

Deslicé la Glock en la parte trasera de los pantalones y me dirigí a la puerta trasera. Estaba a punto de abrirla cuando tres hombres salieron de las sombras.

¿Y ahora qué?

Reconocí a Furman de inmediato. Los dos que estaban detrás de él eran lo que Furman me había acusado de ser una vez. Pistoleros a sueldo.

—Sr. Aguilar —dijo Furman—. ¿Podemos hablar?

—No puedo —agarré el picaporte—. Tengo prisa.

Furman hizo un gesto con la cabeza y sus pistoleros a sueldo salieron de detrás de él y me flanquearon. Sabía perfectamente qué era el bulto bajo sus camisas holgadas.

—Necesito hablar con usted —dijo Furman, como si traer un par de gorilas armados fuera la forma adecuada de iniciar una conversación productiva—. Tengo mucho en juego y necesito acceso a la señorita Rose. Quiero que me ayude a convencerla de que negocie conmigo.

—¿Y si no quiero ayudarlo?

—Mis amigos lo convencerán.

Miré de un hombre al otro.

—¿Están seguros de que quieren hacer esto?

—Son bastante hábiles en su oficio —ronroneó Furman con tal deleite que lo imaginé frotándose las manos.

—Muy bien, pues —di un paso atrás para poder encarar a ambos hombres a la vez—. Pero deberían saber una cosa. La noche es mi momento.

Capté un destello de miedo en los ojos de los hombres justo antes de atacar.

Me moví rápido, manteniendo sus armas fuera de juego.

Un codazo a mi derecha le rompió la mandíbula al oponente número uno.

Una patada a mi izquierda le destrozó las rodillas al segundo.

Tenían aspecto feroz, pero no eran feroces.

En menos de un minuto estaban retorciéndose en el suelo, desarmados e incapaces de caminar por el momento.

Furman, boquiabierto, se dio la vuelta e intentó huir de mí con un torpe contoneo.

Qué iluso, creyendo que podía escapar de mí.

Recogí las armas de los matones del suelo, me las metí en la parte trasera de los pantalones y alcancé a Furman en tres zancadas. Lo hice girar y le estampé un puñetazo en la cara. El crujido satisfactorio bastó para dejarlo de culo en el suelo.

—Última advertencia —me arrodillé y lo levanté por las solapas—.

Manténgase alejado de la señorita Rose. Hemos rastreado un flujo claro de transferencias y transacciones que vinculan sus cuentas con las del alcalde y tres miembros del ayuntamiento.

También tenemos conexiones financieras muy interesantes con otros peces gordos.

Gobernadores. Senadores. Diputados. ¿Capta la idea?

Estarían muy cabreados con usted si este proyectito suyo se convirtiera en un gran escándalo político.

Solo para asegurarme de que lo pillaba, solté algunos nombres y detalles que le dejaron la boca hinchada abierta de par en par.

—Eso es imposible —escupió Furman, junto con un montón de sangre y saliva—. ¿Cómo puede saber algo de eso?

—No es imposible, está hecho, todo preparado y listo para saltar. Tenemos toda su red de sobornos documentada: fechas, cuentas, quién, qué y dónde. Créame, soy un tipo meticuloso.

—Puedo convertirlo en un hombre rico —murmuró el cabrón.

—Y yo puedo convertirlo en un hombre pobre —mostré los dientes—.

Si la ciudad decide seguir adelante con la audiencia de expropiación de Crescent Beach, o si persiste en sus intentos de poner sus mugrientas manos sobre la propiedad de la señorita Rose, encontrará esa información publicada en primera plana de todos los periódicos importantes del país.

—No tienes ese tipo de influencia —dijo—. ¿Quién coño eres?

—Me alegra que lo preguntes —dije—. Formo parte de una organización poderosa especializada en acabar con cabrones como tú.

No te daré ningún nombre, solo la promesa de que cumplimos nuestra palabra.

Somos muchos y muy hábiles. Si algo le sucediera a la señorita Rose, a mí o a cualquiera de mis asociados, la información saldría a la luz en un abrir y cerrar de ojos, y te destruiría para siempre.

—Organizaciones así no existen —gruñó Furman, con el ceño fruncido oscilando entre miedo, furia e incredulidad—. Vas de farol.

—Oh, por favor, ponme a prueba —apreté el agarre de sus solapas—. Estoy deseando destruirte. Pregúntales a tus amigos corruptos. Tenemos reputación, aunque no nombre. Ellos sabrán quiénes somos. Te das cuenta de que irás a prisión por mucho tiempo, ¿verdad?

El cabrón tragó saliva, pero para entonces el miedo había ganado.

La verdad daba credibilidad a mis palabras, y en sus círculos seguramente había oído hablar de nosotros.

Comprendió que había perdido y que terminaría perdiendo todo lo que tenía si me desafiaba.

Aun así, le costó un momento tragarse el orgullo y aceptarlo.

—¿Qué quieres? —dijo finalmente.

—Cancela la audiencia. Lárgate de este pueblo y no vuelvas.

Y procura no sobornar a nadie más en el futuro.

Te tenemos en el punto de mira —tiré de sus solapas hasta que quedamos cara a cara—.

Si nos llega el más mínimo indicio de que vuelves a hacer mierdas ilegales, lo hacemos público. ¿Entendido?

Cuando no respondió, le di una sacudida brusca.

—¿Entendido?

—Entendido —gruñó, con la voz ronca y temblorosa—. Lo juro. No volveré a molestaros ni a ti ni a la señorita Rose.

—Maravilloso —lo solté y cayó de culo—. Tienes dos minutos para levantar a tus amigos enclenques del suelo y largarte de aquí. Si sigues aquí después de eso, lo hacemos público y caes.

Dicho esto, giré sobre mis talones, abrí la puerta trasera de un empujón y entré en el pasillo con paso firme, satisfecho de que el reinado de Furman en este pueblo y más allá hubiera terminado.

Siempre prefería sacar a matones como él del negocio por completo, pero ahora mismo era un pececillo en una pecera diminuta, y yo tenía asuntos más importantes que atender. Mucho más importantes.

Mi móvil sonó.

Estaba resultando ser una noche movida.

Seguí caminando mientras sacaba el móvil del bolsillo y miraba la pantalla. Era Trev. Descolgué.

—¿Podemos hablar después? —pregunté—. Tengo una situación que resolver.

—No hay tiempo para eso —dijo Trev atropelladamente—. ¿Recuerdas que pirateé los móviles de los Morgan?

—Afirmativo —se me encogió el estómago con un terrible presentimiento.

—Acabo de recibir una alerta —informó Trev—. Los estoy rastreando en Clear Creek, en un sitio llamado The Happy Clam.

Joder. Camisa Manchada había sido una distracción y los Morgan estaban aquí.

***

Gracie

Raul y Robert Morgan me pasaron cada uno un brazo por el hombro y se inclinaron hacia mí, invadiendo mi espacio. El aroma empalagoso de su costosa colonia me inundó las fosas nasales. El perfume me revolvió el estómago. Se me fue la sangre del rostro.

Sabía que me encontrarían tarde o temprano, pero había mantenido un perfil bajo y no había filtrado la información que tenía sobre ellos. ¿Cómo y por qué estaban aquí ahora?