Rush (La Hermandad 2) 11 Alaina
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11 Alaina

ONCE

ALAINA

No me enfrento al espejo mientras me quito la ropa.

Recuerdo vagamente a Wolf ayudándome a salir de mi vestido de cumpleaños destrozado y a ponerme esta ropa: una camiseta azul brillante con el logo de un hotel que no reconozco y unas mallas grises demasiado grandes.

A pesar de la ropa limpia y nueva, siento cada centímetro de mi cuerpo sucio.

Contaminado. Y cuando desabrocho el sujetador, me doy cuenta de las manchas marrones oscuras en las copas.

No puedo detener el escalofrío que me recorre de pies a cabeza al darme cuenta de que la sangre ha estado tocándome todo este tiempo…

su sangre. Con un grito desesperado, me lo arranco de los brazos y lo lanzo al otro lado de la habitación.

El pecho me sube y baja mientras miro la prenda ofensiva.

Con manos temblorosas, bajo rápidamente mi ropa interior hecha trizas por las piernas y la pateo hacia el sujetador.

Imágenes de Sean mirándome con lascivia con la sangre resbalándole por un lado de la cara destellan ante mis ojos, y doy una bocanada de aire.

Corro a la ducha, sin preocuparme de cerrar la puerta, y me planto bajo el rociador.

El agua asalta mis sentidos, amortiguando los sonidos y cubriéndolo todo delante de mí con un velo acuoso.

Contengo la respiración y cierro los ojos mientras echo la cabeza hacia atrás para que el agua caiga directamente sobre mi cara, obligándome a olvidar.

Un sollozo asciende desde mis entrañas mientras las imágenes de mi tiempo en la cabaña se disparan una tras otra, demasiado rápidas como para revivirlas, pero lo bastante lentas como para que una sensación abrumadora de impotencia y desesperación pese sobre mí.

Cuando oigo el ruido que hizo el arma y veo los ojos de Sean mirarme con ánimo de venganza mientras su cuerpo pesado caía sobre el mío, ya no puedo contenerlo.

El sollozo estalla desde mi alma, y me lanzo hacia delante, resoplando bajo el chorro caliente. Me apoyo contra la pared de la ducha con una mano, jadeando en busca de aire y rezando por la salvación por lo que he hecho.

Y una vez empiezo, no puedo parar. Lloro por la chica que fui y por todo lo que he tenido que hacer para sobrevivir.

Me muevo hasta pegar la espalda a la pared y me deslizo hacia abajo hasta quedar sentada en el frío suelo de baldosas.

Recojo los pies y rodeo las rodillas con los brazos mientras miro fijamente la pared.

Tengo el alma hecha añicos, y no sé cómo contener la hemorragia.

RUSH

Oigo a Wolf moviéndose por la cocina, probablemente preparando algo para que Alaina coma. Aprovecho la oportunidad para coger la ropa que ha dejado para ella en el respaldo del sofá y la meto bajo el brazo mientras camino por el pasillo hacia los dormitorios.

Nunca he estado tan agradecido por mi propia paranoia como ahora. No sé adónde habríamos ido si no tuviéramos este lugar donde escondernos. La necesidad de resolver el acertijo y arreglar el problema me pica bajo la piel. Pero antes de poder sumergirme de nuevo, tengo que ver cómo está mi chica.

Al entrar en el dormitorio frente al de Alaina, dejo el montón de ropa de Wolf en el sillón y voy a mi cómoda. Todos dejamos aquí suficiente ropa y artículos básicos como para aguantar un mes.

Le cojo una de mis camisetas negras y un par de bóxeres negros. Sé que le quedarán grandes, pero no puedo negarme la oportunidad de verla con mi ropa. Alimenta algo primitivo en mi interior. Algo que nunca he tenido realmente que analizar.

No quiero crear tensiones con mi hermano—con ninguno de los dos—, pero no puedo negar la necesidad que me golpea de hacerla mía. De protegerla y proveer para ella.

Necesito ceñirme al puto plan. Hay una razón por la que no me he acercado a ella en todo el tiempo que la he visto dejarse el corazón en el escenario del O’Malley’s. Para que todo funcione, solo tengo que ceñirme al plan.

Inhalo hondo para centrarme. Me está costando pensar con claridad sabiendo que ella está sufriendo.

Con mi ropa en la mano, cruzo el pasillo hacia el dormitorio en el que ella se queda. La ducha sigue corriendo y la puerta está abierta, así que me cuelo dentro con la intención de dejar la ropa en el lavabo e irme.

Pero entonces oigo sus sollozos. Esos sollozos ahogados, entrecortados por hipidos, que desgarran hasta el mismo tejido de mi ser. Siento que late el hueco donde debería estar mi corazón, y me froto la zona sin pensar.

La mampara de la ducha está completamente abierta, así que avanzo hacia ella con cautela. —¿Alaina?

Su única respuesta es otro sollozo, más fuerte esta vez, y el punto de mi pecho late de nuevo, con más fuerza y dolor que antes.

—Soy yo, pajarito. Voy a entrar —le digo mientras llevo la mano a la nuca para agarrar la camiseta y quitármela por la cabeza—.

Ya he dejado mi equipo en el salón cuando hemos terminado la ruta.

Dudo un segundo antes de quitarme las botas, los calcetines y los vaqueros, dejándome puestos los bóxeres negros.

Entro en la ducha y cierro la puerta a mi espalda, atrapando el poco vapor que queda. El agua se ha enfriado, así que subo rápido la temperatura en el panel antes de ponerme en cuclillas delante de mi preciosa ave herida.

No, no está rota.

Nunca rota.

Solo doblada.

Al ponerle la mano en el brazo, levanta la cabeza. La mirada en sus ojos me deja clavado en el sitio.

—¿Dec? —Su voz se quiebra y sus ojos chispean. Asiento una vez, sin apartar los ojos de ella. Se incorpora bruscamente desde su posición postrada en el suelo y se lanza contra mí.

Tengo justo el tiempo suficiente para sacar las manos y atraparla antes de que ya esté en mis brazos.

El culo me golpea el suelo y el hombro da contra el banco a mi lado, pero cambiaría eso y más solo por volver a sentirla.

El agua le cae en la espalda, pero ella no titubea mientras me rodea el cuello con los brazos y pega la cara a mi cuello.

Sus piernas me quedan a ambos lados cuando se deja caer en mi regazo.

Mi polla se endurece con la atención en contra de mi voluntad, pero en cuanto su cuerpo tiembla en el mío, capta el mensaje de que ahora no es el momento. La acuno contra mí, hipnotizado por las pequeñas chispas que saltan allí donde nuestros cuerpos se tocan.

Libero un brazo, manteniendo el otro firmemente apretado alrededor de ella, y alargo la mano detrás de mí, donde sé que está el gel corporal de coco. Echo un poco en la esponja aún seca que reposa en el banco y empiezo a pasarla por su piel despacio.

Por un momento me planteo tirar la esponja para poder sentir su piel contra la mía. Me imagino que sería suave. Pero sé que no es eso lo que ella necesita. Ahora mismo necesita a alguien que la cuide, no que se la folle.

Poco a poco, noto cómo sus músculos se relajan cuanto más tiempo pasa en mi regazo. No tengo prisa, vuelvo a recargar el gel una vez más antes de sentir que los sucesos de la cabaña ya no la mancillan… al menos no físicamente.

Se estremecen sus facciones cuando paso la esponja por las costillas, y me hago una nota mental para vendarle esa zona después de la ducha.

Alaina retira la cabeza y afloja el abrazo que tiene en torno a mi cuello. Tiene la cara tan cerca que no acabo de distinguir bien su expresión, pero lo bastante lejos para que sus labios no rocen los míos cuando habla.

—Gracias, Dec —me susurra, rozando con un beso la comisura de mi boca—. Por esto. —Otro beso en la comisura contraria—. Y por venir a buscarme. —Un tercer beso en el centro de mi boca—. Y por estar aquí.

La dejo llevar la iniciativa, sin forzar en ningún momento para reclamarla como llevo casi un año deseando hacer.

Va depositando besos ligeros como plumas por mi cara, con las palmas apoyadas sobre la parte alta de mis hombros.

Me cuesta la vida no empujar hacia ella y darle lo que me está ofreciendo con tanta tímida inseguridad.

En vez de eso, aprieto la mano en su cadera y espero que entienda el mensaje silencioso que le estoy enviando.

Me pongo en pie con ella en brazos y salgo de la ducha. Agradezco que Wolf nos convenciera para reformar los baños de este sitio. Cogimos un lugar simplemente aceptable y lo convertimos en un auténtico refugio seguro en el que podríamos vivir cómodamente durante mucho tiempo.

Siento a Alaina en el mármol entre los dos lavabos y alargo la mano detrás de mí para coger la toalla del suelo.

Alguien debe de haberla tirado sin querer, pero es raro que yo no haya oído a nadie.

Claro que es totalmente posible que simplemente no lo oyera por culpa de la ducha.

Aunque normalmente mis sentidos captan este tipo de cosas.

Es una bendición y una maldición saber cuándo alguien va a ir a conocer a su creador. La mayoría de los días sigo sin tener claro cómo es que yo aún respiro, pero sí sé que estoy dispuesto—que ruego—soportar la maldición si eso significa que ella sigue a salvo.

Los pensamientos sobre lo que habría podido pasar si hubiéramos llegado tarde o si no hubiéramos podido encontrarla me persiguen, y tengo la sensación de que van a retorcer mis pesadillas hasta volverlas insoportables durante muchísimo tiempo, quizá para siempre.

Ella no protesta cuando le envuelvo el cuerpo con la toalla y cojo otra para el pelo.

Cierra los ojos cuando le estrujo el pelo con suavidad desde la toalla, tirando un poco de los mechones.

Sus pestañas son manchas oscuras contra su piel suave, un contraste con el morado del cardenal que rodea su ojo.

El miedo me aprieta el pecho. No es una emoción nueva para mí, pero es una que he sentido pocas veces. Y nunca así. Nunca había sentido este pánico asfixiante y este terror a perder el control como en el último día y medio.

—Estás goteando —dice ella, con los ojos cerrados.

—No te preocupes. Vamos a llevarte a la cama. Wolf te va a traer algo de comer primero, y luego podrás dormir.