25
El hombre de la capucha fuma apoyado en la pared. Parece que le está esperando. Siempre le está esperando. Roy saca el paquete de cigarrillos y enciende uno. Ha moderado su consumo de tabaco pero no lo ha dejado.
—Sabía que vendrías —dice tranquilamente—. Mira ahí, esa casa de enfrente.
—Llamarlo casa es muy optimista. No es más que un montón de ruinas.
—Ruinas calcinadas. Era mi casa.
Roy se queda tenso. Le tiembla todo el cuerpo y no de frío.
—¿Tú vivías ahí?
—Hace varias vidas.
—¿Qué ocurrió?
—Un incendio. Ese tipo de casas viejas hechas prácticamente de madera no son seguras. Demasiada pobreza y abandono al final estalla por cualquier cosa.
—¿Qué ocurrió de verdad?
— Demasiado dolor. Demasiado silencio. Abandono.
Miedo. Hasta que se hizo tan insoportable que me superó.
Imagina: dos niños sin apoyo afectivo excepto el que se daban el uno al otro.
Una madre cobarde y débil que no supo pensar en ellos.
Que no le importaba lo que les ocurría. Que no hizo nada para protegerlos.
¿Puedes imaginar lo que supone una situación así para dos niños?
—¿Por eso te marchaste?
—¿Tú te hubieras quedado?
—Supongo que no.
Fuman en silencio. Roy guarda la colilla y enciende otro cigarrillo.
—Ya sé quién eres. Andrew Harris. El gemelo de Roxana.
—Te ha costado darte cuenta. Pero aún no lo sabes todo.
De repente se aparta la capucha de la cara y mira directamente a Roy, que retrocede con un jadeo porque el grito se le atasca en la garganta. Un hombre idéntico a sí mismo le mira serenamente.
—Yo soy tu personalidad dormida. Antes de que olvidaras y comenzaras a llamarte Roy Fletcher.
Roy apenas puede respirar; pero esta vez no aparta el recuerdo. El hombre acuchillado. Fuego. Humo. La puerta. Su mano en el pomo. La voz.
—Corre.
Un niño intentando ser fuerte, arrastrando de la mano a su hermana.
Roy cierra los ojos. Y por primera vez no intenta cambiar el recuerdo. No intenta salvarla. Solo lo ve completo.
—No pudiste sacarla. Pero no pasa nada.
El dolor y la culpa enterrados en el fondo de su alma.
El olvido. Los años pasados con unos parientes de su madre.
El cambio de nombre para que nadie lo asociara con la tragedia.
El ejército. Los estudios. La Academia de policía.
Sus años como detective Roy Fletcher. Brenda.
El incendio que abrió el canal de la venganza.
Roxy muerta. Él creándola para lograr su perdón, un perdón que ya tenía.
Roy abre los ojos. No hay nadie más. Nunca lo hubo. Pero ahora… tampoco lo necesita. Camina hasta los restos de la casa, se arrodilla, escarba la tierra con las manos y entierra la bolsita con el labial y el espejo.
****
Roy camina por el cementerio hasta encontrar la tumba.
Veinte años de silencio van a terminar ese día.
La lápida está muy deteriorada, nadie la ha cuidado.
Nadie ha llevado flores. Se arrodilla y limpia como puede hasta leer el nombre.
Roxana Harris. Roxy. Muerta a los diez años en un incendio que él había provocado.
Andrew Harris. Intentando huir del infierno. Roxy resbaló, cayó y no pudo salvarla.
Deposita sobre la hierba el ramo de flores que le ha comprado: margaritas, sus preferidas.
—Descansa en paz, Roxy, mi hermana querida. Te querré siempre.
****
Roy está en la cocina bebiendo café, siempre el mismo. Pero hoy no lo bebe de pie. Se sienta. Mira por la ventana. Gente pasando. Nada especial. Y sin embargo… se queda un segundo más de lo habitual. Como si no tuviera prisa. Da un sorbo y hace un gesto de desagrado. Demasiado caliente.
—¿Te has quemado, inspector?
Brenda acaba de entrar. Le sonríe y le rodea el cuello con los brazos desde detrás antes de sentarse a su lado.
—No puedo acostumbrarme. Buenos días.
—Buenos días, Roy. Tengo un poco de prisa. Tomaré algo por el camino. ¿Tú no llegas tarde a la comisaría?
—Todavía son benévolos conmigo, pero no debo abusar. Yo también cogeré un café por el camino.
Brenda se va corriendo tras lanzarle un beso. Roy se lo toma con más calma.
En la comisaría hay el movimiento de costumbre. Teléfonos sonando. Gente entrando y saliendo.
Roy saluda con la cabeza a los agentes sentados en las mesas. Su nuevo compañero, Edwin Wood, aparece y le enseña unas fotos.
—¿Qué piensas? —le pregunta.
Antes hubiera respondido con rapidez y seguridad. Hoy se toma unos segundos.
—No lo sé aún —hace una pausa—. Pero esto no encaja.
Su compañero asiente.
—Lo seguiremos estudiando.
Gordon ya se ha jubilado. En el despacho hay una foto de los dos, sonrientes. Le echa de menos en el trabajo aunque le ve muy a menudo. Un par de veces al mes Brenda y él cenan en su casa.
La mañana transcurre sin tensión. A mediodía Roy come un sándwich y se bebe un café de la máquina. Saca el móvil y escribe un mensaje.
ROYF: Cariño, acuérdate del regalo
para Wilma. Esta noche estamos
invitados a su fiesta de cumpleaños .
brENDA_W: El regalo ya está comprado y
envuelto. Acuérdate tú de venir,
no te distraigas.
Aún no son las seis cuando Roy entra en su apartamento.
Suelta las llaves, cuelga la chaqueta. Antes hubiera revisado todo: puertas, luces, ventanas.
Hoy no. Solo escucha. Quiere darse una ducha y vestirse antes de que llegue Brenda.
Ve su cuaderno sobre la mesa. Lo coge y lo ojea.
Páginas llenas con su letra, toda suya. Escribe: hoy ha sido un día tranquilo.
Después de ducharse se vuelve a mirar en el espejo. Y esta vez no busca nada. Porque ya no hay nada que buscar. Solo queda él. Respira. No hay ruido dentro. Solo silencio. Pero no vacío. Paz. Roy apaga la luz. El espejo queda a oscuras.