Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo Dieciséis
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Capítulo Dieciséis

Gracie

Sin poder acceder a los archivos, me tiraba de los pelos. No era ninguna experta en informática, pero me había descargado un nuevo programa de descifrado, otro más, este más caro y sofisticado.

¿Y qué le pasaba a mi nuevo portátil? No paraba de darme problemas: mensajes extraños, se bloqueaba cada pocas horas y me obligaba a empezar desde cero cada vez. Quizá debería cambiarlo. Era más que frustrante. Era para volverse loca.

Tenía que acceder a esos archivos para entregarlos como pruebas sólidas y bien documentadas a las autoridades competentes. De lo contrario, no me iban a hacer ni caso.

Si esto no funcionaba, tendría que buscar a un experto que me ayudara. No sería fácil, ni barato, ni seguro. No quería poner en peligro a nadie más.

Paciencia. Respiré hondo. Lo conseguirás.

Al menos de momento estaba a salvo. Además, mi agente inmobiliario pensaba que cuantas más mejoras hiciéramos en la propiedad, más fácil sería venderla al comprador adecuado.

—Ey, ¿qué hay?

Karma entró por las puertas correderas de cristal, que estaban abiertas, con un pack de seis Blue Moon.

Hacía apenas una hora que habíamos terminado la práctica de tiro, y después de un día agotador de obras, tocaba rato de chicas para desconectar.

Como éramos las dos únicas mujeres en la playa, nos habíamos acostumbrado a hacer piña con cervezas y patatas después del trabajo.

—Hora del club de las perras —dijo dejándose caer en mi nuevo sofá modular—. ¿Qué haces?

—Navegando por internet —mentí y cerré el portátil.

Pasé por la cocina a coger las patatas y me senté en el sofá frente a Karma.

Hoy llevaba una de sus típicas camisetas negras de estar por casa. Las letras blancas decían: Perdona, ¿he puesto los ojos en blanco en voz alta?

Se me escapó una sonrisa. Karma era la reina de los ojos en blanco.

—Bueno, ¿algún avance con el capullo neandertal? —preguntó mientras cogía un puñado de patatas de la bolsa y se las metía en la boca.

—Ninguno —respondí con un suspiro—. Sigue ignorándome.

—Al menos ayer mojaste —murmuró con la boca llena.

—¡Karma! —me quedé boquiabierta—. ¿Lo sabe todo el mundo por aquí?

—¿Que tú y él follasteis en su despacho? —crujió otro puñado de patatas y se encogió de hombros—. Ya te digo. Todo el mundo.

—Dios mío —me tapé la cara con las manos.

—Te sugiero que superes lo de ponerte colorada, Primrose. Es una pena que echar un polvo no le mejorara el humor de perros a Sebastian. Sigue por ahí como un oso con dolor de muelas.

—¿Qué ha hecho ahora?

—Les estuvo gritando a Mac, Ramírez y Devon durante una hora entera. Devon va a estar de guardia hasta que el infierno se congele. Y eso fue después de mandar a Furman a la mierda. Ese capullo no volverá a molestarte.

—Ya me enteré.

—¿Y? —sus ojos verdes brillaron con un destello de diversión—. ¿Qué tal estuvo?

Lo mejor de mi vida. Hasta que nos interrumpieron y él se quedó a medias.

—¿Y bien? —insistió Karma.

—Para mí, sí.

—Ah, ahora lo pillo.

¿Por qué tenía que ser tan transparente?

—Todo encaja —asintió—. Sebastian metió la mecha pero no prendió la vela. Anda por ahí con el depósito a tope. No descorchó la botella. ¿Me equivoco? Eso pondría de mala hostia a cualquier oso con polla.

—Vale, esta parte de la conversación se ha terminado —declaré—. No vamos a hablar de la mecha de Sebastian, ni de su depósito, ni de su corcho. Hablemos de ti. ¿Alguna vez te has obsesionado con un tío o has tenido un amante que te gustara de verdad?

—Ningún amante —soltó Karma en tono clínico—. Un tiro, un muerto. Solo me acuesto con un hombre una vez. El resto del tiempo, tengo una relación excelente con mi vibrador. Los rollos de una noche son lo más práctico. No crean vínculos innecesarios.

Tan obsesionada como estaba con Sebastian en ese momento, entendía perfectamente lo que decía.

—Tiene que haber alguien que te haya vuelto loca, alguien especial.

Karma negó con la cabeza, pero cuando se le sonrojaron las mejillas y apartó la mirada, supe que había dado en el clavo.

—¡Hay alguien! —apreté la bolsa de patatas contra el pecho—. ¿Quién es?

—La pregunta correcta es quién era, dado que el asunto está zanjado, y la respuesta es que no pienso decírtelo.

—Al menos podrías decirme si estuvo bien mientras duró.

—Duró una noche y fue… increíble.

Nunca había visto ese destello de melancolía en los ojos de Karma, que enseguida disimuló.

—Se acabó. Pero muy acabado.

—¿Te rompió el corazón?

—O quizá fui yo quien le rompió el suyo —esbozó una sonrisa enigmática—. Recuerda, nunca me acuesto con el mismo hombre dos veces.

—Eres una tía con un par.

—Eso dicen —sonrió con suficiencia—. Sin corazón, según me han dicho.

—Quiero ser igual que tú.

—No, qué va —resopló.

—Quizá me equivoque, pero tengo la sensación de que esa persona te importaba.

—¿Y qué? —Karma se dejó caer en el sofá—. ¿A quién le importa una mierda si ya es cosa del pasado?

—A ti —dije—. Algún día me contarás quién te rompió el corazón.

—Lo dudo mucho.

Me aventuré en terreno pantanoso.

—¿Por qué eres tan cínica con los hombres?

Vaciló un momento y luego dijo:

—Mi padre era un puto cabrón.

—Lo siento. —Se lo había oído decir a tantas mujeres.

—No lo sientas —dijo Karma—. Al final me salió bien.

Qué curioso. —¿Cómo es eso?

La sonrisa que esbozó Karma no tenía ni pizca de alegría.

—¿Sabes cómo consigo disparar con un noventa y nueve por ciento de precisión?

—No. —Sentí cómo su dolor se convertía en ira—. ¿Cómo?

Sus ojos verdes perdieron toda expresión.

—Pienso «papá» y aprieto el gatillo.

***

Sebastian

Estaba tumbado en mi saco de dormir prestado, dentro de la tienda de Knox, sin poder pegar ojo. El imbécil roncaba como una ballena resoplando por el espiráculo, pero no era él la razón de mi insomnio.

La había cagado con Gracie. Otra vez. Me había ofrecido una tregua y yo la tiré por la borda. Perdí mi oportunidad de disculparme, cometí el error de intentar controlarla de nuevo.

¿Qué coño iba a hacer ahora?

Había perdido su cercanía, pero había ganado una trabajadora de primera. Curraba más que nadie. Su empeño en acelerar el proyecto me revolvía las tripas cuatro veces al día. Quería vender el lugar. La decisión olía a problemas por todas partes.

Eso no iba a pasar, no si estaba en mi mano evitarlo.

Ya estaba en ello.

Después de lo que pasó en mi despacho, observarla desde lejos había sido un ejercicio de autocontrol. Las botas, el chaleco y el casco amarillo se habían convertido en un estímulo sexual para mí. Solo pensar en ella sobre mi escritorio me ponía duro.

Me revolví en el catre, buscando una postura cómoda, pero mi polla no quería bajar. No podía dejar de pensar en el cuerpecito caliente de Gracie y en sus labios húmedos, dulces, besables.

Hacerme una paja habría ayudado, pero, ronquidos y todo, Knox tenía el sueño ligero. No estaba dispuesto a aguantar sus coñas por la mañana.

¿Por qué tenía que gustarme tanto? ¿Por qué nuestros momentos juntos habían sido tan intensos, tan exquisitos? ¿Y por qué quería besarla de nuevo, hacerle el amor a cada minuto del día?

Sonó el móvil. Knox gruñó, agarró la almohada y se la plantó en la cara. Ignorando al idiota, cogí el teléfono, vi el nombre de Trev en la pantalla y contesté.

—Hola, Druida.

—¿Tu novia se ha vuelto loca? —exigió Trev, y la alarma en su voz espantó cualquier posibilidad de sueño.

—No es mi novia. —Por lo que yo sabía, también me había descartado como amante—. ¿Por qué dices que está loca?

—Por fin conseguimos romper el cifrado de los archivos que me enviaste.

—¿Y?

—Mira, no soy contable forense, pero ahí dentro hay mierda gorda, y cuando digo gorda, me refiero a mierda que salpica a los niveles más altos del gobierno.

¿Qué cojones?

—Pensé que encontrarías algún fraude de los Morgan en esos archivos.

—Oh, sí, hay fraude, pero eso es solo el principio de una historia muy turbia.

—¿Cómo de turbia?

—Soborno, traición, corrupción y una amenaza enorme para la seguridad nacional.

—¿Me vas a explicar de qué coño estás hablando o qué?

—Eso me llevaría horas, y no tengo tiempo porque estoy siguiendo una pista sobre Martin.

—¿Martin? —La cabeza me daba vueltas—. ¿Qué está pasando?

—Todavía no tengo el panorama completo y no puedo perder el tiempo con teorías ahora mismo. Tengo información interesante del pescador, pero necesito confirmarla. Como te dije, voy con prisa y no quiero darte falsas esperanzas.

¿Falsas esperanzas?

—Resumiendo —dijo Trev—, tu novia va directa hacia una tormenta de las gordas. Cree que puede manejarlo, pero lo dudo, no porque no sea lista de cojones, sino porque va a hacer falta un equipo para controlar esto, y aun así, nos pueden aplastar a todos.

¿Aplastarnos?

—¿Trev? —Me incorporé en el catre y me froté la cara—. Explícate.

—No, negativo, no por teléfono, pero te voy a ofrecer algo mejor.

Reunión en Denver. Kass y Tee siguen sin cobertura, pero los otros Battleson nos van a echar una mano.

Créeme cuando te digo que vamos a necesitar a todos para descifrar esto: Ajax, Max, Troy, Apollo, todos.

Yo estaré en remoto, pero el jet ya va de camino a recogerte.

Aterrizará a primera hora. Espéralo en el aeropuerto ejecutivo. Tengo que colgar.

La línea se cortó y se me helaron las tripas. Que Trev hubiera convocado a todo Battle Brothers hizo que el pánico se me disparara.

Esto era mierda seria.

Me vestí lo más rápido que pude y cogí las llaves. Siempre había sabido que Gracie estaba metida en un lío, pero la llamada de Trev fue mucho más que una confirmación de mis sospechas.

Fuera cual fuera la información de aquel pendrive, era letal y de una magnitud como nunca habíamos visto.