Reino de mentiras y oscuridad (Nargrave 2) CAPÍTULO XLVIII #2
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CAPÍTULO XLVIII #2

—Dicen que es así como nos juzgan. Que siempre han estado ahí, desde que el universo se creó y las estrellas se colocaron sobre nosotros.

Y que así se aseguran de que seamos buenas personas y si no lo somos…

—Ella carraspeó y en lugar de continuar aquella frase, tan so lo se acurrucó aún más contra mí, arropándonos con las pieles que solíamos guardar en el observatorio.

Sobretodo porque a mamá le encantaba traerme aquí antes de dormir, algunas veces solo para charlar, otras para seguir estudiando lo que ella conocía como astronomía —.

Creo que no es una buena historia para dormir.

—¿Crees verdaderamente que esos dibujos llamados constelaciones son como…? Mm, no sé, ¿los ojos de los dioses para ver cómo nos portamos?

—No, no creo eso, de hecho. El vivir en un ambiente ultra religioso me ha hecho cuestionarme muchas cosas y el ser curiosa me ha enseñado a obtener las respuestas.

Pienso que las estrellas no son más que cuerpos celestes, como lo es nuestro planeta, que sirven como brújula para guiarnos.

Y que las constelaciones son simplemente dibujos que vemos nosotrosgracias a nuestra imaginación.

—Pero…si son como una brújula, ¿por qué en otro lugar no podemos observar las mismas estrellas?

Ella me dedicó una sonrisa satisfecha, como si hubiese esperado exactamente esa pregunta.

—¿Por qué crees tú?

—Mm, ¿por qué desaparecen por arte de magia?

Mi madre rio.

—No, más bien es porque en cada hemisferio hay constelaciones distintas y esa es una de las tantas pruebas que hicieron darse cuenta a los expertos de que nuestra tierra era redonda.

Jugué con mis trenzas, las cuales usualmente solía hacerme mamá para dormir, ya que a papá le encantaba como me quedaba el pelo rizado.

No estaba muy convencida de lo que estaba diciendo, ya que a veces me perdía en nuestras conversaciones, pero era mucho más fácil fingir que comprendía a admitir que no había entendido un comino.

—Y si existiesen los dioses, ¿crees que te darían la oportunidad de una nueva vida…cuando mueras siendo muy muuy viejita?

Ella me dedicó una enorme sonrisa y me dijo —: Espero que sí, para poder verte como toda una mujer.

—Ojalá ser como tú algún día —respondí, mirándola con admiración.

—Serás mejor. Estoy segura.

—Toma, ten. Te he traído la bebida de la última noche, aunque Audry ha insistido en echarle un poco de whisky. Supongo que así te sentará aún mejor.

Me giré sobre mi hombro, observando a Clarén a pocos pasos de mí, con un enorme tazón humeante entre sus grandes manos. Audry y Lucca aún seguían en la habitación, aunque me habían dado mi espacio en cuanto los llamé buscando consuelo y tan solo se habían mantenido en silencio respetando mi luto.

Asentí, agradeciéndole silenciosamente aquel gesto y tomando la bebida entre mis manos.

Aún así, preferí no decir nada y perderme entre el calor que desprendía el recipiente, que fácilmente podría dejar ampollas en mis dedos.

Estaba segura de que si decía algo la voz se me rompería y aquel nudo tan molesto que no se movía de mi garganta acabaría por asfixiarme.

Así que guardé silencio y preferí volver a centrar la mirada en el cuerpo inerte de Asterin, que yacía justo sobre la cama que habíamos compartido estas noches.

Hacía tan solo una hora que había descubierto que su nulo movimiento no se debía a un trance, si no a que sus pulmones habían dejado de respirar y en consecuencia su corazón de latir y su pulso se había ido junto con ellos.

Los primeros diez minutos no lloré, tan solo me limité a sacudirla, a gritarle que despertara y a batallar con mi cerebro.

Había una parte de éste que me gritaba que estaba viva, pero que tan solo se había sumido en un sueño demasiado profundo; sin embargo, había otra, que sonaba más aguda, rápida y estridente, que proclamaba angustiosa que mi madre había muerto.

Que su hora, definitivamente, había llegado.

Y eso solo significaba que la de mi padre también. Que ambos estaban muertos.

Cuando el shock pasó, llegó la tristeza: desoladora, mortal y absoluta.

Busqué a mis amigos, me di por vencida al no encontrar a Keelan y Éire, pero me conformé con los demás.

Busqué consuelo, apoyo y hombros en los que llorar.

Después, apenas poco después, empecé a tirar cosas.

Destrocé la habitación por completo: empujé cómodas, pateé las paredes, despojé a mi madre de sus mantas y golpeé los cristales .

Ahora, creía que estaba aceptando la verdad.

Creía que por fin había aceptado que mi madre se había ido y que ninguna pataleta, golpe o llanto solucionaría nada.

Y, en contra a lo que mucha gente pensaba, en ese largo transcurso de tiempo averigüé que la aceptación era la peor etapa. De lejos. Sin ninguna duda.

Ese dolor en el pecho tan pesado, que te ahoga, pero que te impide llorar más.

Ese dolor de cabeza que aguijonea tus sienes por dentro y por fuera después de haber sollozado sin parar.

Ese vacío en tu vientre, ese duro golpe con la realidad que te deja sin respiración al darte cuenta de que la impotencia no te hace ser invencible.

No te hace tener el poder de la nigromancia.

No puedes salvar ninguna vida sintiéndote impotente.

Tan solo puedes quedarte ahí, observando un cuerpo sin vida, una cáscara sin alma, sin mente ni personalidad. Observando un rostro conocido que paradójicamente es extraño.

Le di un sorbo a aquel té, que esta vez no era nada suave y observé a las tres personas reunidas en aquella habitación. Audry apretó ligeramente mi hombro y yo le dediqué una sonrisa que debió parecer una mueca lastimera.

—Muchas gracias. Por todo —musité, sintiéndolo verdaderamente.

Porque eran unos buenos amigos.