Rush (La Hermandad 2) 25 Alaina
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25 Alaina

VEINTICINCO

ALAINA

Las hermanas King llevan aquí dos días. Y durante dos días, me he sentido casi invisible. Rush está trabajando sin descanso con Roisin —resulta que es una máquina con la tecnología, como él— y con Maeve, que tiene una mente brillante, según Wolf.

Sully ha estado por ahí haciendo… lo que sea que haga, y ayudando a las chicas con lo que necesiten. Ah, y volviendo a ignorarme. Sus idas y venidas me están crispando los nervios.

Wolf está en la gloria cuando habla de lo suyo, como le gusta llamarlo, con Fiona y Kiera. Ayer las oí hablar durante sesenta minutos seguidos sobre dos tipos diferentes de armas y la probabilidad de usar cada una en cada situación que se les ocurría.

Ava habló —largo y tendido— sobre lo que hizo cuando la secuestraron el año pasado. Y eso desató toda una conversación sobre cuántas veces las chicas habían frustrado intentos de secuestro.

Principalmente, me deja demasiado tiempo para quedarme atrapada en mis pensamientos. Para examinar conversaciones que he tenido con mi madre a lo largo de los años con otras gafas, unas que saben que mi padre está… muerto.

Dios. Qué palabra tan pequeña para algo tan monumental. Solo cuatro letras no parecen abarcar el agujero que su ausencia ha dejado en mi alma.

Una mañana me pongo especialmente existencial y me pregunto cuál es mi propósito aquí: aquí en la Tierra y aquí en esta casa.

Mary y Maddie han estado ocupadas, así que no he hablado mucho con ellas, salvo para aplazar nuestra comida unos días. Estoy bastante segura de que ambas están saliendo con alguien, pero ninguna lo ha confirmado todavía.

Es la tarde del tercer día y creo que he llegado a mi límite. Me siento tan rematadamente tonta que apenas puedo soportarlo. Ahora mismo, todo el mundo está reunido en la cocina, recordando viejos tiempos. Todos ríen y bromean, y lo que es peor es que nadie está siendo desagradable.

Es solo que… yo no siento que encaje.

Y me está hundiendo en la miseria.

Maeve y Rush han estado inseparables todo el día. Al menos todavía se acurruca conmigo por la noche.

Suspiro. Hasta mis pensamientos me deprimen hoy. Me siento como si estuviera atrapada en un ovillo de lana y, cada vez que intento abrirme paso, se vuelve más grueso y apretado.

Me he disculpado hace treinta minutos y desde entonces he estado de pie en el pasillo. Ha habido un cambio desde que llegaron las King. Y, de algún modo, mis chicos ya no parecen míos. No del todo, al menos.

No estoy lista para renunciar a Rush, a Wolf o a Sully, pero no puedo negar que soy muy diferente de las hermanas King.

Me duele el pecho solo de pensar que pertenezcan a otra persona. Aunque no sé cuántas horas o días más puedo quedarme sentada mirando.

La melancolía me envuelve, posándose sobre mis hombros como una manta. Visto desde fuera, tiene sentido: Rush, Sully y Wolf con las King. Están en el mismo mundo, les gustan y conocen las mismas cosas… ¡si hasta pueden detener sus propios intentos de secuestro, por el amor de Dios!

Me seco la nariz con el dorso de la manga y parpadeo varias veces, sorprendida al sentir una lágrima rodar por mi mejilla.

Lo sabía.

Joder, lo sabía.

Había empezado a tener esperanzas. Dejé que esa pequeña semilla creciera y creciera y creciera, y ahora mira dónde estoy. Como si mis pensamientos negativos lo hubieran invocado, Rush sale de la habitación.

Frunce el ceño mientras me evalúa. —¿Qué pasa? ¿Estás herida?

—No sé si puedo hacer esto, Rush. —Las palabras parecen arrancadas de mi alma.

—¿Hacer qué? —Ladea la cabeza.

—Esto —digo, señalando el espacio entre nosotros—, lo nuestro. Todo.

Sus ojos parecen el mar en medio de una tormenta y su mirada es igual de imponente. —No, quieres decir que no quieres hacer esto. ¿De qué va esto en realidad?

Niego con la cabeza y una lágrima se desliza por mi mejilla.

—No estoy… no estoy hecha para esta vida.

No soy como ella…ellas. —Desvío la mirada hacia la derecha, donde se encuentra el objeto de mi inseguridad.

Está sentada en la isla limpiando sus armas y bebiendo café como si fuera una mañana normal, y está jodidamente espectacular.

¿Cómo puedo competir con eso?

Rush resopla. —Venga ya, Birdie. Si vas a intentar marcharte, al menos suéltame alguna mentira creíble. Tú no eres celosa. —Sus labios se curvan en una sonrisa cruel y se balancea sobre los talones.

Una chispa de ira me recorre la espalda. —No me conoces lo suficiente para hacer esa clase de suposición.

Enarca una ceja, y esa maldita sonrisa arrogante se extiende por su rostro. Podría haber sido modelo con esos pómulos. —¿Ah, no?

Me cruzo de brazos con fuerza sobre el pecho; la corriente del aire acondicionado me enfría la piel sobrecalentada, y aparto la vista de su mirada inquisitiva.

—Pues sí que lo soy. —Las palabras suenan bajas en el silencio de la noche—.

Estoy tan increíblemente celosa de ella que quiero arrancarle los putos ojos por el mero hecho de mirarte.

—Aprieto la mandíbula mientras lo miro por debajo de las pestañas.

El autodesprecio y la posesión luchan por el dominio dentro de mí. La vergüenza me humedece la nuca. Sé que es hipócrita: aquí estoy yo no con uno, sino con dos chicos… tres, si cuentas a Sully.

Y siempre cuento a Sully.

Y le estoy montando un pollo a Rush por tener a una amiga de la infancia de visita, aunque hayan estado pasando la mayor parte del tiempo juntos.

Su amiga de la infancia, que es la versión femenina de él: guapísima, letal, inteligente a más no poder.

Es como si el universo hubiera empaquetado todo lo que no soy y a lo que aspiro, y lo hubiera convertido en ella: Maeve King.

Uf, hasta su nombre es la hostia.

No hay nada de brutal en la discreta Alaina McElroy.

Hasta este verano, daba clases particulares a niños, trabajaba en una cafetería y cantaba en un karaoke glorificado los fines de semana por diversión.

Y desde que me mudé a Boston, no hago gran cosa más que estorbar.

Al menos, esa es la sensación que tengo.

Apuesto a que Maeve nunca se siente como si estorbara con su pelo precioso y su piel perfecta… Uf. Detengo ese tren de pensamiento.

Yo no soy esa persona.

No soy el tipo de chica que va a ser una arpía con otras por un tío… incluso si creo que podría estar enamorada de ese tío.

El hecho es que Maeve representa todo lo que no soy: es fuerte, astuta y maneja un arma como si lo hubiera hecho desde que nació. Como mis chicos.

Y sé que a ella no necesitarían rescatarla si alguien la secuestrara en la parte trasera de un bar. Quiero taparme la boca con la mano por siquiera pensar en semejantes ridiculeces.

Estoy agradecida, muy agradecida, de que vinieran a por mí.

Sonríe, y una risa queda se escapa de su boca. Sus ojos me miran con un brillo especial y tengo la funesta sospecha de que mis pensamientos se han estado reflejando en mi cara todo este tiempo. Realmente necesito trabajar en mi cara de póker.

Suspiro. —No soy ella. Ni ninguna de ellas. Yo… no sé si alguna vez lo seré, Rush.

—Sí. No lo eres.

Sus palabras escuecen, pero son la verdad. Él siempre me da la verdad. Wolf me envuelve sus palabras en bonitos lazos y Sully me ignorará sin más si no le apetece. Pero Rush siempre me lo dice directamente, sin importar el escozor.

Olas de decepción me recorren, hundiéndome. Asiento un par de veces. —Vale, bueno… me voy a… —Señalo por encima de mi hombro con el pulgar.

Lo miro y encuentro su mirada clavada en mí, inquebrantable. —¿Has terminado, pajarito? —Su tono es suave, pero sus palabras se sienten duras al caer entre nosotros sobre las baldosas de mármol.

Dejo caer los hombros ante el apodo.

—No la quiero a ella ni a nadie más. Te quiero a ti. —Se acerca a mí y estampa su boca contra la mía. Libra una guerra contra mí —por mí— y no ofrece clemencia.

Rush me agarra la pierna por debajo del muslo y la sube para que descanse contra su cintura, sin romper nunca nuestro beso. Gimo en su boca cuando se pega a mí, empujándome contra la pared.

Estamos en medio del pasillo y la idea de que alguien pase y nos vea me envía una punzada de excitación directa al clítoris.

El bulto de su polla presiona contra mi pierna, y gimo. Siento calor, como si no pudiera respirar. Pero haría falta un desastre natural para que separara mi boca de la de Rush. Enrosco los dedos en su nuca y arqueo la espalda, desesperada por algo de fricción.

—¿Qué necesitas, pajarito? —dice contra mis labios, sin apartarlos del todo.

—Más —le susurro en la boca. El placer recorre mi cuerpo desde las puntas de mi pelo hasta los dedos de los pies, y no quiero que esta sensación se detenga nunca.

Nuestras caderas se mueven a la vez, balanceándose y restregándose.

La tela de sus vaqueros golpea mi clítoris a través del trozo de encaje que nos separa, y no puedo reprimir un gemido.

Estoy persiguiendo la euforia y no me importa suplicar para alcanzarla ahora mismo. Por favor, Rush.

Sus dedos se flexionan en mi muslo mientras me aprieta más contra él.

Se ríe contra mi boca, una vibración que va más allá de mis labios, antes de deslizar su boca por mi cuello.

Chupa mi cuello con suavidad y es un disparo directo a mi coño.

Echo la cabeza hacia atrás y mantengo los ojos cerrados para poder concentrarme en cómo me está haciendo sentir.

—Quiero tus palabras.

Se me corta la respiración. —Tócame.

Me muerde el cuello antes de lamer la zona con la lengua, y me doy cuenta de mi error.

—Quiero que me comas el coño, Dec. —Siento viejos destellos de vergüenza empezar a desplegarse en mi vientre, pero enciendo una cerilla y les prendo fuego. No hay lugar para ellos aquí. Mi lujuria ha crecido hasta un tamaño incontrolable y solo hay una forma de domar a esa bestia.

—Ah, ahí está. Buena chica.

Su elogio me envía otra ola de placer y, como respuesta instintiva, enrosco los dedos, olvidando que todavía los tengo en su pelo. Gruñe antes de lanzarse hacia adelante.

—Haces que pierda el control, Birdie, y no sé si podré contenerme.

—Pues haz algo al respecto. —El desafío es claro.

Siento que se aparta de mi cuello, así que abro los ojos y lo miro.

Su mano deja mi pierna y sube hasta mi hombro.

Con un rápido movimiento de muñeca, me baja los tirantes de los hombros, relajando la tela que cubre mis tetas.

Mi pecho sube y baja mientras traza un dibujo sobre mi piel, y siento mis pezones endurecerse a través de la camiseta.

Rush se arrodilla. Sus ojos azul tormenta se oscurecen hasta el color del mar por la noche. Echa mi pierna sobre su hombro y encaja sus anchos hombros entre mis piernas. No puedo apartar los ojos de esa imagen.

Mi vestido se ha subido hasta mi cintura, así que Rush se encuentra cara a cara con mi coño cubierto de encaje. No me avergüenzo ni un poco de la mancha húmeda.

Desliza lentamente un dedo por el centro de mi sexo. —Negro. Interesante elección.

—Yo… eh… —Desliza su dedo bajo la tela de encaje y la sensación de su piel contra la mía en mi punto más sensible me provoca un escalofrío por todo el cuerpo. Cuando se detiene, continúo—: No las compré yo. —Las palabras me salen de golpe, desesperada por que continúe su exploración.

—¿Birdie?

No me había dado cuenta de que había cerrado los ojos hasta que me llamó por su apodo. Abro los ojos y me encuentro con su mirada, de una intensidad que nunca antes había visto.

—¿Mmm? —Eso fue lo más elocuente que pude decir en ese momento.

—Prepárate para cantar, nena —dice Rush con una sonrisa de Cheshire. Con eso como advertencia, se sumerge.

Y se da un puto festín.

Con los pulgares, me abre mientras hace girar su lengua alrededor de mi clítoris.

—Rush. —Su nombre suena como una súplica y una plegaria en mis labios—. Para de provocarme, por favor.

Hace algo con la lengua y los dedos que me hace jadear, y mis ojos se abren de par en par por el placer.

Una figura en el umbral de una puerta en el pasillo a nuestra izquierda llama mi atención. No tengo miedo ni estoy preocupada; Rush no dejaría que cualquiera me viera así. Así que tiene que ser uno de mis chicos.

Otro jadeo se me escapa cuando el hombre da un paso adelante, quedando solo parcialmente oculto en la sombra. Me quedo helada por un momento al ver el reconocible perfil de Sully.

Pero lo que me corta la respiración es el movimiento bajo su cinturón. Tiene los vaqueros desabrochados, la polla en la mano, y se la está meneando al mismo ritmo que Rush hunde sus dedos en mí.

No puedo verle bien los ojos, pero los siento sobre mí. Muevo la mirada entre su polla y su cara; estoy desesperada por verlo correrse, pero está demasiado en la sombra.

Como si me leyera la mente, da otro paso para salir de las sombras. Su rostro queda a la luz, y la expresión que tiene es suficiente para derretir mantequilla. Una gota de sudor me resbala por el cuello.

Deslizo la mano hasta el pelo de Rush y lo agarro con fuerza, justo como había fantaseado. El tirón de sus mechones lo pone en marcha y redobla sus esfuerzos. Siento la ola subir a mi alrededor, así que hago lo único que puedo hacer.

Miro directamente a los ojos de Sully y me preparo.

He puesto a este rey oscuro de rodillas. No, eso no es correcto: se arrodilló voluntariamente.

Este hombre que no se doblega ante nadie se ha puesto de rodillas por mí.

Y me ha dado estrellas.