CAPÍTULO LI #2
—Significa todo, idiota. Si no sabemos dónde está ella, el plan se va a la mierda.
¡Ella es la que sabe lo que hay que hacer!
—le exclamó Audry, aún con la daga en alto.
Evelyn, casi inmediatamente, contuvo el aliento y retrocedió un paso.
Entonces, él se giró en mi dirección, con la mirada bañada en desesperación y las manos sudorosas y me preguntó —: Keelan, ¿qué hacemos?
Yo les repasé a todos con la mirada. Teníamos a un borracho, a un aprendiz de guardia, a una princesa y a una niña. Y, solo con esos datos, la opción de luchar estaba completamente descartada.
Y Éire…¿Dónde estaba Éire? No podía abandonarla. No iba a abandonarla, así que tampoco podíamos tratar de pasar desapercibidos para salir de aquí a escondidas.
Pero meternos en ese castillo sin un plan y sin saber dónde estaba la hechicera…Dejarnos atrapar libremente cuando podía tratarse de veras de un encarcelamiento. De una traición.
Yo tenía un pueblo, una corona y unos amigos.
Entrar en ese castillo significaba sacrificar todo eso. Significaba sacrificar mi vida.
Y, justo en ese momento, reparé en la mano de Clarén sobre el hombro de Evelyn. Ella era una de las protegidas del duque. La única persona de entre nosotros que no solo podía saber si el señor de la casa era un traidor sino que debía saberlo.
Avancé un pequeño paso en dirección a la niña y clavé mi mirada en ella justo antes de preguntarle despreocupadamente:
—Una cosa, Clarén, ¿sabes si el duque está en casa? Tal vez él ha visto a Éire.
La cocinera tragó saliva y casi inmediatamente retiró su mano del hombro de Evelyn. La princesa se giró a observarla, atenta a su reacción y justo como esperaba, Clarén respondió rápidamente:
—No, no. Claro que no está en casa. Ha ido a…Mm…Ha ido al mercado.
Audry entrecerró los ojos e inquirió —: ¿Un duque haciendo la compra mensual?
Ella se aclaró la garganta, retrocediendo hasta chocar contra el diván.
—Sí, bueno…Mm…Es un hombre muy comprometido con su casa.
Yo di una zancada en su dirección y Evelyn entornó los ojos mientras se apartaba de mi camino hacia Clarén. La princesa observaba a su amiga estupefacta, como si no pudiese creerse que ella la podía haber estado engañando todo este tiempo.
—¿Qué van a hacernos? —le pregunté, aunque no me hacía falta su respuesta para saber que no iba a ser agradable.
La niña alternó su mirada entre todos, mientras una perla de sudor rodaba por su sien. Durante unos instantes, ni siquiera se dignó a hacer el amago de responder, aunque sí que detuvo su mirada varias veces sobre Evelyn e intentó fallidamente soltar más que un murmullo inentendible.
El seco sonido de la punta de un tacón sobre la superficie marmolea cercenó el silencio de golpe. Era Evelyn, quien ahora estaba cara a cara con la enorme cocinera, mientras se deleitaba despedazándola con la mirada.
—Te tomaba por una niña valiente, fuerte, que había logrado sobreponerse a su intolerancia al sol y que trabajaba para ganarse su sueldo y alojamiento dignamente.
En cambio, no eres más que una rata cobarde y repugnante, que prefiere esconderse en un recoveco en cuanto escucha un ruido fuerte en lugar de luchar por los inocentes.
—Escupió justo sobre sus botas —. Si salgo viva de esta, yo misma vendré a Sindorya a terminar de enterrar tu cadáver.
Descuida, bajo tierra no hace demasiado sol.
Tras aquello, la estancia se sumió en un silencio sepulcral. Evelyn le mantuvo la mirada, como si fuese una batalla que ella solo pretendía acabar victoriosa y Clarén se mantenía cabizbaja sin siquiera entreabrir los labios.
Me acerqué a Evelyn por detrás y zarandeé su hombro sin miramientos.
—Para de una maldita vez, no estás haciendo más que el ridículo. Es una niña —le dije entre dientes.
La princesa se giró en mi dirección, estupefacta y arrugó la nariz indignada mientras me susurraba —: Una traidora.
—Que sí, Evelyn, ya sabemos que te ha traicionado la única amiga que has tenido en años.
Ahora ¿puedes callarte? Tenemos que pensar en algo y que te pongas a gastar tu enfado con una niña no nos ayuda en nada —farfullé, sin poder controlar las palabras que salían de mi boca.
Ella tragó saliva duramente y se deshizo de mi agarre, apartándose hacia un lado casi inmediatamente.
En ese justo instante, Audry golpeó mi hombro desde atrás y me indicó con la mirada que ojease la puerta.
La empuñadura de la espada estaba dura contra la palma de mi mano y la adrenalina apenas tardó en trasladar con aún más fuerza la sangre a cada uno de mis músculos.
La puerta estaba abierta de par en par y tres enormes guardias armados sostenían sus armas con férrea determinación.
El yelmo tapaba cada una de sus caras y aunque ya no llevaban aquellos uniformes sin estandarte que portaron los atacantes a Zabia, pertenecían a la misma guardia:
La de Eris.
—¡No vamos a ir a ningún lado! ¡Tenemos una rehén y pretendemos utilizarla! —exclamó Audry, agarrando a Clarén del brazo y colocándola justo a su lado. La cocinera apenas opuso resistencia, pese a que el groso de su musculatura era bastante más considerable que la del castaño.
—¿Qué vas a hacer? ¿Lanzarla contra ellos? —preguntó Evelyn entre musites. Audry tan solo se encogió de hombros, restándole importancia.
—La utilizo de escudo humano si hace falta —respondió.
Entonces, escuchamos el sonido de alguien impulsándose desde el colchón.
Antes de poder girarme para comprobar qué ocurría, Lucca avanzó hacia nosotros y estuvo a punto de dirigirse en dirección a los soldados.
Audry rápidamente se acercó a él y lo sostuvo por el antebrazo, soltando a Clarén y dejándola a cargo de Evelyn.
—¿Qué haces, Lucca? No vamos a entregarnos —repuso, cerrando sus manos en torno a sus hombros. Sus respiraciones cada vez eran más aceleradas y estaba seguro de que estaba al borde del colapso. O del ataque de ansiedad, en su lugar.
El gaznate del pelirrojo se movió secamente. Él frotó sus ojos y aquella embriaguez que los había iluminado se disipó extrañamente rápido.
—No lo hagas más difícil, Audry. Entrégate, ¿de acuerdo? Si lo hacéis fácil, no os harán daño. La reina tan solo quiere que paguéis justamente por vuestros crímenes .
Fruncí el ceño casi inevitablemente. Por un momento, pude sentir perfectamente como me pateaban el estómago. Así que Éire tenía razón. El propio duque la había tenido. Habíamos tenido un traidor desde el principio.
Pero…Pero ¿por qué? Era amigo de Éire desde la infancia. Creía que realmente la quería.
Audry apartó sus manos de encima de él inmediatamente, como si tuviera sarna y abrió los ojos desmesuradamente mientras retrocedía. Se encogió como si le hubieran arrancado el corazón de cuajo y dudaba que el brillo de sus ojos fuese tan solo un efecto lumínico.
—No…No puedes hacernos esto. No puedes hacerme esto.
Dime que es broma, vamos. —Miró con fijeza a Lucca, esperando una respuesta que él no le dio.
En consecuencia, Audry volvió a retroceder hasta chocar con mi pecho.
Yo le sostuve desde atrás, sintiendo como su abdomen se contraía con un inminente sollozo —.
Lucca, no quiero morir. No me hagas esto, te lo ruego.
Ayúdanos a escapar. Éramos amigos, éramos… Éramos…
Lucca tan solo nos mantuvo la mirada un instante más, mientras Clarén se escabullía de entre las manos de una boquiabierta Evelyn y yo retenía a Audry con mis manos, quien no paraba de intentar forcejear para abalanzarse sobre el pelirrojo.
—Lo siento —fue lo último que dijo antes de desaparecer entre los guardias.
Audry me golpeó el abdomen con el codo, intentando liberarse de mí entre sollozos.
—¡Cobarde! ¡Te mataré! ¡Te juro que te arrepentirás de esto!
Tras la huida de Lucca, los guardias no tardaron en apresarnos y ya ninguno intentó resistirse.