Rush (La Hermandad 2) 27 Alaina
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27 Alaina

VEINTISIETE

ALAINA

Sigo a mis chicos al interior de la casa y bajamos al sótano, a una sala de conferencias.

Las hermanas King ya están allí, ocupando una esquina de la habitación.

Wolf estira el brazo hacia atrás para agarrarme la mano, entrelaza nuestros dedos y tira de mí para que me ponga a su lado.

Seguimos a Rush hasta la parte delantera de la sala, junto a la cabecera de la larga mesa.

Me quedo entre Rush y Wolf, y Sully se sitúa al otro lado de Rush.

Los tres lucen expresiones severas, un gran contraste con lo de hace cinco minutos, cuando tenían sus manos y sus bocas por todo mi cuerpo.

Me estremezco de solo pensar en lo que habría pasado de no haber aparecido Dave. Con lo a menudo que me interrumpen, estoy empezando a pensar que el universo intenta decirme algo. Pero no estoy segura de qué.

—Presta atención, nena. Estás a punto de formar parte de los asuntos de la Hermandad —me susurra Wolf al oído.

Levanto la vista de golpe y me sobresalto al ver a toda la gente que llena ahora la sala. Noto una o dos caras conocidas, pero la mayoría son nuevas para mí.

Rush espera a que todos estén dentro antes de asentir, y Dave cierra la puerta desde el pasillo.

—Gracias a todos por venir. Sé que para algunos de vosotros es un viaje largo.

Como seguramente sabréis, mis hermanos y yo somos el consejo junior de la Hermandad, lo que significa que ascenderemos pronto.

Puede que incluso sea antes de lo que cualquiera de nosotros imagina.

—Se detiene para mirar alrededor de la sala—.

Estáis aquí porque sois amigos, aliados o ambas cosas.

Y parece que tenemos un enemigo común. Quienquiera que irrumpiera en Summer Knoll, incendiara lo de Mama Rosa, ordenara un tiroteo contra las esposas, diera el chivatazo a la policía sobre los lugares de reunión...

quienquiera que secuestrara a nuestra chica... probablemente sea la misma persona.

Murmullos de asentimiento flotan por la sala y siento el cambio; la anticipación y la expectativa flotan en el aire.

—A partir de ahora, la Hermandad ha decidido no perseguir a este... enemigo común nuestro. Pero yo, por mi parte, no me quedaré de brazos cruzados mientras unos hijos de puta se llevan lo que nos hemos ganado con sangre y por derecho.

Se me pone la piel de gallina cuando estallan los vítores. Saboreo la promesa de violencia en el aire y me maravillo ante el rey oscuro que tengo al lado. Ha encendido a esta gente y va a darles rienda suelta.

Una sonrisa ladeada asoma en la comisura de mis labios ante la idea de cobrarme mi deuda de sangre de la gente que orquestó mi secuestro.

Hace seis meses, ese pensamiento jamás habría pasado por mi mente. Así que supongo que, si necesitaba más pruebas de que estoy cambiando, evolucionando, me las acabo de dar a mí misma.

Rush concluye después de eso, coordinando quién hace qué y cuándo. La sala se despeja rápidamente hasta que solo quedamos nosotros y las King.

A regañadientes, suelto la mano de Wolf y camino hacia ellas. Las cinco me observan con diversas expresiones de curiosidad.

Echo los hombros hacia atrás y mantengo la barbilla alta, a pesar de que la intensidad con la que me miran es suficiente para hacerme querer huir.

—Necesito un favor.

—¿Para la reina? Claro. —Maeve enarca una ceja y se encoge de hombros.

Ladeo la cabeza mientras la observo. Es la hermana mayor y la que más habla, así que centro mi atención en ella. Es a ella a quien tengo que convencer. —¿Reina?

—Sí. ¿No te estás tirando a los tres hermanos? —pregunta Roisin con una sonrisa burlona.

Mi primer instinto es aclarar que aún no nos hemos acostado, pero me detengo a tiempo. No les debo nada y, de todos modos, no es asunto de nadie más que nuestro.

Examino a estas cinco chicas espectaculares en busca de celos o indignación. Al no encontrar ni rastro de ninguno de los dos, me encojo de hombros. —No cuento mis intimidades.

Roisin echa la cabeza hacia atrás y se ríe. Ava y Keira se unen a ella y las otras dos sonríen divertidas.

—Me preguntaba cuánto tardarías en salir de ese caparazón con el que te envuelves tan apretado —dice Maeve con mirada evaluadora.

—Sí, bueno... estoy pasando por algunas cosas.

—Me he enterado de tu secuestro. He oído que mataste a uno de tus atacantes —dice Ava con las cejas levantadas.

—Lo hice. —Asiento y lucho por mantener una postura casual—. Eso es parte de mi favor. Necesito que me enseñéis lo que sabéis.

El silencio recibe mi petición y cambio el peso a la otra pierna.

—Los tienes a ellos —Keira señala con la cabeza detrás de mí—, ¿por qué no te enseñan ellos?

—Lo están haciendo. Pero Sully se pasó casi una semana obligándome a ver vídeos de instrucción sobre defensa personal antes de dejarme hacer algo realmente... y eso duró un día. Y con los otros dos... bueno, suelen distraerse. —Siento que el calor me sube a las mejillas.

Keira se ríe. —¿No puedes simplemente decirles que esperen hasta después de que te enseñen alguna mierda?

Cruzo los brazos sobre el pecho y ladeo la cabeza. —En realidad no. ¿Tú lo harías si fueras yo?

Miro por encima del hombro a los sujetos de nuestra conversación, sin sorprenderme al encontrar a los tres parados uno al lado del otro, murmurando y observándome. Un rubor se extiende por mi cuerpo bajo su mirada.

—Sí, ya veo a qué te refieres —dice Keira.

Vuelvo a centrar mi atención en las chicas que tengo delante. —Entonces, ¿me ayudaréis?

—Sí, te ayudaremos. Estaremos aquí un par de días más. Veamos qué podemos hacer. Reunámonos en el gimnasio en veinte minutos —dice Maeve.

—Gracias. —Capto su mirada y la sostengo. Ella asiente una vez antes de levantarse de su silla y salir de la habitación. Sus hermanas la siguen una a una.

Cruzo la sala y me detengo frente a los tres, con la piel calentándose bajo su mirada colectiva.

—¿De qué iba eso? —Wolf señala con la cabeza a la última hermana King que sale de la sala.

Me encojo de hombros. —Van a enseñarme todo lo que saben durante los próximos dos días. Empezando ahora mismo.

No puedo reprimir una risita ante sus idénticas expresiones de asombro.

Rush es el primero en recuperarse, su rostro se relaja en una sonrisa fácil mientras se inclina hacia delante y deposita un beso casto en mis labios. —Eso es bueno, nena.

Wolf se ríe. —Vaya, estoy impaciente por ver qué tipo de mierdas te enseñan. Asegúrate de venir a buscarme a mí primero, Pelirroja. Quiero ver si te enseñan algún movimiento de lucha en el suelo. Puedes demostrármelos a mí. —Mueve las cejas.

—Muy bien. Voy a ir a cambiarme por algo con lo que pueda moverme. Os veo luego. —Salgo de la habitación y me dirijo a la tercera planta, donde está mi dormitorio.

Sé que Sully me sigue, y no es porque tenga algún sexto sentido como Rush. Su energía —frustración y lujuria teñidas de desesperación— emana de él, rebotando en las paredes y ocupando cada centímetro disponible de espacio en el pasillo.

Logro entrar en mi dormitorio antes de que él actúe. Me agarra el brazo justo por encima del codo, cierra la puerta de una patada y me hace girar para pegarme la espalda contra ella.

—¿En qué estás pensando, princesa? ¿Haciéndote amiga de las King así como así?

—Van a enseñarme algunas cosas, cosas que necesitaré para sobrevivir en este mundo. Y no van a meterme videotutoriales por los ojos durante días, de verdad me van a enseñar —digo, acercándome a su cara y desafiándolo.

—No tienes ni idea de qué clase de personas son. No son como las mosquitas muertas a las que estás acostumbrada. Estas chicas no se lo piensan dos veces antes de rematar a alguien si les apetece.

—Son tus amigas, ¿no? —pregunto con una ceja levantada.

—Sí. Pero no tienes ni idea de en qué te estás metiendo. Este no es lugar para ti, princesa. —Su tono es sincero, pero sus palabras tocan una fibra sensible en mi interior.

Me inclino hacia su rostro con los ojos endurecidos.

—Ya no me conoces, James. E incluso si lo hicieras, ¿aquella chica de hace dos años?

Se ha ido. Dejó este mundo en el suelo sucio de una cabaña destartalada en el bosque.

—Me lamo los labios, con el corazón latiendo con fuerza, y lo miro fijamente a los ojos—. He sido rehecha, James.

—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer ahora? ¿Empezar a hackear programas del gobierno por diversión, robar mierdas y venderlas en el mercado negro, infiltrarte en sociedades secretas o convertirte en francotiradora? Porque ese es el tipo de cosas que hacen ellas. —Respira con dificultad.

Levanto la barbilla. —Quizá. Quizá haga esas cosas.

—¡Esto no es un juego, Lainey! —dice mientras golpea la puerta con las manos a cada lado de mi cabeza—. Este es el mundo real, donde nuestras acciones tienen consecuencias nefastas.

La indignación surge en mi interior, rápida y caliente, y veo rojo. Me despego de la pared, con el pecho agitado y los puños apretados. —Ya lo sé, Sully.

Estamos a una pulgada de distancia, quizá menos, lo suficientemente cerca como para compartir el mismo aliento.

Él exhala y yo inhalo.

Sus ojos se vuelven salvajes y baja la cabeza para apoyar su frente contra la mía. La acción suave contrasta con sus músculos tensos.

—¿Qué me estás haciendo, princesa? —Sus palabras suenan torturadas, pero ni siquiera puedo pensar en eso todavía porque esta es la primera vez que me llama princesa sin que el sarcasmo o el desprecio recubran cada sílaba.

Me empuja contra la puerta y tengo que echar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

Pero lo hago. Le sostengo la mirada con determinación.

Toda ella llena de oscuras promesas y rabia apenas contenida.

¿O es odio?

Maddie me dijo una vez que el amor y el odio eran las dos caras de la misma moneda. Y que hay una línea muy fina entre ambos. Nunca lo había entendido de verdad hasta ahora.

Hasta Sully.

Mantiene sus emociones tan embotelladas que es difícil saber qué siente realmente. Te hace ganártelo.

Levanto la barbilla aún más y dejo que la sonrisa cruel que aprendí de él se extienda por mi rostro cuando suelto mi verdad. —Lo que me dé la gana.

—¿Ah, sí? —Se echa un poco hacia atrás para darme un lento repaso de arriba abajo—. ¿Crees que puedes chasquear tus deditos y que yo haré lo que tú digas? ¿Eh, princesa? —Su sonrisa es demasiado amplia y condescendiente.

Aprieto la espalda contra la puerta, sacando pecho. El escote de mi camiseta de tirantes se tensa sobre mi pecho. Entonces, lenta y deliberadamente, subo la mano entre los dos.

Y chasqueo los dedos.

Observo con un regocijo apenas contenido cómo la paciencia de Sully se esfuma.

—Eres. —Da el único paso que nos separa, agarrándome la muñeca y apretando nuestros pechos—. Una. —Empuja mis muñecas contra la puerta por encima de mi cabeza—. Princesa. —Se inclina tan cerca como puede sin llegar a tocarme, con nuestras narices a un pelo de distancia—. Mimada.

Nuestras respiraciones se aceleran y siento que el corazón me va a estallar.

Estamos al borde del precipicio, Sully y yo. Físicamente estamos en mi habitación, pero bien podríamos estar en el borde del Gran Cañón.

Es emocionante y aterrador, pero no tengo miedo, no realmente.

Estoy eufórica. Me siento viva de una forma que no había sentido antes de que los hermanos Fitzgerald irrumpieran en mi vida.

Estoy a punto de saltar por ese precipicio y me voy a llevar a Sully conmigo.

Acorto la distancia, uniendo nuestros labios, y me lanzo al vacío.

—Y me quieres de todos modos.

Antes de que la última sílaba salga de mi boca, aplasto mis labios contra los suyos. Él no duda ni un segundo. Me agarra por debajo de los muslos y me levanta para apretarme contra la puerta, estampando sus labios contra los míos.

Nuestras lenguas luchan por el dominio. Enredo mis dedos en su pelo, amando lo mucho que se lo ha dejado crecer. Si no se lo corta pronto, podrá recogérselo, y entonces tendré algo a lo que aferrarme de verdad.

Algo para anclarlo a mí.

Él gruñe cuando le tiro del pelo y, lo juro por Dios, me mojo más solo con ese sonido torturado saliendo de esos labios perfectos.

Podría pasarme el resto de mi vida besando a Sully y nunca sería suficiente.

Nunca tendré suficiente de él, ni de Rush ni de Wolf. Estoy descubriendo poco a poco lo que eso significa: para mí, para cada uno de ellos, para nosotros.

Sus manos se flexionan sobre mis muslos, dejando sin duda hematomas con la forma de sus dedos.

Sin separar su boca de la mía, cambia su forma de sujetarme.

Una mano sigue en mi pierna, pero la otra se desliza por el interior de mi muslo, exactamente como me gusta.

Sigue el mapa de mis zonas erógenas sensibles con familiaridad, pero no me sorprende tanto.

Él fue quien lo trazó originalmente en mi piel.

Todos esos momentos robados en la Biblioteca Pública de Nueva York y esas largas tardes robando besos en el parque.

Pero no soy la misma chica que era hace dos años; no soy la misma chica que era hace dos semanas. Tengo nuevos lugares en ese mapa con su nombre y me muero por que los explore.

Gimo en su boca y arqueo mi cuerpo contra el suyo, amando la forma en que su miembro presiona contra mi clítoris con cada vaivén de sus caderas.

Separa bruscamente su boca de la mía, con nuestros pechos agitándose al unísono. Y si fuera una mujer de apuestas, diría que nuestros corazones también lo hacían.

De repente, me suelta y se pasa el dorso de la mano por la boca mientras da un paso atrás. Algo parecido al autodesprecio brilla en sus ojos mientras me mira. —Esto ha sido un error.

Me siento aturdida y sacudo la cabeza para despejarme. —¿Un error?

—No perteneces a este mundo, princesa, y no importa cuántas veces nos comamos la boca —o la polla—, eso no va a cambiar.

Intento que sus palabras no me afecten, pero se hunden en las pequeñas grietas de mi alma rota y recién arreglada.

Y empiezan a pudrirse.

—Sabía que eras muchas cosas, James, pero no pensé que fueras un mentiroso.

—No me conoces en absoluto.

—Tu rutina de una de cal y otra de arena me está cansando. Avísame cuando estés listo para actuar como el hombre que pensé que eras —le espeto, caminando hacia mi cuarto de baño.

—No esperes sentada, princesa.

Esas son las últimas palabras que oigo antes de que salga furioso de mi habitación, dando un portazo. Imito su frustración y doy un portazo al entrar en el baño.

Me quito la ropa y me meto en una ducha de agua caliente, con la esperanza de lavarme la decepción.