Rush (La Hermandad 2) 14 Alaina
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14 Alaina

CATORCE

ALAINA

—Entra, pajarillo.

Su voz me sobresalta y doy un pequeño respingo, golpeándome el hombro con el marco de la puerta.

Empujo la puerta despacio y doy un paso al interior.

La cierro de un golpe con la cadera y me apoyo en ella mientras paso la mirada de su ancha espalda a todo lo demás que hay en la habitación.

Es más o menos del tamaño del cuarto donde me quedo yo, pero está equipada como una miniestación de mando.

—¿Necesitas algo? —me pregunta sin darse la vuelta, y un rubor de vergüenza me calienta las mejillas.

Maldita sea. Quizá esto ha sido una mala idea. Pero sé que no he alucinado cuando me ha ayudado —casi con ternura— en la ducha. Ha sido inesperado pero no inoportuno. Y yo... yo quiero ver qué hará después. ¿Volverá a besarme? ¿Me dirá que me vaya? ¿Se lo dirá a Wolf?

Mierda. Wolf.

La vergüenza me cubre como una manta al darme cuenta de que he dejado a mi novio acurrucado en mi cama para venir a hacer ¿qué? ¿Besar a Rush?

Me muerdo el labio mientras reflexiono sobre mis motivos. ¿De verdad venía aquí para liarme con Rush? ¿O solo quería verle, hablar con él?

No soy tan ingenua como para no darme cuenta de que, si se presenta la oportunidad, sin duda besaré a Rush, y más cosas.

Entonces se me ocurre una idea. Quizá sea la cosa más disparatada que se me hubiera podido ocurrir, pero después de mi estancia en la cabaña, creo que...

creo que podría estar lista para salirme de mis planes cuidadosamente trazados.

Y hacer algo atrevido.

Ser valiente.

Y salir con los dos.

No estoy segura de si debería sentirme tan emocionada ante la perspectiva de tenerlos a ambos. Son muchas suposiciones.

Saldrías con los tres si Sully te diera la más mínima señal, dice una voz monótona en mi mente. La voz me recuerda tanto a Maddie que duele. Sé que no ha pasado mucho tiempo, pero echo de menos a mis primas con locura. Me hago una nota mental para llamarlas a ella y a Mary en cuanto pueda.

—¿Pajarillo? —No hay impaciencia en su tono, solo curiosidad.

Me saca de mis reflexiones y me tomo un momento para mirar alrededor.

Cuatro monitores de ordenador ocupan la mayor parte del espacio en su gran escritorio blanco.

Lo único que hay aparte de eso es un teclado y tres teléfonos móviles.

Un sofá azul marino está apoyado contra una pared, con una manta de felpa de color crema echada sobre un brazo.

Es esa manta lo que me atrae, lo que me hace ablandarme aún más con Rush.

Hay dos televisores montados en la pared en la que estoy apoyada, con el zumbido de fondo de algún canal de noticias diciendo que hoy volveremos a alcanzar temperaturas récord. Con una claridad asombrosa, me doy cuenta de que no tengo noción del tiempo.

—¿Qué día es? —le pregunto, sabiendo que ahora mismo no seré capaz de encajar todas las piezas. No mientras se me permite contemplar a Rush sin límites. Como todavía está de espaldas, no tengo que apartar la mirada ni conformarme con verle solo de pasada.

Rush es el más misterioso de todos los chicos Fitzgerald. No estoy segura de si su misterio es intencionado o si es simplemente parte del lote que es Declan Fitzgerald. ¿Cuál será su segundo nombre? Probablemente algo regio como Edmund. Tiene ese aire: importancia, refinamiento y dinero de cuna.

Recorro con la mirada sus anchos hombros, los tatuajes que le suben por el cuello.

Me mueren las ganas de rozar esos tatuajes, de explorar todos sus tatuajes y ver hasta dónde bajan por su cuerpo.

Afloran vagos recuerdos de sus tatuajes bailando y guiñándome el ojo, y los ahuyento.

Esos sueños con alucinaciones son lo peor.

—Pajarillo —dice mientras teclea unas cuantas veces.

Rush gira en su silla con un movimiento fluido.

En un hombre menos impresionante quedaría ridículo, pero no creo que Rush haya resultado ridículo ni un solo día de su vida.

Unos ojos gris tormenta se encuentran con los míos y se me corta la respiración.

¿Cómo puede una sola mirada tener tanta fuerza?

Juro que esos ojos suyos atraviesan algo muy profundo dentro de mí, algo que nadie había traspasado antes.

Le estudio el rostro; ni siquiera estoy segura de qué busco exactamente, pero sé que lo necesito. Y lo necesito de él.

—Quería darte las gracias. —Hago una pausa y me lamo los labios—. Por lo de antes. En la ducha.

Mi corazón late con más fuerza ante su silencio, así que me despego de la puerta y doy un paso hacia él, aferrada a mi valentía con ambas manos.

Mis pies descalzos no hacen ruido sobre el suelo de madera, y juraría que él puede oír los latidos de mi corazón.

Me detengo justo delante de él, lo bastante cerca como para tocarle si extendiera la mano.

—Y por venir a buscarme. —Exhalo en cuanto las palabras salen de mis labios; la sensación de unión me envuelve los músculos y se entrelaza en mis venas.

Rush vino a por mí; todos vinieron a por mí. Esa idea da vueltas en mi cerebro hasta que mi corazón late con cada palabra.

—¿Por qué? —La palabra es una súplica arrancada de mi propio ser. ¿Por qué vinieron a por mí? ¿Qué tengo yo de especial? ¿Qué hizo que volviera semana tras semana para oírnos cantar?

Rush me escudriña el rostro un momento mientras se mantiene muy quieto en su silla—. Creo que ya sabes por qué.

Doy otro pequeño paso adelante hasta que mis piernas rozan las suyas. Él baja la mirada hacia donde se tocan nuestras piernas y observo fascinada cómo le recorre un estremecimiento. La forma en que me mira después solo puede describirse como hambre.

—Creo que necesito que me lo expliques, porque yo... —Niego con la cabeza, interrumpiéndome.

—¿Cómo te encuentras? —Sus palabras son graves y su brusco cambio de tema me confunde.

Me cuesta concentrarme en ellas mientras se inclina hacia delante, rodeando con las manos la parte posterior de mis pantorrillas y subiéndolas lentamente por mi pierna.

Sus dedos tatuados y callosos rozan mi piel, dejando un rastro de vello erizado.

Todavía llevo la ropa que me ha traído Rush después de ducharme: una camiseta y unos calzoncillos tipo bóxer. La camiseta es tan grande que el cuello casi se me cae por el hombro, y los bóxers tienen varias vueltas en la cinturilla.

Se me entrecorta la respiración cuando llega a la parte posterior de mi muslo y se detiene—.

Estoy bien. —Las palabras salen de mí atropelladamente cuando me aprieta con suavidad, y rectifico mi respuesta—.

Me duele el cuerpo y las costillas me dan pinchazos cada vez que giro o me muevo demasiado rápido.

—Buena chica —murmura.

Mis pezones se endurecen como respuesta y tengo medio segundo para preguntarme por qué he tenido esa reacción antes de que sus manos continúen su exploración. Doy otro sorbo a mi bebida antes de dejar el vaso en el borde de su escritorio.

Me lamo los labios y el corazón me late con fuerza—. ¿Qué, eh, qué estás haciendo?

—Creo que es bastante obvio lo que estoy haciendo —dice Rush mientras sus manos suben suavemente por la parte posterior de mis muslos hasta llegar a la curva de mi culo.

Su aliento me acaricia los muslos mientras se inclina unos centímetros más.

Resisto la tentación de pasarle los dedos por el pelo revuelto mientras otra imagen se superpone a la escena que tengo delante.

Se me corta la respiración mientras dejo que la fantasía se desarrolle en mi mente.

Los fuertes dedos de Rush enganchados en la cinturilla de mis pantalones prestados, bajándolos lentamente por mis piernas.

El contacto de su aliento contra mi muslo mientras desliza sus labios por mi piel hasta que no puedo soportar ni un segundo más de sus toques provocadores.

Me imagino introduciendo mis dedos entre sus mechones —son lo bastante largos como para saber que podría agarrarlos bien— y sujetándolo justo donde quiero durante el tiempo que quiera.

Rush acerca su rostro hacia mi coño y contengo el aliento involuntariamente, interrumpiendo mi fantasía. No puedo evitar el escalofrío que me recorre ni la forma en que se me acelera el corazón. Mentalmente le insto a que siga, a que deje de provocarme.

En un movimiento lento y tortuoso, desliza las palmas de las manos por mis caderas y sube por mis costillas, teniendo cuidado de no ejercer demasiada presión sobre ellas, y va subiendo el rostro por la parte delantera de mi cuerpo.

Puedo sentir su aliento a través del fino material que separa su boca de mi piel, y un deseo incontenible me invade.

—¿Por qué no le contaste a nadie nuestro beso, pajarillo? —susurra contra mi pezón derecho, poniéndolo casi dolorosamente erecto—. ¿Ni sobre todas aquellas noches de viernes?

Utilizo toda la contención que no sabía que tenía o que llegaría a necesitar y me quedo quieta ante él. Soy lo bastante lista para darme cuenta de que este enigmático rey oscuro que se inclina ante mí sigue teniendo el poder. Solo me está dejando creer que tengo algún tipo de control aquí.

—N-no lo sé. —Se me corta la respiración cuando me roza el pezón con los dientes.

Parece una advertencia. Cuando lo hace por segunda vez, me doy cuenta de que eso es exactamente lo que ha sido—.

No quería —digo apresuradamente—. M-me siento egoísta y...

n-no quiero elegir. —Las palabras salen de mi boca en un susurro y cierro los ojos mientras la vergüenza y la lujuria luchan entre sí.

Rush desliza sus labios hacia arriba hasta que aterrizan en la piel expuesta de mi hombro, con sus manos posándose suavemente sobre mis costillas—. No te pido que elijas, pajarillo.

Ladeo el cuello para darle más espacio para explorar—.

¿Pero qué hay de tus hermanos? Yo no... —Mis palabras se interrumpen con un gemido cuando Rush succiona ese punto donde mi cuello se une con mi hombro.

Siento como si fuera una descarga directa hacia mi coño, y mi clítoris late al ritmo de la boca de Rush.

Se separa lo justo para hablar contra mi piel—. ¿Qué pasa con ellos, nena?

Echo la cabeza hacia atrás y él reanuda su exploración de toda la piel expuesta alrededor de mi hombro y mi cuello. Soy vagamente consciente de que me está obligando a explicárselo todo.

Como Wolf.

—No quiero ser el sucio secretito de nadie, Rush —digo mientras le hundo los dedos en el pelo, deteniendo sus movimientos.

Levanta la cara hacia la mía y soy testigo de la sonrisa de suficiencia que se extiende por su rostro.

Es una clase de sonrisa sexy que promete malas intenciones y un placer infinito.

La lujuria impregna el aire y es suficiente para empañar toda la habitación.

La aspiro y atrapo sus promesas en mis pulmones.

—Oh, nena. Nunca te mantendría en secreto... pero te mantendré sucia. Mi pajarillo sucio. —Sus ojos se oscurecen hasta adquirir el color del mar antes de una tormenta, y me estremezco de anticipación—. Dime qué quieres.

Sus palabras son firmes y escucho la determinación de acero tras ellas.

Es un hombre acostumbrado a salirse con la suya, pero no me está presionando; me está cuidando.

No sé qué demonios me está pasando cuando me encuentro anhelando asentir con la cabeza, aceptar cualquier cosa que diga con tal de que mantenga sus labios sobre mi piel.

—Quiero tus palabras, nena.

Me lamo los labios y abro los ojos—. Te quiero a ti. A los tres. —Mi voz suena clara.

Las comisuras de su boca se curvan lentamente hasta que asoman sus hoyuelos—. No te preocupes por Wolf. Ni por Sully. Sabemos lo que hacemos.

—¿Pero qué hay de mí? ¿Y si no sé qué demonios estoy haciendo yo?

—¿Es esto lo que quieres? —Rush puntúa sus palabras con un movimiento de sus caderas.

Se me escapa un gemido cuando siento su polla dura justo donde más la necesito—. Sí —La palabra sale de mi boca en un siseo mientras todo en mi cuerpo se tensa.

—Buena chica —dice contra mis labios y ya no puedo contenerme más. Acorto la distancia entre nuestras bocas y estrello mis labios contra los suyos.