Rey de la gula (Pecados 6)
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1. Sigo intentándolo
SIGO INTENTÁNDOLO
Joey
—Joey, hijo, estás muy callado.
—Todo va genial, Tony.
—¿Seguro? Estás pálido como un fantasma y casi no has abierto la boca en toda la semana.
—Estoy bien.
—¿Tú y Aoife no habréis…? —Dejó que sus palabras se fueran apagando, pero no despegó los ojos de mí, a la espera de una explicación.
—Nos va genial, Tony. —Le ofrecí la mentira que quería oír antes de volver a centrarme en la llave de carraca que tenía en la mano—. Todo va genial.
—Gracias a Dios. —El alivio se reflejaba en su mirada—. Entonces ¿no sabrás por casualidad qué bicho le ha picado? Anda por casa con cara de pocos amigos.
—Ni idea.
«Vaya trola».
—¿En serio? —Confuso, se rascó el mentón—. Normalmente eres el primero en saber cuándo hay drama.
—Creo que se peleó con Casey durante las vacaciones de Navidad.
—¿Ah, sí?
No sabría explicar por qué las palabras «Hemos roto» se negaron a salir de mi boca. Ni, lo que es peor, por qué mentí y le eché la culpa a su mejor amiga. Pero así fue.
—Sí. —Asentí con la cabeza, siguiendo con la mentira—. Algo de eso he oído.
—Joooder, pues la pelea debe de haber sido tremenda —afirmó mirándome desde el otro lado del coche en el que trabajábamos—. Lleva días histérica. Casi todas las noches se queda dormida llorando.
«Mierda».
—¿De verdad?
Su padre dijo que sí con la cabeza.
El corazón se me cayó a los pies.
—Madre mía.
—Deberías hablar con ella —añadió centrándose de nuevo en la tarea que tenía entre manos—. A ti te escucha. Intenta que arregle las cosas con Casey antes de que me inunde la casa de lágrimas.
—Sí, yo…, eh…, la llamaré después del trabajo —logré balbucear, a pesar de lo difícil que me resultaba respirar, cuánto más hablar.
Porque era culpa mía.
Yo era el culpable de las lágrimas de Molloy.
Todo ese puto lío se debía a que era incapaz de reprimir los impulsos de mi ADN de mierda.
Con el corazón tan oprimido que pensé que me iba a explotar, dejé la llave de carraca en el suelo y me dirigí hacia la puerta de atrás.
—Vuelvo en cinco minutos.
—¡Guarda esos putos cigarrillos hasta el próximo Año Nuevo! —gritó tras de mí, por suerte en un tono bastante jovial.
En cualquier caso, los dos sabíamos que no iba a dejar de fumar.
Ya había renunciado a demasiadas cosas.
Escabulléndome hacia la parte de atrás, me pasé el cigarrillo que llevaba en la oreja a los labios y saqué un mechero del bolsillo del mono. Lo encendí, le di una profunda calada y me dejé caer contra la pared, sintiendo cómo me atravesaban un millón de emociones diferentes.
Mientras exhalaba una nube de humo, en mi interior libraba una batalla para no tirar la toalla y hacer justo lo que sabía que haría. Al final, apenas tardé unos minutos en coger el teléfono, el mismo que le había arrancado de entre los dedos a mi hermano por la mañana.
Lancé un suspiro de frustración y desbloqueé la pantalla. Rechacé otra llamada de Shane, busqué el nombre «Molloy» en mis contactos y le di a llamar.
Lo cogió al cuarto tono, pero no me saludó. No la culpo. No merecía que me saludara. En todo caso, merecía que me colgara.
—Soy yo —dije en voz baja dándole otra calada al cigarro—. ¿Puedes hablar?
El bullicio que oía de fondo me dio a entender que estaba en el trabajo. Cuando el ruido se atenuó al otro lado de la línea, supe que se había ido a algún lugar más tranquilo.
—Vale —contestó por fin a través del aparato—. Te escucho.
—¿Estás trabajando?
—No —soltó en un tono cargado de venenoso sarcasmo—. He salido por la ciudad con mi nuevo novio.
Encajando su mala leche sin decir ni pío, le di otra calada al cigarro antes de preguntarle:
—¿Y cómo te trata?
—Mucho mejor que el último gilipollas del que cometí el error de enamorarme —fue su respuesta de listilla—. ¿Qué quieres, Joe?
—Yo solo… —Moví la cabeza hacia los lados y lancé un agónico suspiro antes de decirle—: Quería saber cómo estabas.
—¿Por qué?
—Ya sabes por qué, Molloy. —Encogiéndome de hombros con impotencia, me concentré en una mancha de suciedad que había en el suelo—. No le he dado a un interruptor y he apagado mis sentimientos…
—No vayas por ahí —dijo con voz ahogada—. Aún me quedan por delante tres horas de trabajo.
Reprimí un gruñido de dolor y cambié de tema.
—Tony me ha dicho que has estado llorando.
—¿Y?
—¿Cómo que «y»? —Volví a mover la cabeza hacia los lados—. Pues que me parte el puto corazón oír eso. No quiero que llores, Molloy.
—Bueno, por desgracia es lo que suele hacer una chica cuando su novio la deja.
—Para ya. —Me estremecí; no podía soportar ni sus palabras ni el dolor que transmitía su voz—. Yo no te he dejado.
—Cortaste conmigo, Joey —repuso con tono áspero—. Puedes adornarlo tanto como quieras, pero al final eso fue exactamente lo que hiciste.
—Te sigo queriendo.
La oí inhalar con brusquedad, pero no dijo nada hasta pasados unos instantes.
—No hagas eso.
—Joder, te quiero, Aoife Molloy —repetí mirando fijamente una mancha de aceite que había en la pared de atrás del taller—. Siempre te querré.
—Pues retira lo que dijiste.
—No puedo. —Negué con la cabeza; parecía que el corazón se me iba a partir en dos—. No te hago ningún bien.
Lo único que deseaba era ir corriendo hasta el Dinniman y envolverla entre mis brazos, pero no podía permitirme cometer otro error con ella. Bastante la había machacado ya.
—¿Estás limpio?
Cerré los ojos y asentí ligeramente con la cabeza.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—No he tocado nada desde aquella noche.
—¿Porque estás pasando página?
—Porque me avergüenzo de mí mismo —admití sin rodeos—. Por las cosas a las que te expuse. Por cómo te traté.
Se hizo un largo silencio, durante el que juro que oía mis propios latidos retumbándome en los oídos, y luego ella habló de nuevo.
—Así que dos semanas sin meterte nada, ¿eh?
Volví a asentir.
—Sí.
—Vale, dame cinco minutos —la oí decir—.
Voy a hacer la pausa para el cigarro… Sí, Julie, ya sé que no fumo, pero yo a ti te cubro como mínimo siete veces al día cuando haces la tuya, así que me voy a tomar un descanso.
—La línea quedó amortiguada unos segundos hasta que ella volvió—.
Vale, aquí estoy. Es que Julie se está comportando como una zorra egoísta.
—¿De bronca con los compañeros de trabajo, Molloy?
—No más de lo habitual. —Tenía un tono cortante que no trataba de ocultar—. ¿Y Shane Holland? ¿Cuántas semanas llevas limpio de él?
—Las mismas.
—¿Cómo puedo saber que dices la verdad?
—No lo sé. —Exhalé un intenso suspiro—. Lo único que tengo es mi palabra.
—Quiero creerte, Joe —susurró al otro lado del teléfono—. Desesperadamente.
«Pero no puedes».
—Lo entiendo —respondí aclarándome con fuerza la garganta—. Ambos sabemos que no he sido el tipo de tío en quien se puede confiar.
—No me has llamado. —En su voz resonaba un tono acusador—. Ni una sola vez.
—No he podido. —Con una mueca que reflejaba dolor físico, me obligué a decirle mi verdad—. He recuperado el teléfono esta mañana.
—¿Quién lo tenía?
—Tadhg.
Hizo una pausa.
—¿Por qué tenía Tadhg tu teléfono?
—Porque necesitaba no tenerlo yo.
—¿Por qué?
Hice una mueca.
—Ya sabes por qué.
—Joe. —Respiró con agitación al otro lado del teléfono, y no me hacía falta estar allí para saber que un temblor le atravesaba el cuerpo. Lo sabía porque también atravesaba el mío—. ¿De verdad estás limpio?
—Sí, Molloy. —«Por ti»—. De verdad que sí.
—Entonces ¿qué estamos haciendo? ¿Por qué yo estoy aquí y tú no?
—Necesito más tiempo.
—¿Para qué? —espetó—. ¿Para irte a follar por ahí?
—Para reformarme —la corregí con firmeza entrecerrando los ojos—. No sé cómo puedes decir eso cuando sabes que ni siquiera miro a nadie más.
—Pero, si estás limpio, ¿por qué no podemos…? —Se calló de golpe, exhaló de forma entrecortada y continuó—: ¿Sabes qué? Olvídalo. No voy a volver a suplicarte. Si no me has llamado para que volvamos a estar juntos, entonces ya puedes colgar el teléfono.
—Molloy.
—Lo digo en serio, Joe. No vuelvas a llamarme. A menos que cambies de idea.
La línea se cortó, y yo dejé caer la cabeza contra el muro de hormigón.
«Mierda».
Respiraba de forma rápida y trabajosa, pero me resistí a volver a marcar su número y darle lo que quería. La única forma de evitarlo fue siendo consciente de que, aunque puede que me deseara, desde luego no me necesitaba.
En ese momento no.
Todavía no.
Nunca, si era capaz de controlarme.