Ridge
VEINTIOCHO
Han pasado casi seis meses desde que asesinaron a mi padre. Todo el mundo acepta que fue un atraco al azar, pero noto que las autoridades no quieren dejarlo correr.
Le dije a Vin que cooperáramos y respondiéramos a las preguntas cuando las hicieran. Sé que no van a encontrar nada más, pero todos tenemos que cumplir con el trámite y dejar que lleguen a esa conclusión por sí mismos.
La sala de conferencias de Stone Intermodal ocupa la esquina del piso cuarenta y dos, con paredes de cristal del suelo al techo en dos lados y el río extendiéndose bajo nosotros en ambas direcciones. Las barcazas avanzan en lenta procesión, acero sobre agua, horarios apilados sobre horarios.
Desde aquí arriba, todo parece ordenado y predecible. Mantener esa ilusión forma parte del trabajo. Nuestros contratos son parte de lo que hace que estos puertos funcionen con puntualidad.
Vin está sentado a mi izquierda, sin chaqueta, con las mangas remangadas hasta los antebrazos. No ha dicho una palabra desde que nos sentamos. No necesita hacerlo. Su presencia refuerza lo que la junta y los clientes ya saben. Stone Intermodal no se fracturó cuando murió mi padre. Se adaptó.
Al otro lado de la mesa, dos agentes federales revisan un conjunto de manifiestos proyectados en la pantalla. La insignia de Aduanas y Protección Fronteriza destaca en la placa prendida a la chaqueta de uno de los hombres. DEA en la del otro.
No hay armas sobre la mesa, ni voces alzadas. Esto no es una redada. Es una autopsia.
—El contenedor entró bajo Gulf Meridian Imports —dice el agente de CBP, señalando la pantalla—. Estaba registrado en Estados Unidos con sede en Baton Rouge, según el importador oficial. Sobre el papel, es un envío rutinario de electrónica procedente de Shenzhen. Clasificación de bajo riesgo.
La mirada de Vin sigue en el río. La mía permanece fija en los rostros de los hombres frente a mí.
—Stone Intermodal iba a encargarse de la logística portuaria —continúa el agente—. Una vez que el contenedor pasara la aduana, se habría trasladado tierra adentro bajo sus contratos.
—Así es —digo.
Cuando conseguí la información de Wells y descubrí lo que había dentro del contenedor, ya estaba a días de la costa. Detenerlo en alta mar habría disparado alarmas que no podía controlar.
Los puertos son diferentes. Funcionan con papeleo, sincronización y paciencia. Eso sí puedo manejarlo.
—Explíquenos por qué Stone Intermodal marcó el contenedor —dice el agente de la DEA—. Ya había pasado la inspección inicial.
—Pasó en la documentación —digo—. No en el peso.
El agente de CBP levanta la vista de su tableta.
—Sea más concreto.
—El conocimiento de embarque indicaba componentes electrónicos —digo—. Piezas de servidor. Ensamblajes de circuitos. Esa categoría tiene un rango de peso muy definido por palé. Este contenedor llegó con varios miles de libras de más respecto al volumen declarado.
—¿Cuánto de más? —pregunta el agente.
—Lo suficiente para llamar la atención —respondo—. No tanto como para activar una detención automática por sí solo. Pero sí lo bastante como para que no cuadrara si la carga era lo que decía el papeleo.
El agente de CBP asiente ligeramente.
—La electrónica no gana peso.
—No —coincido—. Es predecible. Cuando un contenedor de electrónica pesa de más, suele significar una de dos cosas. O el envío se declaró mal, o lleva algo que no figura en el papeleo.
El agente de la DEA se recuesta ligeramente.
—¿Y eso justificó la escalada?
—Justificó una revisión más a fondo —digo—. Sobre todo teniendo en cuenta la rapidez con que pasó por los puertos de origen y transferencia. Una autorización de alta prioridad con carga de electrónica declarada que se mueve tan rápido es un patrón de ocultamiento conocido.
—Así que lo derivó a inspección secundaria —dice.
—Así es —respondo—. Lo marqué internamente y lo remití a Seguridad Nacional para una inspección física completa. A partir de ahí, estaba fuera de mis manos.
Lo cual es cierto. No lo intercepté. No lo toqué. No lo moví yo mismo. Me aseguré de que acabara en manos de personas que lo abrirían.
—Ustedes auditan cada envío —dice el agente de CBP.
—Monitoreamos los patrones de todo lo que entra y sale de este puerto —corrijo—. Así que supongo que podría llamarse auditoría. En ese sentido, sí, lo hacemos.
No añado nada más. No necesito hacerlo.
El agente de la DEA pasa a una nueva página en su carpeta.
—Hablemos de Gulf Meridian —dice.
Mi rostro es de piedra, sin darles ningún tipo de reacción. La mención de cualquier cosa relacionada con los Duvall todavía me tensa los hombros, pero no dejo que lo vean.
—¿Qué pasa con ellos?
—Son el importador oficial del contenedor —dice—.
Sabemos que no son un operador logístico importante, una empresa relativamente pequeña en comparación con otros importadores y exportadores con los que trabajan.
Tienen sede en Baton Rouge, según esto. Importan electrónica del sudeste asiático.
Nada que normalmente nos llamara la atención.
—Eso cuadra —digo—. Hemos hecho negocios puntuales con ellos a lo largo de los años, les hemos alquilado espacio de almacén y abierto canales para que reciban envíos más grandes a través de Nueva Orleans.
Pero no movían un volumen significativo con nosotros.
Diría que procesábamos unos pocos envíos por trimestre de forma regular.
—¿Quién lo dirige? —pregunta el agente.
Ya sé adónde va esto. Y ellos ya saben la respuesta. Me están poniendo a prueba.
—Alton Duvall —digo—. Un negocio familiar, que yo sepa.
El agente de la CBP levanta la vista.
—¿Alguna vez trató con él directamente?
Pienso en el almacén, en lo que vi allí, en el hombre con la marca de nacimiento que salía por la puerta lateral.
Pienso en lo que hizo Vin para encargarse de él.
—No —digo—. No personalmente.
El agente de la DEA me observa el rostro.
—Que usted sepa, ¿fue este su primer intento de mover narcóticos por el puerto?
Mantengo un tono neutro y profesional.
—No puedo asegurarlo. Lo que sí puedo decir es que los envíos anteriores pasaron los controles de peso y registro. Si esto hubiera estado ocurriendo con regularidad, habría saltado antes.
—¿Y si lo hubiera sabido? —pregunta.
—No habría llegado tan lejos —digo—. Nuestros protocolos de cumplimiento lo habrían detectado mucho antes de que llegara al puerto.
La sala queda en silencio un momento.
—Duvall y su hijo desaparecieron —dice el agente de la DEA—. Unas dos semanas antes de que abordáramos el contenedor.
Asiento despacio.
—Eso es lo que suele pasar cuando la gente se da cuenta de que está a punto de perder el control de la situación. Si tuviera que adivinar, estaban sobreendeudados con un proveedor de más arriba en la cadena. Cuando esa carga no llegó, probablemente estaban en un mundo de mierda.
—¿Cree que huyeron?
—Creo que hombres así no se quedan a ver cómo se pone la cosa —digo—. Y si no huyeron, es que se cruzaron con alguien que no tolera errores.
El agente me estudia.
—En cualquier caso, ¿me está diciendo que no ha vuelto a hacer negocios con Gulf Meridian desde entonces?
—Lo que digo es que ya no están en posición de hacer negocios con nadie —respondo—. Los puertos no olvidan.
Estoy aparcado frente al Indigo Blue con el motor al ralentí, las ventanillas apenas abiertas, lo justo para que entre el aire del río. El club tiene el mismo aspecto de siempre. Cristal oscuro, puerta cerrada, gente con pinta artística entrando y saliendo.
Aquí fue donde todo empezó a torcerse. Me digo que solo estoy de paso, que me he equivocado de camino, que nada de esto es deliberado. Pero no me lo creo. Sé perfectamente por qué estoy aquí.
De alguna manera extraña, esto me une a ella.
Observo la puerta igual que aquella noche.
Un golpe seco en la ventanilla del copiloto me pega un susto de muerte.
El cuerpo se me bloquea por instinto, el pulso desbocado. Me giro tan rápido que noto un tirón en el hombro. Bajo la mano por instinto, listo para sacar el arma, hasta que veo quién está ahí.
Delphine tiene la mano derecha en la cadera, una ceja enarcada, la palma izquierda aún apoyada en el cristal.
—Joder —murmuro, y me contengo. Aparto la mano. Bajo la ventanilla hasta la mitad—. ¿Quieres que te disparen?
Se inclina hacia mí, imperturbable.
—¿Siempre saltas así o soy especial?
—¿Qué haces aquí? —pregunto.
Ladea la cabeza, la mirada hacia el club y luego de nuevo hacia mí.
—Voy a quedar con unos amigos. La pregunta es: ¿qué haces tú aquí?
—Solo estoy de paso.
Lo deja estar un momento y luego resopla.
—Estás aparcado, Ridge. Venga ya. ¿En serio?
No respondo.
Me mira un segundo más y luego señala la manija de la puerta.
—¿Puedo entrar un momento? Quiero hablar contigo de algo.
—No.
No se mueve ni discute, pero veo que no piensa irse. Joder. Alargo la mano hacia el panel de la puerta y el clic-clic responde por mí.
Abre la puerta como si siempre hubiera sabido que iba a ceder y se desliza en el asiento. Trae consigo un tenue olor a perfume y aire nocturno. Cierra la puerta y se gira hacia mí, sube una pierna y se la lleva al regazo.
Esta chica tiene agallas.
—No deberías quedarte aquí sentado así —dice—. La gente se fija.
—Me da igual lo que note la gente.
—Lo sé —responde—. Ese es precisamente el problema.
El silencio se alarga. No es incómodo, pero se nota.
—Sabes que sé que fuiste tú quien organizó lo de la «beca», ¿verdad? No nací ayer —dice.
Mantengo la vista en el parabrisas.
—No sé de qué me hablas.
Sonríe levemente, sin pizca de gracia.
—No tienes que negarlo. No estoy aquí para delatarte. De hecho, quiero darte la enhorabuena.
—Ya te he dicho que no sé de qué me hablas.
—Ella no la solicitó —dice Delphine con calma—. Hizo preguntas hace meses, y ya está. Luego, de la nada, la llamaron con una beca completa, alojamiento incluido, sin condiciones. Ah, y casualmente coincide con vuestra ruptura.
Aprieto el volante con fuerza y no digo nada. Quiero que diga lo que haya venido a decir y se baje de mi coche.