Capítulo 9 La Lógica de la Inmersión #2
Eran peligrosamente cercanos. Un contacto visual, un solo atisbo de reconocimiento, y su misión habría terminado.
La adrenalina se disparó por sus venas, afilando cada uno de sus sentidos.
Su vista se clavó en el repetidor, al que se había acercado demasiado, justo en el momento de la llegada de la patrulla.
Sabía que no podía quedarse allí mucho más tiempo.
El oxígeno en su botella seguía siendo un recurso valioso, pero la mayor preocupación era la detección. Los buzos de Tánatos no jugaban.
El aire frío que inhalaba a través del regulador quemaba ligeramente sus pulmones.
Pensó en Vidart, en su mirada verde e intensa, en la seriedad con la que le había confiado esta misión.
Leire no podía fallar. La lógica de la inmersión, el análisis preciso de cada variable, era su única defensa en un mundo donde la fuerza bruta de Tánatos era la ley.
La imagen del ex-agente del CESID en el puerto, un espectro del pasado de Vidart, le recordó la importancia de su trabajo, la verdadera dimensión de lo que estaban desenterrando.
Aquellos buzos no eran solo guardias; eran otra capa de protección para una verdad que Tánatos quería mantener sumergida. La urgencia la empujó a la acción. No había margen para errores. Tenía que conseguir el dato, ahora.
Con un movimiento calculado, minimizando cualquier turbulencia en el agua, Garmendia se movió.
Su mano, ahora experta, buscó el puerto de servicio del repetidor, una pequeña tapa con tornillos que había notado segundos antes.
El tiempo se estiró y se contrajo a partes iguales.
Los buzos de la patrulla ya estaban casi a la altura de la entrada de la cueva, sus linternas recorriendo las sombras con una insistencia que helaba el aliento.
En un acto de audacia que la sorprendió incluso a ella misma, Garmendia expuso solo su brazo, extendiéndolo hacia el repetidor con una precisión milimétrica.
En la palma de su mano, oculta tras el neopreno, llevaba una pequeña herramienta de conexión inalámbrica, apenas del tamaño de una moneda.
El reloj inteligente de su muñeca parpadeó, indicando que la conexión se había establecido con éxito.
Su cerebro procesó los datos a una velocidad asombrosa.
El dispositivo estaba escaneando las interfaces de red del repetidor, buscando cualquier dirección MAC activa.
Un parpadeo, dos, tres. La información se transfería, una ráfaga de datos invisibles a través de la interfaz inalámbrica.
El sonido de un buzo raspando la roca, su linterna muy cerca de su escondite, hizo que su cuerpo se tensara.
El pulso electrónico de su herramienta se aceleró, sintió la vibración en sus dedos.
Un segundo más, y otro. La pantalla de su reloj destelló: MAC Address Acquired .
Una victoria tecnológica, silenciosa, casi imperceptible, pero vital.
Justo en ese instante, el buzo que la había estado siguiendo pasó de largo, su haz de luz rozando el borde de su escondite.
Garmendia contuvo la respiración, el corazón latiéndole como un tambor ahogado.
El peligro había pasado, al menos por el momento.
Retrocedió lentamente, la herramienta guardada, la información a salvo en su reloj inteligente.
El repetidor submarino había cedido su secreto más valioso.
Los buzos se alejaban, sus luces desvaneciéndose en la distancia, pero Leire no se permitió ningún respiro.
La huida tenía que ser igual de precisa que la infiltración.
Desconectó el oxígeno de su regulador por un instante, apenas lo suficiente para despresurizar el sistema y evitar el ruido de las burbujas, y se deslizó por las formaciones rocosas, buscando una ruta de escape.
Sabía que había dejado una pequeña huella, una presencia que los hombres del Erebo no tardarían en detectar.
La dirección MAC era clave, la llave para desbloquear el siguiente nivel de la red de Tánatos.
Un alivio tenso la invadió, una mezcla de euforia por el éxito y la cruda consciencia del riesgo.
La superficie apareció como una mancha brillante, una frontera entre dos mundos.
Garmendia emergió con una exhalación forzada, dejando que su cuerpo se relajara para imitar el agotamiento de una turista inexperta.
El sol la golpeó, cegándola un instante, y el bullicio de la playa regresó como un torrente.
Se quitó la máscara, dejando que el aire salobre le azotara el rostro, y tosió un poco, fingiendo haber tragado agua.
Mateo, el instructor, se acercó con una toalla, su sonrisa de siempre, aunque ahora parecía un poco más forzada, como si el sol también le pesara.
—¿Todo bien, señorita? Parece que le ha costado más de lo esperado —comentó, su mirada evaluando la de ella.
—El mar es más grande de lo que parece en la superficie —respondió Garmendia, esforzándose por mantener la voz ligera, un poco fatigada—. Hay demasiados secretos abajo.
Mateo asintió, pero sus ojos, oscuros como el basalto, se posaron en ella de una manera que la hizo dudar.
No era una mirada de mero escrutinio profesional.
Había algo más, un atisbo de recelo, como si su presencia, o su "agotamiento", no le resultaran del todo convincentes.
Se secó el rostro con la toalla que el instructor le ofrecía, intentando borrar cualquier rastro de la adrenalina que aún le palpitaba en las sienes.
Observó a Mateo de reojo, notando la manera en que escaneaba la línea de costa, como si esperara algo o a alguien.
Un socorrista, musculoso y moreno, pasaba cerca, sus ojos oscuros clavados en ella por un instante, antes de desviar la mirada hacia el horizonte.
Era una mirada fugaz, casi imperceptible, pero Leire no la ignoró.
No había pasado desapercibida. Su instinto, siempre agudo, le decía que Mateo y el socorrista no eran simples empleados.
Eran los ojos de la isla, las antenas discretas que reportaban cualquier anomalía, cualquier presencia ajena.
Se quitó las aletas con un esfuerzo exagerado, sus manos temblando solo lo justo para que pareciera cansancio.
La dirección MAC estaba a salvo en su reloj, la prueba de la red submarina de Tánatos.
Pero el precio de esa victoria era el descubrimiento de su propia exposición.
Había logrado su objetivo, sí. Pero la gente de la isla, aquellos que operaban al margen, habían notado su rastro.
Ya no era una turista invisible. La partida se volvía personal, más allá de los códigos y las frecuencias. Lanzarote empezaba a cerrar el cerco.