30 Alaina
TREINTA
ALAINA
—Veo que ya te das cuenta de la gravedad de tu error —dice Liam con una sonrisa un poco demasiado amplia—. Bien. Así el resto será mucho más agradable.
Liam se gira hacia mí y me tiende una tarjeta de visita.
—Ven a esta dirección dentro de una hora.
Sola. No quiero ver a tus noviecitos por ahí, o la cosa no acabará bien para nadie.
Y tu madre también puede venir. El jefe querrá verla, de todas formas.
—Lanza esta última frase a mi madre con una mueca de desprecio—.
Y, Lana, no me obligues a ir a buscarte. No seré tan amable.
Se inclina hacia delante y le da un golpecito en la nariz. Y si eso no es lo más siniestro de él, ya no sé qué puede serlo.
¿Qué clase de monstruo te suelta esas amenazas y luego te da un golpecito en la nariz como a un gatito mono?
Me estremezco bajo el sol abrasador, y el sudor de mi nuca se vuelve frío.
Al unísono, mi madre y yo nos giramos para verlo alejarse, silbando mientras se pierde entre la multitud, hasta que finalmente dejo de verlo. Solo entonces me vuelvo hacia mi madre.
—¿Qué coño has hecho?
—Alaina Murphy McElroy, cuida esa boca —dice mi madre, pero sin mucha convicción.
—Es Gallagher, ¿recuerdas? —La respuesta es automática, pero no le pongo mucha garra. Estoy demasiado perdida en mis pensamientos, tratando de ponerme al día.
—Siempre serás una McElroy. Pero de todas formas, ahora no tenemos tiempo para tus rabietas. Tengo que pensar en una forma de salir de este lío. Si hubieras hecho lo que se te dijo…
Me revuelvo hacia ella.
—¿Qué hiciera lo que se me dijo? ¿Qué tal si me explicas qué coño pasa de una vez?
Lo único que sabía es que iba a comer con mis primas mientras Sully se ocupaba de unas cosas.
Eso es todo. —Me paso la mano por el pelo, y los dedos se me enredan en algunas ondas sueltas—.
Tengo que devolverle la llamada a Rush… Necesita saber lo que está pasando de verdad…
—No. De ninguna manera. ¿Cuál es la dirección?
—¿Qué? —pregunto, levantando las manos.
—En la tarjeta, Alaina. ¡En serio, espabila! —espeta mi madre, tendiéndome la mano.
Había olvidado la pequeña tarjeta rectangular que tengo en la mano. Es de color negro mate por ambas caras con una dirección impresa en dorado.
768 West High Street.
—Toma. No sé dónde está —le digo mientras le entrego la tarjeta.
Suelta el aire con fuerza, hinchando las mejillas.
—Vale. Vamos a entrar en esa cafetería diez minutos, y voy a pensar en un nuevo plan. —Camina hacia la cafetería y yo la sigo—. Deberíamos tardar unos cuarenta minutos en llegar… Necesitaremos un Uber… y probablemente dos estrategias de salida.
Sigo a mi madre mientras serpentea entre las mesas y se dirige al reservado del fondo, justo donde Mary sigue sentada.
—Mierda. Había olvidado que seguías aquí.
—Vaya. Muchas gracias, Lainey. —La voz de Mary tiembla, pero ahora mismo no tengo tiempo para preocuparme por eso.
Mi madre chasquea los dedos y le señala la cara a Mary.
—Puedes callarte o irte. —La boca de Mary se cierra con un chasquido audible—. Bien. Ahora, muévete. Alaina, siéntate al lado de tu prima —ordena mientras levanta el brazo para llamar a una camarera y se desliza en el reservado, todo en un mismo movimiento.
Miro a esta mujer, sorprendida de apenas reconocerla.
—¿Quién eres? —Mis palabras salen entrecortadas y llenas de asombro.
—Soy tu madre. —Su tono es mordaz, y en realidad resulta reconfortante, lo cual es muy jodido de pensar—. Estupendo. Tráigame su café más grande, solo, por favor. Y un pastelito danés. Gracias.
Siento físicamente cómo se me descuelga la mandíbula.
—¡¿Pensaba que no comías donuts?!
—Alaina, no puedo llevarte de la mano en este lío que has montado…
—¡Yo no he hecho nada! Tú apuñalaste a todo el mundo por la espalda, y ella… —señalo a Mary con el pulgar— le contó todo a un tipo cualquiera. De hecho, soy la única que no ha estado guardando secretos… excepto Maddie.
La camarera regresa con el pedido de mi madre, y ella no pierde el tiempo en empezar a comer.
Diez minutos después, se lame las migas de las yemas de los dedos y se termina lo que queda de café. Mary y yo seguimos sentadas en silencio.
Miro el reloj en la esquina de la cafetería y calculo mentalmente cuánto tiempo falta para que lleguen Rush y Wolf. Me muerdo el labio, porque sé que no será lo bastante pronto.
Mi madre deja un billete de veinte en la mesa y se pone de pie.
—Mary, tú vuelve a la residencia. Ten el móvil a mano, pero no contestes a nadie que no seamos Alaina o yo. A nadie. Lo digo en serio.
Mary asiente y se levanta, con la cara pálida y las manos temblorosas.
—Vale, tita Lana. Vale. —Se vuelve hacia mí mientras me levanto—. Lo siento mucho, Lainey. —Está pálida y se muerde los labios con tanta fuerza que le empiezan a sangrar.
Suspiro. Estoy bastante segura de que está en estado de shock, y ojalá pudiera ayudarla, pero ahora la prioridad es Maddie.
—Lo sé, Mary. Vamos a… vamos a traer a Maddie a casa y luego hablamos, ¿vale?
Mary asiente varias veces, pero como nadie dice nada más, se da la vuelta y prácticamente sale corriendo de la cafetería.
Me vuelvo hacia mi madre con una ceja levantada.
—He pedido un Uber. Está fuera. —Coge su bolso, se lo cuelga del hombro y sale, despidiéndose de la camarera con la mano.
—¿Quieres ponerme al día sobre el plan? —le pregunto desde detrás.
Nos metemos en el asiento trasero del Uber, y ella se inclina hacia delante para hablar con el conductor. Es un hombre mayor, con el pelo canoso debajo de una gorra de los Mets.
—Dos paradas, ¿de acuerdo?
—Sí, señora, ya vi el pedido.
Mi madre se acomoda en el asiento y el conductor sube el volumen de la radio. La voz melosa de un cantante de jazz sale por los altavoces mientras se incorpora al tráfico, cerrando el paso al menos a tres coches, según mis cálculos.
—Mamá. ¿El plan? —insisto, pero sigue sin mirarme a los ojos.
Exhala, un gran suspiro que hace que su cuerpo se desplome hacia delante.
—Eras el cebo, Alaina.
Parpadeo varias veces, como si eso me ayudara a entender lo que está diciendo.
—Pasé tantos años escondiéndote de ellos. Y entonces, de alguna manera, te encontraron. —Hace una pausa—. Probablemente esos gilipollas de los Fitzgerald. Sabía que confiar en Cormac era un error —murmura mientras me mira una vez antes de volver a dirigir su atención a la ventanilla.
—¿Así que Cormac de verdad te estaba mintiendo? Aunque sé que lo otro que dijiste sobre Sully, Rush y Wolf no es verdad.
Ella se encoge de hombros.
—Me lo inventé.
—No lo entiendo.
—Unos meses después de que tu padre se fuera, y yo supiera que no iba a volver, alguien de la herencia me localizó.
Todavía no sé cómo —un investigador privado especial o un comando entrenado o algo así—, porque pensaba que había borrado bien nuestras huellas.
—Se encoge de hombros—. En fin, me informó de que serías la siguiente en la línea de sucesión de Gallagher Industries.
—¿Gallagher Industries? Nunca he oído hablar de ello.
—No, claro. Son una empresa de tecnología multimillonaria con sede en Irlanda.
Se dedican principalmente a varios trabajos para gobiernos de todo el mundo y para los muy ricos que tienen demasiado tiempo y dinero.
—Suspira y sigue mirando por la ventanilla—.
Bueno, tu padre era el primero en la línea de sucesión para la empresa.
Había pasado de padres a hijos durante muchas, muchas generaciones.
Pero Aidan nunca la quiso. Era feliz con su vida aquí, con nosotras.
Y la Hermandad. Así que se la cedió a su hermano pequeño.
—¿Tengo un tío?
Mi madre ignora mi pregunta y continúa con su viaje por el baúl de los recuerdos.
—Desafortunadamente para él, no fue tan fácil. No puedes cederla así como así. Está escrito en la propia constitución de la empresa la forma específica en que pasa al siguiente sucesor. Y la junta directiva requiere un heredero en todo momento.
—Qué arcaico —murmuro.
—Sí, bueno, tu tío no tenía hijos. Así que tu padre figuraba como heredero. Habían intercambiado los papeles. Y tú figurabas como heredera secundaria. Pero nos aseguraron que nunca se llegaría a eso. Tu tío dijo que adoptaría si era necesario.
—Entonces, ¿qué pasó? —pregunté cuando se detuvo más de lo normal. Estaba en ascuas, escuchando su relato de los acontecimientos que posiblemente llevaron a la desaparición de mi padre. Y, en última instancia, a su muerte.
—Tu padre murió. Tu tío murió. Yo huí. Y luego mis padres murieron.
Así que cambié nuestros nombres y le pagué a alguien una cantidad exorbitante de dinero para que te borrara de todas las bases de datos conocidas.
Todavía me quedaban algunos amigos en el árbol genealógico de los Gallagher, y como todos son tan expertos en tecnología, uno de ellos nos ayudó.
La cabeza me da vueltas con esta información que acaba de soltar tan despreocupadamente, como si no cambiara todo lo que siempre había pensado sobre mi vida.
Todavía estaba asimilando la idea de que soy una Gallagher y que mi padre está realmente muerto.
¿Y ahora descubro que soy la heredera de una empresa de la que nunca he oído hablar?
Ah, ¿y que más gente quiere secuestrarme… o matarme?
—Vale. —Me humedezco los labios e intento procesar parte de esta avalancha de información que acaba de dejarme en el regazo—. ¿Le contaste a Cormac sobre esto?
Niega con la cabeza antes de que termine de hablar.
—No. Le quiero, pero no confío en él. —Me mira a los ojos—. No confíes en nadie, Alaina. En nadie.
—¿Ni siquiera en ti?
—Sí, ni siquiera en mí.
Me humedezco los labios y trato de averiguar cómo procesar eso.
—Así que, si no queda nadie en la lista de herederos o lo que sea, ¿quién dirige la empresa?
Se vuelve para mirarme.
—La verdad es que no lo sé. Cuando te borré…
Me estremezco ante sus palabras, no puedo evitarlo. Así es exactamente como me he sentido todos estos años, y oírla mencionarlo tan a la ligera atraviesa algo dentro de mí que creía haber superado hace mucho tiempo.
Mi madre se aclara la garganta y vuelve a mirar por la ventanilla.
—Cuando te borré, básicamente corté todos los lazos con esa parte de mi vida. Con esa parte de mi familia. Quienquiera que sea, te necesita viva. Eso lo sé.
—Pero ¿cómo lo sabes?
—Hay un período de prueba de un año. Comienza en el momento en que cumples los dieciocho.
Si algo te sucede durante ese año, los activos de la empresa se congelan hasta que la junta la disuelva.
Así es como detuvieron el asesinato de los herederos.
O eso me dijo Aidan. La mayor parte de esto es por lo que él me contó.
El coche reduce la velocidad en una calle residencial. Vuelvo a comprobar mi GPS y no estamos en West High.
Antes de que pueda preguntar, mi madre se vuelve hacia mí. Me mete un mechón de pelo detrás de la oreja y me mira con tanto amor que se me corta la respiración.
—Te quería muchísimo, ¿sabes? Y yo también te quiero. Nos rompería el corazón a ambas y te enviaría lejos de nuevo si pensara que eso salvaría tu vida. Pasé tanto tiempo llenando con hielo el agujero que dejaste en mi vida que había olvidado cómo ser tu madre. Y por eso, lo siento.
Se me llenan los ojos de lágrimas y me arden los senos nasales.
—Mamá…
—Chis, está bien. Solo quería que lo supieras, ¿vale? Ahora tengo que entrar aquí a por una cosa, pero te veré en West High. ¿De acuerdo?
El pánico me invade, rápido y violento. Agarro a mi madre por la muñeca y la retengo en el coche. ¿Por qué suena como si se estuviera despidiendo?
—No. Vamos juntas, ¿recuerdas? Un tipo quería verte… ese tal Liam lo dijo.
—Lo sé. Primero necesito coger una cosa de un viejo amigo. Te veré allí, te lo juro.
Mi madre se inclina y me da un beso en la frente antes de darse la vuelta y salir del coche. La veo subir las escaleras de una casa de varios pisos y llamar al timbre. La puerta se abre, pero quien contesta permanece oculto en las sombras. Mi madre entra en la casa, y se me revuelve el estómago.
¿Habrá sido esa la última vez que la vea?