Reino de mentiras y oscuridad (Nargrave 2) CAPÍTULO LII #2
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CAPÍTULO LII #2

Volví a mirar a Lucca, quien también observaba el suelo con fijeza, mientras sollozaba encorvado bajo los tacones de la reina, como si le avergonzase más el que yo le estuviera mirando que servir de almohadilla.

Tragué saliva duramente, sintiendo como un nudo empezaba a formarse en mi garganta. Iba a hablar, pero estaba segura de que no podría evitar que la voz se me rompiese brevemente.

—¿Por qué? —Y efectivamente se rompió.

Ella no menguó su sonrisa, satisfecha de que le preguntase.

—Se enteró de que estabas siendo buscada y recorrió Nargrave entero para poder encontrarte. Aunque, en su lugar, me encontró a mí. Estaba haciendo un viaje algo improvisado a Gregdow. Más concretamente a una choza donde vive una anciana y su gato justo…

—¿Serill? ¿Por qué has visitado a Serill? —pregunté, interrumpiéndola de golpe.

—Ah, sí, buena pregunta. Es que ya que somos familia, pensé que me podía hacer algún favor.

Obviamente, estuvo reacia a dejarme uno de sus tantos tarros que tan solo acumulan polvo en esas estanterías, pero al final tuvo que hacerlo.

Probablemente notarás que tus poderes no funcionan muy bien.

Los panecillos de esta mañana no eran del todo sanos para ti.

Y no solo por la mantequilla, que es malísima, por cierto.

Mi vientre se retorció. Aquello era mentira. Aquello no…¿Qué podía haberle hecho a Serill para que le diese aquel sedante de mi magia? No podía haber…Serill no podía estar muerta.

Intenté desesperadamente que mi interior se oscureciese en una densa niebla que lo tapase todo, pero por mucho que me esforcé no logré nada más que perder más esperanza. Nada de esto saldría bien. Nada podía salir ya bien.

Y esta situación…Esta situación era imposible que fuese a peor.

—Bueno, por donde iba: Lucca. Resultó que dio con la melliza equivocada y gracias a mí encontró la solución que buscaba: la forma de salvarte la vida. Le prometí no hacerte daño a cambio de información. Y lo haré, por supuesto. Yo siempre pago mis deudas.

Bajé mi vista en dirección a Lucca, quien tenía los ojos bañados en lágrimas de pesar, mientras se esforzaba por mantenerme la mirada.

Pese a cualquier cosa, me daba pena. Podía habernos traicionado y nunca le perdonaría por lo que tendríamos que pagar a costa de aquello, pero al final lo había hecho por mí . Por mantenerme a salvo.

—¿Por qué todo este numerito, Eris? ¿Pretendes alguna vez dictar sentencia? Todos sabemos que lo estás deseando, así que adelante. Tienes mi completa bendición.

En ese momento, su sonrisa se ensanchó aún más mientras acomodaba sus pies contra la espalda de Lucca. Y, justo en ese momento, fue cuando me pregunté si realmente aquello sí que podía ir a peor.

—Si te soy sincera, mi idea principal era acabar contigo. No sólo por tus crímenes, si no por tu magia. Pero alguien me ha propuesto una tortura que considero mucho más interesante.

Intenté mantener mi entereza cuando respondí —: ¿Pensaste en hacerte actriz? Esto del dramatismo se te da bien.

—Créeme, te voy a cortar el humor de golpe.

—Ella le indicó a un guardia que avanzase y éste obligó a Keelan a poner los brazos pegados a su espalda.

El príncipe ni siquiera estaba desarmado, pero no trató de zafarse de su agarre mientras el guardia lo dejaba justo frente a mí y volvía a colocarse al lado de la reina —. Ahora, despídete de tu príncipe.

Yo alterné mi mirada entre Keelan y Eris, desconcertada.

Al principio, pensé que Keelan desenvainaría su espada, Audry atacaría a la reina de improvisto y Evelyn se abalanzaría como un gato crispado sobre los guardias a arañarles la cara.

Tras el paso de unos segundos y al ver que nada de eso ocurría, barajé la idea de una broma de mal gusto, pero ni siquiera llegué a reírme para decirles convincentemente que podían parar con todo esto.

Finalmente, miré a Keelan y sus ojos fijos en mí hicieron que el frío ya no escavase tan solo en mi piel, sino que calase hasta mis huesos.

El nudo de mi garganta apretujó mi esófago hasta que las lágrimas comenzaron a formarse en mis ojos. Aquello no…No podía estar pasando. Era un sueño. Tenía que serlo.

—Keelan, dime que no es cierto. Tenemos que luchar, ¿de acuerdo?

—Me acerqué ligeramente a él y bajé la voz mientras le decía —: No he tenido mucho tiempo para pensar, pero Asha nos está esperando.

Tenemos refuerzos, ¿vale? De alguna forma podemos salir de aquí.

Podremos ser felices, ¿está bien? No puedes rendirte. No puedes dejarme así como así.

Él chistó, sosteniéndome por los hombros.

Sus dedos se cerraron alrededor de mi piel desnuda y no pude evitar soltar un sollozo mientras imaginaba el no volver a verle.

No poder tenerle para poner orden en mi desastre, para silenciar a mis demonios, para mantenerme cuerda en las noches más desoladoras.

Él no tenerle en mi vida era algo que simplemente prefería no considerar.

—Escúchame, Éire, ya perdí a la persona a la que amaba una vez y no pienso dejar que eso vuelva a ocurrir. Déjame hacer esto por ti.

Mi visión se nubló por completo, dejándome ver solamente un borrón pálido de pelo desordenado y tizón.

Aquello, inevitablemente, me transportó de inmediato al día en el que nos conocimos en su despacho.

Él ni siquiera conocía mi nombre y yo pensaba que era un capullo total.

Pero ahora…Ahora prefería volver a las peleas interminables y a los insultos absurdos que vivir esta situación.

—Keelan, me casaré contigo, ¿vale? Tendremos montones de bebés insoportables y no nos soportaremos.

Me pondré decenas de vestidos horrorosos con lazos y me sentaré a tu lado en el trono.

Haré lo que sea, pero no puedes dejarme.

—Yo sollocé, dejándome caer contra su hombro.

Él acarició mi cabello y dejó un beso húmedo por las lágrimas justo sobre mi coronilla —.

Te de-debo tantos regalos por tu cumpleaños.

Si te vas, ¿quién me va a regalar ese par de botas nuevas ?

Keelan se rio por lo bajo, separándome levemente de él mientras limpiaba rápidamente sus mejillas húmedas por los sollozos. Acunó mi rostro entre sus manos y besó todos los lugares por donde había caído una lágrima.

—Eres tú o yo y yo nunca dejaría que el mundo se privase de alguien como tú.

Esbocé una pequeña sonrisa lastimera, intentando mirar por última vez esos ojos ámbares. Si iba a ser la última vez que los viera, necesitaba grabármelos a fuego en la memoria. Para que siempre se mantuviesen como el primer día y nunca se me olvidasen por muchos años que pasasen.

—No me robes las frases, hijo de Symond.

—Jamás lo haría, hechicera.

Me aferré a sus brazos, no queriendo soltarlo nunca. Su presencia cálida sería algo que jamás podría volver a sentir por muchos brazos que me calentasen. Por muchas camas, mantas o pieles que me arropasen. Por mucho alcohol que consumiese hasta dejarme inconsciente.

Nadie me había enseñado a ser tan buena persona como él me había enseñado a ser. Nadie nunca me había hecho tanto bien.

Junté mis labios con los suyos. Mis manos estaban temblando, mis labios fruncidos y sus lágrimas se entremezclaban con las mías. Fue un beso doloroso. Una sentencia de muerte dicha silenciosamente. Fue la peor despedida que jamás podría haberme imaginado tener que sufrir.

Pero lo hice. La sufrí.

—Te quiero. Te quiero tanto como hojas de melisa haya en el mundo, hechicera.

Yo sollocé aún más fuerte. Porque lo sabía. Sabía que lo hacía. Y yo lo quería aún más. Lo quería tanto que dolía. Tanto que me consumía las entrañas y mordisqueaba mi corazón hasta dejarme hueca.

—Yo también te quiero, Keelan Gragbeam.

Durante un transcurso de tiempo, todo fue confuso.

Supe que lo apartaron de mis brazos. También supe que Audry gritó, forcejeó y atacó a varios guardias.

Escuché los berridos de Evelyn y las lágrimas caídas de Lucca.

Mis rodillas cedieron en algún instante y me arrastré hasta Eris en un momento de desesperación.

El dolor lo acaparaba todo. No sentía más que eso.

Ni vergüenza, asco u odio. Tan solo dolor.

Me sentía tan adolorida que no creía que solo fuese mi corazón lo que se hubiese roto, si no todo mi ser.

—Eris, te lo ruego. No volveré a reclamar este trono.

Es tuyo, ¿está bien? —Ella ni siquiera me dirigió una mirada, tan solo se limitaba a observar como el guardia desenvainaba su daga y la acercaba peligrosamente al cuello de Keelan.

Ni siquiera pude mirar. No podía ver eso.

No podía hacer más que mirar a la mujer sentada en el trono —.

¡Mátame! ¡Mátame a mí, por favor, Eris! Deja a Keelan…

¡Ya está bien! Me has quitado a mamá, a la única persona a la que podía llegar a considerar un hermano…

No me quites ahora a Keelan. Por favor. Te lo suplico de rodillas.

Ella levantó la mano, de nuevo sin volver a mirarme, silenciándome de golpe.

Cerré los ojos. Escuchaba el metal, la respiración de Keelan, los gritos de mis amigos. Lo escuchaba todo. Y sabía que iba a suceder. De veras que lo sabía. También sabía que debería mirarle, que no podía dejarle morir solo, pero…Pero no podía ver cómo lo mataban. No podía hacerlo.

No, no, no…

Y miré. Miré porque sabía que él me estaba mirando. Porque sabía que me necesitaba. Y, en parte, agradecí a las lágrimas por hacer de mi visión algo confuso.

—Estemos juntos o separados, siempre seréis la segunda mejor familia que el destino puso en mi camino.

Entonces, la daga pasó por su cuello. Sus palabras se cercenaron de golpe y la sangre empezó a salir a borbotones de su cuello, al ritmo del débil latido de su corazón. Aquel verdugo lo dejó caer como si tal cosa y yo me ayudé con las manos para arrastrarme a gatas hacia él.

Lo sostuve entre mis brazos, llenándome de su sangre aún cálida y sin darme cuenta, guardando subconscientemente lo que sería para siempre la imagen que me perseguiría hasta mis pesadillas más oscuras.

Me apoyé en la curvatura de su hombro para poder seguir llorando, mientras los últimos sonidos de su boca se iban apagando lentamente.

Cuando los gorgoteos desaparecieron, lo peor fue sin duda el silencio.

Me aferré a su cuerpo sin vida hasta que la sangre ya no podía mancharme aún más y grité hasta que la voz se me rompió y no pude volver a utilizarla sin que fuese más que un murmullo.

Hacía algunos instantes, Audry se había arrodillado a mi lado y me había abrazado con fuerza, sin poder apenas parar de temblar entre las lágrimas descontroladas.

Porque Keelan había muerto. Estaba muerto.

Por mi culpa. Por venir a reclamar una corona que ni siquiera había podido conseguir.

Mi compañero de vida había muerto.

Y el para siempre sin él era algo que no merecía la pena.