Rescatando a Diana (Thrillers de romance militar Darkwater nº 4) 19
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—El plural de vórtice es vórtices, no vórtexes, Ingrid.

Ingrid Muller fulminó a Oliver con la mirada. Prefería hablar en alemán, pero conocía el efecto que eso tenía en él, así que últimamente lo usaba con moderación.

Antes era diferente. Podía con la fuerza de Oliver. Se deleitaba con su poder. Le encantaba cómo citaba a los mejores villanos de Shakespeare con ese dramatismo que solo él conseguía.

Pero ahora ella era mayor y Oliver más fuerte.

Su apetito crecía y cada vez resultaba más difícil satisfacer las poderosas necesidades de su querido hijo.

La tecnología moderna dificultaba escapar de las autoridades, encubrir los crímenes, y hacía casi imposible destruir las pruebas ahora que se digitalizaban en las escenas del crimen y se subían a sistemas informáticos.

Aun así, parecía que todavía era posible borrar registros electrónicos.

Al fin y al cabo, Ingrid no había visto nada en las noticias sobre los antecedentes de Oliver.

Eso significaba que había tenido razón sobre el vórtice que un evento así podía generar, atrayendo a personas y sucesos con una oscuridad afín en sus vibraciones emocionales.

Si existían registros de la conexión entre Robert y Oliver, los habían borrado los instintos paranoicos y de autopreservación del tipo de personas que acechaban en las sombras tanto del gobierno estadounidense como del alemán.

No importaba quiénes fueran esas personas.

Eran actores secundarios sin nombre ni rostro en el gran drama que se desarrollaba.

Ingrid descruzó los brazos y relajó la mirada fulminante. Sonrió a Oliver mientras él masticaba una barrita de frutas que le había traído. Era su hijo y lo amaba como nadie entendería jamás. Era perfecto en todos los sentidos.

Había obtenido puntuaciones extraordinarias en las pruebas, había ido a Eton, lo habían aceptado en Oxford.

Podría haberse convertido en un gran erudito de no ser por unos gustos demasiado alejados de lo que la sociedad moderna consideraba comportamiento aceptable.

A Ingrid la enfurecía que el mundo «cuerdo» pudiera clasificar a su hijo como «enfermo».

Era más inteligente que todos ellos.

Más fuerte que todos ellos.

Mejor que todos ellos.

Ingrid observó comer a su hijo. Pensó en el largo camino que habían recorrido juntos como familia.

Una familia destrozada por la tragedia.

Aunque ella había planeado sus vidas con tanto esmero.

Había dado a luz a Oliver con ayuda de una comadrona en las afueras de Hamburgo; nunca registró el nacimiento de su hijo.

Su historial con la Oficina Alemana la había conectado con maestros de las identidades falsificadas.

Tenía dinero de su herencia. Su hijo sería un fantasma, había decidido.

Podría moverse por los márgenes de la sociedad, tomar lo que necesitara y después escabullirse de vuelta a las sombras.

Pero Robert todavía estaba en el Ejército de los Estados Unidos cuando nació Oliver.

Había guardado silencio sobre él, nunca lo mencionó a sus compañeros.

Pero más tarde confesó que había puesto el nombre de Oliver como su hijo al rellenar algún formulario o cuestionario que el Ejército exigía a todo el personal.

Fue un descuido. Un despiste.

Robert había cometido muchos deslices en pos de sus necesidades.

Ingrid había corrido grandes riesgos para encubrir su rastro caótico.

Solo cuando Ingrid tomaba la iniciativa y elegía por él, Robert y ella podían relajarse un poco y disfrutar de su oscuro y maravilloso viaje por el terrenal jardín de los placeres.

Y entonces destruyeron a Robert.

Abatido en la flor de la vida.

Un padre arrebatado a su hijo.

Un esposo arrebatado a su esposa.

Una onda en el oscuro océano del espacio y el tiempo.

Al principio Ingrid no podía creerlo. Había estado tan segura de su amor, de su vínculo, de las vibraciones emocionales constantes que emitían al universo mientras viajaban juntos como una familia que vivía sueños que eran las pesadillas de otras familias.

No había habido culpa ni remordimiento en sus corazones. Ninguna duda de que el destino los había reunido a los tres para darle al mundo monstruos que odiar, demonios que temer, villanos que vilipendiar. Ingrid creía de verdad que todos sentían alegría en el corazón al hacer lo que hacían.

Por eso parecía imposible que un chico de dieciséis años en una moto de cross pudiera asestar un golpe al corazón de su felicidad.

Ahora Ingrid sintió la ansiedad recorrer su cuerpo fibroso. Se apartó de Oliver y comenzó a caminar de un lado a otro por la cueva iluminada con faroles.

Sabía que aquel chico de dieciséis años ahora era un hombre.

De algún modo había canalizado esa veta salvaje y violenta en el tipo de disciplina que lo llevó a los Navy SEALs.

Eso la preocupaba un poco. Ese tipo de disciplina significaba que también podría tener control consciente de sus pensamientos.

La capacidad de ignorar el miedo.

La fuerza para vencer la duda.

El poder de cambiar su propio destino.

Tal como había cambiado de algún modo el destino de Ingrid al destruir a Robert.

—Pero esta vez ganaré yo —susurró Ingrid, sacudiendo la cabeza rubia rapada y pasándose los largos dedos por el rastrojo del cuero cabelludo—.

No hay pruebas de que el SEAL y Diana Jackson se mantuvieran en contacto todos esos años.

Eso implica que no hay un gran amor entre ellos.

La oscuridad y el dolor los han mantenido separados con éxito durante quince años.

Si hubiera un amor predestinado, los acontecimientos seguramente los habrían reunido antes, ¿no?

Lo que significa que sus emociones están impulsadas solo por el miedo y la ira, no por el amor.

Y eso significa que ganaré. Tengo amor alimentando mis acciones, impulsando mis emociones.

Amor profundo. Amor oscuro. Nuestro propio tipo de amor especial.

Sí, ganaremos. Todo indica que ganaremos.

Pero cuando Ingrid entró en el túnel que conducía a su caverna privada, la ansiedad se disparó de nuevo. La agarró por la garganta y tuvo que apoyar una mano en las paredes goteantes de la cueva para sostenerse.

Vio algo moverse cerca del extremo más alejado de su caverna. Parpadeó y volvió a verlo.

Era una serpiente. Una mamba. Negra como el petróleo. Letal como la muerte.

Frunció el ceño al sentir un escalofrío. La observó desaparecer entre dos antiguas losas de granito negro.

Ingrid exhaló y rechinó los dientes afilados, pensativa.

No le importaban las serpientes. Había visto ratas en las cuevas, y donde había ratas, sin duda las serpientes podían sobrevivir.

Pero Ingrid también sabía que ningún acontecimiento, por pequeño que fuera, carecía de significado.

En su mente, todo era un presagio.

Y entonces sonrió.

Sin duda una serpiente era un símbolo de oscuridad.

Sin duda el presagio estaba a su favor.

Sin duda la batalla ya estaba ganada.

Ahora solo tenía que manifestarse en el espacio y el tiempo.

Así que Ingrid apartó esas sombras de incertidumbre y sintió la alegría crecer en su pecho.

Echó un último vistazo a su principesco hijo, que ensayaba su texto al otro lado del túnel. Estaba declamando Rey Lear. El gran soliloquio final.

Y sabía que también sería el final de la historia del Rey Oliver.

Después de todo, cada vez le costaba más tenerlo a raya.

Mejor acabar de una manera acorde con el talento dramático de Oliver.

Mejor así que ver a su hijo acribillado durante una persecución policial o apaleado hasta la muerte en alguna celda por reclusos santurrones convencidos de que sus crímenes eran justificables y los de su hijo, abominables.

Ingrid caminó hacia el fondo de su caverna y contempló el oscuro estanque de agua de mar que marcaba la entrada al túnel submarino hacia el océano.

Era una nadadora excelente y llevaba una pequeña bombona de oxígeno que le bastaría para los pocos minutos que tardaría en alcanzar el bote inflable fondeado tras las rocas, en la cara de la isla que daba al mar abierto.

Había aprovisionado el bote con agua dulce y comida. Suficiente para al menos tres días.

Ingrid calculaba que apenas pasaría un día antes de que bombardearan la isla hasta hundirla en el océano, una vez que el mundo comprendiera que el Rey Oliver no iba a «liberar» a nadie en carne y hueso, sino solo en espíritu.

Y solo al infierno.

Ingrid suspiró al pensar en las maravillosas oleadas de emoción oscura que se alzarían por todo el mundo cuando Oliver demostrara a todos que la violencia tenía su propia belleza, que el dolor tenía su propia perfección, que un grito podía sonar como una canción si estabas sintonizado con la frecuencia correcta.

Las dudas de Ingrid se escabulleron como aquella serpiente. Exhaló aliviada, se tumbó en la esterilla, dobló las rodillas, abrió las piernas.

Deslizó aquellos dedos como garras hacia abajo y hacia dentro, hundiendo el vestido blanco en su coño mientras se masturbaba hasta alcanzar un orgasmo espumoso que llegó con sorprendente rapidez.

Ingrid se giró de lado para ahogar los gritos. Jadeó y encogió los hombros.

Luego se quedó contemplando las paredes negras que lloraban lágrimas arrancadas por un millón de años de presión.

Finalmente sonrió y cerró los ojos.

Imaginó el desenlace de esta fase de su oscuro viaje.

Un final apropiado que había tardado años en materializarse.

Acontecimientos y coincidencias que convergían como siempre ocurría cuando te alineabas con tu destino.

Cuando comprendías tu destino.