Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo Quince
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Capítulo Quince

Gracie

Caminé hacia el tráiler de construcción sin saber qué esperar. Hacía apenas unos momentos, Mac me había sacado del trabajo para decirme que Sebastian quería verme en su oficina. Mi primera reacción había sido negarme. ¿Era esta la forma astuta de Seb de obligarme a ir a buscarlo?

Mi segunda reacción había sido visceral. Necesitaba verlo, concederle a mi cuerpo un descanso del esfuerzo que suponía mantenerme alejada de él. ¿Quería arreglar las cosas?

Luchando contra un ataque de nervios, respiré hondo y golpeé la puerta con los nudillos.

—Adelante —dijo él.

Con los hombros erguidos, entré en su pequeña oficina y cerré la puerta tras de mí. Sebastian estaba inclinado sobre unos planos desplegados en un viejo escritorio metálico. Se enderezó al verme.

Nuestras miradas se cruzaron y la corriente de alto voltaje que fluía entre nosotros estalló, con un zumbido en mis oídos que me debilitaba las rodillas. Maldita química. Necesitaba una pastilla que me volviera inmune a Sebastian.

El único sonido en la habitación provenía del decrépito aire acondicionado de ventana, un zumbido constante que llenaba el espacio, aunque poco hacía por evitar que la temperatura se disparara.

Me quedé allí plantada, derritiéndome bajo su escrutinio, esperando a que dijera algo, lo que fuera. El hambre que ardía en su mirada resonaba en mi cuerpo. Una oleada de calor avivó el fuego latente entre mis piernas. En cualquier momento, mi deseo incendiario prendería el aire entre nosotros.

Levanté la barbilla y rompí el ominoso silencio.

—Mac me dijo que querías verme.

—Sí. Yo... —se detuvo para aclararse la garganta—. Quería que aprobaras los planos finales.

Eché un vistazo a las enormes páginas.

—Si son finales, no necesitas mi aprobación.

—Gracie... —se pellizcó el puente de la nariz hasta que logró controlar su temido ceño fruncido—. Estoy intentando hacer lo correcto. Aún no es tarde para hacer cambios. Tienes razón. Este lugar es tuyo. ¿Podrías echarles un vistazo, por favor?

Asentí, sin fiarme de que mi voz no fuera a delatar cuánto me encantaba el sonido de su voz grave acariciándome los oídos, hablándome a mí, solo a mí.

¿Era esta su manera de disculparse?

Consciente del poder magnético que ejercía sobre mí, caminé con paso medido hacia el escritorio, me coloqué frente a él y dejé el casco entre su portalápices y su abarrotado archivador.

Giró los planos hacia mí y deslizó su enorme mano sobre los dibujos arquitectónicos. Se me cortó la respiración. Los dibujos eran preciosos. Fue pasando las páginas, mostrándome todo lo que Crescent Beach podría llegar a ser.

Era más de lo que jamás habría podido esperar, más de lo que la tía Betsy había imaginado, y todo lo que yo había soñado, pero mejor. En sus planos, vi el futuro que nunca me había atrevido a desear.

Se me derritió el corazón.

Rodeó el escritorio y se colocó a mi lado para explicarme los detalles. Su aroma flotaba a mi alrededor y me envolvía en una bruma que me impedía concentrarme.

Me mordí el labio. Había estado dándole vueltas todo este tiempo, macerándome en mi deseo —por buenas razones, claro—, pero lo que necesitaba eran sus manos recorriéndome a mí, no los planos.

Una vocecita gimoteó en mi cabeza. «¿Por qué nunca puedo tener lo que quiero?».

Me moría por sentir su tacto, por recorrer su cuerpo con mis labios, por tenerlo dentro de mí otra vez y no dejarlo salir. Mientras tanto, él seguía explicando las especificaciones de los sistemas de fontanería mejorados de la isla.

Posé la mano sobre los planos y lo miré a los ojos.

—Para.

Arqueó las cejas sorprendido.

—¿Pasa algo?

—Todo está perfecto. Has hecho un trabajo increíble.

Su frente se relajó y esbozó una sonrisa, y entonces me di cuenta de cuánto había echado de menos esa sonrisa que le iluminaba los ojos.

—Quizá podríamos hablar del presupuesto y ver si podemos añadir...

—Ahora mismo no quiero hablar.

Abrió los ojos de par en par.

—¿No?

—No —aspiré todo el aire de la habitación—. Quiero chupártela.

Un destello de asombro le brilló en los ojos.

—¿Que quieres qué?

—Ya me has oído —con una audacia que no sabía que poseía, alargué la mano y la posé sobre su cremallera—. ¿Puedo?

Su nuez subió y bajó, pero el bulto en sus pantalones creció.

—No tienes por qué...

—Claro que no tengo que hacerlo —deslicé los dedos sobre su bulto, deleitándome con su reacción instantánea a mi tacto, y suavicé la voz—. Pero quiero. ¿Aceptarías una tregua?

—¿Una tregua? —no apartó los ojos de mi cara ni movió los pies, pero alargó la mano y echó el cerrojo—. Me gusta cómo suena eso.

—Excelente —le bajé la cremallera—. Que empiece la tregua.

***

Sebastian

Me costaba creer lo que estaba oyendo, lo que estaba viendo: el rostro de Gracie resplandeciente de deseo, sus labios húmedos anticipando una oferta que ningún hombre en su sano juicio rechazaría.

De pie frente a mí, con un chaleco reflectante verde lima sobre una camisa de trabajo, vaqueros y botas con puntera de acero, era la mujer más sexy del mundo, irresistible para mí. Acorté la distancia entre nosotros e hice lo que llevaba días queriendo hacer. Posé mis labios sobre los suyos.

El contacto convirtió el momento en algo real.

La pasión que puso en apoderarse de mi boca selló la tregua entre nosotros. El pulso me martilleaba en los oídos, eco del violento bombeo de mi corazón, que redirigía hasta la última gota de sangre a mi polla. Primrose iba a conseguir lo que quisiera.

Se arrodilló y, tras bajar la parte delantera de mis bóxers, liberó mi polla de su confinamiento. No había nada sumiso en la forma en que envolvió los dedos en torno a mi miembro y se apropió de mi carne. Su tacto era seguro, posesivo. Quería pellizcarme para comprobar que no estaba soñando.

¿Estaba soñando?

Su boca se curvó en una sonrisita perversa mientras evaluaba mi erección.

Frunció los labios sobre la punta y los deslizó sobre mi glande, trazando con la lengua el contorno, hasta que mi polla brilló con su saliva.

Aprovechando esa cálida humedad, deslizó la boca a lo largo de mi miembro, tomando todo lo que pudo de mí.

Las rodillas me temblaron. Eché la cabeza hacia atrás y gemí. Todo mi cuerpo se tensó en un esfuerzo por no correrme allí mismo. Apretando los labios, retrocedió antes de tragarme de nuevo en una oleada de placer ardiente.

Joder, qué maravilla.

Su boca era mágica. Sus labios, hechizantes. Su lengua, carnosa y angelical, ágil y diabólica al mismo tiempo. El placer fluía por mi polla y subía por la columna, encendiendo cada nervio, convirtiéndome en una llama viva.

Posé las manos a los lados de su cabeza y, rogando piedad en silencio, intenté frenarla. Se negó, chupándome a su propio ritmo, alternando succiones lentas y profundas con largas lamidas de su talentosa lengua. Tuve que luchar con todas mis fuerzas para no rendirme a su boca.

Inclinó la cabeza para tomar más de mí, amasando mis testículos en la palma de la mano. La punta de mi polla encajaba perfectamente en el fondo de su garganta. Siseé cuando se retiró, rozó mi carne ardiente con los labios y me cosquilleó la hendidura con la punta de la lengua.

Me doblé hacia adelante. Joder. En cualquier momento iba a explotar.

Alzó la vista hacia mí, parpadeando.

—¿Te corres para mí?

—Todavía no.

Conteniendo el orgasmo que pugnaba por estallar, me liberé de su agarre.

—No hasta que te toque a ti.

—Solo si insistes —dijo con viveza, pero sus ojos ardían de pasión.

—Insisto.

La ayudé a ponerse de pie. Besándola, le desabroché los vaqueros y acaricié la piel tensa de su bajo vientre. Leves rastros de mí permanecían en su boca y daban sabor a sus labios. Todavía estaban cálidos, resbaladizos e hinchados de chuparme la polla.

Esta mujer arrolladora iba a matarme de desesperación sexual.

No era mala forma de morir.

Le bajé los pantalones y las bragas. Deslicé una mano entre sus piernas, le cubrí el coño con la palma y encontré sus labios íntimos empapados.

Me arrodillé ante ella y, acunando sus nalgas en las palmas, besé los rizos cortos de su pubis.

Bajé y pasé la lengua por su clítoris, hasta que sus caderas empezaron a balancearse y sus gemidos se convirtieron en jadeos.

Los pantalones estaban atascados por encima de las botas de trabajo. No podía quitárselos ni separarle las piernas lo suficiente para devorar su coño como quería.

Levanté la vista y me encontré con sus ojos.

—Voy a necesitar otro ángulo.

—Un ángulo diferente, sí.

Se dio la vuelta y se inclinó sobre el escritorio, dejándome cara a cara con sus nalgas redondas y respingonas.

—Nunca lo he hecho así.

Joder, eso sí que era un ángulo diferente.

Me prometí hacerlo inolvidable para ella.

—Voy a conseguir que te encante hacerlo así.

Arrodillado detrás de ella, le metí los dedos en el coño y cubrí sus dulces nalgas de besos, recorriendo sus deliciosos pliegues con la boca y la lengua. Me di un festín con ella tan a fondo como ella se había dado conmigo.

—Sebastian —suspiró—. Necesito más. Te necesito.

Bajé la mano y busqué en mis pantalones, que se habían deslizado hasta los muslos. Rebusqué en el bolsillo, encontré un condón y, rasgando el envoltorio, me lo puse.

Apoyada sobre los codos, miró por encima del hombro.

—Date prisa, ¿quieres?

Su impaciencia igualaba la mía.

Enfundado y listo, me di cuenta de que la cosa no funcionaba. Era demasiado alto. No había problema.

Soltó un gritito cuando la levanté sobre el escritorio y la coloqué a cuatro patas encima de los planos. Con los pies atados por los vaqueros, las botas le colgaban del borde del escritorio, igual que su pálido trasero, ahora al nivel perfecto para mi polla.

Estaba deliciosa, desnuda de cintura para abajo hasta las botas, húmeda y lista para mí.

—¿Bien? —pregunté con voz ronca.

Meneó el trasero en el aire y me lanzó una sonrisa perversa.

—Estoy esperando.

Había echado de menos su peculiar sentido del humor casi tanto como a ella misma.