Capítulo 17 #2
Cecily obedeció, de hecho no tenía demasiada práctica; Caroline lo supo y su esposo también.
Sostenía a Jake con una torpeza casi vulnerable, temía que un movimiento equivocado pudiera hacerle daño.
Tal vez era la primera vez en muchos años que Cecily Retliden sostenía a un recién nacido sin delegar esa ternura en otra mujer.
El pequeño Jake frunció el ceño, movió la boca y emitió un pequeño sonido de disgusto.
—Oh —murmuró Cecily.
—No es nada —explicó Caroline—. Hace eso cuando está decidiendo si le agrada o no.
Jake, desde el sillón, bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Cecily observó al bebé durante un momento largo.
En su rostro no había una sonrisa ensayada, ni cálculo ni esa evaluación constante con la que solía mirar a los demás.
Solo había una atención silenciosa y un brillo húmedo que se le acumulaba en los ojos sin atreverse a caer.
—Se parece a Caroline de pequeña —mencionó en voz baja.
La reciente mamá se quedó muy quieta.
—¿Sí?
Cecily no levantó la vista del niño.
—Los ojos..., cuando tú naciste tenías una expresión muy parecida. Daba la impresión de que sabías dónde estabas y además estuvieras tomando nota de todo.
Nadie dijo nada durante un instante. El comentario habría podido parecer ligero en otra boca, pero en la de Cecily era casi una confesión. Significaba que recordaba, que había mirado a su hija alguna vez con suficiente atención como para guardar esa imagen durante más de veinte años.
Reginald estaba detrás de su esposa, rígido como siempre, pero con la mirada fija en el niño. También en sus ojos había un brillo sospechoso. No intentó acercarse demasiado y no pidió sostenerlo. Quizá no sabía cómo o quizá le asustaba descubrir que algo tan pequeño pudiera hacerle sentir tanto.
Jake observó la escena en silencio. Vio a Caroline mirar a su madre, no había reconciliación todavía.
Había heridas antiguas que no podían cerrarse porque un niño hubiera nacido ni porque una abuela retuviera las lágrimas ante una manta de lino.
Pero sí había algo distinto: una grieta en la distancia.
Una primera tabla tendida sobre un abismo que hasta entonces nadie se había atrevido a cruzar.
Reginald dio un paso al frente; aun así, no dijo nada.
Solo apoyó una mano sobre el hombro de Caroline.
El gesto duró poco, apenas unos segundos, era torpe, contenido.
Pero era también el gesto de un hombre que no sabía expresar con palabras lo que acababa de comprender: que no había protegido a su hija y que él no había hecho nada por cambiarlo.
Caroline bajó la mirada hacia esa mano. Después cubrió los dedos de su padre con los suyos, solo fue un momento, pero bastó.
Jake apartó la vista hacia la ventana. Había instantes en la vida de su esposa que no le pertenecían.
Él podía protegerla, amarla, darle una casa, un nombre y un futuro, pero no podía reparar por ella todos los silencios de su infancia.
Ese trabajo, si llegaba a hacerse, tendría que empezar entre ella y quienes habían fallado cuando debían haberla protegido.
De modo que se limitó a observar, con una emoción tranquila, cómo una hija y sus padres intentaban encontrar una forma nueva de mirarse.
Cecily devolvió el bebé a Caroline y lo hizo con una lentitud que la delató más que cualquier palabra.
—Es un niño hermoso —dijo.
—Sí —respondió Caroline, acomodando a Jake contra su pecho—. Lo es.
Reginald carraspeó.
—Tiene buena constitución.
Caroline lo miró y Jake casi sonrió. Era una frase absurda para decir de un recién nacido, pero en boca del duque sonaba como el elogio más sincero que sabía ofrecer.
—Gracias, padre.
Reginald asintió, serio. Cecily se levantó poco después, y al pasar junto a Jake, se detuvo.
Lo miró con esa expresión suya de evaluación constante, aunque esta vez había algo diferente en ella.
La arrogancia seguía allí, desde luego, Cecily Retliden no habría sabido despojarse de ella sin quedarse desnuda.
Pero bajo esa capa de orgullo había una verdad incómoda, y en esta ocasión no intentó esconderla del todo.
—Cuidó de mi hija —dijo, Jake se levantó, ella sostuvo su mirada— cuando yo no supe cómo hacerlo.
La frase quedó suspendida entre ambos. No era una disculpa completa, a decir verdad no tenía la forma humilde ni directa que otra persona habría usado. Pero Jake entendió lo que costaban en Cecily esas palabras, porque equivalían a abrir una puerta que llevaba años cerrada con llave.
—Caroline merecía que alguien la cuidara —dijo él.
La duquesa bajó apenas la barbilla.
—Sí —admitió—. Lo merecía.
Eso sí fue una disculpa, no por completo, pero casi.
Reginald se acercó a su esposa y, antes de salir, se detuvo en el umbral y miró a Jake.
Su expresión tampoco era de gratitud, había demasiado orgullo todavía para eso.
Pero sí había reconocimiento; y una especie de respeto serio, de hombre a hombre, que meses atrás habría sido impensable.
—Buenas tardes, Nerby.
Jake inclinó la cabeza.
—Buenas tardes, excelencia.
El duque dudó una fracción.
—Cuide de ellos.
Jake miró a Caroline y al niño antes de responder:
—Siempre.
Reginald asintió una vez, después siguió a su esposa. La puerta se cerró y la casa quedó en silencio.
Caroline permaneció sentada en el sofá con Jake en brazos, mirando hacia el lugar por donde sus padres acababan de salir. Su rostro tenía la expresión de estar procesando algo que no se comprendía en un instante. Algo que quizá requeriría días, tal vez, incluso, años.
Jake fue a sentarse a su lado. No dijo nada al principio. Había momentos en que la cercanía sostenía mejor que las palabras.
—¿Estás bien? —preguntó al fin.
Caroline respiró hondo.
—Sí. O lo estaré.
Jake esperó, ella bajó la mirada hacia su hijo. El pequeño Jake dormía con la placidez absoluta de los recién nacidos y con la tranquilidad de saber que estaba en unos brazos amorosos.
—Mi madre ama a nuestro hijo —dijo Caroline—. Solo que no sabe cómo mostrarlo sin que se le note demasiado.
Jake le rozó la mano.
—Eso parece cosa de familia.
Caroline lo miró, y una sonrisa pequeña le curvó los labios.
—¿Me estás llamando «orgullosa»?
—Jamás me atrevería.
—Mentiroso.
Él inclinó la cabeza y besó sus nudillos. La sonrisa de Caroline se suavizó, después volvió a mirar hacia la puerta.
—Y mi padre... —Se detuvo—. Mi padre ha estado más cerca de mí hace un instante de lo que estuvo en toda mi infancia.
La frase no fue amarga y eso la hizo más triste. Jake sintió el impulso de decir algo contra Reginald, de condenar tantos años de distancia, de proteger a Caroline incluso de recuerdos que ya no podían cambiarse. Pero se contuvo, la rabia no tenía cabida en ese momento.
—A veces un pequeño paso significa atravesar un abismo —se limitó a decir.
Caroline lo miró, sus ojos se llenaron de lágrimas, aunque no llegaron a caer.
—Sí —susurró—. Eso es exactamente lo que ha parecido.
Jake le besó la mejilla. Luego, Caroline apoyó la cabeza en su hombro, con su hijo dormido entre ambos.
Durante un rato se quedaron así, sin hablar. En algún lugar de la casa, Bess dejó caer algo y Nell pronunció su nombre con una severidad que hizo sonreír a Caroline contra el hombro de Jake.