Capítulo 11 El Interrogatorio del Capitán
L a sala de interrogatorios de la Comandancia de Arrecife olía a desinfectante, y también a la humedad pegajosa de viejas frustraciones.
Era un espacio espartano, constreñido a una mesa de metal pulido y dos sillas de estructura endeble, una frente a la otra.
Sobre ellas, la luz despiadada de un fluorescente zumbaba con una insistencia monocorde que taladraba los nervios.
Julián Vidart se apoyaba en el marco de la puerta, la sombra de su figura robusta alargándose sobre el empresario hotelero.
Este, ya sentado, lucía un traje de lino inmaculado; un blanco tan puro que parecía burlarse de la calima perpetua de la isla.
Sus cabellos, de un gris plateado peinado hacia atrás con estudiada elegancia, reflejaban la luz en cada hebra.
El anillo de oro en su meñique izquierdo atrapaba los destellos del fluorescente parpadeante.
El hombre, dueño del yate Erebo , dibujó en sus labios una sonrisa forzada y condescendiente, mientras sus ojos azules, de un brillo glacial, recorrieron la estancia en un barrido veloz antes de fijarse en Vidart.
—Capitán Vidart, ¿verdad? —La voz del empresario era melosa, cargada de una autosuficiencia ensayada—.
Ya me había informado mi abogado de su… interés por mi modesta embarcación.
¿Interrogatorio? ¿No le parece excesivo para la pequeña imprudencia de un capitán de yate que solo hacía su trabajo?
Mis hombres tienen un horario ajustado. Los tiempos de mis inversiones son oro, Capitán.
Vidart permaneció inmóvil, sin responder.
Sus ojos, de un verde intenso, se clavaron en el empresario, buscando cualquier fisura en su estudiado aplomo.
Había llegado a la Comandancia con la fotografía de su rostro en el aeropuerto aún quemándole la palma.
Sabía que cada movimiento suyo estaba bajo escrutinio, y aquella certeza avivaba en su interior una resolución inquebrantable.
La vulnerabilidad lo había forjado en algo más duro, más resistente.
El empresario rió, un sonido hueco que rebotó en las paredes desnudas.
—Vamos, Capitán. Si quiere que hable, tendrá que darme algo más que esa mirada de perro de presa.
Ya le he explicado a sus subordinados que mi yate fue alquilado.
Que mis intereses se ciñen a mis hoteles.
No soy más que un inversor en este paraíso.
¿Cree de verdad que tengo algo que ver con sus…
pesadillas provincianas ? —Su sonrisa se ensanchó, una mueca de desdén que no le llegaba a los ojos—.
Me temo que está perdiendo el tiempo, y mi paciencia.
Este calor no le sienta bien, Capitán. Su UCO y sus métodos están desfasados para esta isla.
Aquí tenemos nuestras propias formas de hacer las cosas.
El aire en la pequeña sala se volvió espeso, casi tangible con la arrogancia del empresario y la quietud implacable de Vidart.
Los segundos se estiraron, volviendo cada uno una eternidad palpable, un peso sobre los hombros.
Vidart no se movió, ni pestañeó. Había dominado el «Método Rolo» en incontables interrogatorios, una técnica que no se basaba en la intimidación verbal, sino en la presión silenciosa, en la incomodidad deliberada.
Permitía que el silencio creciera, que el interrogado se cociera en su propia verborrea, hasta que las palabras, aquellas sin pulir, las que se escapan del control, finalmente brotaran.
Sus ojos, de un verde intenso, no abandonaban los del empresario, rastreando cualquier atisbo de nerviosismo: una contracción en los músculos faciales, un temblor en el labio, o una mirada que se desviara un milisegundo.
El empresario, acostumbrado a dominar cada conversación, a llenar cualquier vacío con su propia importancia, empezó a sentir una impaciencia creciente.
Sus finos dedos, adornados por el reluciente anillo, tamborileaban un ritmo imperceptible sobre el metal frío de la mesa.
La sonrisa de suficiencia se desdibujó, reemplazada por una mueca de fastidio.
Su vista, antes desafiante, empezó a titubear, a esquivar la mirada implacable del Capitán, deteniéndose en un punto imaginario sobre su hombro o en la irregularidad de la pintura de la pared.
La luz zumbadora del fluorescente, un sonido hasta entonces casi imperceptible, se amplificó en sus oídos, transformándose en una nota irritante que rasgaba su ya frágil compostura.
Vidart, con su cuerpo robusto anclado en el umbral, observaba la metamorfosis.
«La psicología del poder», pensó, «es una armadura pesada pero frágil».
Bastaba con dejar que la propia presión del aislamiento y la falta de control la resquebrajaran.
La calma del capitán no era pasividad, sino una agresión contenida, la paciencia de un depredador que espera el momento oportuno.
El empresario carraspeó, intentando romper el sortilegio, pero el silencio lo engulló de nuevo.
No había ni una pregunta, ni una acusación.
Solo la presencia inamovible de Vidart, como una de esas rocas ancestrales de su tierra montañosa.
El hombre, harto de la danza sin música, se irguió en su silla, forzando una sonrisa que no llegó a su mirada, todavía gélida.
El brillo del anillo de oro en su meñique izquierdo centelleó con cada gesto, como un faro arrogante.
Vidart notó una tensión nueva en sus sienes, la que precede a un estallido de irritación.
El empresario, acostumbrado a doblegar voluntades con la mera mención de un nombre, parecía decidido a aplicar la misma táctica.
—Mire, Capitán, creo que está confundiendo el Mediterráneo con el Atlántico —dijo, su voz un filo acerado que intentaba perforar la serenidad de Vidart—.
Mis socios, mis amigos , no toleran este tipo de molestias.
Usted está aquí por una cadena de mando.
Yo estoy aquí porque mi prestigio lo exige.
Conozco a gente muy bien conectada en Madrid, y no hablo solo de la clase política de tercera fila.
Hablo de los que realmente mueven los hilos, los que hacen que las investigaciones se archiven o que ciertos expedientes…
desaparezcan . Si usted insiste en esta farsa, se encontrará con una pared mucho más alta de lo que imagina.
Y créame, no es una pared de lava volcánica.
Vidart no parpadeó. Su rostro, surcado por la fina cicatriz sobre la ceja izquierda, era una esfinge.
Había escuchado esas amenazas innumerables veces, en distintas lenguas y con diferentes acentos, pero siempre con el mismo subtexto: la impunidad de los poderosos.
Era el lenguaje de Tánatos, la red que se tejía a la sombra de los despachos y los consejos de administración.
La mención de Madrid, de los «hilos» y de los «expedientes desaparecidos», solo reforzaba su certeza.
La conexión de Soria, del 44.821, del caso de su hermano, empezaba a ramificarse, a tejer su urdimbre hacia la capital.
—No sé de qué me habla, Capitán —continuó el empresario, frustrado por la ausencia de reacción—.
Mis negocios son intachables. El yate Erebo es un barco de recreo, registrado, con todos sus papeles en regla.
Si ha habido alguna actividad anómala, le aseguro que ha sido a mis espaldas, orquestada por terceros que desconocen mis altos estándares.
Tengo abogados en media Europa esperando para demandar a quien ose manchar mi nombre.
¿Entiende la magnitud de lo que está haciendo?
Está hurgando en avisperos, Capitán. Está poniendo en riesgo no solo su carrera, sino algo mucho más…
delicado , algo que roza los cimientos mismos de ciertos poderes.
Aquí, en la isla, la gente sabe quién soy.
Y nadie se atreve a interponerse en mi camino. No sin consecuencias.
La arrogancia del empresario era un muro, pero Vidart sabía que cada ladrillo estaba mal asentado.
Esa insistencia en la «integridad» de sus negocios, esa fanfarronada sobre sus contactos y el «riesgo» que asumía Vidart, revelaban una grieta: bajo esa capa de bravata, el capitán percibió la inseguridad.
Era la táctica del farol, el intento de desviar la atención del centro neurálgico del problema: el Erebo , la carga de equipo científico y el ex-agente del CESID.
Su mirada, impávida, era una promesa silenciosa de que no cedería ni un ápice.
El empresario, al ver que su estrategia de intimidación no surtía efecto, golpeó la mesa con la palma de la mano, un gesto brusco que resonó en la habitación, buscando una reacción en Vidart que nunca llegó.
Sus ojos, antes fríos y calculadores, ahora exhibían una luz de irritación apenas contenida, un destello de desesperación, breve, pero innegable.
La calma del capitán era un espejo, reflejando la frustración del otro y amplificándola.
—¡Basta de este circo, Capitán! —espetó el empresario, su voz ya no tan pulcra, con un matiz ronco que Vidart percibió al instante—.
Lo que haya pasado en esa cueva, lo que hayan encontrado, no tiene nada que ver conmigo.
Mis negocios son transparentes, mis operaciones son legales.
Ustedes están persiguiendo sombras en una isla que no comprenden.
Se creen muy listos, muy urbanitas, con sus drones y sus historietas, pero aquí hay una forma de entender las cosas.
Hay… hay lealtades que ustedes nunca entenderán.
Y hay un honor… un honor que se extiende incluso a los que ya no están.
La frase, casi un susurro que se perdió en el zumbido del fluorescente, flotó en el aire pesado.
Vidart no se movió, pero un imperceptible músculo de su mandíbula se tensó.
No era una amenaza, ni una justificación.
Era un desliz, una verdad escapada de los labios del empresario, un atisbo de una lealtad que trascendía el beneficio económico, el poder político.
La mirada del capitán se agudizó, sus pupilas verdes absorbiendo el más mínimo detalle de la reacción del empresario.
Este último, al instante, se llevó la mano a la boca, como si intentara atrapar la palabra fugitiva; un gesto de arrepentimiento que confirmó la importancia del lapsus.
Un frío metálico, ajeno al bochorno de la sala, le subió por la espina dorsal a Vidart.
No era la temperatura, sino la helada claridad de una epifanía.
Aquel hombre no era solo un avaricioso empresario.
Era un eslabón, un guardián de algo más grande, de un juramento, de una ideología que se extendía más allá de su propia vida, vinculando a los vivos con los muertos.
Tánatos, pensó Vidart, no era una simple red criminal, sino una secta, un linaje con raíces profundas y un código de honor perverso.
El Erebo , con su carga de equipo científico y su capitán, no era solo una nave de tráfico. Era un peón, un engranaje en una maquinaria bien engrasada, ligada a la memoria de aquellos a quienes consideraban «honorables».
La expresión del empresario se petrificó.
Había soltado la palabra. Vidart había escuchado.
La boca del hombre se cerró en una línea tensa, sus ojos azules, ahora fijos en un punto vacío, conscientes de su error.
La incomodidad que antes experimentaba el empresario se transformó en una brusca contracción del rostro, un ligero palidecimiento.
Vidart lo supo al instante: había reventado el globo de su artificio.
La frase clave, «el honor de los que ya no están», era el ancla, el hilo invisible que lo unía a una verdad más profunda.
El empresario no era el cerebro, ni siquiera un actor principal.
Era un testaferro, un facilitador, un hombre que creía en la impunidad que le otorgaban sus contactos, pero cuya verdadera lealtad residía en un código más oscuro, en un juramento hacia una organización que valoraba la fidelidad más allá de la vida.
Vidart lo observó, inquebrantable, su mente ya hilvanaba las implicaciones de aquella pequeña frase.
El yate Erebo , los barcos negros del viticultor, la carga de nitrógeno y equipo científico: todo cobraba un sentido distinto. No eran meras operaciones logísticas, sino actos de lealtad, parte de un rito mayor.
El empresario se recompuso con un esfuerzo visible, alisándose la solapa del traje como si ese gesto pudiera borrar las palabras recién pronunciadas. La sonrisa forzada volvió a dibujarse, pero ahora era una máscara tenue, un velo que apenas ocultaba su turbación.
—Ya le he dicho todo lo que tenía que decir, Capitán.
Mi tiempo es oro —declaró, levantándose de la silla con un movimiento que intentaba ser digno, pero que revelaba una ligera rigidez—.
Espero que mis abogados se pongan en contacto con los suyos.
Esto no va a quedar así. Ustedes han cometido un grave error al importunar a gente de mi… alcance .
Vidart lo miró, su silencio una respuesta contundente.
El empresario se dio la vuelta, dirigiéndose a la puerta con pasos apresurados, el eco de sus zapatos resonando en el pasillo.
La sala de interrogatorios quedó en silencio, roto solo por el zumbido, ahora dueño del silencio, del fluorescente.
Vidart se quedó allí un instante más, una certeza se ancló en lo más profundo de su ser: aquel hombre era un peón, influyente y arrogante, sí, pero un peón al fin y al cabo.
Y su lealtad, su «honor», no era hacia él mismo, sino hacia Tánatos, hacia esa sombra que se extendía desde Soria, pasando por Las Hurdes, y ahora, enraizada en la mismísima piel de Lanzarote.