Rush (La Hermandad 2) 1 Alaina
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Rush (La Hermandad 2)

Rush (La Hermandad 2)

Por Penelope Black

© inepub.com

1 Alaina

UNO

ALAINA

Me despierto de golpe, jadeando.

La consciencia no llega poco a poco. Es como un chasquido de dedos. Un minuto estoy en el pasillo trasero de O’Malley’s y, al siguiente, me despierto sobresaltada.

Tardo un momento en darme cuenta de que tengo calor, mucho calor.

Mi primer pensamiento es que el aire acondicionado se ha estropeado otra vez.

Miro a mi alrededor, esperando ver mi habitación de la residencia en Nueva York antes de recordar que me estaba quedando en Boston con la familia del nuevo prometido de mi madre.

Todo está un poco confuso, pero esos detalles pierden importancia cuando giro la cabeza y veo el interior de una furgoneta.

Me empiezan a hormiguear los dedos y se me queda la boca abierta por la impresión.

Con el movimiento, un ataque de tos repentino me sacude el cuerpo.

Me duele todo. Un dolor agudo me atraviesa la cabeza, concentrándose en el nacimiento del pelo y la sien.

—¿Qué ha pasado? —Sé que he pronunciado las palabras en voz alta, pero no puedo oírlas. Un escalofrío de pánico me recorre la columna y cierro los ojos con fuerza.

Huele a hoguera, solo que menos a malvaviscos tostados y más a productos químicos penetrantes.

Con una mano, me impulso desde el suelo para incorporarme y con la otra me toco la oreja. Siento algo húmedo en los dedos: sangre. Todo está amortiguado, como si estuviera bajo el agua, y el olor a humo es cada vez más fuerte.

Frunzo el ceño y se me pone la piel de gallina en los brazos. No entiendo qué está pasando, pero intento reprimir el pánico que me sube por la garganta.

¿Dónde está Wolf?

¿Y Rush?

¿O Sully?

Un movimiento me llama la atención y veo llamas de un color naranja brillante a través del parabrisas delantero. Me atrapan con su balanceo hipnótico y pierdo unos segundos preciosos en su trampa mortal.

Dios mío. Salen del capó de la furgoneta.

La urgencia me inunda las venas y la adrenalina se activa, obligándome a moverme.

Me incorporo a toda prisa para ponerme de pie y me golpeo la cabeza con el techo.

El impacto me hace retroceder un paso, tropiezo con algo y caigo con fuerza al suelo.

El coxis se lleva la peor parte del golpe y me escuecen los codos, pero eso es la menor de mis preocupaciones cuando veo con qué he tropezado.

O debería decir con quién.

Un tipo vestido todo de negro —incluyendo un pasamontañas negro subido parcialmente que deja ver una barba castaña— yace inmóvil a mi lado.

Antes de que tenga tiempo de hacer nada, un tipo de ojos rojos se me echa encima.

Viste de la misma forma que el hombre con el que acabo de tropezar y el miedo me atenaza el cuerpo.

No puedo oír lo que grita por encima del rugido que tengo en los oídos, pero mis instintos de lucha o huida se activan al recordarlo del pasillo trasero de O’Malley’s.

Cuando se agacha para tomarle el pulso al tipo que está a mi lado, aprovecho mi oportunidad. Me revuelvo, me pongo en pie y corro hacia la puerta trasera. Doy dos pasos antes de que alguien me plaque por detrás.

Mi barbilla golpea el suelo de la sucia furgoneta y la boca se me llena de sangre. Veo chiribitas y sacudo la cabeza para que el pitido se detenga.

Él me retuerce los brazos a la espalda y yo me agito y doy patadas a todo lo que alcanzan mis pies. El sudor me resbala por la cara a medida que el aire dentro de la furgoneta se vuelve abrasador. Siento que algo me rodea las muñecas y siento que me desprendo de mi propio cuerpo.

He quedado reducida a mi instinto más básico como ser humano, y sé que no voy a terminar mis días en esta Tierra atrapada en una furgoneta en llamas.

Tardo un momento en procesar el sonido, pero me oigo gritar. Es el ruido más fuerte que jamás ha salido de mi boca, pero no puedo parar.

Parar significa que me rindo.

Parar significa que me resigno a este destino.

Parar significa que nunca volveré a ver esos tres pares de ojos intensos, impresionantes y cautivadores.

Así que no paro. No puedo. No lo haré.

Grito y araño y doy patadas a cualquier cosa que toco.

Me vuelvo una puta fiera.

—¡Me cago en la puta! ¿Quieres pasarme la maldita jeringuilla de una vez? Si palmamos aquí dentro, no nos pagan —grita la persona que forcejea conmigo, pero no le dedico ni un segundo a sus palabras. Necesito cada segundo que pueda conseguir.

Oigo que alguien responde, pero apenas distingo las palabras por encima de mis gritos y el pitido persistente.

Por el rabillo del ojo, veo una jeringuilla y redoblo mis esfuerzos.

—Recuerda que tú te lo has buscado —me sisea a la cara, salpicándome la mejilla de saliva. Coge la jeringuilla de la mano extendida y la clava con fuerza en mi cuello antes de lanzarla a un lado.

Apenas pasan diez segundos antes de que mis músculos me traicionen y dejen de funcionar. Cinco segundos después, lucho por mantener los ojos abiertos mientras ese demonio de ojos rojos se me acerca a la cara.

—Ya está lista. Vámonos antes de que nos alcancen. Si nos pillan, estamos muertos, y no pienso morir porque Smitty no sepa conducir, joder.

Oigo el crujido y el gemido del metal al abrirse y siento cómo sacan mi cuerpo de la furgoneta. Lo último que veo es el cielo oscuro mientras alguien me lleva desde la furgoneta en llamas hacia un coche que espera.