16
Riley
C
ierro la puerta tras de mí, apoyando mi espalda contra la madera mientras dejo escapar un largo suspiro.
Dean. Davis. Ni siquiera sé qué nombre usar ahora cuando pienso en él.
El sabor de su beso todavía está en mis labios, pero mi mente es un caos.
Todo esto se ha salido de control, y yo. .. estoy en medio de una tormenta.
Camino lentamente hacia el salón, intentando tranquilizarme.
Mis ojos se desvían hacia las fotos que tengo en una estantería.
Viejos recuerdos. Al acercarme, noto que mis manos tiemblan ligeramente, pero no puedo evitarlo.
Los rostros en esas fotos pertenecen a un pasado que siempre he intentado olvidar, pero que sigue apareciendo, especialmente ahora, cuando todo parece estar colapsando.
Agarro uno de los marcos y lo acerco a mi rostro.
Kai, Matty, Samantha y yo. Sonrío con tristeza al ver nuestras caras jóvenes, llenas de esperanza, aunque la vida en la casa de acogida nos había ensenado a no esperar demasiado.
Kai, el mayor, siempre protector; Matty, el más pequeno, con esa sonrisa que iluminaba cualquier día gris; y Samantha, que parecía invencible, aunque sabíamos que solo lo aparentaba para que los demás no se vinieran abajo.
Nosotros cuatro contra el mundo. Al menos, así era en aquella época.
Hasta que cada uno fue yéndose poco a poco.
Hasta que la casa de acogida empezó a vaciarse, y yo fui la última en marcharme.
Debería haberme sentido aliviada, pero el dolor de separarme de ellos y dejar San Angelo fue una carga que nunca pude soltar del todo.
Dejo la foto de nuevo en su lugar, intentando ignorar el nudo que se ha formado en mi estómago. Camino hacia la pequena cocina y abro el armario buscando una caja de té. Algo caliente para calmarme. Tal vez, con suerte, pueda ordenar mis pensamientos antes de que todo se derrumbe a mi alrededor.
Mientras espero a que el agua hierva, me apoyo en el mostrador de la cocina y mi mente divaga.
El beso de Dean. Joder, ¿cómo me he metido en esto?
Un acuerdo, un simple contrato para ayudarlo con la prensa, para que su nombre dejara de aparecer en los titulares por motivos equivocados.
Pero ahora, con un solo beso, todo parece mucho más complicado.
El silbido de la tetera me saca de mis pensamientos. Apago el fuego y vierto el agua en la taza, viendo cómo el vapor sube en pequenas nubes que desaparecen en el aire. Ojalá mis problemas se desvanecieran igual de rápido.
Camino de vuelta al salón, llevando la taza entre las manos, el calor reconfortante contra mi piel.
Me siento en el sofá y dejo que mis ojos vaguen una vez más por la habitación.
La foto de mis hermanos de acogida sigue llamando mi atención.
Me quedo mirándola, casi como si me obligara a enfrentarme a esos recuerdos.
Nos conocimos en la peor época posible, en una casa donde el amor no existía y las reglas cambiaban cada día.
No era raro que alguien nos levantara la voz, o que nos dejaran encerrados en nuestras habitaciones como castigo.
No había mucho espacio para la felicidad, pero cuando estábamos juntos, los cuatro, parecía que el mundo era un poco más soportable.
Kai siempre decía que un día saldríamos de ahí, que lograríamos algo mejor.
«Lo haremos, Riley, lo prometo,» solía decir, pero al final fue el primero en irse.
Matty, Samantha y yo nos quedamos un tiempo más, y aunque intentamos mantener la esperanza, sabíamos que las cosas nunca mejorarían.
Cada día que pasaba se sentía más pesado, más imposible.
Y cuando me llegó el turno de irme, cuando finalmente me llevaron a Massachusetts, dejé todo atrás.
Excepto a Dean.
Me acerco a la ventana, apartando las cortinas para mirar hacia la calle vacía. La noche está en calma, pero mi mente no lo está. Ver a Dean, besar a Dean... eso ha revuelto cosas que había enterrado hace mucho tiempo.
Desde que era una nina, Dean Davis siempre fue mi escape.
Recuerdo cuando lo vi por primera vez en el campo de fútbol del colegio.
No tenía idea de quién era en ese momento, solo un chico jugando al fútbol americano, pero algo en él me hizo querer quedarme, mirar desde los arbustos.
Mientras él corría por el campo, yo me olvidaba de todo lo malo que pasaba en mi vida, aunque fuera por un rato.
Y ahora aquí estoy, enredada en su vida, fingiendo ser algo que no soy. Y lo peor es que estoy empezando a desear que todo esto sea real.
Dejo escapar un suspiro y me siento de nuevo en el sofá, tomando un sorbo de té.
El líquido caliente me reconforta, pero no lo suficiente para calmar el torbellino que tengo en la cabeza.
¿Qué estoy haciendo aquí? Todo esto está mal.
Dean no sabe quién soy en realidad, ni lo que he pasado.
Y si lo supiera... bueno, no querría tenerme cerca.
Mis ojos vuelven a las fotos. A Kai, que siempre prometió protegernos, a Samantha, que siempre fue tan fuerte... y a Matty, cuya sonrisa podría haber salvado cualquier día malo.
Me levanto de nuevo, incapaz de quedarme quieta, y empiezo a caminar de un lado a otro en el salón. Joder, ¿cómo salgo de esto?
Llevo la taza vacía a la cocina, dejando que el sonido del cristal al chocar contra la encimera llene el silencio de mi pequeno apartamento.
Pero aunque intento calmarme, el ruido de mis pensamientos es más fuerte.
Dean... Davis... Esa maldita confusión entre lo que siento y lo que debería sentir me está consumiendo.
No puedo seguir así, pienso mientras me dirijo a mi habitación.
Necesito descansar. Pero en cuanto cruzo la puerta, lo primero que veo es el póster de Dean en la pared.
No es el que tenía escondido bajo la cama, ni el que él vio antes.
Es el nuevo, el que he ido actualizando cada ano cuando empieza la temporada.
Desde siempre, he seguido su carrera en silencio, como si fuera mi propio ritual personal.
Cada temporada, un nuevo póster. Cada ano, una nueva imagen de él, cada vez más lejos de mí.
En mis manos sostengo el viejo póster que le quité antes.
Lo había doblado con cuidado, pero ahora, mientras lo miro, me doy cuenta de lo irónico que es todo esto.
¿Cómo llegué aquí? Hace unos anos, era solo una chica enamorada en silencio de un chico que no sabía ni que existía, y ahora.
.. ahora todo se siente más real y más doloroso de lo que nunca imaginé.
Mis ojos se desvían hacia la cama, y algo dentro de mí se rompe. La caja. La tengo escondida debajo de las sábanas, como un secreto que no puedo dejar ir, aunque lo he intentado mil veces. Pero en este momento, siento que necesito abrirla. Necesito enfrentar lo que siempre he evitado.
Con un suspiro pesado, me arrodillo junto a la cama y deslizo la mano por debajo, sacando la vieja caja de cartón.
Está algo gastada, con bordes deshilachados por el tiempo.
Demasiado tiempo. Me siento en el suelo con las piernas cruzadas, mirando la caja como si tuviera vida propia.
Dentro de ella están los recuerdos que me atan a San Angelo, los recuerdos que me he esforzado por olvidar.
La abro con cuidado, y lo primero que veo son las fotos.
Kai, Samantha y Matty. Nuestras caras juveniles, sonriendo como si fuéramos felices, como si la vida en la casa de acogida no nos hubiera hecho tanto dano.
Saco una foto y me quedo mirándola, pasando los dedos por los rostros de mis «hermanos».
Kai, el mayor, con su sonrisa confiada y esa mirada de protector. Siempre prometía que saldríamos de esa casa, que lograríamos algo mejor. «No te preocupes, Riley,» me decía, «nosotros cuatro vamos a estar bien». Pero nunca estuvo bien. Ni siquiera cerca de estarlo.
Samantha, siempre la fuerte. No importa cuántas veces la reganaran, cuántas veces nos encerraran en nuestras habitaciones, ella siempre mantenía la cabeza en alto. A veces me pregunto cómo lo hacía, cómo lograba no derrumbarse mientras yo me sentía cada vez más pequena.
Y Matty... Dios, Matty. Su sonrisa era como un faro de luz en medio de todo lo oscuro. Siempre encontraba algo positivo en los días más difíciles. Pero ni siquiera su luz fue suficiente para protegernos de lo que sucedía dentro de esas paredes.
Sigo revisando el contenido de la caja y mis dedos rozan algo más.
Un viejo recorte de periódico, una foto de Dean y su equipo de fútbol americano de la secundaria.
El comienzo de todo. Recuerdo la primera vez que lo vi.
Estaba escapándome de la casa, como hacía a menudo, y me colé en el campo de fútbol del colegio.
Me escondí entre los arbustos, mirando cómo jugaba, cómo corría con el balón entre sus manos, como si no existiera nada más en el mundo.
Verlo en el campo, verlo sonreír, me hacía sentir viva.
Por unos minutos, me olvidaba de la casa de acogida, de los gritos, de las normas asfixiantes.
Me olvidaba de quién era. Él no lo sabía, pero Dean Davis fue mi escape mucho antes de que supiera su nombre.
Y desde ese día, me escapaba cada vez que podía solo para verlo jugar, aunque nunca se fijara en mí.
Sigo sacando más recuerdos de la caja, pero mis manos tiemblan cuando llego al viejo cuaderno.
Mi diario. Apenas unas cuantas páginas llenas de pensamientos de una nina rota que buscaba consuelo en cualquier lugar, incluso en alguien que ni siquiera sabía que existía.
Me cuesta abrirlo, pero lo hago. Las palabras que escribí tantos anos atrás parecen de otra vida.
«Hoy lo vi de nuevo. Estaba entrenando con su equipo, y sonrió cuando atrapó el balón. Me pregunto si alguna vez sabrá lo importante que es para mí. Pero no puedo decírselo. No puedo dejar que nadie sepa lo rota que estoy».