Rojo Manhattan 11 · Camila
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11 · Camila

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Camila

Llegamos al ático a las dos de la mañana con el cansancio raro que deja una noche de fingir. No es cansancio de cuerpo. Es de haber sido otra persona durante cuatro horas y tener que volver a meterse en la propia, que después de tanto rato fuera ya no te queda tan a medida.

Me quité los tacones en la entrada. Adrián se aflojó la corbata.

Ninguno de los dos dijo nada durante un rato, y fue el primer silencio cómodo que compartíamos.

Eso tendría que haberme puesto en guardia.

No lo hizo. Fue la primera señal de la noche de que algo se me estaba aflojando, como la corbata de él.

Llevábamos seis semanas de matrimonio falso y habíamos afinado la coreografía: quién entraba primero en una sala, quién se quedaba de espaldas a la pared, cómo se avisaba el uno al otro de un peligro con una mano en la cintura del otro que, de puertas afuera, parecía cariño.

Esa noche, en la gala de los Marchetti, habíamos funcionado como un solo organismo de dos cabezas.

Y al volver al ático, en vez del alivio de quitarme un disfraz, tenía la sensación rara de no querer del todo quitármelo.

Fui a la cocina y serví dos copas de un whisky que formaba parte del atrezo: caro, sin abrir, puro decorado. Le tendí una.

La miró como si le ofreciera una pistola.

—¿Esto es una tregua? —dijo.

—Es un whisky. No le busques tres pies.

—Es que ayer no me ofreciste ni un café.

—Ayer no habías esquivado una trampa de Lucca Marchetti sin pestañear. —Bebí—. Hoy te lo has ganado. Mañana volvemos a las normas.

—Las normas. —Levantó la copa a contraluz—. ¿Cuántas van ya? He perdido la cuenta.

—Las que hagan falta.

—El problema de las casas con demasiadas normas es que la gente se pasa el día pensando en saltárselas.

—Pues no pienses.

—Lo intento. Se me da fatal.

—Pues esfuérzate.

—Esa es la diferencia entre nosotros. Tú te esfuerzas; yo improviso. Por eso a ti te ascienden y a mí me matan.

—A los dos nos van a matar. No te creas especial.

Nos sentamos. Él en el sofá que era su cama; yo en el brazo del sillón, lo más lejos que la habitación permitía sin que pareciera que huía. El whisky bajaba bien. Fuera, la ciudad seguía encendida, indiferente, como si nadie en ella tuviera que matar a nadie por la mañana.

—¿Sabes qué es lo único que no he odiado de esta noche? —dijo Adrián, mirando su copa.

—Los canapés.

—La villa de Positano.

Levanté la vista.

—No existe ninguna villa de Positano —dije.

—Por eso. —Sonrió, pero no era su sonrisa de vender nada; era más pequeña, más usada—.

La levantamos en diez segundos, tú y yo, ladrillo a ladrillo, sin un solo ensayo, delante de un hombre que nos habría matado.

Y se sostuvo. —Giró la copa—. No me pasa a menudo, eso de no tener que explicarle nada a la persona que tengo al lado.

Casi nunca. Hoy no he tenido que explicarte nada. Ha estado bien.

Me acordé del momento. Lucca Marchetti, con esa cara suya de tiburón con modales, nos había preguntado dónde habíamos pasado la luna de miel, y cuando dije Positano me había soltado, sonriendo, que el mejor hotel del pueblo llevaba meses cerrado por obras.

Una trampa de manual. Y sin un solo ensayo, sin mirarnos, la habíamos esquivado a cuatro manos: la villa prestada de un amigo encima del pueblo, una fontanería de pesadilla, cinco días sin que funcionara la ducha, mi marido oliendo a mar toda la luna de miel porque no le quedó otra.

Lucca lo había archivado, vencido. Habíamos mentido a cuatro manos como si lleváramos años haciéndolo.

Y lo peor —lo que no pensaba decir en voz alta— era que había sido lo más divertido que me había pasado en meses.

—No te pongas tierno —dije—. Ha sido eficacia. Nada más.

—¿Eso es lo que ha sido?

—Eso es lo que ha sido.

—Vale. —No discutió. Bebió—. Eficacia. Llámalo como te deje dormir.

Y aquí está lo que no le dije, lo que me asustó más que cualquier trampa de Lucca: que era mentira.

No había sido solo eficacia. Yo llevaba toda la vida trabajando sola, justo para no depender de que otra mano hiciera lo correcto en el segundo correcto.

Y esa noche, por primera vez, una mano lo había hecho.

La suya. Y no me había costado nada dejarla.

—A mí también me ha gustado —dije.

Lo dije sin querer. Salió por la grieta antes de que yo supiera que tenía una.

Dos palabras de más. Una confesión de nada: no le conté mi vida, ni mi nombre, ni por qué duermo con un arma bajo la almohada. Solo que trabajar con él me había gustado. Eso fue todo.

Y fue demasiado.

Porque lo dije en voz alta, y lo dije en serio, y durante un segundo dejamos de ser dos espías obligados a compartir un piso y fuimos solo dos personas cansadas a las que se les daba bien lo mismo, sentadas a oscuras, sin mentirse.

Entonces me acordé.

Me acordé de Renata. Del té demasiado dulce. De "primero la lista, después el hombre". Me acordé de que aquella mano que esa noche me había cubierto era la mano de un hombre al que iba a cerrar en cuanto tuviéramos el Rojo. Limpio, como sé. Y vuelves a casa.

Volver a casa. Como si yo tuviera una. Renata lo decía siempre, "y vuelves a casa", y yo nunca le había preguntado a qué casa se refería, porque las dos sabíamos que no había ninguna, que "casa" era la palabra que usábamos para decir "el siguiente trabajo".

Esa noche, por primera vez, la frase me sonó a lo que de verdad era: a una correa.

El whisky se me agrió en la boca.

Me levanté. Recogí mi copa, aunque no la había terminado.

—Mañana volvemos a las normas —repetí. Y esta vez no era un dato. Era una cuerda a la que agarrarme.

—Ya lo has dicho antes —dijo Adrián.

—Lo digo otra vez. Por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

No le contesté. Porque la respuesta honesta —por si acaso se me olvida que tengo que matarte; por si acaso esto, lo que sea que ha sido esto, sigue creciendo— no se dice. Esa, sobre todo, no.

Me metí en el dormitorio y cerré la puerta. Apoyé la espalda en ella un momento, en la oscuridad, con la copa tibia en la mano y el muro a medio levantar.

Tardé más de lo que debería en terminar de levantarlo.

Y, aun cuando lo levanté, supe que ya tenía una grieta. Fina. De las que no se ven hasta que el agua empieza a entrar.