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Riley

—¡H

ola! Bienvenido a La Pequena París, ¿con qué quiere endulzarse hoy?

Salgo del pequeno almacén que tenemos en la pastelería entonando la frase que siempre uso cada vez que escucho la campanilla y esta vez lo hago con un poco más de entusiasmo porque ya estoy escuchando a Julie dando conversación y si no la corto antes de que sea demasiado tarde, lo atrapará en sus redes y ya no tendrá escapatoria.

Sé de lo que hablo, la conozco desde hace cinco anos, el mismo tiempo que hace que me mudé al piso de enfrente de ella y entré en su casa para que me invitara a un café.

No es que me moleste, ni mucho menos, Julie es una encantadora anciana —que no sepa nunca que he usado esta palabra para describirla; ella dice que está viviendo su tercera juventud, aunque pensándolo bien, creo que tiene razón—, con la energía de una nina de seis anos, incluso hay veces que se comporta como una, además, ya no sé que es lo que haría sin ella en mi vida.

Es la familia que nunca he tenido. Lo que no me imaginaba era que al salir me encontrara con la sonrisa más bonita del mundo, por segunda vez en mi vida desde que estoy en Boston.

—Mira, carino. Ha venido un chico guapísimo a comprar a la pastelería —se levanta de la silla en la que estaba sentada, que aunque a primera vista parezca que le va a costar la propia vida, ya que se apoya en un bastón, este solo sirve para intimidar—.

Vamos, hombretón, déjame que te presente a mi chica.

Y para mi fastidio, él le ofrece el brazo para que ella se agarre, como si acaso le hiciera falta mientras le dedica su sonrisa, esa preciosa e increíble sonrisa de dientes blancos, algo ladeada y con un intento de hoyuelo que solo se marca en el lado izquierdo.

Desvió la mirada con rapidez antes de que se de cuenta de que estoy observándolo hasta el último detalle, pero Julie ha sido más rápida.

Y sea lo que sea que se le está pasando por la cabeza, ya no tengo escapatoria.

—Vamos, nina, saluda a mi nuevo amigo —se le queda mirando, como si fuera tan inocente como está intentando aparentar.

—Davis, Dean Davis para serviros.

Mierda, habré escuchado su voz una infinidad de veces y aun así, maldita sea, ¿es qué hay algo en este hombre que no sea sexi? Bueno sí, lo mujeriego que es, eso no es nada atrayente.

—Qué nombre tan bonito tienes… —¡Maldita aduladora!

, pienso para mí mientras Julie le sigue dedicando sonrisas de anciana inocente—.

Ella es Riley, la dependienta de esta cafetería y mi ángel de la guarda, es decir, mi vecina de enfrente con un corazón enorme, porque si no fuera por ella, yo estaría muy sola en el mundo.

«¡Mentira!» Me entran ganas de gritar, porque no solo estoy yo cuidándola, todos y cada uno de los vecinos nos preocupamos para que Julie no sienta que sigue sola en este mundo; ya demasiado mal lo ha pasado.

Y bueno, tal vez sí que sienta que soy la persona que más tiempo está con ella, seguramente eso se debe a que si no estoy yo en su casa, ella es la que se pasa todo el día en la cafetería o al menos más horas de las que debería.

—Ya nos conocimos el otro día, senora.

—Llámame Julie, no senora, que me hace sentirme muy mayor y, aunque mis huesos estén empezando a dar mucha guerra, no voy a dejar que mi edad me impida sentirme joven aún, pero no hablemos de mí y dime como que os conocisteis el otro día, que esta nina no me ha dicho nada.

Mi vecina me dedica esa mirada de tú y yo vamos a tener una conversación seria, pero ahora mismo solo quiero que este chico sea lo que lleva mucho tiempo siendo y eso, para que enganarnos, es lo que más miedo me da de todo.

Julie es una bocazas y una casamentera, por si aún no te has dado cuenta, y temo que empiece a contar cosas que no debería y yo, que de por sí soy bastante menuda, empiece a desear convertirme en un gnomo.

—Solo pasé de casualidad y me topé con la pastelería, he decidido repetir.

—No pareces tu un chico que se atiborre de pasteles —y la muy descarada se permite darle unos golpecitos sobre el vientre.

Para sorpresa, y sé que es solo mía, Davis se ríe y es una carcajada que llena el ambiente de calor, aunque creo que realmente la subida de temperatura de la pastelería es cosa mía.

—Bueno, fue una maravillosa casualidad que aquel día acabara aquí, casi al igual que hoy. —Y en ese momento decide mirarme a mí cuando termina de hablar y estoy segura de que lo he sonado, porque no puedo haber visto que me guinara un ojo.

—Pues hoy te vas a llevar lo más dulce de la pastelería, porque sabes que, Dean Davis, tengo que pedirte un favor.

En este momento algo me dice que la idea que se le ha pasado a Julie por la cabeza me va a hacer pasar la mayor vergüenza de mi vida y antes siquiera de protestar, ella ya está haciendo de las suyas.

—Claro, será todo un placer ayudarte —le responde él, tuteándola y metiéndosela en el bolsillo.

Aunque no me extrana, estoy segura de que esa es la manera enla que acaba cada vez que sale con una super modelo colgada del brazo.

—Riley cierra la pastelería dentro una hora y yo me tengo ir. Ha ido a comprar esta manana al mercado y tendrá volver muy cargada a casa, está a un par de calles de aquí, estoy segura de que no te importará quedarte por aquí y ayudarla después…

No sé como lo ha hecho, pero cuando me doy cuenta la campanilla que hay en la puerta está sonando y no es porque nadie esté entrando, es porque Julie ha ido dando pasos lentos pero decididos y ya está prácticamente fuera, sin que ni a Davis ni a mí nos de tiempo a protestar o poner una excusa.

—Encantada de conocerte en persona, Davis. Ganas mucho al natural.

Y para mi tranquilidad no anade nada más, ya que la puerta se ha cerrado y ella ya está calle abajo con una energía vigorizante.

—No necesito que te quedes —digo en cuanto sé que mi vecina no va a volver a entrar y decir algo más que consiga que mi cuerpo desaparezca por combustión espontánea, aunque puede que sea lo mejor, porque me he quedado a solas con Davis, Dean Davis, el texano, el novato de Los Patriots y el tío mas guapo y sexi que he visto en mi vida y lo peor de todos es que no lo conozco por ninguna de esas cosas.

—Bueno, le he dicho a Julie que le haría el favor y yo no incumplo en mis promesas.

«¡Mentira!». Me entran ganas de gritar por segunda vez en los últimos diez minutos, pero no va a servir de nada, porque que yo opine que esté tío está como un tren no le exime de que es él tío más impresentable de la faz de la tierra, por eso no puedo evitar intentar persuadirle para que se vaya.

—Ya has escuchado a Julie, aun queda una hora para que cierre y tampoco pesan tanto las bolsas que tengo que llevar a mi apartamento.

—Pues es una suerte que tengas estas mesas aquí —se acerca más al mostrador y tengo que agradecer estar subida al sobresuelo que instaló mi jefe, porque Davis me saca unos treinta centímetros o más—. Ponme un par de porciones de tarta de queso, y algún muffin

, a ser posible de los rellenos de crema de cacahuetes y, ¿tienes café o batido?

Mira detrás de mí, y se da cuenta de que hay un par de pizarras en las que hay escrito con tizas de colores los distintos batidos que preparamos.

Aprovecho a mirarlo de nuevo, pero es que de verdad que no puedo evitarlo, es como si vas a la Galería de la Academia de Florencia y pasas junto al David de Miguel Ángel y no te recreas en cada detalle de su estructura.

Y es que Davis es para analizarlo desde todos los ángulos posibles y alguno más si es necesario.

—¿Un especial de la casa? —Me arranca de golpe de mis pensamientos, cosa que agradezco, ya que me estaba yendo por unos derroteros de los que después me voy a arrepentir, porque ya he pasado por esto una vez y, aunque para que vamos a enganarnos, lo he superado a medias y que él este aquí ahora no es algo que me vaya a ayudar mucho.

—¿No quieres saber lo que lleva? —le pregunto, ya que no hay ningún ingrediente que dé una pista a que pueda saber, aunque esa es la gracia del batido, es algo que le pedí a mi jefe, un batido que yo fuera la que decidiera que llevaría cada día, un poco con lo que el cliente me indique.

Que Davis se encoja del hombros y se vaya hasta la mesa que antes ocupaba Julie me deja más claro que la decisión va a ser toda mía y si no es así, su siguiente frase lo corrobora.

—Avísame cuando lo tengas preparado y me acerco a recogerlo al mostrador, no quiero molestarte mientras trabajas, además, tengo que hacer un par de llamadas.

Me doy la vuelta y decido perderme un par de minutos en el almacén de atrás, que tiene una ventana que permite al cliente verme con claridad, aunque me oculto tras la puerta.

En estos momentos el pulso me va a mil por horas y estoy casi segura de que él es capaz de escuchar los latidos de mi corazón por lo fuerte que me están golpeando el pecho.

Lleno mis pulmones con todo el aire que soy capaz de capturar y empiezo a nombrar los objetos del almacén uno a uno: licuadora, congelador, caja, escoba, delantal…

He expulsado todo el aire de mis pulmones y maldigo a mi psicóloga un millón de veces porque su técnica de relajación no está surtiendo efecto, aunque la verdad es que es la primera vez que me pasa en estos últimos cinco anos.

Decido volver a la pastelería, cojo un par de bandejas para disimular frente a Davis, aunque al parecer no ha sido consciente de mi casi ataque de pánico, porque tal como me había dicho, está al teléfono, con su cuerpo ligeramente inclinado contra el cristal.

Se le nota relajado, o al menos eso me transmite la sonrisa que se le dibuja en los labios y ya no es solo esa persona de los póster que en algún momento —y que aún lo hacen y que debo quitar—adornaban la pared de mi dormitorio, es esa persona que creí conocer meses atrás, mucho antes de que el acabara en Boston.

No quiero escuchar lo que habla por teléfono, pero no puedo evitarlo cuando parece tan entusiasmado con lo que quiera que le está transmitiendo a su interlocutor.

—Es perfecta, te lo aseguro. Solo dame unas horas más y podrás descansar tranquilo —se hace el silencio, al que yo me agarro para que no note que ya estoy preparando su pedido—.

Sí, sí. Esta noche te llamo y te diré cual es la respuesta, pero te aseguro de que esto es lo que llevas semanas pidiéndome y algo con lo que creo que puedo manejarme.

Sigo disimulando, hasta que se que no puedo hacerlo más, ya que tengo que coger la batidora para prepararle su bebida, tal vez por eso toso con la mayor delicadeza que puedo, haciendo que se despida precipitadamente mientras me dedica una sonrisa deslumbrante que seguro que ha derretido muchos corazones y convertido en gelatina más de una par de rodillas.

—¿Ya has decidido de que va a ser mi batido? —se levanta de la silla que ocupaba y en un par de zancadas se coloca frente al mostrador.

Está observando todo lo que tengo dispuesto, pero no sé siquiera si es capaz de adivinar que es cada uno de los ingredientes más allá de la nata, la canela y un par de manzanas y moras.

Me he quedado sin palabras, pero es que verlo de cerca, escuchar su voz, tan grave que parece que le rasga la garganta aunque que siento que me acaricia, ese cuerpo tan tonificado que tiene y que seguro que pasa horas y horas en el gimnasio, su cabello rubio que cualquiera podría pensar que ni siquiera se peina y que estoy casi segura de que pasa un buen rato frente al espejo perfeccionando su look

y, senoras y senores, esta es la mierda que se siente cuando tienes a tu crush

de toda la vida frente a ti. Y no es eso lo que de verdad me preocupa ahora mismo. Lo más jodido de todo es que ni siquiera me ha reconocido, aunque una parte de mí quiere pensar que no es tan malo como creo, que tal vez es lo mejor que me ha podido pasar.

—Dame un par de minutos y lo descubrirás por ti mismo —he conseguido articular muchas más palabras de las que creía capaz, así que vuelvo a las frutas que he dispuesto en el mostrador.

No quiero levantar la vista de ellas mientras las lavo, las corto y las echo dentro de la batidora con el resto de ingredientes, y no quiero hacerlo porque noto la intensidad de su mirada sobre todos y cada uno de mis movimientos y eso hace que más de una vez se me escape el cuchillo más cerca de los dedos, pero no voy a cortarme, o al menos intento pensar que los anos que he pasado trabajando en cafeterías me ha dado la experiencia suficiente para que eso no ocurra en los próximos minutos.

Dean permanece en silencio, al menos durante el tiempo en el que el ruido de la batidora consigue acallar hasta mis pensamientos, por eso no me sorprende nada que cuando la apago y vierto el contenido en una de las copas, espolvoreo la canela sobre la nata, esparzo virutas de chocolate y termino de adornar el batido con una mora e introduzco una canita de papel.

Al levantar la vista está con esa sonrisa tan amplia que, aunque sea muy similar a la que muestra cuando la cámara lo enfoca en los partidos, es la que de verdad conozco.

La que mostraba hasta que se fue a la universidad, cuando yo no era más que una desconocida en un pueblo demasiado pequeno, a la que le gustaba pasar desapercibida.