Reino de mentiras y oscuridad (Nargrave 2) CAPÍTULO L #2
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CAPÍTULO L #2

—Traemos el desayuno —nos dijo, sonriente.

Tan sonriente que podía contar fácilmente cada uno de sus dientes.

Retrocedí casi instantáneamente, extrañada, mientras le echaba una mirada desconcertada a las personas de mi alrededor.

Y por los ojos entornados de Audry, los labios torcidos de Keelan y el rubor de Lucca, estaba bastante segura de que no era la única que no se esperaba a esa exuberante Evelyn —.

Tarta de chocolate y caramelo salado, con fresas bañadas en cacao tibio y algunos panecillos rellenos de grosellas, arándanos y uvas pasas.

En cuanto dijo aquello, se echó a un lado y dejó pasar a Clarén, quien no llevaba ningún mandil ni una cofia sujetando su cabellera.

En su lugar, Evelyn parecía haberle hecho una trenza que caía por la curvatura de su hombro y le daba un aspecto aún más tierno y aniñado.

La niña llevaba entre sus gruesos dedos una enorme bandeja adornada con un tapete de encaje blanco, donde se hallaba una redonda tarta bañada en capas de chocolate, caramelo y redondos fresones achocolatados y espolvoreados con azúcar en polvo.

Justo al lado de la redonda tarta, se encontraban unos panecillos recién hechos que desprendían remolinos de vapor, mientras los frutos que los rellenaban caían aplastados por sus lados mantequillosos.

Clarén miraba fijamente también a Evelyn, con sus ojos reluciendo en preocupación. De cualquier forma, en cierto modo podía llegar a comprender que esta podía ser su forma de afrontar el dolor. Y me daba igual como fuese. Cada uno podía pasar el luto de la forma que viese conveniente.

Por lo tanto, di algunas zancadas en dirección a Clarén y tomé uno de esos cálidos panecillos rellenos y le di un enorme bocado. Sabía que todos tenían la mirada puesta sobre mí y solo Evelyn parecía preocupada por mi reacción al mordisquear aquel desayuno.

Levanté el panecillo en su dirección y aún con la boca llena la felicité diciendo —: Están muy buenos. Algún día quiero que me hagas un pollo asado, ¿está bien?

Ella asintió, alegre.

—Claro, me encantaría. Aunque aún no le pillo el punto del especiado. ¿Te gusta con curry, con cúrcuma, con romero o pimentón? No a todos les gusta igual. Es que tienes que pillarle el truco.

Yo le di otro enorme bocado al panecillo, saboreando los frutos dulces combinados con la suave mantequilla y el jugoso pan .

—Con romero. Sin duda, con romero. Aunque una vez le echaron mantequilla y limón y estuve a punto de acostarme con el posadero.

—Mm, me gusta. Aunque no te pega demasiado. Te veía con algo más atrevido, más picante, ¿sabes?

Yo tragué el último trozo de pan, mientras me sentaba en los pies de la cama. Me limpié rápidamente el jugo de uno de los frutos que había manchado mi comisura.

—Estoy abierta a probar lo que quieras hacer.

Sinceramente, se te da bien esto de cocinar.

A mi nunca me ha gustado, siempre me ha parecido algo…

aburrido. —Por la mirada que noté que atravesaba mi nuca, no estaba segura si era de Audry o Keelan, supe que tenía que añadir algo más.

Así que carraspeé antes de agregar —: Para mí, claro. Yo no juzgo.

Alguien se aclaró la garganta en la estancia, rompiendo ligeramente la tensión que parecía haberse formado desde que Evelyn había entrado en el dormitorio.

—¿Sabéis lo que podíamos hacer? —dijo Audry —. Brindar. Nunca hemos brindado todos juntos y creo que la ocasión lo merece.

Clarén dejó la bandeja sobre mi cómoda, mientras se giraba hacia nosotros y decía —: No he traído ninguna bebida. Además, ¿con qué íbamos a brindar siendo tan temprano?

—Tú con agua —zanjó Evelyn, sin darle ocasión a dudarlo.

—No tengo agua —aclaré.

—Pues entonces no brindas, Clarén.

Estuve segura de que la niña iba a quejarse, pero no le dio tiempo a hacerlo cuando Lucca también se entrometió en la conversación:

—Eh…Pero aquí no hay bebidas, ¿no?

Casi al instante, Keelan se rio por lo bajo. En un principio, no entendí porqué, hasta que abrió el pequeño cajón de mi mesita de noche y me lanzó mi petaca. Mi famosa petaca, que me había acompañado desde Zabia hasta Gregdow, Normagrovk, Aherian, Thard y ahora a Sindorya.

De hecho, ni siquiera sabía que Keelan la había estado guardando desde el incidente en Normagrovk. Había estado convencida de que debía de estar flotando sobre algún mar .

La atrapé al vuelo, echándole un vistazo. Estaba segura de no haberla llenado desde…Ni siquiera me acordaba. Aún así, en cuanto la sacudí, pude averiguar que sí que tenía algo de bebida.

¿Cuál? No lo sabía.

—Pues ahora tenemos algo con lo que brindar —dije yo, abriendo la petaca y olfateando la boquilla. Era un olor fuerte, no como el del vino ni como el de la cerveza, debía de ser algún licor. Tal vez ron.

—¿Sabemos lo que es? —inquirió Lucca, mirando levemente desconfiado aquella petaca.

Yo me encogí de hombros, aunque ni siquiera me dio tiempo a responder cuando Audry se acercó a mí por la espalda y olisqueó sobre mi hombro aquella bebida. Vi de soslayo como arrugaba la nariz y por la carcajada de Keelan estuve segura de que él también debía de haberlo visto.

Aunque, en lugar de acobardar al pelirrojo, Audry le dijo —: ¿Qué importa? Tan solo bébetelo sin pensar.

—Pero el sabor…

—No creo que la gente beba por el sabor, Lucca —intervino Evelyn, asintiendo en mi dirección, casi como si ella también quisiese brindar aún sin conocer aquella bebida.

Entonces, Audry me arrebató la petaca sin siquiera pedirme permiso y unas gotas ámbares rociaron mi rostro por el repentino movimiento.

Gruñí inevitablemente y me di la vuelta dispuesta a recuperar aquella petaca que me pertenecía.

Aunque, antes de poder hacerlo, Keelan me sujetó por las caderas y me dejó caer justo en su regazo.

Dejó un suave beso en mi cuello justo antes de musitar —: Déjalo. Sabes de sobra que es una batalla perdida.

—Créeme, para mí no estaría perdida.

El príncipe sonrió ligeramente, aunque no volví a moverme mientras Audry sacudía la petaca y alternaba la mirada entre cada uno de nosotros, triunfante.

—¡Lo digo yo! —exclamó y yo no pude evitar rodar los ojos. Como si no fuese obvio —. A ver…Mm…Brindo por mí. Para que me tengáis que regalar un mini cerdito.

Antes de que esta vez pudiesen detenerme, extendí la mano hacia la petaca, la cual casi rozaba los labios de Audry y se la quité de las manos. Él, casi inmediatamente, soltó un quejido.

—Lo siento mucho, pero no vamos a desperdiciar el licor por un cerdo —ladré.

Él me echó una mirada exasperada.

—No es un cerdo, es un mini cerdito.

—Lo que sea. Ya tienes a tu novio —dije entre dientes, sosteniendo la petaca con fuerza.

Tras la exclamación molesta de Lucca me pareció escuchar unas risas bajas que estaba casi segura que eran de Evelyn y Clarén.

—¿Perdón? —inquirió el pelirrojo, indignado.

—Qué sensibles sois todos, en serio. Si os sentís aludidos no es mi culpa. Reflexionad sobre ello. —Me encogí de hombros, porque era muy cierto.

Entonces, Keelan pasó su mano justo por mi cadera y me arrebató la petaca que estaba pegada a mi vientre. De cualquier forma, tampoco opuse demasiada resistencia.

—Está bien. Lo diré yo, ¿de acuerdo? Si alguien quiere pedir algo más, que lo desee para sí mismo —acabó diciendo Keelan.

—Pero… —quiso quejarse Audry.

—Pero nada. No sabemos cuánto tiempo va a tardar Eris en venir y solo estamos perdiendo tiempo. Tiempo juntos. Tal vez, incluso tiempo vivos —zanjó el príncipe tras de mí.

Yo puse los ojos en blanco y murmuré —: Siempre tan alegre.

Keelan me ignoró deliberadamente y tomó una prolongada respiración bajo la mirada de todos, justo antes de levantar la mano en la que sostenía aquella delgada y fina botella.

—Brindo por nosotros. Para que vivamos. No sólo para salir con vida de ese castillo, si no para conseguir vivir tras aquello.

Para no separarnos y aunque lo hagamos físicamente, espero que siempre nos guardemos en la memoria.

Os aprecio a todos y brindo no solo porque yo sea feliz, si no porque todos lo seamos algún día —.

Se detuvo durante un instante y mantuvo su vista sobre mí mientras terminaba por decir —: Estemos juntos o separados.

Después de aquello, todos nos pasamos la petaca y le dimos un pequeño sorbo. Como había dicho Keelan, aquellos tragos eran por nosotros. Un deseo pedido a la nada. Un ruego silencioso a cualquier poder que fuese superior a nosotros.

Estuviésemos juntos o separados.