Capítulo 39
Gia
Nunca pensé que manipular a alguien pudiera resultarme tan agotador. Pero ahí estaba, sentada frente a Jonas, en una terraza discreta y con unos cacahuetes rancios sobre la mesa. Planteándome la posibilidad de decirle la verdad y amenazarlo directamente. Eso me ahorraría un montón de problemas.
—¿Estás bien? Pareces distraída —preguntó él, con ese tono suave que usaba cuando quería parecer inofensivo.
—Sí —respondí, ladeando la cabeza como si no le estuviera analizando cada gesto—. La verdad es que he estado dándole vueltas a una cosa.
Él alzó una ceja, curioso.
—¿Qué cosa?
Tragué saliva. Este era el momento. Y no podía cagarla.
—Es que... hace un par de años, una amiga muy cercana tuvo problemas con una clínica privada.
Se llamaba Clínica Anderson. Le hicieron algo raro y le causó problemas de salud graves.
No me contó los detalles, pero salió de allí tocada —dije, con un tono apagado, como si de verdad me doliera hablar de ello—.
Y el otro día, cuando salió el tema, recordé que tú habías trabajado allí…
Guardó silencio unos segundos.
—No era una buena clínica —dijo al fin, tras un trago largo de vino—. Casi todo el material era una basura y nos pagaban una mierda.
Mi corazón empezó a latir más deprisa.
—¿Qué pasó? —pregunté despacio, manteniéndome en personaje.
Jonas se removió en su silla. Agachó la cabeza. Por un segundo, pensé que se levantaría y se iría, dejándome con la duda. O que sospecharía de mis intenciones.
—Se montaban movidas raras entre algunos médicos —dijo al fin—. Había cosas que no cuadraban. Mucho secretismo alrededor de algunos pacientes. Mucho dinero moviéndose sin control. Pacientes que desaparecían de los registros. Otros que estaban… demasiado medicados la mayor parte del tiempo.
—¿Y tú qué hacías?
—Yo no sabía nada, Gia. Era enfermero y me dedicaba a sacar sangre, colocar vías…
Lo típico. Firmaba papeles, preparaba informes, hacía lo que me pedían.
Pero con el tiempo empecé a sospechar que se cocía algo turbio entre las paredes de la clínica.
Y cuando me metí a mirar más a fondo… —se frotó la cara, nervioso—.
Había un médico. Uno en concreto. No sé qué hacía, pero era jodido. Muy jodido.
—¿Qué hizo? —insistí.
—No puedo decirte eso. No tengo pruebas. Y si alguien se entera de que estoy hablando contigo de esto...
—Jonas —dije, con suavidad—, nadie va a enterarse. Solo quiero entender lo que hacían. Por mi amiga.
Sus ojos se suavizaron.
—No me corresponde a mí contarlo —dijo al final, bajando la voz—.
Pero si tu amiga salió mal de allí, probablemente no fue la única.
Esa clínica era una fachada para cosas peores.
Y cuando todo estalló, nos dijeron que nos calláramos.
Que borráramos archivos. Que destruyéramos documentos. No sé, Gia. Una movida muy grande.
Sentí un escalofrío.
Eso… era más de lo que Ewan había conseguido hasta ahora.
—¿Quién te lo pidió?
—Gente —repuso con ambigüedad—. No sé sus nombres. Hombres que nunca estaban en nómina, pero movían los hilos. Uno de ellos... creo que ahora vive fuera. A otro lo vi hace poco en una noticia, relacionado con una empresa farmacéutica. Los peces gordos siempre caen de pie, ¿no?
Sonreí con amargura.
Estaba claro que a los villanos siempre les iba bien.
—Sí. Supongo que sí.
—¿Tu amiga quiere denunciarlos o algo así?
De pronto su tono pasó a ser más suspicaz, como si temiera que alguien, por insignificante que fuese, ahondase en ese tema.
—No, no. ¿Por qué iba a hacerlo? Fue hace mucho y, ya sabes… Sin pruebas, es complicado conseguir nada.
—Ya, eso es verdad. Las pruebas lo son todo.
La forma en que lo dijo me dio a entender que él sabía más de lo que contaba, y que no pensaba decírmelo por obvias razones: estaba en el ajo. Y seguro que guardaba alguna prueba de sus fechorías pasadas. No importaba si eran recibos de pagos que sobrepasaban su sueldo base, o algo más.
Y eso me pareció mucho más de lo que había conseguido hasta el momento.
Emocionada, y un poco intrigada, decidí quedarme un poco más en el bar y coquetear con Jonas.
Necesitaba que él siguiera confiando en mí y se abriese. Solo así conseguiría dar con las pruebas necesarias para encerrar a todos esos malnacidos en la cárcel.
Donde se merecían estar después de jugar con las esperanzas y la desesperación de tantas familias.