Rush (La Hermandad 2) 9 Rush
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cUZ

NUEVE

RUSH

Horas después, llegamos a un complejo turístico.

Veo un parque acuático detrás del hotel, iluminado como si fuera de día, y observo a la multitud de gente que deambula por allí.

Debe de ser un parque de veinticuatro horas.

Sigo las instrucciones de Sully y aparco al otro lado del hotel —el punto más alejado del parque acuático—, y me detengo en una plaza justo delante de lo que creemos que es nuestra habitación.

En cada habitación hay una pequeña zona de balcón con una puerta corredera de cristal que da al aparcamiento, lo cual es perfecto. Cuantos menos ojos nos vigilen, mejor.

—Vaya sitio de reunión más lujoso. ¿Estamos seguros de esto? —La voz de Wolf es baja.

—Y concurrido.

—Era el único lugar mínimamente cercano a ochenta millas al oeste del refugio. ¿De verdad quieres que la examine un médico en una habitación de motel que sea una pesadilla de luces negras? —No paso por alto el deje de mordacidad en el tono de Sully.

Ninguno de los dos decimos nada.

—Muy bien, pues. Iré a por la llave. —Se baja del SUV y estira los brazos sobre la cabeza.

Me estiro hacia atrás para coger una sudadera negra con cremallera del asiento trasero y se la lanzo. —Toma.

Él asiente y se la pone, cubriendo eficazmente sus brazos totalmente tatuados.

Tengo la sensación de que destacaríamos entre esta multitud familiar, y la idea es pasar desapercibidos, no dar a todo el mundo cien rasgos reconocibles.

Si confiara en este médico, habría elegido otra ubicación y nos habría ahorrado esta mierda.

Miro por encima del hombro y veo que Alaina sigue profundamente dormida en el regazo de Wolf.

—¿Cómo está? —Le señalo con la cabeza.

Wolf no aparta la mirada de la chica que duerme en su regazo. Ha estado casi inconsciente las últimas horas, y se me contrae la garganta mientras la preocupación me recorre la espalda.

No me responde de inmediato. —No quiero que esto vuelva a tocarla nunca más. No así, hermano. Nunca así —murmura mientras le aparta un mechón de pelo de la frente—. Así que tenemos que votar.

Wolf me mira entonces, con la mirada llena de autodesprecio y algo más a lo que no estoy acostumbrado a ver en él: desesperación. Esa emoción silencia las palabras que intentan salir de mi boca.

Todo en mi interior se detiene mientras los pensamientos se arremolinan demasiado rápido para poder atraparlos.

—¿Estás sugiriendo que la entreguemos? —Hago una pausa mientras intento poner en palabras las emociones que luchan en mi interior.

He experimentado muchas «primeras veces» en mi vida, pero nunca han sido puras, no como lo es ella.

Miro por la ventana y niego con la cabeza—.

No puedo hacer eso, Con. No pienso hacerlo.

Él suelta un bufido, sin duda irritado por el uso de su apodo de la infancia. —Eres un gilipollas egoísta, Dec —escupe, pero no hay verdadera rabia en sus palabras.

Me encojo de hombros, un movimiento que contrasta con el latido acelerado de mi corazón, porque ya sé que soy un gilipollas egoísta. Nunca he fingido no serlo.

Pero esto es diferente. No es tanto que la esté eligiendo, sino más bien que no voy a dejarla ir. Y puede que sea lo más egoísta que haya hecho nunca. Pero, aun así, no puedo evitar querer quedármela.

Pero tengo un maldito plan, joder, y lo llevaré a cabo. Al final, será lo mejor para todos nosotros, ya lo verá.

Todos lo verán.

Nos quedamos callados un momento mientras esperamos a que Sully abra la puerta corredera de cristal de nuestra habitación; el suave sonido de la respiración profunda de Alaina es el único ruido en el coche.

—Creo que yo tampoco podría dejarla ir. —La voz de Wolf es baja, y sé que tiene más que ver con su lucha interna contra sus demonios que con miedo a despertarla—.

Y no creas que me he olvidado de tu pajarillo enjaulado en la ciudad.

No hay forma de que permita que trates a Pelirroja con esa falta de respeto.

Así que, si vas en serio con tu propuestita de antes —mueve una mano en el aire—, con todo esto, entonces tendremos una charla pronto.

La rabia me pica la piel ante la acidez de su voz. Le doy un poco de margen por su incapacidad para atar cabos; han sido un par de días largos. Desvío la mirada hacia un grupo de adolescentes que caminan por la acera con las toallas en la mano. —¿Y Sully?

—Por favor —bufa él—. No engaña a nadie, excepto quizás a sí mismo... y a Pelirroja.

Una media sonrisa asoma a la comisura de mi boca, pero antes de que pueda responder, el hombre en cuestión aparece en el umbral de la habitación frente a nosotros.

—Ahí está. Vamos, yo la llevaré —le digo a mi hermano mientras apago el coche.

—Vete a la mierda. Ya la llevo yo. Tú preocúpate de sacar el resto de nuestras cosas de aquí —dice Wolf mientras mantiene la puerta abierta con el pie y la toma en sus brazos.

Miro a mi alrededor y recojo el puñado de cosas que tenemos. Salgo del coche y dejo las llaves en la consola central. Un amigo de un amigo vendrá a cambiarnos el coche en cuanto le dé luz verde. Se llevará este y lo entregará en un desguace local, y en su lugar habrá otro SUV oscuro.

Entro por la puerta de nuestra habitación y la cierro tras de mí, echando la cutre cortina. Wolf ha tumbado a Alaina en una de las dos camas dobles, y un vistazo a la colcha hace que se me tuerza el gesto de asco.

—¿Estamos seguros de que esto es higiénico? Ya sabes que nunca lavan las colchas, y nuestra chica tiene quién sabe cuántas heridas abiertas. —Cruzo los brazos para evitar toquetear el estúpido trozo de tela.

Sully da dos pasos hacia ella antes de detenerse. Puede que estemos en guerra con un enemigo desconocido, pero él también está en guerra consigo mismo.

Wolf se encoge de hombros. —Por ahora, es lo mejor que tenemos. Sully, ¿cuándo viene el nuevo médico?

Sully consulta su teléfono antes de guardárselo de nuevo en el bolsillo. —Diez minutos.

Diecisiete minutos después, llaman a la puerta que da al pasillo del hotel.

Saco mi pistola de la funda del hombro, que no me he quitado en ningún momento, y me sitúo justo dentro del baño.

Está ubicado a la izquierda de la puerta y sumido en sombras, así que quienquiera que esté a la puerta no me verá.

Es el lugar perfecto —y el único— para tener ventaja.

Sully mira por la mirilla y Wolf se sitúa frente a nuestra chica, con la pistola colgando relajadamente de la mano.

Sully quita el seguro y abre la puerta, y un tipo con cara de comadreja entra en la habitación.

—Llegas tarde, doctor. —La voz de Sully es implacable.

Una gota de sudor le resbala por el lado de la cara y se pierde en el cuello de su camisa. —Sí, bueno, me pilló el tráfico —dice mientras se adentra en la habitación. Se detiene a mirar a Wolf antes de mirar más allá de él hacia Alaina—. ¿Qué le ha pasado?

Salgo de las sombras apuntándole con mi pistola. Camino hasta que el cañón de mi arma se presiona contra su espalda. —No veo que eso sea asunto suyo.

Él se queda inmóvil.

Ah, conque después de todo sí tiene instinto de conservación.

—Y no me gusta tener que esperar —le digo, hundiendo el arma lo justo contra su piel—. ¿Tiene alguna pregunta más?

—N-no. Me limitaré a tratar lo que pueda. Pero...

—¿Pero qué? —espeta Wolf.

—Bueno, es que no puedo saber si esta sangre es suya, y sin quitarle el vestido...

—Termina esa frase y será lo último que hagas en tu vida —le gruño al oído mientras quito el seguro.

El trago del doctor es audible. —Sí, sí, por supuesto. Me limitaré a buscar heridas abiertas.

Se pone a trabajar y Wolf se queda de pie sobre él, vigilando sus movimientos como un halcón. La tensión marca cada centímetro de su cuerpo, pero no está tan alterado como para cortarle la cabeza al médico antes de tiempo.

Retrocedo un poco y me pongo junto a Sully. —Tiene razón, de todas formas. Deberíamos haber traído ropa para ella.

—Sí. Ese vestido tiene mala pinta. He pasado por una tienda de regalos en el vestíbulo. Iré a ver qué puedo conseguir.

Levanto una ceja. —¿A medianoche? —Aparto la atención de Alaina el tiempo suficiente para ver a Sully encogerse de hombros.

—Me pondré... creativo si hace falta. Pero si su parque acuático sigue abierto, apuesto a que sus otros servicios también.

Asiento conforme. —Ten cuidado, hermano.

—Siempre —dice mientras sale por la puerta.

Vuelvo a centrarme en Alaina justo a tiempo para verla despertarse mientras el médico mete la mano en su maletín negro. Antes de que pueda siquiera gritar, Wolf ya le ha retorcido los brazos a la espalda.

—¡Solo iba a darle algo para el dolor! ¡Eso es todo, lo juro!

Camino hacia ellos y me detengo a su lado. Inclinando la cabeza, dejo que vea al monstruo que llevo dentro. La satisfacción me recorre cuando él se estremece.

—Para ser médico, es usted muy asustadizo. ¿Dónde dice que pasa consulta?

Wolf le da un tirón en los brazos y el doctor suelta un alarido. —En el centro médico St. Luke.

—Recuérdame que no vaya nunca allí —le digo a mi hermano, con una sonrisa burlona.

—¿Qué está pasando? —Alaina gime las palabras, captando nuestra atención—. ¿Wolf? ¿Rush?

Rodeo la cama hasta estar a su lado. Me inclino y le aparto un poco de pelo de la cara, recorriendo con la mirada su hermoso rostro. —Estamos aquí, nena. Te están examinando, ¿vale? —Mi voz es baja, destinada solo a sus oídos.

Ella me sostiene la mirada mientras asiente. —No os vais a ir, ¿verdad?

Oigo el deje de pánico en su voz y no puedo negarle este pequeño consuelo de mi reafirmación. No después de todo lo que ha pasado por nuestra culpa.

Niego con la cabeza lentamente. —No, no vamos a dejarte.

Ella exhala y veo cómo se le quita un peso de encima. Su mirada oscila entre mis ojos. —Me duele todo, Rush.

Le acaricio el pelo hacia atrás con la palma de la mano. —Lo sé, pajarillo, lo sé. Dime dónde, ¿vale? Y vamos a encargarnos de que estés bien.

Me yergo y retrocedo, pero antes de que pueda dar dos pasos, ella saca la mano y agarra la mía, entrelazando nuestros dedos.

Le asiento una vez antes de girarme para enfrentarme al médico, que sigue con los brazos inmovilizados a la espalda. No me sorprende encontrar a Wolf mirándome, pero me descoloca un poco su sonrisa de complicidad.

Estoy seguro de que el capullo engreído cree que solo porque he mostrado un poco de compasión y humanidad voy a ablandarme. Ni de coña. Cualquier pizca de ternura que pudiera haber tenido me fue extirpada a base de condicionamiento hace años.

Hasta ella.

Ella ha reavivado una parte de mí que creía haber perdido hace mucho tiempo. Por desgracia para ella, eso significa que ahora mismo tiene toda mi atención. Eso es mucho para cualquiera; la mayoría no puede soportarlo.

Tamborileo los dedos contra mi pierna mientras Alaina detalla cada lugar donde le duele, y mi presión arterial sube con cada corte, herida o quemadura que señala. Me muero por hacer algo, pero ella no suelta mi mano en ningún momento, así que me quedo donde estoy.

Finalmente, después de demasiado tiempo, el buen doctor se quita los guantes de goma azules y los mete en su maletín. Saca un bote de pastillas naranja y quita la tapa blanca.

—Tome. Tome esto para el dolor. Son un poco más fuertes que el ibuprofeno normal, pero solo debería necesitarlas unos días —dice, inclinando el frasco y volcando un puñado de pastillas en las manos de Wolf.

—¿Qué clase de receta cutre es esta? —grita Wolf, cerrando los dedos sobre las pastillas.

El doctor palidece y le tiembla la mano, haciendo que las pastillas tintineen contra el frasco. —C-como le dije, llegaba tarde. Esto es todo lo que traía conmigo.

—¿Qué es? — Wolf pronuncia cada palabra con claridad, con las aletas de la nariz vibrando.

—Solo hidrocodona con paracetamol.

—¿Por qué cojones no has dicho simplemente Vicodin? —Wolf aprieta los labios, con la mirada fija en el buen doctor.

El doctor tartamudea mientras Sully vuelve a entrar en la habitación con un fardo de ropa bajo el brazo. Deja la ropa y se coloca al lado del médico.

—Hora de irse, doc. —Sully le apoya una mano en el hombro y lo encamina hacia la puerta del pasillo.

—Ah, de acuerdo. ¿Qué hay de mi pago?

Sully suelta una risita. —Ya ha sido transferido a su cuenta, la cantidad original. Y si nos jode, no olvide que sabemos dónde vive, Samuel Barnes, del 876 de White Tail Court.

El doctor —Samuel— tropieza al oír su nombre de pila.

—Ah, ¿de verdad creía que no sabíamos quién era, doctor? Vamos, sé que nuestra reputación nos precede, así que debería haberlo sabido. —La crueldad destila de mis palabras, una promesa mortal en cada una de ellas.

Samuel apura el paso mientras prácticamente sale a rastras de la habitación.

Sully sale con él para asegurarse de que se marcha sin montar un número.

Wolf y yo ayudamos a Alaina a quitarse el vestido destrozado y a ponerse la camiseta con el logo del hotel y los leggings que Sully compró en la tienda de regalos.

Estar tanto tiempo aquí me pone nervioso. Me siento expuesto y fuera de control, y no me gusta ni un pelo.

—¿Rush?

El sonido de la voz somnolienta de Alaina me saca de mi espiral de paranoia.

Me giro para mirarla. No he podido hacer nada con su pelo, pero le he pasado una toallita por la cara.

He quitado la mayor parte de la sangre y las manchas de suciedad.

No quería apretar demasiado; estaba tan cubierta de sangre, arañazos y tierra que era difícil distinguir qué era de ella y qué era de él.

Me entran ganas de resucitarlo solo para poder llevarlo al sótano de la casa de carruajes y matarlo yo mismo. Aunque, a juzgar por cómo mi hermano no se ha alejado más de dos pasos de ella, tendría que pelearme con él por la oportunidad.

Pero, como ya he dicho, no me importa compartir.