Rookie’s Redemption (Iron Ridge Icehawks Series 5) 16. Capítulo dieciséis
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16. Capítulo dieciséis

Capítulo dieciséis

Mia

C uando me despierto, las pruebas de las aventuras de anoche están por todas partes.

Una botella de champán vacía yace, vencida, en la mesilla de noche, y el corcho no aparece por ninguna parte.

Los rabitos de las fresas manchados de chocolate ensucian la bandeja de plata como si fueran las víctimas de nuestra indulgencia, y el recuerdo de sus dedos presionando la dulce fruta contra mis labios me provoca un cosquilleo en el estómago.

Y luego están las inconfundibles manchas rojas que tiñen las sábanas, antes impolutas. Zumo rojo que muestra exactamente dónde me dio fresas mientras se cernía sobre mí con esa sonrisa devastadoramente perfecta.

El servicio de limpieza del hotel va a necesitar terapia después de ver esta habitación, pero el calor que se extiende por mi pecho me dice que ha merecido la pena cada céntimo del inevitable recargo.

Te quiero, Ryder.

Esas dos palabras que por fin se me escaparon anoche. Las había enterrado bajo la ira, el miedo y la autoprotección, fingiendo que no existían. Le he dicho esas palabras a Ryder mil veces en sueños, pero lo de anoche… fue real.

Resulta que siempre han vivido dentro de mí. Solo esperaban el momento en que fuera lo bastante valiente para liberarlas de nuevo.

Me muevo entre las sábanas, haciendo inventario de mi cuerpo. Tengo un dolor delicioso entre las piernas, una agradable molestia en músculos que había olvidado que tenía y mordiscos esparcidos por mi piel como el mapa del tesoro favorito de un pirata cachondo.

Siento los labios hinchados por las horas de besos, y mi pelo es un desastre que haría que un nido de pájaros pareciera ordenado.

Y, sin embargo… nunca me he sentido más perfecta en mi vida.

Con cuidado, recorro con un dedo la columna de Ryder, admirando los músculos bajo su piel. Su cuerpo es una verdadera obra de arte, testimonio de años de brutal entrenamiento de hockey.

Mis dedos exploran cada centímetro de piel desnuda, sintiendo la potencia en bruto que se enrosca en su atlética complexión. Esos hombros anchos que se estrechan hasta unas caderas menudas, creando una deliciosa V que hace que se me haga la boca agua.

Dios, está esculpido como un dios griego, todo fuerza musculosa y perfección masculina. Solo tocarlo me enciende la piel.

Con una sonrisa en la cara y un latido sordo entre las piernas, no puedo resistirme a deslizar la palma de la mano por la curva de su culo y sentir el músculo firme que hay allí. Gime en sueños mientras se acerca más a mí.

Es entonces cuando me doy cuenta de que la sábana forma una tienda campaña donde cae sobre sus caderas.

Vaya, hola, marinero. Buenos días a ti también.

A diferencia de la otra mañana, cuando hui de tal espectáculo, esta mañana deslizo la mano bajo la sábana y envuelvo su impresionante miembro con los dedos.

Está duro, caliente y grueso en mi palma, y la sensación hace que el calor se acumule entre mis muslos.

—Mmm —masculla, despertándose mientras lo acaricio—. El mejor despertador del mundo.

Río suavemente, continuando mi pausada exploración. —Veo que te has levantado antes que el resto de ti.

Ryder se da la vuelta y se tumba boca arriba, dándome mejor acceso mientras sus ojos se abren, todavía nublados por el sueño, pero oscureciéndose rápidamente por el deseo.

—Vaya, vaya. Mira quién no sale corriendo esta mañana.

—Estoy aprendiendo —digo, apretándole y disfrutando de cómo se le entrecorta la respiración—. Además, esto es técnicamente territorio neutral. Ni tu casa ni la mía.

—Bien pensado. —Su voz es áspera por el sueño y por algo más primario—. Aunque he de decir que verte salir disparada de la cama el otro día en busca del baño fue bastante entretenido.

Pongo los ojos en blanco, pero no detengo mis caricias rítmicas.

—En mi defensa, creo que fue una respuesta perfectamente razonable. Eres… —hago un gesto vago hacia su polla, que ahora está totalmente erecta y parece bastante intimidante con la luz de la mañana que entra en la suite—. Acojonante.

Suelta una carcajada y deja caer la cabeza sobre la almohada. —¿Así que tengo una polla que acojona? Esa es nueva.

—Ya sabes a qué me refiero. —Siento que se me encienden las mejillas—. Eres… considerable. De tamaño.

—Anoche no te quejaste —señala con una sonrisa de suficiencia—. Ni a las tres de la mañana. Ni cuando me despertaste a las cinco.

—Yo no te desperté a las cinco.

—Sí, lo hiciste. —Me alcanza y tira de mí para acercarme hasta que quedo medio tumbada sobre su pecho—. Estabas murmurando en sueños que me deseabas, y entonces tu mano me encontró y, bueno… una cosa llevó a la otra.

El vago recuerdo aflora… su boca en mi pecho, mis piernas rodeando su cintura, los dos medio dormidos, pero desesperados el uno por el otro.

—Ah. Cierto. —Me muerdo el labio—. Pensaba que había sido un sueño.

—En absoluto fue un sueño. —Me besa y me derrito contra él. Sus manos se deslizan por mi espalda para ahuecar mi culo, apretando y dándome una palmada posesiva en la nalga—. Cada segundo de anoche fue real, nena.

Estoy a punto de subirme encima de él cuando suena el teléfono, sobresaltándonos a los dos.

—Servicio de habitaciones —anuncia una voz alegre cuando Ryder responde—. Su desayuno llegará en aproximadamente diez minutos.

—¿El desayuno? —Enarco una ceja mientras cuelga—. ¿Cuándo hemos pedido el desayuno?

—Llamé mientras estabas en la ducha anoche. —Se apoya sobre los codos, con un aire demasiado complacido—. Supuse que necesitaríamos sustento después de, ya sabes, todo.

—Diez minutos, ¿eh? —Miro significativamente su erección, todavía prominente—. Eso es… problemático.

—Puedo ser rápido —sugiere, pero ya me estoy deslizando por su cuerpo, presionando besos en su pecho y estómago.

—«Rápido» no es lo que tenía en mente.

Me acomodo entre sus piernas, mi pelo cae como una cortina alrededor de mi cara mientras lo cojo de nuevo con la mano.

—Mia, no tienes que…

—Lo sé. Quiero hacerlo. —Le miro a través de mis pestañas, encantada de ver cómo se le dilatan las pupilas mientras me observa—. Considéralo… un alivio de presión. Para que puedas disfrutar de nuestro día de relajación.

Antes de que pueda responder, bajo la cabeza y me lo llevo a la boca, al principio solo la punta, saboreando en mi lengua su esencia dulce y salada. Sus manos se enredan inmediatamente en mi pelo, sujetándose como si necesitara un ancla.

—Joder —resopla, los músculos de sus muslos se tensan bajo mis palmas—. La mejor mañana de mi vida.

Me lo meto más adentro, rodeando con la lengua el sensible glande antes de deslizarla por el cuerpo. Es demasiado grande para tragármelo entero —lo intenté anoche y casi me ahogo—, pero uso mi mano para acariciar lo que no cabe, creando un ritmo que le hace gemir.

—Eso es —me anima, con la voz tensa—. Así, nena. Joder, qué perfecto.

Ahueco las mejillas, succionando con más fuerza mientras muevo la cabeza, y sus caderas se sacuden involuntariamente. El poder que siento en este momento es embriagador. Este hombre fuerte y guapo completamente a mi merced, deshaciéndose por mi culpa.

—Mia, estoy cerca —me advierte, tirando suavemente de mi pelo—. Sí, eso es.

Acelero el ritmo, usando la mano libre para ahuecarle los huevos y haciéndolos rodar suavemente entre mis dedos, como descubrí que le gustaba anoche.

Su reacción es inmediata e intensa.

Todo su cuerpo se pone rígido, una versión estrangulada de mi nombre sale de su garganta mientras late contra mi lengua. Me trago todo lo que me da, continuando con las caricias durante su orgasmo hasta que él jadea y tira de mí para besarme.

—Eres increíble —murmura contra mis labios, y se congela al oír unos golpes en la puerta—. Y ese es el desayuno.

Me apresuro a coger el albornoz de cortesía que cuelga en el armario mientras Ryder se pone los vaqueros, ambos riendo como adolescentes a los que casi pillan sus padres.

Cuando la puerta se cierra tras el empleado del servicio de habitaciones, contemplamos el festín que ha preparado en la mesa con vistas al pueblo.

Lo que tenemos ante nosotros no es otra cosa que pornografía de desayuno. Gruesas rebanadas de torrijas empapadas a la perfección y relucientes por los ríos de sirope de arce que se acumula deliciosamente en los bordes del plato.

Al lado hay una montaña de huevos revueltos que parecen nubes doradas, increíblemente esponjosos y espolvoreados con cebollino fresco.

El beicon está dispuesto en un tentador abanico, cada tira enroscada y con los bordes crujientes, con ese equilibrio perfecto entre lo correoso y lo crujiente que solo he probado en el Summit Café cuando Clara todavía estaba en Iron Ridge.

Me siento a la mesa y alargo la mano al instante hacia el arcoíris de bayas frescas y frutas tropicales en rodajas que decora las esquinas de nuestro festín.

Ryder aspira el rico e intoxicante aroma del café recién hecho que asciende de dos tazas de gran tamaño, el vapor se riza mientras toma el primer sorbo con un gemido.

Es el tipo de desayuno por el que los influencers de Instagram sacrificarían a su primogénito.

Y Ryder simplemente lo ha pedido todo mientras yo estaba en la ducha, anticipando perfectamente lo que mi cuerpo necesitaría después de una noche de ser completa y gloriosamente poseída.

¿Cómo he podido tener tanta suerte?

****

—No creo que pueda moverme —gimo tres horas después, boca abajo en una camilla acolchada mientras unas manos expertas deshacen los nudos de mis hombros.

El spa del complejo es el epítome del lujo. Es como si me hubiera muerto y hubiera ido al cielo de los spas. El sutil aroma a eucalipto y lavanda flota en el aire, envolviendo mis sentidos como el perfume más caro del mundo.

Una suave música instrumental suena de fondo, apenas audible por encima del suave murmullo de la fuente en la esquina de la zona más exclusiva del complejo.

—Ese es el objetivo de un masaje —murmura Ryder desde la camilla de al lado, su voz ahogada contra el reposacaras—. Relajación total y absoluta.