Saga Sin Reglas Capítulo 29
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Capítulo 29

Ewan

Cuatro días después de la fiesta de disfraces, todavía no conseguía quitarme de la cabeza el sonido que hizo su disfraz al caer al suelo. Ni su olor. Ni la forma en que me miró justo antes de alcanzar el orgasmo.

Maldita sea.

—¿Sí?

Gia asomó la cabeza y me sonrió, como si el otro día no me hubiese desmantelado la vida en un baño público.

—Te han dejado esto en la recepción. Me dijeron que era urgente.

Se acercó con una caja marrón, sin marcas, y la dejó sobre la mesa con cuidado. Luego se sentó en la silla de enfrente, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—¿Lo vas a abrir o vas a llamar a los GEOS para ver si es un paquete bomba? —preguntó, divertida.

—Estoy valorando la segunda opción —respondí, y corté la cinta con el abrecartas.

Dentro había una carpeta gris y varios recortes de periódico. Cogí uno al azar.

"Médico acusado de negligencia criminal en clínica privada de Buenos Aires: dos muertes en extrañas circunstancias."

El rostro en la foto no dejaba lugar a dudas. Gerard Fischer. Uno de los antiguos socios de la clínica Anderson. El mismo cabrón que desapareció tras el escándalo y dejó en la estocada a sus colegas.

Sentí un nudo en la garganta. Estaba temblando, pero lo disimulé hojeando el resto de los recortes con falsa calma.

Gia me observaba con atención. Demasiada.

—¿Todo bien?

—Sí —mentí.

—Ewan…

—Es solo material de archivo para un caso.

Otra mentira. Pero no podía compartir todavía lo que me traía entre manos. No hasta saber hasta dónde llegaba esa madriguera, y si Gia era de fiar.

Gia se inclinó hacia delante y cruzó las piernas. Esa mañana vestía falda de tubo beis y una camisa oscura, pero, aun así, lograba tenerme en jaque solo con existir.

—He seguido hablando con Jonas —dijo, bajando la voz—. Pero es incómodo. Ahora flirtea todo el tiempo conmigo porque cree que me interesa verle desnudo una vez más.

Levanté la vista. Mis ojos encontraron los suyos. No era celos lo que sentía. Era algo más profundo. Algo más primitivo. Algo que no quería analizar demasiado o sería mi fin.

—¿Y lo estás?

—¿Interesada? No.

—No me refería a Jonas —dije, sin cambiar el tono.

La tensión se disparó una vez más entre los dos. Pude ver cómo se tensaban sus hombros y se removía en la silla. Cómo se mordía el labio de forma tan seductora que solo quería besarla hasta dejárselos hinchados.

—¿Y tú? —replicó.

No respondí.

Me levanté y rodeé el escritorio. Me detuve frente a ella. No me tocó, no se apartó, pero sus pupilas se dilataron.

—No sé qué coño estamos haciendo, Gia —dije en voz baja—, pero no puedo pensar con claridad desde el otro día. Desde la fiesta de disfraces.

—Entonces no pienses. Es una total y absoluta falta de tiempo.

La besé.

La besé porque estaba harto de no hacerlo. Porque su boca me había estado llamando desde que entró por la puerta. Porque me importaba una mierda si estaba bien o mal; solo sabía que la quería cerca. Sentir su calor, impregnarme de su aroma.

Su delicioso y dulce aroma, que ya nunca más se borraría de mi cabeza.

Sus manos me agarraron de la camisa y tiraron de mí. La besé más fuerte. Casi con violencia. Estaba a punto de alzarla sobre la mesa cuando…

—¡Ewan! —La voz de Gena atravesó la puerta como una bomba—. ¿Tienes un minuto?

Gia se apartó como si le hubieran lanzado agua fría sobre la cabeza. Cogió aire, azorada. Se arregló la camisa y el pelo, y se levantó tan rápido que casi se tambaleó hacia una de mis estanterías.

—Mejor me voy antes de que empiece la ronda de interrogatorios —susurró, y me guiñó un ojo antes de salir por la puerta.

No pude evitar sonreír como un idiota.

Maldita sea.

Estaba tan jodido.