CAPÍTULO 39 Ravenmere abierta
Leo
El viento de septiembre ya no trae el olor pesado y húmedo del verano estancado; entra del Atlántico limpio, frío, barriendo las últimas hojas secas del camino del faro.
En el ala oeste, el andamiaje exterior ya no parece una jaula de contención, sino lo que siempre debió ser: una estructura de trabajo.
El falso techo de la biblioteca ha sido saneado por completo y, aunque las vigas todavía muestran las marcas grises del salitre, tres toneladas de hormigón inyectado estabilizan ahora la zapata del subsuelo.
Blackwell diseña para el suelo que pisa.
—No va a ser una restauración barata, Leo —advierte, con una sutil sonrisa de aviso—. Y esta vez las facturas van a ir a medias, cota por cota.
—Me parece un trato justo, Harrington —asiento, inclinándome para besarle la sien, sintiendo el aroma limpio del viento del cabo en su piel.
Me quedo observándola mientras vuelve a concentrarse en los detalles de la zapata. A lo lejos, el mar de Cornualles golpea la base del acantilado con un ritmo pautado, constante, pero el eco ya no retumba en el subsuelo de la biblioteca como una cuenta atrás.
Miro la verja abierta detrás de nosotros.
Pienso en los diez años que pasé en esta costa, vigilando las ruinas desde mi furgoneta, manteniendo los andamios en pie como si la resistencia física de las piedras pudiera congelar el tiempo o enmendar las cartas falsas de 2016.
Pienso en el error de mi abuelo Edmund intentando levantar un muro y en el terror de Margot cerrando puertas para que nadie descubriera que los cimientos estaban pagados con la dignidad de la casa.
Durante diez años creí que esperar era una forma de amor.
Ahora sé que el amor no era quedarse quieto frente a una estación vacía. Era abrir la verja cuando ella volvía con planos nuevos en las manos.