CAPITULO 2
N o saber reaccionar en las ocasiones que lo requerían no era un defecto de Alec McAlister. No obstante, en aquel momento, no sabía ni qué decir, ni qué pensar sobre el hecho de que aquella mujer pronunciara el nombre de uno de los clanes más temidos de Escocia: el de Lachlam Kincaid.
Sus oscuros ojos se mantuvieron fijos en aquel rostro que se había relajado después de que la muchacha se desmayara. No fue consciente de que había estado perdido en aquellos ojos de un azul intenso, hasta que estos se cerraron.
Exhausta, su protegida no fue capaz de permanecer consciente. ¿Protegida? Sin expresar sus pensamientos en voz alta cerró los ojos y apretó los dientes, esperando no ver su desconcierto, tanto por la misteriosa mujer, como por los sentimientos que le provocaba.
El joven laird McAlister tragó saliva y respiró hondo. Intentó despejar su mente y sintió cómo el calor se expandía por su cuerpo. La rabia lo había invadido instantes atrás, dificultando que su desbocado corazón se calmara, y ahora volvía a amenazar de nuevo su serenidad.
¡Por Dios! Quién se hubiera atrevido a causarle daño moriría por su propia mano.
Sin saber aún por qué, Alec se prometió en silencio protegerla y llevar a su atacante a un sufrimiento extremo, si es que este no había perecido.
Ella gimió de nuevo y se maldijo por no poder ser más delicado, mientras avanzaba a grandes pasos por la fortaleza en busca de ayuda.
Soltó un gruñido de protesta al darse cuenta de qué camino tomaban sus pensamientos. Sin duda, un guerrero como él no había sido criado para consolar mujeres, pero quizás sí para vengarlas.
Alzó la cabeza, desconcertado. Unos gritos ahogados llegaron a sus oídos, captando su atención de inmediato.
―¿Señor? ¿Qué ha pasado?
―¿Está muerta?
Alec ignoró a varias mujeres que lo miraban sintiéndose con derecho de pedirle alguna explicación.
Lo hizo mientras avanzaba por el ancho pasillo que llevaba a las dependencias del piso superior.
Estaban horrorizadas, no por ver a su laird cargar a una mujer con la delicadeza con que lo hacía, desde luego algo totalmente inaudito, sino porque el estado de la joven era deplorable.
―¡Jesús! Señor, ¿qué nos trae? ―preguntó otra mujer que se cruzó con él por la escalera que daba al nivel superior.
Las criadas del castillo, tan ariscas en apariencia, se ofrecieron en tropel para cuidar a la pobre muchacha.
―Id a buscar paños y agua ―dijo una de ellas. Las otras dos se apresuraron a obedecer.
La habitación donde entró Alec estaba limpia y bien dispuesta, pues era la suya, la del laird.
―Encended la chimenea ―les ordenó a las dos muchachas que estaban justo a su espalda.
―Sí, mi señor.
Instantes después, tal como Alec había pedido, se encendió la chimenea para calentar la estancia. Una nueva manta con los colores del clan cubrió la cama, mientras la muchacha era depositada sobre ella.
―Debemos limpiarle las heridas.
Alec no dijo nada, solo gruñó dando su consentimiento y apartándose a regañadientes.
―¡Dios mío!
Alec se volvió al escuchar la voz característica de Yuri. Su abuela se acercó deprisa a la cama y echó un vistazo al cuerpo ensangrentado de la joven.
―Buen Dios, Alec. ¿Qué ha pasado?, Iain ha dicho que me necesitabas, pero… ―miró a la muchacha―, más bien lo que necesita es un sacerdote.
Alec la miró con reproche.
―Te necesita a ti y a tus manos sanadoras.
Su tono fue seco y la anciana se dio cuenta de que para su nieto era importante que la recién llegada sobreviviera. Mirándolo de arriba abajo la mujer se quedó muda por un momento. Un hecho que no solía acontecer con demasiada frecuencia.
―Está bien ―dijo sin dejar de estar sorprendida―, haré lo que pueda.
Se encogió de hombros antes de inclinarse nuevamente sobre la recién llegada.
―Vamos a ver qué podemos hacer por esta criatura.
Alec se apartó de la cama, pero no demasiado. No podía apartar la mirada de la muchacha, de su sufrimiento, de las pequeñas arrugas que se formaban en la comisura de sus ojos cuando gemía de dolor.
Vio a Yuri disponer de sus pequeños frascos y preparar diligentemente unos remedios de hierbas que le hizo tomar de inmediato.
―Esto es para el dolor ―le dijo a la joven, que a pesar de lo que Alec había supuesto, no estaba del todo inconsciente.
Llevaron agua hirviendo para limpiarle las heridas una vez se templase, y también agua fría para darle de beber de nuevo.
―Bueno ―dijo Yuri al ver que Alec no se apartaba de los pies de la cama―, lárgate.
El laird frunció el ceño reticente a obedecer.
Yuri enarcó una ceja mientras lo miraba con fijeza.
―No voy a desnudarla ante tus ojos, hijo, por muy laird que seas. Esta pobre muchacha necesita intimidad y yo un poco de tranquilidad para poder cuidarla.
Alec soltó un gruñido y se apresuró a marcharse de allí.
¡No quería mirar, por Dios! Solo asegurarse de que ella estuviera bien. Estaba tan absorto mirando si sus pulmones se llenaban de aire, que no se había dado cuenta de que toda su atención estaba puesta en los pechos de la mujer y que ese acto podía ser malinterpretado.
―Sálvala ―le dijo Alec antes de salir.
La anciana asintió con una sonrisa triste en los labios.
Efectivamente era una orden.
Yuri se lavó las manos con el agua caliente y remojó algunos paños en otra palangana de agua limpia. Se quitó un cano mechón de la frente y se concentró en su labor. Las manos arrugadas se posaron sobre la frente de la muchacha y sus ojos claros la miraron con compasión.
―Vaya, muchacha ―le habló Yuri con voz dulce―, espero ciertamente que te salves.
Había notado cierto interés en su nieto. Le delataba la inquietud de su voz y el tono imperativo con el que le había hablado. Jamás había notado ese interés por ninguna otra muchacha, aunque jamás había traído a ninguna en ese estado.
Suspiró audiblemente mientras dos de sus doncellas preparaban más ungüentos y paños limpios para curar sus heridas.
―Sí, muchacha ―le sonrió sin timidez―, te salvarás. Yo me encargaré de ello.
Empezó a despojar a la joven de sus ropas, rasgando su blusa que ya de por sí estaba hecha jirones.
Los pantalones fueron cortados y su cuerpo lavado a conciencia para limpiar cortes profundos y rasguños que formaban un mapa de dolor sobre su blanca piel.
Limpia de sangre seca, Yuri se puso a coser la profunda herida del pecho.
―Sin el polvo del camino adherido a tu piel te sentirás mucho mejor. Y si la fiebre no te lleva en los próximos días… quién sabe qué hermoso destino puede depararte en esta casa, mi niña.
∞∞∞
Gabriel McDonald aguardó a que Alec se desocupara.
Estaba claro, por la expresión fiera de Alec McAlister, que la visión de aquella muchacha le había conmovido. ¿Y a quién no? —se preguntó—. Cualquiera con sangre en las venas habría sentido ganas de despedazar a esos bastardos capaces de hacer algo semejante.
―¿Y bien? ―preguntó Gabriel cuando vio a Alec entrar a grandes zancadas en el solitario salón.
El laird no le contestó de inmediato. Sumido como estaba en sus pensamientos, tomó asiento en la gran mesa central, la única que quedaba montada durante el día después de las comidas, y esperó a que les trajeran vino, inquieto por la muchacha.
Los pocos hombres McDonald que había en el salón tomaron asiento en el otro extremo, dejando intimidad a sus señores para que hablaran. Solo Iain se quedó con ellos. Se sentó frente a Gabriel y mantuvo la expresión imperturbable de siempre.
―Se pondrá bien ―dijo Alec finalmente.
―¿Tú crees?
Alec no quiso responder a la última pregunta de Gabriel, pero formuló otra:
―¿Crees que los hombres que le hicieron esto son los mismos que encontramos muertos?
Gabriel frunció el ceño; no esperaba un tono tan solemne.
―No lo había pensado. Quizá esos hombres la escoltaban, o quizás la perseguían. No lo sabremos hasta que ella nos lo diga.
Iain los miró con expresión sombría, pero se volvió de pronto cuando un anciano con una larga túnica negra entró en el salón gritando el nombre de Alec y captando la atención de todos.
―¡Alec! Me han informado de que habéis encontrado algo ―dijo el sabio anciano.
La larga barba blanca le relucía mientras la acariciaba nerviosamente.
Se detuvo junto a ellos, entrecerrando los ojos y formando arrugas alrededor de estos y en la frente, empequeñeciendo aún más sus claros ojos azules.
―Más bien hemos encontrado a alguien ―confirmó Gabriel, poniendo cara de circunstancias.
El anciano miembro del consejo, Fergus, tomó asiento junto a Iain sin ser invitado y esperó pacientemente a que alguno de los presentes se explicara. Antes de que eso ocurriera, dos mujeres llenaron sus copas de vino y se marcharon por donde habían venido, dejando las jarras sobre la mesa.
―Como sabrás, encontramos a tres ingleses en la frontera. Ya en tierras McAlister… ―dijo Gabriel, viendo que Alec no reaccionaba―. Más al este, hemos encontrado a una mujer.
―¿Una mujer? ―asintió con interés―. ¿Y quién es?
Fergus pronunció las palabras como si no acabara de entender.
La noticia de que el laird había llegado a casa con una mujer moribunda entre sus brazos se había esparcido por toda la fortaleza McAlister.
Ahora el misterio radicaba en que nadie conocía su identidad, y no erraría al pensar que ninguno en aquella mesa lo sabía.
―No lo sabemos ―le contestó Gabriel, encogiéndose de hombros.
―¿Está moribunda?
―Se recuperará ―anunció Alec, como si aquello fuera una orden y esperara que se cumpliera.
Gabriel asintió, aunque no estaba muy seguro de que su voluntad se cumpliera esta vez.
Fergus esperó que prosiguiera y Gabriel lo hizo:
―Suponemos que la mujer fue atacada por aquellos que mataron a los ingleses, o bien por los propios ingleses, si alguno sobrevivió. Lo ignoramos ―volvió a encogerse de hombros.
―Vaya ―asintió Fergus, sorprendido, mientras se acariciaba la espesa barba―. ¿No le habéis preguntado...?
―Dudo que pueda hablar. Se lo preguntaréis mañana, si sobrevive esta noche ―dijo Gabriel.
Alec dio un manotazo en la mesa que captó la atención de todos.
―¡Sobrevivirá! ―espetó, con fuego en los ojos―. Y mientras lo hace, quiero que patrulléis nuestras tierras. Si hay ingleses, quiero que los traigan ante mí.
Los hombres que se encontraban en el otro extremo del salón asintieron y se acercaron al laird, que dio instrucciones precisas para que se pusieran en marcha dos patrullas.
Gabriel y los demás siguieron sentados a la mesa, viendo partir a la docena de hombres a quienes el laird había encomendado la misión.
―Si hay ingleses en nuestras tierras, los encontraremos. ―Esta vez fue Gabriel quien aseguró a todos que así sería―. En cuanto a la mujer, sus heridas son graves, pero con los cuidados de Yuri...
―Tan mal está, ¿eh?
Por la actitud de su laird, el anciano no quiso insistir en cuáles eran las posibilidades de que la mujer viera un nuevo día.
―¿Y no podemos hacer nada por ella?
―Sí que podemos. ―Alec perdió la mirada en las llamas de la chimenea del salón.
―¿El qué?
―Avisar a Kincaid.
Todos los presentes clavaron sus ojos en él, pero la mente de Alec ya estaba lejos de ese salón mientras apuraba un nuevo trago.