Rescatando a Diana (Thrillers de romance militar Darkwater nº 4) 34
75%

34

Dogg sintió que ella lo tragaba entero y echó la cabeza hacia atrás contra la persiana metálica mientras explotaba en su garganta.

El orgasmo fue tan intenso que casi perdió el conocimiento.

La polla le palpitó y los testículos le latieron.

Embistió hasta quedar vacío y deshecho. Cuando el clímax finalmente remitió, estaba encorvado, con el rostro hundido en el pelo de Diana, ambos jadeando en silencio como si hubieran estado corriendo por el bosque toda la noche.

Diana intentó levantar la cabeza. Dogg aflojó la mano que le sujetaba el pelo. Se recostó contra la persiana metálica y la atrajo hacia sí.

Diana se acurrucó contra él. Recogió las piernas mientras Dogg la envolvía entre sus brazos.

La besó suavemente en los labios. Le acarició el pelo.

Una brisa cálida y suave se arremolinó a su alrededor como un susurro.

A lo lejos, un perro ladró y luego enmudeció.

En el muelle, los policías contaban chistes en somalí.

Dogg y Diana escucharon los sonidos de la noche.

Los sonidos del otro.

Corazones que bombeaban sangre cálida.

Pulmones que aspiraban aire fresco.

—Nada de esto parece real —susurró Diana contra su cuello, acurrucada como una niña.

—Es más que real —dijo Dogg con la boca hundida en su pelo.

Todavía respiraba con dificultad por lo que ella le había hecho. Podía olerlos a ambos en el aire. La cremallera de Diana seguía abierta. Dogg deslizó la mano por debajo y se la cerró.

Le abrochó la solapa. Le dio unas palmaditas suaves entre las piernas. Le apretó el trasero por encima del traje. Posó el brazo sobre su muslo y lo dejó ahí.

Poco a poco, Dogg fue bajando del subidón de lo que acababa de pasar. Su mente volvió a enfocarse. Recordó la misión. Intentó encontrar de nuevo esa sed de sangre. Buscó ese impulso salvaje de venganza.

Lo encontró enseguida.

Pero se sentía diferente.

Menos venganza.

Más protección.

Mantenerla a salvo era más importante que cualquier otra cosa.

Dogg frunció el ceño. Pensó en lo que Benson había dicho antes. Que quizá deberían quedarse con su final feliz ahora. Quizá deberían encontrar la manera de darle la espalda al pasado y disfrutar del futuro.

—Debería llevarte de vuelta con Benson y Camilla —dijo Dogg mientras miraba a Diana con las piernas recogidas, la mejilla cálida contra su cuello—. Hay más guardias que antes. Se acercan nubes de lluvia. Quizá el universo intenta decirnos algo.

Diana alzó la vista hacia él, parpadeando.

—Voy contigo, Dogg.

Le rodeó el brazo con las manos y entrelazó los dedos.

—Soy parte del plan. Parte de ti.

Dogg suspiró. Se inclinó hacia la esquina e intentó girar el cuerpo para ver qué pasaba en el muelle. Diana seguía aferrada a él. Tuvo que arrastrarla consigo. Ella soltó una risita. Dogg intentó no sonreír. Intentó recordar que aquello no era un juego.

Aunque pareciera un juego.

Pareciera diversión.

Pareciera amor.

Quizá así era como tenía que desarrollarse su amor, pensó Dogg mientras arrastraba a la superheroína aferrada más allá de la persiana, como si de verdad fuera parte de él. Al fin y al cabo, ¿qué iban a hacer en una noche de cita en el mundo «real» después de esto?

Dogg por fin logró asomarse por el lateral del puesto de comida halal de Habib.

Ahora había siete policías en el muelle.

Aquello era una maldita fiesta. Imposible hacerse con uno de esos barcos pesqueros.

—Podemos nadar —dijo Diana—. Soy una nadadora excelente. Llevo muchos dispositivos de flotación incorporados.

Dogg sonrió en la oscuridad. Le acarició los muslos. Le dio unas palmaditas en el trasero. Contempló la curva de sus pechos. Decidió no tocarlos por ahora.

Dogg volvió a mirar el reloj. Pensó un momento.

—La marea empezará a bajar pronto —dijo—. Podemos hacer una balsa con una puerta de madera o algo así. La corriente irá a nuestro favor. Debería llevarnos directo a la isla.

Se encogió de hombros.

—Imposible pasar más desapercibidos en el agua. La guardia costera no nos vería ni aunque pasara por encima de nosotros.

Diana asintió entusiasmada. Sus dientes brillaban muy blancos en la noche. Sonreía más ampliamente de lo que Dogg la había visto nunca. Tardó un segundo en darse cuenta de que él también estaba sonriendo.

La descarga de adrenalina.

La emoción del peligro.

Traje negro con acabado de charol.

Explosivos secretos sujetos entre los pechos de una superheroína.

Ni de broma les bastaría con una noche de cita si volvían vivos.

A no ser que incluyera vibraciones potentes y explosiones masivas.

Dogg alzó la vista hacia la persiana metálica del pequeño puesto de comida de Habib. Aquello debía de ser el mostrador, supuso. Tenía que haber una puerta lateral.

Dogg se arrastró por el suelo con Diana colgada del cuello. Ella le rodeó la cintura con las piernas y trabó los tobillos. Estaba boca abajo debajo de él, riéndose como si hubiera perdido la maldita cabeza.

Dogg pensó que quizá estaban compensando la inocencia perdida de la infancia. Probablemente no era el mejor momento para hacerlo.

Dogg llegó al otro lado del puesto.

Había una puerta.

Era de madera.

No lo bastante grande para dos.

Dogg se tumbó, aplastando a Diana mientras pensaba. Ella seguía envuelta a su alrededor como un pastelito.

¿Era aquello una señal de que debía ir solo?

¿O era Benson, que se le había metido en la cabeza y le hacía ver señales por todas partes?

El puesto de comida era una estructura independiente. Nada más a este lado de la calle al alcance. Al otro lado de la calle silenciosa había varios almacenes. Todo revestimiento metálico y pesadas puertas de acero.

Ni pilas de madera. Ni fardos de heno. Ni cáscaras de coco gigantes.

—Vale —dijo Dogg—. Probemos esto.

Desenredó a Diana de su cuerpo y la hizo rodar a un lado. Ella cayó boca abajo y lo miró. Apoyó los codos y clavó las puntas de las botas en el suelo, quedando en posición de flexión.

—Entrené tres meses para poder saltar y ponerme de pie de un brinco —susurró Diana—. ¿Quieres verlo?

—Estoy en plena operación delicada —le informó Dogg con toda seriedad.

Se puso de pie y examinó las bisagras. Probó el pomo.

Las bisagras estaban firmes. El pomo no giraba.

Entonces Dogg notó que el marco olía raro.

Presionó el pulgar contra la madera.

Estaba blanda. Se había podrido por completo.

Dogg gruñó. Agarró el pomo con ambas manos.

Tiró con fuerza.

El pestillo atravesó la madera podrida.

La puerta se abrió.

La casucha estaba vacía por dentro.

—Habib se ha quedado sin perritos —observó Dogg. Abrió la puerta de par en par y arrancó las bisagras del marco podrido—. Ahora no me siento tan mal por robarle la puerta.

Diana se incorporó de un impulso. A Dogg le sorprendió lo rápida y silenciosa que era con aquellas botas de suela de resina.

—No cabemos los dos en esa puerta —dijo Diana—. Necesitamos dos puertas.

Dogg se rio al imaginarse a los dos flotando hacia la isla sobre puertas.

—¿Fue en El Mago de Oz donde alguien flotó agarrado a una puerta? —preguntó.

—Dorothy. Y no flotaba precisamente. Era un tornado.

Dogg echó un vistazo a las nubes. No se estaban formando embudos sobre el mar.

—Un tornado en el mar se llama tromba marina —dijo Dogg mientras se echaba la puerta de madera al hombro derecho. La apoyó contra la cabeza y mantuvo la palma derecha plana contra ella para equilibrarla—. Esta noche no tendremos ninguna.

—La marea está cambiando a nuestro favor. No vienen trombas marinas asesinas. Tenemos una balsa. Las cosas pintan bien —dijo Diana aplaudiendo en silencio.

Dogg sonrió al pasar junto a ella con la puerta al hombro. Ella le tomó del brazo izquierdo.

Juntos rodearon la fiesta de los policías en el muelle. Dogg los guio describiendo un amplio círculo hasta una rampa de hormigón que descendía y desaparecía en el agua oscura. El mar lamía suavemente la rampa. Olía a limpio y a sal. No había ninguna película de aceite brillando en la superficie.

—Lo bueno de ser una ciudad bombardeada con la economía destruida es que hay menos contaminación —dijo Dogg mientras deslizaba la puerta en el agua sin hacer ruido.

—Cuando una puerta se cierra, otra se abre —dijo Diana con aire de sabiduría. Puso la bota derecha sobre la balsa-puerta flotante.

Dogg se frotó los ojos y ahogó una carcajada.

Luego empezó a desvestirse.

—Eh, ¿debería sentirme ofendida o halagada de que quieras repetir tan pronto? —preguntó Diana mientras Dogg se quitaba las botas y los pantalones de chándal.

—La ropa empapada pesa y da frío. —Dogg dobló la ropa y la metió en la bolsa negra impermeable. Ató los cordones de las botas entre sí y los pasó por las correas de la bolsa.

Luego lanzó el bulto sobre la balsa. Se metió en el agua. Estaba fresca y perfecta.

Dogg sonrió.

Joder, le encantaba el mar.

Comprobó la flotabilidad de la balsa-puerta. Era madera de balsa, ligera, con millones de diminutas celdillas de aire entre las vetas. El material perfecto para una balsa.

Quizás el destino les estaba abriendo la puerta de nuevo.

—Sube —dijo, sujetando la balsa mientras Diana permanecía de pie en lo alto de la rampa, mirando—. Zarpamos.