Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 47
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Capítulo 47

Willa

M e esperaban en bóxers cuando salí del baño con el albornoz puesto.

Como si la noche no pudiera ir a mejor.

Porque si había un regalo mejor que una cena con vino servida por tres hombres divinos, era que esos tres hombres divinos te dieran un masaje en ropa interior.

Me quité el albornoz y sentí una oleada de satisfacción cuando sus miradas devoraron mi cuerpo desnudo. Como la mayoría de las chicas, tenía mis inseguridades. Siempre había pensado que mis tetas eran demasiado pequeñas para el tamaño de mi culo, y mis muslos demasiado carnosos.

Pero los Kings me hacían sentir hermosa y perfecta. Nunca habían mostrado otra cosa que absoluto deleite ante cada aspecto de mi cuerpo, y en los últimos meses eso había conseguido revertir algunas de mis antiguas inseguridades.

En parte era porque ya no me importaba si mi cuerpo le gustaba a alguien más: solo me importaban los tres hombres de esta suite.

Pero también había empezado a verme a través de sus ojos. No como alguien asustada y débil, con una cara del montón y un cuerpo mediocre, sino como alguien fuerte y poderosa, la chica más hermosa del mundo para los únicos tres hombres que importaban.

Estaba casi segura de que verían el pequeño tatuaje sobre mi pecho izquierdo, pero habían apagado las luces y la habitación quedaba bañada por el resplandor de las velas que parpadeaban en cada superficie. Me subí a la cama y seguí las órdenes de Neo: tumbarme boca abajo.

Me acomodé en el colchón con un suspiro y sentí el goteo de aceite tibio en mi espalda, y luego el glorioso deslizar de las manos de Rock sobre mis hombros.

No sabía qué estaban haciendo Oscar y Neo, y no me importaba. Estaba lista para entregarme a sus atenciones mientras el aroma de pétalos de rosa triturados ascendía desde debajo de mi cuerpo desnudo.

Las manos de Rock recorrieron mi columna con un movimiento fluido, presionando y frotando en todos los puntos exactos. Con los pulgares trazó círculos en mis caderas y luego deslizó las manos de vuelta por toda mi espalda.

La presión era gloriosa y volví a gemir cuando llegó a mi cuello.

Estaba perdida en las sensaciones: la habitación en penumbra, la música que sonaba suave desde el salón, la respiración pausada de Rock que se mezclaba con la mía.

Recogió el pelo que me había caído sobre el cuello, lo retorció para apartarlo y dejó de moverse.

—¿Qué es esto? —preguntó mientras me acariciaba la nuca con los dedos.

Regalo de San Valentín número uno: encontrado.

—Es mi regalo de San Valentín para Oscar —dije.

—Drago —dijo Rock—, ven a ver esto.

Mantuve los ojos cerrados, de pronto tímida.

Por los tatuajes, no porque estuviera completamente desnuda y despatarrada en la cama delante de los Kings.

Sentí la caricia de otro dedo, esta vez el de Oscar.

—¿Te... te has tatuado una cámara por mí? —preguntó.

Abrí los ojos y vi su rostro cerca del mío, con sorpresa y algo más que no supe identificar en la mirada.

—Era lo único que podía permitirme y que fuera lo bastante significativo para... —aún no le había dicho a Neo que lo amaba y no quería que resultara incómodo diciéndoselo a Oscar delante de él— lo que siento por ti.

Me giré un poco para mirar a Rock, que seguía a horcajadas sobre mis caderas en ropa interior.

—También hay uno para ti —busqué a Neo en la habitación y lo encontré apoyado contra la pared, con sus ojos magnéticos clavados en mi rostro—. Y para ti.

Empecé a darme la vuelta y Rock se incorporó sobre las rodillas para dejarme espacio.

Ahora estaba tumbada boca arriba, con la polla erecta de Rock marcándose en los bóxers, tentadoramente cerca de mi coño desnudo.

Le tendí la muñeca para mostrarle el tatuaje del gorro de chef. —Este es para ti.

Me cogió la muñeca y miró el pequeño símbolo, luego presionó los labios contra él. —No puedo creer que te hayas tatuado por nosotros.

—Quería que estuvierais conmigo siempre —dije, con un nudo en la garganta. Decirlo implicaba que no siempre estarían conmigo, al menos físicamente.

No me gustaba pensar en eso.

Busqué la mirada de Neo al otro lado de la habitación y le tendí la mano.

Vaciló, luego se apartó de la pared y cruzó la habitación para cogerme la mano.

Le puse la palma sobre el tatuaje encima de mi teta. —Este es para ti.

No pensaba decirles por qué había elegido esas ubicaciones. Yo lo sabía, y esperaba que pudieran adivinarlo.

Levantó la palma y se inclinó para mirar los guantes de boxeo tatuados sobre mi corazón.

—Sé que no es un regalo caro —dije—. Pero sale de mí, de mi corazón. Yo... espero que esté bien y que os gusten.

Neo lo contempló durante un largo rato. —¿Te has tatuado algo por mí en tu piel?

Toqué el tatuaje del ángel en su pecho, recorriendo su rostro —mi rostro— y deteniéndome en el colgante de unicornio.

Su mirada seguía fija en la mía cuando Oscar se acomodó en el otro lado de la cama.

Se inclinó para besarme, un beso largo y lento, y el deseo cobró vida en el centro de mi cuerpo. Su lengua exploró mi boca mientras Rock seguía a horcajadas sobre mis caderas y la mano de Neo cubría el tatuaje sobre mi corazón.

Moví las caderas instintivamente mientras toda la sangre se me agolpaba en el coño.

—Joder —dijo Rock—. Será mejor que te des la vuelta boca abajo o vamos a tener que saltarnos la parte del masaje de tu regalo.

Me aparté de la boca de Oscar. —No me quejaría.

—Si lo que dices es que quieres saltar directamente a la parte donde te follan, encantado de complacerte —dijo Neo, con la voz cargada de una promesa oscura.

—A la mierda —le dijo Rock—. Si yo puedo aguantar el empalmado dentro de los calzoncillos, tú también. Vamos a darle a Willa un puto masaje aunque tengas que cascártela en el puto rincón como el bicho raro que eres.

Me reí. —Es vuestro espectáculo.

Oscar me sonrió desde arriba, recorriéndome con la mirada el cuerpo desnudo. —Y vaya espectáculo.

—Joder, sí —dijo Rock—. Ahora da la vuelta ese culo. La noche acaba de empezar.