Capítulo 35 El Informe de Calima
E l aire del apartamento de Barcelona era una manta pegajosa, cargada con el olor a café recalentado y la acidez del papel impreso.
Los muebles, mínimos y anodinos, formaban un reducto precario contra el estruendo de la calle, un lamento constante de motores y voces que se colaba por el cristal opaco de la ventana.
El escozor de la herida en el costado derecho le subía por la piel a Julián Vidart, una punzada sorda que le recordaba la dureza de las rocas volcánicas, del enfrentamiento con El Operador.
—Necesitamos que sea irrefutable, Leire —dijo él, la voz rasposa, con el eco de la calima aún en los pulmones.
—Lo es, Capitán. Cada palabra, cada fecha, cada nombre —respondió ella sin levantar la vista, el clic-clac del teclado una metralleta de datos—. Pero no basta con la verdad. Necesita ser comprensible. Asimilable para la prensa, para que no puedan sepultarlo.
—No queremos un mártir, Garmendia —Vidart deslizó la mano por el papel, sintiendo la rugosidad del gramaje barato.
—No, Capitán. Queremos una carga explosiva. Una que detone si nos silenciaron. Este no es un informe, es una póliza de seguro. Nuestro seguro de vida.
Un sudor frío le perló la frente. La palabra «silencio» sonaba en el piso franco con la resonancia de una sentencia, tan real como el tráfico en la calle.
Recordó la voz del Operador, las palabras que le había susurrado al desvanecerse la vida en él.
La lista. El principio de la lista. Aquel disco duro sólido con el logo de la Guardia Civil de Soria, el que Vidart había rescatado del búnker volcánico, era el corazón de todo.
Ahora, cada dato que tecleaban era una apuesta, un desafío a la omnipresencia de Tánatos. El informe era un testamento, sí, pero también una declaración de guerra póstuma, una que esperaban nunca tener que enviar.
La teniente Garmendia pulía la sintaxis del informe de contingencia.
Añadía enlaces a archivos encriptados, cifraba rutas de envío para un contacto de prensa anónimo.
Mientras, Vidart se hundía en el pensamiento sobre la «Cúpula».
Había nombres en la lista de agentes purgados que resonaban con ecos de despachos ministeriales, de influencias que se extendían como una mancha de aceite por el tejido del Estado.
Eran hilos invisibles que conectaban una remota isla volcánica con los círculos de poder de Madrid, y su hermano estaba en el centro de esa telaraña.
Las implicaciones políticas le pesaban más que el dolor físico.
No se trataba solo de justicia para Ramón, su hermano; era una herida abierta en la médula de la nación.
La mirada de Vidart se perdió en el mapa de España que tenían extendido sobre una de las sillas.
Lanzarote, Soria, y ahora, ¿dónde más? Tánatos operaba en las sombras, pero dejaba un rastro de ceniza y sal, de sangre y frío.
Vidart se sentía cazador, rastreando una bestia mitológica que cambiaba de forma y camuflaje con cada nuevo descubrimiento.
Las palabras del contacto en el puerto de Barcelona se repetían en su mente: «Madrid está ardiendo».
Esa llama no era solo por ellos; era el principio de un fuego que prometía consumir todo lo que tocaba, y ellos eran apenas una chispa.
El café se había enfriado en la taza, una capa aceitosa en la superficie.
No importaba. El amargor en su boca era más profundo que cualquier poso de cafeína.
La «Cúpula» era un enemigo sin rostro, más escurridizo que El Operador, y su poder residía en su propia invisibilidad.
Se preguntó cuántos otros como Morales, hombres y mujeres de principios, serían devorados si no lograban que la verdad saliera a la luz.
Leire, por su parte, había abandonado momentáneamente la redacción para zambullirse de nuevo en el disco duro, la fuente primigenia de su tormento y su esperanza.
Su mente, con la agilidad de un programa informático, buscaba algoritmos en la maraña de datos, patrones ocultos en las listas de nombres y códigos.
El zumbido de los ventiladores del portátil era el único sonido que competía con el estruendo amortiguado del tráfico barcelonés.
Deslizó un dedo por la pantalla, amplificando un fragmento del archivo, una serie de entradas geográficas codificadas, metadatos diseminados entre cientos de fichas técnicas.
Una intensa concentración le tensaba el rostro.
Era su forma de luchar, su espada lógica contra la brutalidad del mundo.
La información era el oxígeno que la mantenía viva en medio de la asfixia de la clandestinidad.
Vidart observó cómo sus cejas rubias se fruncían, el ligero temblor de sus dedos sobre el teclado.
Ella era el ancla de su investigación, la mente que desentrañaba las lógicas irracionales.
Sin ella, estaría ciego, limitado a su instinto de cazador.
La lista de agentes purgados había sido un mazazo.
Nombres. Vidas truncadas. Familias rotas.
Y la certeza, ahora ineludible, de que Tánatos era una estructura viva, que mutaba y se expandía.
No era un capítulo cerrado, sino el prólogo de una guerra que apenas comenzaba.
La rabia, contenida, le quemaba en el estómago.
Sabía que no podía ceder al cansancio, no aún.
No mientras la bestia siguiera respirando.
La promesa hecha a su hermano resonaba en cada pulsación.
En cada nombre revelado, en cada línea de código que Garmendia escudriñaba con una tenacidad feroz.
De pronto, un sonido seco rompió la monotonía del teclado. Leire profirió un jadeo ahogado, tan tenue que Vidart apenas lo captó por encima del tráfico. Se irguió, su silla chirrió en el suelo de madera.
—¿Qué pasa, Leire? —demandó Vidart, el cuerpo en tensión, anticipando lo peor.
—Lo he encontrado —su voz, apenas un susurro, vibraba con una mezcla de descubrimiento y horror—. Aquí, en un subdirectorio de registros de actividad del Proyecto Tánatos. Un archivo de configuración para una estación remota.
Vidart se inclinó sobre el portátil, sus ojos verdes intensos escudriñando la pantalla. El brillo del monitor se reflejó en sus ojos.
—¿Y qué es? ¿Dónde está?
Leire giró la pantalla para que él pudiera verla mejor. Una serie de coordenadas geográficas se destacaban, junto a un nombre: «Arán».
—El Valle de Arán, Capitán. Tánatos tiene una rama activa allí. Una instalación de monitoreo, según estos datos. La ubicación es… invernal. Muy al norte.
La palabra «Arán» se clavó en Vidart como una estaca helada.
El contraste con el calor canario era brutal, casi una burla.
El sol de Lanzarote, los campos de lava, la sal del dodecaedro…
todo se desdibujaba ante la imagen mental de picos nevados y valles cubiertos de hielo.
El aliento se le quedó atrapado en la garganta, la realidad una bofetada fría.
No había respiro, no había final. Solo un nuevo escenario, un nuevo nivel de la espiral.
Una extraña mezcla de frustración y determinación atenazó a Garmendia.
Su mente, habituada a los cálidos algoritmos isleños, procesaba ahora la idea del frío extremo, de la nieve y el hielo.
La red se extendía. Sus garras alcanzaban incluso los rincones más remotos y abruptos de la geografía española.
El silencio se instaló, denso, roto solo por el lejano ulular de una sirena.
Vidart y Garmendia permanecieron inmóviles, como estatuas de sal, con la mirada clavada en la pantalla.
Un nuevo destino, un nuevo infierno. La persecución, el estar siempre un paso por detrás, les oprimía el pecho.
La red era vasta, compleja, mucho más allá de cuanto habían imaginado al principio.
No era solo Lanzarote, ni Soria. Era España entera, una sombra gigantesca que cubría el país.
El sonido metálico del teléfono de emergencia de Leire vibró sobre la mesa, una interrupción brusca en la atmósfera gélida del descubrimiento.
Ambos se sobresaltaron. Era el móvil de botones que les había dado su contacto, la única línea segura.
Leire lo cogió, un movimiento preciso y rápido.
La pantalla se iluminó, mostrando un número desconocido.
No era una llamada. Era un mensaje cifrado.
Vidart se inclinó de nuevo, el corazón latiendo con fuerza contra sus costillas.
Leire lo abrió con dedos expertos. Una sola imagen.
Era una fotografía.
La imagen apareció en la pequeña pantalla, nítida, cruel.
Una mujer. Su cabello, rubio y largo, se extendía como una aureola gélida sobre una superficie de hielo.
Su rostro, pálido y sereno, parecía esculpido en mármol.
Los ojos cerrados, la boca ligeramente entreabierta en una expresión de sorpresa congelada.
El cuello, expuesto, revelaba una piel impoluta, sin rastro de lucha, pero con una palidez marmórea que helaba la sangre.
No era una pose natural. El cuerpo, apenas cubierto por unos jirones de tela ligera, asomaba bajo una capa translúcida de hielo glacial, como si lo hubieran empotrado allí con cuidado macabro.
Pero un detalle en particular les encogió el aliento: alrededor de la cabeza de la mujer, sobre el hielo, un patrón geométrico sutil se dibujaba.
Demasiado familiar. Un hexágono. O quizás la base de un dodecaedro.
El aliento de Vidart se atascó en su garganta.
Garmendia soltó un murmullo de incredulidad, el teléfono temblándole en la mano.
La imagen era un golpe, un puñetazo en el plexo solar que les robaba el aliento.
La «Dama de Hielo». Ese sería su nombre.
La temperatura del apartamento de Barcelona pareció descender varios grados en ese instante.
El olor a café y papel se sustituyó por una punzada gélida en la nariz, la misma que había sentido al ver el cuerpo en Timanfaya.
Era el mismo modus operandi , la misma firma.
Solo que ahora el calor volcánico, la sal industrial, habían sido reemplazados por el frío glacial, por la pureza letal del hielo eterno.
Tánatos había vuelto a dejar su marca, una nueva «pieza» en el macabro ajedrez que jugaban.
La frialdad del mensaje era escalofriante, una prueba innegable de que la organización no solo operaba en las sombras, sino que anticipaba sus movimientos, se mofaba de sus esfuerzos.
La mujer congelada no era una víctima cualquiera; era un desafío directo, una invitación a la siguiente fase de su caza.
La imagen se quedó grabada en la retina de Vidart, una visión fantasmagórica.
Los ojos verdes del Capitán buscaron los azules intensos de Leire Garmendia.
En sus miradas se reflejó una comprensión silenciosa, una certeza compartida que no necesitaba palabras.
El Pirineo. El Valle de Arán. El frío implacable de las montañas los llamaba, les tendía una nueva trampa.
La caza subía de altitud, de nivel, de peligrosidad.
No podían ignorarlo. Esta vez, Tánatos había dejado una pista demasiado obvia, demasiado personal.
Era un macabro mapa de ruta. Vidart asintió, una vez, lentamente.
Su mandíbula se tensó. El cansancio había sido sustituido por una determinación férrea, una resolución helada.
Sabían a dónde debían ir. El aire acondicionado del apartamento parecía intensificar el frío que la imagen de la mujer congelada había sembrado en sus huesos.
La batalla no había terminado en las arenas ardientes de Lanzarote; solo había cambiado de escenario.
—Prepara el equipo, Leire —dijo Vidart, su voz grave, despojada de cualquier emoción superflua—. El Pirineo nos espera.