Sígueme el juego (Desastres 4) 8
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Davis

L

a luz de la manana se filtra a través de las ventanas de mi apartamento, iluminando el desorden que he creado en mi vida.

La cena de la noche anterior con mis companeros de equipo no me ha dejado en el mejor estado.

La casa todavía huele a pizza fría y cervezas.

Pero no es eso lo que me tiene en la cuerda floja; es la decisión que tomé anoche de invitar a Riley al evento benéfico «La Gala del Sueno Americano,» organizada por la famosa filántropa Elizabeth Harrington, conocida por su trabajo con jóvenes atletas en riesgo.

Me siento en la mesa, frente a un montón de papeles con las jugadas del equipo que ayer estuvimos repasando los companeros.

Cada semana cenamos en casa de un jugador diferente de la línea de juego, de esta manera nos mantenemos más unidos y es algo que me recuerda mucho a cuando jugaba en Austin.

Estos son los momentos en los que más echo de menos a Killian, Cody y Harris.

Me anoto mentalmente que debemos de hacer una llamada a cuatro.

Aunque ahora en lo único que puedo pensar es que la presión sigue creciendo a medida que la temporada avanza, y la última cosa que necesito es complicaciones.

Pero no puedo dejar de pensar en Riley y en lo que podría significar esta relación falsa.

He estado dándole vueltas a lo que le dije en la pastelería sobre fingir que estamos juntos.

La idea me parecía loca al principio, pero cuanto más lo pienso, más sentido tiene.

No he dejado de pensar en ella desde entonces.

La forma en que me miró, la manera en que su rostro se iluminó cuando hablé de fútbol.

.. Hay algo en ella que me atrae de una forma que no puedo ignorar.

No es solo que sea bonita; es su personalidad, su forma de ver la vida.

La idea de que ella pueda estar a mi lado, incluso si solo es por un tiempo, me hace sentir más tranquilo.

Tal vez la presión de la prensa se reduzca y pueda concentrarme en el futbol, pero también hay algo más que me intriga.

Quizás no solo esté buscando una solución a mis problemas mediáticos; quizás también estoy buscando una conexión.

Revisando mi teléfono, veo el mensaje que le envié anoche.

Enviarlo fue un total atrevimiento, escribirle tan rápido después de la propuesta.

Y, por supuesto, pedirle su número de teléfono fue el mayor atrevimiento de todos.

Mientras espero su respuesta, empiezo a organizar mis pensamientos.

Quiero que esto funcione, y tengo que asegurarme de que no se sienta presionada.

Es vital establecer algunas reglas antes de que esto se descontrole.

Cuando finalmente llega su respuesta, es breve.

«¿A qué hora es el evento?».

Una sonrisa se dibuja en mi rostro. Al menos está interesada. Respondo rápidamente, indicándole la hora y un par de detalles. Mientras lo hago, no puedo evitar imaginar cómo sería tenerla a mi lado, compartiendo momentos en un evento donde todos están pendientes de nosotros.

Un par de días pasan, y el evento se acerca.

El día anterior, mientras me preparo mentalmente, decido que es momento de hablar con Marlon, mi representante.

Lo encuentro en su oficina, un espacio abarrotado de papeles, contratos y fotos de todos los deportistas a los que representa, que no son pocos.

El sol se filtra a través de la ventana, creando un ambiente cálido y acogedor, a pesar del caos que me rodea.

—Dean —dice Marlon, levantando la vista de su computadora—. ¿Listo para la gala?

—Eso espero —respondo, sintiendo un nudo en el estómago—. Quería hablar contigo sobre algo.

—Dime —me dice, preparándose para escuchar.

—Voy a ir acompanado. Acompanado de Riley, la chica de la que te hablé —anuncio, sintiendo que mi voz suena más firme de lo que realmente estoy.

Marlon sonríe, su expresión refleja satisfacción. Fue quien propuso esta idea, a la cual me negué en rotundo. Ni siquiera puedo averiguar cual fue el momento que me hizo cambiar de idea.

—Perfecto. Bien hecho, muchacho. Has tomado la decisión correcta —dice, y puedo sentir que hay un peso que se levanta de mis hombros—.

Quiero que le hagas firmar un contrato de confidencialidad.

Es esencial que entienda las reglas de lo que conlleva este acuerdo.

No queremos tener a otra chica aprovechándose de ti en la prensa.

—Teclea con velocidad y al momento la impresora que hay sobre su escritorio empieza a escupir papeles.

Los coge y después de ojearlos me los tiende—.

Este es un contrato tipo, rellena su nombre, modificar, anadir y eliminar las cláusulas que creáis, aunque las que aparecen no recomiendo tocarlas.

Asiento, dándome cuenta de que tiene razón.

Necesitamos asegurarnos de que nada se filtre a la prensa que pueda arruinar esta oportunidad.

Desde el primer momento en el que pensé que ella era perfecta para ayudarme he decidido confiar al cien por cien, cuando ni siquiera se quien es, así que entiendo que Marlon se preocupe, aunque realmente es su trabajo, para algo le pago.

Después de hablar un poco más sobre las implicaciones, me despido y salgo de su despacho y del edificio, sintiéndome un poco más preparado. La noche anterior había sido complicada, y no he podido dejar de pensar en lo que le he propuesto a Riley.

Cuando finalmente llego a la pastelería, la campanilla de la puerta suena suavemente.

El aroma del café recién hecho me envuelve, y, al mirar hacia el mostrador, veo a Riley, detrás de él, sirviendo a un cliente, aunque hoy no está sola, a su lado hay un hombre mayor, con el pelo cano y el rostro surcado de arrugas.

Cada vez que suena la campanilla, ella lanza su saludo característico:

—¡Hola! Bienvenido a La Pequena París, ¿con qué quiere endulzarse hoy?

La imagen de ella, con ese delantal de flores y una sonrisa genuina, me hace sentir algo en el estómago.

Cuando finalmente me ve, su mirada se ilumina.

—¡Dean! —dice, dejando de lado su trabajo momentáneamente—. ¿Cómo estás?

—Hola —respondo, sintiendo que un aire de familiaridad nos rodea.

—¿Un batido especial? —solo tengo que asentir y veo como se pone manos a la obra y de nuevo siento miedo por sus dedos mientras corta la fruta.

—Necesitamos hablar sobre la gala —digo, bajando lo máximo posible la voz, para no llamar la atención a los clientes.

Como es lógico, he salido con mi gorra calada y las gafas de sol. Mi atuendo cada vez que salgo de casa para intentar pasar desapercibido y que nadie me reconozca

Ella asiente, su expresión se vuelve más seria.

—Claro, ¿qué necesitas? —le hace un gesto al hombre, que parece ser su jefe y este le hace una senal de asentimiento.

Tomando aire, decido que es momento de ser claro y directo. Riley se sienta conmigo en la misma mesa que lo hizo la ultima vez. Mis nervios vuelven a encontrarse a flor de piel por todo lo nuevo que vengo a pedirle.

—Quiero que hablemos de algunas reglas —digo mientras saco el contrato que he impreso, despliego el papel y se lo tiendo para que ella lo vea.

Riley me observa con curiosidad, su mirada enfocada mientras va pasando las hojas y ve todo lo que hay redactado en el contrato.

—¿Reglas? —pregunta, su tono intrigado o tal vez acusatorio.

—Sí, quiero que esto funcione, pero también necesito que sepas que no es solo un juego. Hay una parte de mí que quiere que te sientas cómoda con todo esto.

Mientras lee, empiezo a enumerar las reglas que he podido leer de camino a la cafetería, ya que ni siquiera cuando me lo dio mi representante me he parado a mirarlo, venir aquí era mi prioridad.

—Primero, nadie y cuando dice nadie, es absolutamente nadie puede saber que esto es un acuerdo entre tu y yo, a excepción de mi representante, claro, que es el que vela por nuestra seguridad en este caso…

—En ese caso debo de decirte que Julie lo sabe. —Al momento me viene a la mente la mujer que me ayudó indirectamente a tomar la decisión de proponerle este acuerdo a Riley.

—Bueno, pues incluiremos su nombre en el contrato, pero nadie más puede saber de esto.

—Cojo el bolígrafo que sobresale del bolsillo del delantal de Riley y se estremece por mi acercamiento, aunque en estos momentos no es algo en lo que me fije especialmente, y lo uso para incluir el nombre de su vecina en el contrato.

—Segundo, te comprometes a asistir a todos los eventos organizados por los Patriots o similares durante la temporada en los que requiera acompanante.

Riley frunce el ceno, claramente pensativa.

—Eso suena... interesante —responde, tratando de ocultar su sorpresa.

—Sí, y cualquier gasto que surja de esto estará cubierto por mí, ropa, transporte… Además, debemos acordar que esto tiene que ser exclusivo. No quiero que creas que pueda arruinar tu vida por un escándalo —digo, sintiendo que la seriedad de la situación empieza a calar en nosotros.

—Entiendo —dice, y hay una chispa de determinación en sus ojos.

—También deberemos compartir muestras de afecto frente a la prensa o quienes nos rodeen en los eventos. La credibilidad es clave, Riley. Sin ello, será un juego perdido. Tenemos que conseguir que la gente se crea de verdad que lo que hay entre ambos es real.

Ella se ríe suavemente, como si ya estuviera considerando lo que eso significa.

—¿Y eso incluye besos? —pregunta, con una sonrisa traviesa. Y por un momento me entran ganas de inclinarme, acercarme hasta que mi nariz toque la suya y sea capaz de respirar de su aliento hasta que mi boca atrape la suya.

—Puede que sí —respondo, sintiendo que el calor sube a sus mejillas. No sé si está imaginándose lo mismo que yo, aunque algo me dice que es muy probable.

—Me parece un desafío —dice, y puedo ver que su confianza crece con cada palabra—. Pero, si esto va a funcionar, debemos poder hablar sobre lo que nos incomode. Si en algún momento sientes que se está volviendo real o que esto se complica, quiero que me lo digas.